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domingo, 25 de enero de 2009

EL BESO QUE NO FUE

Por Hernán Barrios
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La temperatura era ideal. Los días eran calurosos pero no agobiantes, y las noches suaves y cálidas. Las nubes de febrero habían emigrado continente arriba en busca de emociones, y el translúcido azul del cielo hacía ya varios días que había llegado para quedarse. A eso de las 9, cuando el sol se desgranaba en miles de estrellas, una suave y dulce brisa nocturna nos acariciaba los cuerpos aún calientes, después de un ajetreado día de playa. El río había caído ese mes, a falta de vientos, en un letargo casi permanente del cual salía, solamente, ante la invasión de miles de acalorados bañistas que en tropel se lanzaban a sus aguas, buscando refugiarse de los filosos rayos del sol, para luego volver, apenas entrada la noche, a retomar su sereno reposo.

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El camping estaba completo. A un lado y otro de nuestro campamento y entre los árboles, se extendía una ciudad multicolor de carpas y vehículos que llegaba hasta donde la vista lo permitía. Había familias completas que iban a pasar el mes entero; parejas entusiastas en los albores de su relación, buscando intimidad para hacer el amor dentro de una pequeña carpa y lejos de sus familias, como si se acabara el mundo; barras de amigas; grupos de estudiantes; y también alguna que otra alma solitaria. La variedad era amplia, pero todos teníamos algo que nos envolvía y unía al mismo tiempo: una enorme sensación de paz y tranquilidad. En definitiva, la alegría de vivir que lamentablemente, salvo contadas ocasiones, solo saboreamos cuando estamos de vacaciones.

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Éramos unos 20 entre chicos y chicas, y estábamos acompañados por los padres de Carla, los cuales también, dicho sea de paso, eran los dueños del camión en el que fuimos. La idea era poder viajar a otro sitio, pero como el dinero que juntamos durante el año no fue demasiado, nos tuvimos que conformar con una semanita en Durazno. Igualmente, la estábamos pasando de maravillas. La mamá de Carla hacía unas tortas fritas de novela y el padre unos asados de película, así que con una alimentación tan artística, no podíamos estar mejor. Nos habíamos distribuido en varias carpas, aunque gracias a la atenta vigilancia de la señora de las tortas fritas, obvio que las chicas estaban por un lado, y los chicos por otro. Nuestro campamento era grande y ruidoso en partes iguales; sobre todo por las noches, ya que durante el día nos pasábamos en la playa disfrutando del agua. Allá cuando el sol se iba, cansado de soportarnos, nosotros también emprendíamos la retirada con nuestros jóvenes cuerpos de 16 años, casi tan extenuados como él.

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Esa hora de la tardecita tenía una magia especial. La luz artificial de esporádicas lamparitas de poca potencia esparcidas por todo el camping como luciérnagas, y tomando por la fuerza poco a poco el lugar del astro rey, daban al paisaje un color rojo amarillento muy particular. El canto de las chicharras y los pájaros era desbancado en poco rato y casi sin darnos cuenta, por el murmullo incomprensible de un mar de voces humanas, y el ritmo desparejo de unos cuantos equipos de música batiéndose a duelo. El sendero que conducía a las duchas nos reconocía pasar todos los días a las mismas horas, con nuestra toalla al hombro, chancletas y el cepillo de dientes en la mano. Y bueno es decir también, que era cómplice silente de miradas furtivas e inocentes piropos, que con escasa puntería arrojábamos temerosos, a desarropadas niñas de campamentos cercanos.

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Era jueves, y esa tardecita me había bañado algo más tarde que el resto. Volví sólo de las duchas, y mientras el resto de la barra ya se encontraba junto al fuego, me interné en la carpa con la sublime misión de vestirme y peinarme. De pronto, un furtivo alboroto de voces femeninas, anunció la llegada de un pequeño grupo de compañeras que volvían de comprar algunos víveres para la cena. Al mismo tiempo pude escuchar cómo mis compañeros daban la bienvenida, a alguien que las chicas acababan de conocer, y que habían invitado a acercarse el campamento. Era una chica, no cabía duda. “Ella es Verónica”-alcancé a oír decir a una de mis compañeras. Dediqué algunos minutos más de lo habitual al peinado de esa noche, y luego salí intrigado, a reunirme con el resto de la barra alrededor del fogón.

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Que era bonita, no cabían dudas. Pero a su vez dentro de ese contexto, dos características me resultaron especialmente atractivas. La primera, sus ojos. Eran grandes, negros, luminosos, y extrañamente melancólicos. La segunda, un par de simpáticos hoyuelos en su cara, que daban a su rostro y especialmente a su sonrisa, una perfecta combinación de inocencia y picardía. Era simpática y extrovertida, por lo que no tuvo problemas para integrarse a la reunión. Pero el tímido era yo, y como encima llegué tarde a la presentación formal, me tuve que conformar con una hola casual que no me dejó para nada, en una buena posición de arranque.

