Por Hernán Barrios
“Es común en todos los hombres de tu edad”- me dijo la dermatóloga, cuando la consulté acerca del éxodo capilar del cual estoy siendo víctima. “Genial”- contesté en tono de broma, mientras que por dentro pensaba en la cantidad de años que tuvo que estudiar la mujer, para devolverme tan elaborada respuesta. Sinceramente habría preferido que me mintiera, o al menos que me disfrazara la respuesta, cosa de no volver a casa con esta frustrante sensación de haber gastado 110 pesos en un ticket, para escuchar algo que ya en el fondo sospechaba.
Todo comenzó hace bastante tiempo, pero al principio no le dí importancia. Pensé que sería una cuestión pasajera producto del stress, el cansancio, o de última algún virus del cuero cabelludo; pero nunca, una cuestión de edad. Algunos pelos huérfanos en la pileta inmediatamente después de peinarme, fue la primera pista. Luego alguien me hizo notar un efecto parecido, pero en el cuello de las camisas y también en la almohada. De todas maneras, hasta ahí todo bien, porque 10 o 12 pelos menos por sesión de peinado, no hacían la diferencia. El tema fue cuando al ponerme gel luego de bañarme, me pareció percibir en el espejo, que afloraba una distancia demasiado importante entre los mechones húmedos. Culpé del hecho, al haberme puesto más gel de la cuenta, e inicié el día como si nada. La cosa fue que cada mañana me ponía menos de aquel producto endurecedor, y el distanciamiento capilar no variaba demasiado. Un día corté por lo sano, y decidí no usar más ese producto diabólico, ya que a esa altura estaba casi convencido de que era él, el único responsable de aquellos dichosos descampados craneales. De ahí en más, mi indomable cabellera cabalgó natural y sin artificios, a lomo de los salvajes vientos costeros que a diario azotan Montevideo.
De todas maneras y como se imaginarán, igual continué siguiendo de cerca aquel proceso migratorio, no fuera cosa que el mismo continuara a pesar de haber dejado de usar el pegote ése. Y así fue. Con el pelo seco, mi incipiente alopecia era un secreto a medias que quedaba celosamente guardado entre mi cabellera y yo, pero con el pelo mojado, era como salir por el barrio con un megáfono gritando a viva vos -“Pasen y vean, tengo menos pelo”. Creo que fue ahí cuando me preocupé en serio, y decidí llevar a la práctica algunas medidas paliatorias y correctivas, que mi instinto viril de conservación me dictaba a diario entre bambalinas. Primero, me dejé el pelo más largo; porque no era que no me creciera, sino que era más bien una cuestión de selección natural pelística; los que sobrevivían crecían a buen ritmo, los que no, se caían derecho viejo, dejando lugar así, a un cráter pilo-bulbar imposible de llenar. Luego empezó el tema de la adquisición de productos químicos de todo tipo y color. En este punto no tuve más remedio que pedir consejo a personas que supieran algo más que yo del tema, comenzando así una larga peregrinación –la cual adelanto que aún no ha terminado- por una extensa lista de pócimas, cremas, champúes, lociones y ungüentos de diferente aspecto, consistencia y precio. El viejo Capilátis fue uno de los primeros en aparcar presuntuoso en mi corteza craneal, con bruto currículum, y toda una gama de productos –bien caritas ellos gracias a Dios- que iban desde champúes hasta un spray chiquito y verde, que supuestamente me iba a hacer brotar pelo hasta de los párpados. Falso. Luego vinieron otros por el estilo, de diferentes marcas, y que la única característica que tenían en común era el efecto; nulo. Hasta llegué a ponerme un líquido viscoso y negro que me recomendó mi queridísima suegra, llamado “Espíritu de petróleo”. Si, leyeron bien. Con éste me terminé de convencer de que, en situaciones límites, el ser humano deja de lado la racionalidad, y se aferra sin miramientos a un chorro de agua hirviendo.
Mi peluquero de confianza, cuando le comenté como al pasar lo que me estaba sucediendo, me dijo redondamente que esos productos no servían para nada, y que lo que tenía que hacer era masajearme. Otro, seguramente pariente de la dermatóloga del principio; como cuatro años estudiando la composición química del folículo piloso y su relación con el bulbo raquídeo, para decirme que me tengo que masajear la mollera a brazo partido. Sin palabras. Igual, como ya había agotado el tema de las sustancias mágicas, por un tiempo le hice caso, y me dediqué unos diez minutos por día, a mimarme la bocha sin restricciones. Ahí fue cuando empezó el principio de la debacle, porque en cada sesión de masaje dáctilo-córtico-capilar, me quedaban enredados en los dedos el triple de pelos que si los hubiera dejado quietitos. Es como tratar de hacer crecer las manzanas, sacudiendo el árbol. Lo intenté por un tiempo, pero como los resultados no fueron los esperados, dimití y de paso cambié de peluquero.
Ahora estoy intentando con la meditación trascendental. No sé que hijo de puta me convenció de que se había curado de no sé que cosa, gracias a esta técnica, y allá arranqué yo atrás de mis chacras, cinchando a troche y moche de mi cordón de plata. Tendrían que verme acostado en la cama, –porque la posición de Loto esa de las piernas enroscadas no solo me cansa, sino que además me estresa- con los ojos entrecerrados, y generándome una imagen mental de mi cabeza todita llena de pelos, uno al ladito del otro. No sé si me crecerá alguno gracias a este método, pero está bueno porque es cómodo, y como lo practico de noche, ya de paso me duermo y sigo de largo hasta el otro día.
Bueno, la cosa es que como la mayoría de las personas –incluyendo a profesionales en la materia- no me han dado muchas esperanzas de que pueda seguir compartiendo mi vida con esta saludable cabellera compañera de incontables batallas –ganadas y de las otras- es que estoy pensando seriamente en abandonar mi lucha por conservarla, y enfocar mis esfuerzos a asumir de una vez por todas, mi inminente metamorfosis. Día a día trato de convencerme de que la pelada no es un problema, si se asume y se lleva con hidalguía, y una pizca de orgullo. Ojo, no estoy diciendo que sea sencillo, digo eso de creerse semejante mentira, pero las opciones son, o convencerme de ello, o buscar en el Google la tienda de pelucas más próxima a mi casa.
Siguiendo los sabios consejos de algunos pelados amigos, estoy casi convencido de que la opción que voy a tomar es la del pelado con onda. Eso sí, tengo que empezar desde ahora con el tema de la onda, porque sino no llego a tiempo a mi otoño capilar. Para ser un pelado con onda hay que tener las siguientes cosas: auto, lomo, tatuaje y arito (en ese orden). No está de más decir que actualmente no tengo ninguna de las cuatro, pero por lo pronto ya me inscribí en un gimnasio de acá a la vuelta, y arranco el lunes.