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Mis ojos buscaron los suyos más a menudo de lo que mi vergüenza me lo permitía, y para mi sorpresa, en varias ocasiones los encontraron. Pero debo reconocer que fue ella, no sé exactamente en qué momento, la que se sentó a mi lado y comenzó a hablarme. Al principio, y como suele suceder en estas historias, sobre todo cuando la inexperiencia se da de frente con la realidad, la suma de los silencios superó ampliamente a la de las palabras. Pero con el correr de los minutos, la confianza se fue haciendo cargo de la situación, y poco a poco nos fuimos relajando. Hablamos de lo que siempre se habla en estos casos; primero los datos personales, nombre, edad, fecha de nacimiento, etc.; luego, estudios, amigos, familia y amores, en ése orden. Ahí me enteré que se llamaba Verónica, (bueno, en realidad lo confirmé), supe que tenía 14 años, que vivía en Canelones, y que había venido con su familia, como todos los años, a pasar la primera quincena de febrero a Durazno. Supe además que estaba en segundo año de liceo, que de grande quería ser modelo, y más importante que todo, no tenía novio. La noche se fue poniendo vieja, y con ella, tanto las luces como los sonidos, fueron haciéndose cada vez más tímidos y esporádicos. La temperatura comenzó a bajar junto con la cantidad de integrantes de la reunión, que uno a uno comenzaron a retirarse hacia sus aposentos, hasta que en un momento dijo que tenía que irse, ya que sino, sus padres se iban a preocupar. Junto con dos compañeras la acompañamos hasta su campamento y la invitamos a que, si quería, se encontrar con nosotros al día siguiente. Un esperado beso en las mejillas fue para mí en ese momento, un bonito tesoro que me llevé de recuerdo a la cama, y que ocupó parte de mis sueños, aquella noche.

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A la noche siguiente teníamos planeado ir todos a un baile que había en un boliche cercano al camping, y del que nos habían hablado muy bien. Verónica pasó el día con nosotros en la playa, pero como estuvo casi todo el tiempo con las chicas, no tuvimos más contacto que algunas miradas casuales y lejanas. Ya cuando la tarde comenzaba a acercarse a su fin, pregunté a Soledad –una de las compañeras con las que tenía especial confianza- si Verónica iba a ir con nosotros al boliche. Me respondió que no sabía, porque no tenía la seguridad de que sus padres le dieran permiso, y aún no les había consultado. En ese momento no entendí muy bien lo del permiso, pero luego con el tiempo me dí cuenta de que la reticencia de los padres a dejarla ir, era absolutamente justificada; tenía tan solo 14 años, e iba a ir a un baile con una barra de absolutos desconocidos. Entonces la solución fue, me parece a mí, lo más inteligente que hicimos en mucho tiempo y espacio a la redonda; fuimos 4 personas de la barra a presentarnos con los padres, (como para que ya no fuéramos desconocidos) y a pedirles permiso para que la dejaran ir con nosotros. La comitiva éramos 3 chicas y un servidor. Para mi alegría, la respuesta fue positiva.

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Para llegar al lugar del baile, tuvimos que atravesar todo el camping y luego, por un sendero zigzagueante y poco iluminado, un monte bastante grande que hay cerca de él. Salimos todos juntos del campamento, pasamos a buscar a Verónica, y seguimos viaje hacia el boliche. En el camino, y supongo que gracias a esa magia que estoy convencido se produce en vacaciones y en verano, como por ósmosis nos fuimos retrasando de la barra y caminamos juntos, unos cuántos metros más allá. Las miradas se fueron haciendo cada vez más cómplices y sensuales, y los temas de conversación se fueron resumiendo hasta quedar instalados en uno, el amor. Buscábamos cualquier excusa para lograr contacto físico; un sutil cachetazo en mis mejillas, un tironcito de sus negros y largos cabellos, un golpecito en el brazo, y hasta un exhaustivo e interesado escrutinio de un anillo de coco que llevaba en su mano derecha, (el que por cierto, no me interesaba en lo más mínimo); luego de éste análisis dactilar, las manos no volvieron a separarse y siguieron juntas hasta el boliche, arrastrando con ellas a sus respectivos dueños, y sin que ninguno de ellos opusiera resistencia.

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Una vez dentro del baile, nos soltamos las manos, (creo que por un poco de vergüenza hacia los demás integrantes de la barra), y nos pusimos a bailar en rueda, junto con todos los demás. El tiempo fue pasando rápidamente al ritmo de la música, hasta que al fin llegó, lo que en realidad había estado esperando desde que salimos del campamento; la hora de las lentas.

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Mi timidez era tal, que a pesar de que para cualquier mortal era obvio que también ella estaba esperando bailar conmigo, aún así dejé pasar varios temas antes de invitarla. La miraba desde lejos mientras hablaba de cualquier cosa con mis amigos, como esperando que ella me hiciera una seña que me confirmara, que efectivamente estaba esperando que la sacara a bailar. Recuerdo que tuvo que rechazar a dos o tres perfectos desconocidos, antes de que yo juntara el valor suficiente para acercarme a invitarla. Luego de maldecirme en varios idiomas por mi idiotez, me acerque y le lancé un inseguro -“¿Bailás?”, a lo que ella respondió con su boca un –“Bueno”, y con su mirada un –“¡Obvio!”. Aunque esto de la mirada no me importó mucho, porque en definitiva ya estábamos caminando de la mano hacia el mismísimo centro poblado de la pista, a donde mi recién estrenado instinto me decía que seríamos más invisibles a las curiosas miradas de mis compañeros. No sé si habrá sido porque nos habíamos gastado todas las palabras en el camino, o porque los nervios de ambos no nos permitían encontrar un tema interesante, que no intercambiamos más que unas pocas frases huérfanas y sin sentido que, de no haberlas dicho, hubiera dado lo mismo. La cosa es que a partir de ese momento dejé mi cuerpo en piloto automático y lo abandoné, confiado, en que el instinto me llevaría por buen camino. Para mi sorpresa, creo que ella hizo algo parecido, porque recuerdo que en el primer tema sentí el peso insignificante de sus manos pequeñas sobre mis hombros; en el segundo, fui testigo presencial de cómo se encontraron, reconocieron y se juntaron por detrás de mi cuello; y en el tercero, ya sus codos ocuparon el lugar original de sus manos en mis hombros, se despidieron y siguieron camino, para que aquella preestablecida posición de baile se convirtiera casi mágicamente, en un ansiado abrazo. Como era de esperar, aún para un novato idiota como yo, mis manos fueron acompañando dicha metamorfosis posicional, y recorrieron algo temblorosas primero sus caderas, luego su cintura y al final su espalda, en toda su extensión.

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Las canciones se siguieron sucediendo y nosotros flotábamos al son de la música como si el resto del mundo no existiera. Aquellos jóvenes cuerpos redoblaban con cada cambio de ritmo, la presión que ejercía uno sobre el otro. El salón estaba lleno y la temperatura ambiente era agobiante, para lo cual estoy seguro colaboraba en gran medida, la temperatura interna que escapaba de nuestro baile virginal. Las manos sudaban a mares y así lo hacían también nuestros rostros. Mi corazón, que latía a ritmo de vértigo, amenazaba todo el tiempo con salir disparado de mi pecho, y mi sexo confundido, no encontraba manera de ocultar su excitación. Era cuestión de tiempo para que nuestras bocas se encontraran en el espacio y se convirtieran en una sola. Sus miradas eran súplicas, y las gotas de sudor deambulando por su cien, el paraíso. Su cabeza abandonó varias veces su cómoda ubicación sobre mi pecho, en epopéyica cruzada en busca de mis labios. Por momentos, tan solo unos pocos centímetros de aire caliente separaron nuestras bocas. Y en otros, lo hicieron también unos pocos centímetros de piel, cuando su cara se apoyaba tibia sobre la mía, y las comisuras de nuestros labios parecían estarse tocando. Nuestro aliento se juntaba en un erótico y suplicante intercambio gaseoso. Las canciones siguieron llegando, y con cada una de ellas estrenábamos una nueva oportunidad de probar por primera vez, el sabor de unos labios ajenos. Y la música siguió pasando. Y la noche, lentamente, se desvaneció en un suspiro adolescente.

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Regresamos a Trinidad al día siguiente. Intercambiamos algunas cartas sin contenido durante algún tiempo y luego también ellas, al igual que aquella noche, se desvanecieron. Me maldije cada día que el recuerdo de aquellas vacaciones, me tocó a la puerta.

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Vinieron luego muchas bocas, muchas alientos y muchos cuerpos de mujeres que no dejé escapar. Pero aún mantengo intacto en el cajón de mis recuerdos, el sabor de aquella boca; el dulce e inocente sabor de aquel beso que no fue.

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FIN


jueves, 8 de enero de 2009

MANUAL DEL BUEN VERANEANTE

Por Hernán Barrios






En fechas en que la mayoría de los seres humanos que tienen su morada por debajo del ecuador se toman sus merecidas vacaciones, me pareció oportuno dedicar algunas líneas, al tratamiento de algún tema relacionado con estas cuestiones.

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En mi país específicamente (Uruguay), y fundamentalmente por un tema de corte monetario, la aventura de salir con la carpa al hombro, con la real intención de armarla en el primer monte con ½ kilo de arena y ¼ litro de agua sin cloro que encontremos, se ha transformado en un clásico. Y no solo entre los jóvenes, como cabría de esperarse, sino también entre personas de cualquier edad, incluso familias completas con niños, abuelos, perro, gato y loro.

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En este contexto, cabe decir que muchos campamentistas profesionales se toman su transitoria condición realmente muy en serio, y eso se refleja obviamente, en la imponencia de sus campamentos. Pero otros, entre los cuales me incluyo, gozamos de una condición absolutamente amateur y le damos una importancia mucho menor, remitiéndonos a llevar solo lo justo y necesario. Tanto es así, que la mayoría de las veces nos pasamos de justeza y nos faltan, llegado el momento, elementos imprescindibles.

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Es por esta razón que he decidido escribir el siguiente manual. Básicamente, para que a todos aquellos pseudo-campamentistas que están a punto de izar las velas de la adrenalina y levar anclas en el mar de la aventura, no los agarre la lluvia en el desierto con un tenedor en cada mano.

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Por último debo confesar –nobleza obliga-, que las siguientes recomendaciones surgen de situaciones en las que directa o indirectamente, he estado involucrado.

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Dicho esto, he aquí la criatura.


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EL CARTELITO

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¡Fundamental! Por supuesto que la regla de oro de todo buen veraneante de mochila a la espalda, es no gastar un peso en transporte. Para cumplirla, tenemos dos caminos; o caminamos, -acción a la cual no me afilio en lo más mínimo, sobre todo cuando nuestro destino final sobrepasa con holgura los 100 kilómetros de distancia-, o le pedimos a cualquier buen samaritano de corazón noble, que nos de un aventón. Para poner en práctica esta segunda opción, es necesario haber diseñado previamente, un cartel de al menos 50 x 60 CMS, en el cual se lea en forma clara y concisa, el sitio al cual nos proponemos llegar. Pero ojo, nada de lapiceras Bic de trazo fino. Lo más gruesa y corpulenta posible (decía una vecina mía) tiene que ser la letra. Miren que ningún cristiano, por más nobles intenciones que tenga, se va a bajar del auto para leer el cartel.


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CARPA COMPLETA

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Las carpas están compuestas básicamente de dos partes; una blanda, formada por lonas, sobretecho y mosquiteros, y otra dura (me contó la misma vecina del párrafo anterior), formada por hierros y estacas. Ambas son importantes por igual, y es bastante poco recomendable olvidar alguna.

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Recuerdo cual si fuera ayer, aquel fin de semana en el festival del lago de Andresito, allá por el 2002, en el cual, ante la negligencia de Fernandito, que llevó solamente la parte blanda de la canadiense de cuatro personas de su hermano, tuvimos que darle forma insertando el único colchón inflable que teníamos, erecto, y haciendo las veces de pared central. Lo malo, la casita nos quedó amorfa y totalmente proclive a derrumbarse cada 13 minutos, ante el más mínimo movimiento externo o interno. Lo bueno, nos quedaron dos habitaciones claramente definidas.


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COLCHON INFLABLE O SOBRE DE DORMIR BIEN MULLIDO

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Aún tengo tatuado a fuego en mi costillar izquierdo, las marcas que me dejaron aquellas filosas piedras calcáreas de origen volcánico, sobre las cuales estacioné mi carpa, en febrero del 98. Era mi primer incursión en el tema, y tan excitado estaba con aquel inminente debut campamentero, así como con la adquisición de mi primer vivienda móvil, que olvidé llevar algo sobre lo cual recostarme. Y bueno, así me fue. Ya de regreso en Montevideo, me revalidaron casi todas las materias de un curso de nivel terciario para faquir en jefe, que realicé en la UTU.


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ENCENDEDOR

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O cualquier elemento capaz de generar ignición. Quiero en este punto echar por tierra ese viejo mito que empeñosamente se han encargado de inocularnos desde la escuela, que asegura que se puede lograr una combustión completa frotando dos piedritas, o en su defecto, dos palitos. ¡Mierda vas a prender fuego así! Las piedras lo único que pueden generar, son unos callos más grandes que la mano, y los palitos, se los pueden meter directamente en el culo. Podes lograr fuego sí, pero de la calentura que te agarras de tanto frote que frote, pero no por el refriegue en sí. Qué se vallan a la mierda los indios.


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ALARGUE O PROLONGADOR

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Para conectar una lamparilla con el fin de iluminar el campamento, debes saber que vas a necesitar un alargue, largo. Hago hincapié en el adjetivo calificativo, porque es altamente probable que el pico de donde tengas que sacar electricidad, se encuentre a no menos de 500 metros de donde se te ocurrió instalarte. Esta máxima creo que le faltó a Murphy, pero como soy muy generoso, se la agrego a sus leyes: -la distancia que te separará del pico de luz más próximo a tu carpa, será siempre el doble de los metros de cable que hayas llevado.

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PRESERVATIVOS

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Esto lo agrego en sentido simbólico, y sólo para prestarle otra ley al amigo del párrafo anterior. Dice algo así: –la cantidad de oportunidades que se te presenten de tener sexo en las vacaciones, será inversamente proporcional a la cantidad de condones que hayas llevado.

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GUITARRA

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Esto en caso de que quieras ponerle un toque folclórico al campamento, y de paso llamar la atención de las vecinas del campamento de mas allá. No del contiguo, el cual indefectiblemente va a ser una familia con no menos de 22 integrantes, entre los cuales se van a destacar al menos una docena de niños por demás inquietos, sino del otro, el del otro lado del arroyito. Además del instrumento, es fundamental tener bien aprendida letra y música de las siguientes tres canciones: -El oso, Rasguña las piedras y Presente. Ah… y si tienen Y nos dieron las 10 de Sabina, están completitos. Con eso es suficiente.

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De todas maneras, si cantan lo suficientemente bien como para que las vecinas del oooootro campamento se acerquen a interactuar, no se vayan a olvidar de tirar los preservativos lo más lejos posible, sino están fritos igual.

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Además de estas elementos fundamentales, no está de más llevar otros como una linterna, cuerda, un cuchillo de Rambo, fósforos (por si al encendedor se le termina la piedra), un mapa (no importa de dónde), un teléfono (al pedo porque nunca vas a tener señal), repelente, protector solar y un gorro (mejor gorro no, porque sino va a estar nublado). Ah… y plata para el pasaje de vuelta, porque dos cosas van a suceder seguro a su regreso; va a estar lloviendo como pocas veces habrán visto en su vida, y no les va a para un vehículo en la ruta ni aunque se le metan adelante.

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Creo no equivocarme cuando digo que, si siguen al pie de la letra estas sencillas recomendaciones que humildemente he escrito para ustedes, no hay motivo alguno para que no disfruten este verano, de unas maravillosas vacaciones al aire libre.

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Suerte.






lunes, 29 de diciembre de 2008

SOMO ASÍ, ¿Y QUÉ?

Por Hernán Barrios



RETRATO DE UN HOMBRE TIPO

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Este relato es un servicio a la comunidad. En particular, a la comunidad femenina. Y lo que persigue en el fondo (y en el frente), es mostrarles de una vez por todas y sin Fotoshop, cómo es un hombre tipo. Ya sé que muchas se lo imaginan o lo intuyen, y otras muchas incluso lo han comprobado hasta el hartazgo en carne propia. Pero como veo que siguen gastando cada día de su vida en cambiar nuestra genética, tratando de que nos parezcamos a ustedes, es que he decidido tomar cartas en el asunto y darles una mano.

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Para que quede bien claro, lo que plasmaré en los próximos párrafos, son 12 características generales básicas que vienen con cada individuo del sexo masculino desde su concepción, heredadas del más viejo de los homo erectus, y de las cuales no nos vamos a poder desprender, por más empeño que le pongamos.

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Así que queridas amigas, basta de tratar de cambiarnos. Lo haremos por un tiempo, movidos por el amor, la calentura, la lástima o el cansancio generado por su perseverancia, pero tarde o temprano vamos a mostrar la hilacha. Y cuando lo hagamos, sabrán tarde, que todo su esfuerzo ha sido en vano. Así que mejor nos aceptan como somos, y todos contentos.

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Y recuerden esto, “el príncipe azul no existe. Comenzará a desteñir al poco tiempo y se volverá blanco y negro, como todos los demás”.

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SOMOS RONCONES

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Ni se sueñen que van a compartir una vida y una cama con un hombre que no ronque. Quizás no al principio, cuando somos muy pero muy jóvenes, pero ya cuando pisamos los 30, arrancamos con los gruñidos, resoples y por último, de lleno con los ronquidos. Y otra noticia aún peor, mantenemos esta característica musical hasta el mismísimo día de nuestra muerte, incluso llegando a alcanzar con los años, un nivel sonoro de dimensiones cuasi animales.

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La ciencia se empeña –mejor dicho las mujeres científicas-, en perfeccionar toda suerte de aparatos y métodos tendientes a disminuir, sino a erradicar, esta pequeña imperfección naso-faríngea que nos afecta. Pero por ahora, nada. Así que sigan nomás con los viejos métodos de los chistidos, cachetazos, insultos y empujones nocturnos, que no nos molesta.

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DESPUES DEL SEXO, DORMIMOS

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Como debe ser, por cierto. ¿Qué otra cosa esperan de nosotros, después de tamaño desgaste hormonal? Por algún extraño misterio que todavía no he podido entender, a ellas les da por hablar del futuro, de los planes para el fin de semana, de la familia y hasta del color que podemos pintar la casa el verano próximo. Y en contra de lo que sucede en otros momentos del día, en ese momento pareciera que les importara nuestra opinión al respecto. Estoy convencido de que lo hacen a propósito solo porque saben que nosotros queremos dormir, y sacan tema tras tema con el único propósito de martirizarnos. ¿Pero saben qué? Nos dormimos igual. Primero les contestamos frases cortas, luego monosílabos y al final… silencio. Y arrancamos a roncar.

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NO RECORDAMOS FECHAS

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No se persigan. No sucede solo con el aniversario o con su cumpleaños. Olvidamos la fecha de cualquier acontecimiento. Salvo recitales o eventos deportivos de interés, claro.

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NO SOMOS BUENOS COMPRANDO REGALOS

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Al principio de la relación la piloteamos con flores, bombones o peluches, acompañados de una tierna cartita. Después de un tiempo nos da por la cultura y regalamos libros o discos compactos. Por último nos desviamos para el lado de los perfumes. ¿Pero y luego? Ropa, ni en pedo. Zapatos, menos. Alhajas, por encima de nuestras posibilidades. Hago aquí la salvedad de que estoy escribiendo cuestiones inherentes a hombres de clase media baja, ya que de otro modo el tema de los regalos puede ser fácilmente salvado con viajes, tapados, etc.

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LA PALANGANA ESTÁ LIMPIA

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No, no tenemos esa vista de microscopio electrónico para ver esos minúsculos tallos de barba que pese a nuestro esfuerzo, han quedado en la pileta.

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NO NOTAMOS CORTES DE CABELLOS SUTILES

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Si realmente quieren cortarse el pelo, que lo notemos, y además que les digamos que les queda lindo, al menos tienen que pelarse. No esperen que con todas las cosas a las que tenemos que prestar atención durante el día, encima estemos atentos a cuando ustedes se decidan a cambiar de “look”. Además tomen como hecho lo siguiente: si no nos gustara, ahí sí lo notaríamos. Si no les decimos nada, es porque nos encantó.

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NOS JODE DECIR “YO TAMBIÉN” TODO EL TIEMPO

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Notamos claramente cuando ustedes nos dicen que nos aman, no porque quieran hacerlo, sino para ver si nosotros les decimos “yo también”, y sobre todo, en qué tono se los decimos. No nos prueben, no tiene sentido. A nosotros nos viene cada tanto un empuje de amor en forma de eyaculación sentimental, y es ahí cuando les decimos que las amamos, sinceramente y sin ningún estímulo previo. De otra manera, lo hacemos por compromiso.

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NOS GUSTA MIRAR FUTBOL EN EL CABLE, Y SI SON DOS CUADROS YUGO-ESCANDINAVOS, MEJOR

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Sé que no pueden entender el hecho de que nos colguemos a mirar un partido entre el Tongo de Somalia y el Baraj de Turquía. Pero es así; nos gusta y punto. Les prometo que no es para hincharles las pelotas a ustedes, sino que realmente lo disfrutamos. Debe ser que el fútbol nos gusta por el fútbol mismo, y no importan demasiado los actores involucrados.

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NO HABLEN MAL DE NUESTRA MADRE, ES PELIGROSO

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La figura de la madre tiene en nosotros los hombres una relevancia que va más allá de todo raciocinio. La vieja, como le decimos por acá por el Río de la Plata, es sagrada. Podrá ser una bruja con todo y escoba, pero aunque seamos conscientes de ello, no están autorizadas a decirlo en voz alta. El hacerlo, trae lío seguro.

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MEAMOS PARADOS Y PUNTO

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Últimamente, la corriente renovadora de las mujeres mejores de 30 se empeña en tratar de hacernos orinar sentados, con la excusa de que salpicamos los bordes del water. ¿Pero donde se ha visto ridiculez semejante? ¿Nosotros salpicar? La salpicarán los que tienen párkinson o estrabismo, pero la mayoría tenemos una puntería para acertarle justito al medio, digna del más encumbrado de los arqueros de Robin Hood. Así que no molesten con eso.

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TARDE O TEMPRANO, PELADOS

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En este punto, la mayoría de nosotros estamos dispuestos a colaborar con la ciencia para encontrar una solución a este flagelo capilar, pero lamentablemente y hasta donde yo sé, por ahora no ha habido resultados alentadores. Los hombres, en mayor o menor medida, después de los 30 comenzamos a perder pelo de la cabeza. Igualmente, a mí me late que nos están jodiendo con este tema también, ya que me da la impresión de que se nos cae el pelo a los pobres mortales que no salimos en la tele, porque yo no he visto que se le caiga ningún pelo a Antonio Banderas, Brad Pitt, George Clooney o Chayanne, entre otros. Y no me vengan con eso de los masajes capilares y esas pavadas, porque de plano les digo que no funcionan.

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Y por último.

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NOS ROMPE SALIR A MIRAR VIDRIERAS

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Y si son de ropa, peor. Pocas cosas nos ponen más de mal humor que esa costumbre femenina de salir a mirar y/o comprar ropa. En realidad, creo que lo que nos molesta no es el hecho de salir a comprar ropa, sino la indecisión que les ataca en el momento de hacer efectivo el hecho. Recorren 38 locales, entran en 36, se prueban en 32 y compran, con suerte, en uno. A mí en particular ya me empieza a dar vergüenza cuando le hacen bajar todo del estante a la chica que atiende, le preguntan precios, le averiguan hasta el grupo sanguíneo de la oveja de la que salió el buzo, y al final no llevan nada. Trágame tierra. Yo he optado por quedarme afuera y cualquier cosa, no te conozco.

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Bueno chicas, he tratado de darles un pequeño y leve pantallazo de las cosas que no van a poder cambiar de su pareja, por más que se lo propongan. Espero que esto les sirva de algo, y si a pesar de todo igual deciden gastar parte de su vida en intentarlo, no digan que no les avisé.

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Saludos.

jueves, 25 de diciembre de 2008

FELICES FIESTAS

Por Hernán Barrios



Cuando le dije a Lucía que esta navidad necesitaba estar solo, me miró medio raro. Y si, yo en su lugar también me habría mirado raro. Luego, cuando le expliqué las razones sobre las cuales se apoyaba esta necesidad, me volvió a mirar raro, pero en contra de todo pronóstico, creo que me entendió.

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Y digo en contra de todo pronóstico porque en realidad, si lo pienso bien, creo que las razones que esgrimí pueden ser entendidas por mí, y tres o cuatro locos más. (Sí, ya sé que el burro va por último, pero en navidad esas pavadas literarias no cuentan). La cosa es que acá estoy, (21:00 PM), sólo, en cueros, escuchando un disco de Cacho Castaña, con las patas arriba de la mesa ratona, transitando mi segunda medida de whisky y mi primer termo de mate, y con muy serias intenciones de escribir –tarde- mi mensaje para estas fiestas.

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¿Y qué les puedo decir que no les hayan dicho ya? Si les pasa como a mí, ya deben tener en su casilla algo así como veinte formas diferentes de desearles felices fiestas, entre presentaciones de PowerPoint, tarjetas electrónicas y correos en Arial 12, de los sencillitos nomás. Entonces, y para no ser el 21, arranco para otro lado.

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Voy a dedicar los próximos minutos a contarles las cosas que se generan en mí, cuando llegan estas fechas.

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Lo primero que me pasa unos veinte días antes del 25 de diciembre, es que se me potencia el olfato. Si sí, el olfato de la nariz. Es raro, pero en cuanto arranca diciembre, comienzo a oler cosas que el resto del año no huelo. Y ustedes se preguntarán qué tiene de interesante que ande con mi nariz como perro de aeropuerto. El tema es que cada uno de esos olores, es disparador de un recuerdo. ¿Me explico? Huelo almendras y me acuerdo de una etapa, un momento o una persona de mi niñez. Huelo pelones y sucede igual. Y lo mismo ocurre con las sandías, ciruelas, sidra (sí, la huelo tapada y todo), turrones, frutas secas, pólvora y jazmines. Ah… los jazmines.

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El olor a jazmín es mi mayor disparador de recuerdos. No he podido averiguar el por qué de esta reacción químico-psicológica, pero es así. Es pasar por un puesto o entrar en una casa donde haya un florero con jazmines, e inmediatamente le arranco imágenes y sensaciones al pasado, y me las traigo por un ratito, al presente.

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Vuelvo a sentir tan solo por un instante maravilloso, como era ser niño. Como era creer en todo. Qué se sentía el esperar un regalo de alguien de fuera de este mundo, que nunca se dejaba ver. Vuelvo a sentir la dulce e irresponsable certeza de depender de unos padres que me pedían nada a cambio. Me encuentro cara a cara con mi abuela Herlinda pasando mi café con leche de una taza a otra para que se enfríe, y de paso para que me quede con espumita. Ayudo por un instante a mi abuelo Liberato a matar algunas moscas con la palmeta. Siento el sabor de las galletitas María sacadas de esa lata cuadrada con visor de vidrio, y envueltas en papel de astraza. Y me como de paso un caramelo Zabala.

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Sí amigos, el olor de los jazmines es mi máquina del tiempo personal. Y ya poniendo un poco de mí y para colaborar con el clima de esta mágica cuestión, empiezo a hurgar en la discoteca y a poner canciones de época. Más o menos por el diez de diciembre, ya ando con mis discos de Los Wawancó, Los Iracundos y el trío San Javier, con “será varón, será mujer” incluida. Después por el 15, ya avancé un poco en el tiempo y hasta cambié de idioma; ahí me castigo con Queen, Roxette, Elton John y Phil Collins, entre otros. Pero el 24 en cuestión le entro directamente y sin tapujos a los mismísimos Pimpinela, Dyango, el Puma Rodríguez y cualquier otra momia que se me cruce en el camino. La verdad que a esa altura del partido no le hago asco a nada. Se ve que en mi más tierna infancia escuché “Aquí está su disco” hasta el hartazgo, y ahora se ven las consecuencias.

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Bueno, pero abandonando el tema musical en cuestión, lo importante para mí es hacer notar el siguiente hecho. En este momento somos producto de lo que fuimos. Me maté con la frase ¿no? Es el whisky, perdón. Pero sí, quiero decir que yo estoy aquí y ahora sentado frente a la PC escribiendo esto, porque previamente en mi vida se han sucedido acontecimientos que han hecho que esté hoy acá, y no en otro lado. Se me ocurre por ejemplo, si Margarita, mi profesora de literatura de segundo de liceo no nos hubiera mandado aquel día como tarea domiciliaria escribir una poesía, quizás yo ahora sería físico cuántico, y jamás habría descubierto mi gusto por escribir. O si mi tía no me hubiera tendido su mano cuando me hundía sin remedio en aquel remolino de la playa de Durazno, es bastante probable que ni siquiera hubiera conocido a mi profesora de Literatura. Y todo así. Cada hecho, es producto, en mayor o menor medida, de todos los que lo han precedido.

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¿Por qué hablo de estas cuestiones? Para llegar a instalarme en el tema al cual quiero hincarle el diente, que son las personas.

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¿Alguna vez se han puesto a pensar cuántas personas conocemos a lo largo de nuestra vida? ¿Muchas, verdad? De nuestros padres para acá, que son seguramente las dos primeras que vemos luego de nacer, la lista es casi interminable. Obviamente no las recordamos a todas, pero todas en mayor o menor medida, han contribuido a darle un rumbo a nuestra línea de vida.

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Como dije antes, primero están los padres, luego los familiares, los amigos, conocidos, y por último las personas con las cuales tenemos un contacto apenas eventual y absolutamente transitorio. Y de todas absorbemos algo y formamos, al final, nuestra persona. He aquí otra frase célebre: somos el producto de lo que traemos de fábrica, más la influencia de los demás. Entonces, si lo que somos se lo debemos en gran parte a las personas que han pasado por nuestra vida, no queda otra que aprovechar estas fechas para darles al menos, las gracias.

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Quiero en este momento, cuando las agujas están a punto de fundirse en un abrazo en lo más alto de la esfera del reloj, hacer lo propio con ustedes. Hacerles saber que todas y cada una de las personas que están leyendo estas líneas, son importantes para mí. Es más, son parte de mí. Todos, desde mi madre y mi padre, hasta el “anónimo” que me regaló algunas palabras en el último post publicado. Todos determinan mis acciones, y por ende, mi vida.

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A todos les deseo lo mejor que se le puede desear a una persona, que es felicidad. De la manera que cada uno la conciba, pero felicidad al fin. Que se concreten todos sus sueños. Que tengan salud. Que tengan amor. Que tengan a alguien con quien hablar, si es lo que necesitan, pero que también tengan un espacio de silencio y soledad para poder hablar consigo mismos. Y deseo que no se olviden jamás, que de este lado hay un ser siempre dispuesto a retribuir de la manera que sea, ese pedacito de mi vida que por derecho, les pertenece.

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¡FELICES FIESTAS PARA TODOS !



domingo, 7 de diciembre de 2008

DOS DIENTES

Por Hernán Barrios
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Cuenta la leyenda que hasta comienzos del siglo XX existió en Uruguay, más exactamente en el departamento de Flores sobre las costas del Río Negro, una tribu de caníbales. En realidad fue una tribu solo los primeros tiempos, cuando aquellas dos parejas vinieron de África viajando de polizontes en algún barco mercante, pero con el paso del tiempo, se fueron camuflando y adaptando a la vida rural del país, hasta llegar a formar una pequeña aldea con algo más de 500 habitantes. Al mismo tiempo, parece que fueron reprimiendo poco a poco sus ancestrales instintos de ingesta de carne humana, supliéndola con moderado éxito por carne animal, sobre todo porcina, la cual según los entendidos es la que más se asemeja a la nuestra. Jamás permitían que alguno de sus integrantes se mezclara sexualmente con otra persona de fuera de la aldea. En definitiva, y aunque nos parezca aberrante, solamente tenían relaciones entre ellos. Dedicados a la cría de ganado y a la plantación de diferentes granos, aquella pequeña sociedad se mantenía, e incluso crecía a buen ritmo, bajo estos principios.

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No fue sino hasta mediados de la década de 1890, que las cosas comenzaron a complicarse. Una sequía de dimensiones extraordinarias se apoderó del país y duró bastante más de lo normal. Ya en el verano del 91 las cosechas y pasturas habían desaparecido casi por completo y los animales habían comenzado a morir de hambre. La situación comenzó a volverse insostenible para los habitantes de aquella aldea. Un año más tarde, una decisión dramática no se pudo demorar más. En una especie de asamblea en la que participaron todos los jefes de familia, se decidió por escasa mayoría volver a recurrir en forma temporal y hasta que las condiciones climáticas cambiaran, al canibalismo, como única forma de que al menos parte de aquella pequeña sociedad, pudiera sobrevivir. Las condiciones para comenzar a instrumentar dicha medida eran simples pero absolutamente rígidas, y el no cumplimiento de alguna de estas reglas, equivalía a una muerte segura y dolorosa. Primero, la ingesta se haría por orden de edad, en primer lugar serían comidas las personas más ancianas y así sucesivamente. Esto quería decir en resumidas cuentas, que en cada casa se empezarían a comer de a poco, empezando por el abuelo. A su vez, cada sacrificio se llevaría a cabo de manera discreta, respetuosa y sin aspavientos dentro de cada hogar. Y por último, era condición fundamental dar a ingerir al inminente difunto, un fruto que ellos llamaban kicu, el cual no hacía otra cosa que cortar de cuajo la conexión entre el sistema nervioso central y las neuronas sensitivas. O sea que la persona, si bien estaba despierta y conciente, era incapaz de sentir dolor. Se supone que el tema de la privacidad se instrumentó, para que no se comenzaran a producir actos desmesurados de homicidio entre los pobladores de aquel lugar y evitar así, desmanes y descontrol general.

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No contaron las personas que tomaron aquella fatídica decisión, con que la sequía se habría de extender mucho, pero mucho más de lo previsto. Dos años después de tomadas las medidas iniciales, la población ya se había reducido casi a la mitad, y lo que es peor, entre los morfados se encontraban casi todos los que habían tomado dicha decisión. La cosa siguió de mal en peor. El clima no mejoraba y el apetito de aquellas personas se hacía cada vez más voraz. Con el tiempo y ante la falta de gente que controlara, las reglas fueron dejadas de lado y el caos se apoderó del pueblo. Cuentan que cuando decidían matar a una persona, la cazaban en hordas y se la comían cruda, y al igual que perros rabiosos, se comían hasta los huesos. Obviamente los más perjudicados fueron los más débiles, esto es los niños y las mujeres. El índice demográfico continuó descendiendo a buen ritmo. Cuentan que a fines del 96 quedaban algo así como 50 personas.

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Eran las 2 de la tarde de un día de febrero del 1897 y se encontraban sentados frente a frente los dos últimos sobrevivientes de aquella devoración colectiva. Eran dos muchachos jóvenes y saludables. Se miraron en silencio durante varias horas hasta que en un momento, tomaron la decisión. Cada uno le dio al otro un fruto del dolor y se despidieron. Acto seguido, se acostaron en el piso uno al lado del otro, aunque con las cabezas para lados opuestos y comenzaron a comerse desde los pies. Habían arreglado ir al mismo ritmo para terminar juntos, aunque al final iban a tener el problema del último bocado. Y así en poco rato pasaron las piernas, los troncos, los brazos y los cuellos. La boca, por obvias razones, tenían que dejarla para el final. Cuando entraron en el tema de las cabezas tuvieron que coordinarse y hacerlo por turnos, ya que ambas cabezas no podían comerse al mismo tiempo. Así que un ratito uno se dejaba comer un poco y después le tocaba a él comer otro poco. Así lo hicieron hasta que solo les quedó la boca. Un bocadito cada uno se fueron comiendo poquito a poco los labios, las lenguas, los paladares, las encías y los dientes. Se fueron tragando diente por diente hasta que al final solo le quedó uno a cada uno. Y como se dieron cuenta que con un solo diente no podían seguir comiéndose, decidieron salomónicamente detener allí la ingesta. Al rato, murieron de hambre.

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Desde ese día y haciendo caso a la leyenda, a aquel vacío poblado –si se me permite la contradicción- se lo conoce con el nombre de Dos dientes. Dicen los viejos hijos de los viejos habitantes de pueblos cercanos, que si se busca con atención, aun hoy se pueden encontrar entre los pastos crecidos de aquella polvorienta calle principal, aquellos dos dientes muertos de hambre que un día trataron por todos los medios, de sobrevivir.


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viernes, 28 de noviembre de 2008

BESOS SIN BOCA

Por Hernán Barrios



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Los amores fugaces –por llamarlos de alguna manera-, son amores que se escurren como agua entre los dedos. Se sienten frescos y se disfrutan, solo mientras tenemos la mano dentro del estanque; más cuando intentamos retirarla y traernos algo de aquello que nos gusta, notamos que está vacía. No nos queda nada, tan solo pequeñas gotas que al igual que los recuerdos, se evaporan en el aire.
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Esta es la historia de un amor de agua. Un amor que se secó entre unas manos antes de poder beberlo. Un amor lleno de ruidosos silencios y de besos sin boca.

A CAMA
A CAMBIO DE BESOS CERTEROS Y ESQUIVOS
DE DULCES MIRADAS CON SABOR A RON
OLVIDE EL RECUERDO DE OSCUROS OLVIDOS
CREÍ EN LA ESPERANZA DE CREER EN DOS.
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A CAMBIO DE RISAS AUSENTES Y FRÍAS
DE CIEGAS MIRADAS QUE OPACAN EL SOL
INVENTÉ UN INSTANTE QUE DURA UNA VIDA
APRENDÍ QUE HAY BESOS QUE INVENTA EL ALCOHOL.
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QUE HAY LABIOS SIN ALMA, QUE HAY BOCAS SIN VOZ
APUROS CON CALMA, PLEGARIAS SIN DIOS.
QUE HAY NOCHES PASADAS QUE ESTÁN POR VENIR,
Y HAY MUCHOS SILENCIOS AUN POR DECIR.
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POR CULPA DE UN CUERPO DE UN BLANCO TAN PURO
CON MUSLOS DE SEDA QUE TIENTAN A DIOS.
DECLARÉ MIS MANOS EN TOQUE DE QUEDA
Y DEJÉ A MIS PIERNAS QUE FUERAN CON VOS.
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ALIVIÉ MI CULPA EN EL GRIS DE TUS OJOS
TIRÉ MIS PECADOS AL FONDO DEL MAR.
ME ATÉ A UNA ESPERANZA CON TRANCA Y CERROJO
ME INTERNÉ EN TU MONTE DE VENUS A AMAR.
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Y HAY GRITOS SIN RUIDO QUE QUIEBRAN LA COPA
Y HAY RISAS TAN TRISTES QUE LLENAN EL MAR.
ENCUENTROS TAN FRÍOS QUE SOBRA LA ROPA
Y MUCHOS RECUERDOS QUE ESTÁN POR LLEGAR.