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viernes, 27 de febrero de 2009

EL NIÑO POETA

Por Hernán Barrios

Los seres humanos transitamos a lo largo de nuestra vida, diferentes etapas. Algunas son lindas y otras no tanto, pero ambas son importantes por igual. Las primeras, nos hacen sentir lo hermoso que es estar vivo y nos impulsan a seguir; las segundas, forjan nuestro carácter, nos ponen a prueba y por sobre todas las cosas, nos enseñan a vivir.

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El poema que sigue, es el fruto amargo hijo de la impotencia y la soledad. Nació en uno de esos momentos de mi vida en que no sabia para dónde, ni para qué seguir. En donde había por lejos, más preguntas que respuestas. Y fue ahí, justo en ese momento de crisis, cuando el sentimiento le ganó la pulseada a la razón y el alma le plantó una pata encima al cuerpo. Y fue ahí, cuando creía no resistir más la tristeza, que un vómito de emociones me estrujó el pecho y me oprimió la garganta, para luego abandonarme goteando letra por letra hasta adquirir forma de poema, y estamparse prepotente sobre un papel.

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TRATA VANAMENTE DE ENCOTRAR RESPUESTAS

Y EN CAOS MI ALMA NO LAS PUEDE HALLAR.

SE APAGA LA LLAMA Y SIGILOSAMENTE

PARO MIS LATIDOS; ME DEJO LLEVAR.

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¿DÓNDE SE HA QUEDADO AQUEL NIÑO POETA

QUE UN DÍA DE MARZO INTENTÓ VOLAR?

¿DÓNDE SE HA PERDIDO SU JOVEN SILUETA?,

QUE YA NO SE ESCUCHAN SUS RISAS, SUS PASOS,

SUS OJOS DE VIDA; LOS QUIERO ENCONTRAR.

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¿CUÁNDO FUE ESE DÍA QUE LENTOS SUS PASOS,

PESADAS SUS ALAS Y TRISTE EL MIRAR;

CON VOZ TIRITANTE, VACÍA SU ALMA,

RENUNCIÓ A SUS SUEÑOS, DEJÓ DE CANTAR?

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DICEN QUE LO HAN VISTO CAMINANDO SOLO

PERDIDOS SUS PASOS EN LA GRAN CIUDAD;

CARGANDO SUS PENAS, BUSCANDO RESPUESTAS,

HÚMEDOS LOS OJOS SIN PODER LLORAR.

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SUFRE POR AQUELLA BOCA QUE HACE TIEMPO

PERDIDA EN LA NOCHE LO SUPO BESAR.

DICEN QUE ESA BOCA YA NUNCA LO BESA;

QUE ESOS LABIOS TIBIOS QUE UN DÍA BEBIERA,

AHORA SON VENENO; LO HAN VUELTO A ENGAÑAR.

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Y UNAS MANOS FRIAS DETIENEN SU VUELO.

VERDADES DE HIELO LE IMPIDEN REIR.

PROMESAS DE ARENA LE TAPAN EL CIELO;

LASTIMAN SUS OJOS Y APRENDE A SUFRIR.


domingo, 15 de febrero de 2009

CRÓNICAS DE UNA CALVICIE ANUNCIADA


Por Hernán Barrios



Es común en todos los hombres de tu edad”- me dijo la dermatóloga, cuando la consulté acerca del éxodo capilar del cual estoy siendo víctima. “Genial”- contesté en tono de broma, mientras que por dentro pensaba en la cantidad de años que tuvo que estudiar la mujer, para devolverme tan elaborada respuesta. Sinceramente habría preferido que me mintiera, o al menos que me disfrazara la respuesta, cosa de no volver a casa con esta frustrante sensación de haber gastado 110 pesos en un ticket, para escuchar algo que ya en el fondo sospechaba.

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Todo comenzó hace bastante tiempo, pero al principio no le dí importancia. Pensé que sería una cuestión pasajera producto del stress, el cansancio, o de última algún virus del cuero cabelludo; pero nunca, una cuestión de edad. Algunos pelos huérfanos en la pileta inmediatamente después de peinarme, fue la primera pista. Luego alguien me hizo notar un efecto parecido, pero en el cuello de las camisas y también en la almohada. De todas maneras, hasta ahí todo bien, porque 10 o 12 pelos menos por sesión de peinado, no hacían la diferencia. El tema fue cuando al ponerme gel luego de bañarme, me pareció percibir en el espejo, que afloraba una distancia demasiado importante entre los mechones húmedos. Culpé del hecho, al haberme puesto más gel de la cuenta, e inicié el día como si nada. La cosa fue que cada mañana me ponía menos de aquel producto endurecedor, y el distanciamiento capilar no variaba demasiado. Un día corté por lo sano, y decidí no usar más ese producto diabólico, ya que a esa altura estaba casi convencido de que era él, el único responsable de aquellos dichosos descampados craneales. De ahí en más, mi indomable cabellera cabalgó natural y sin artificios, a lomo de los salvajes vientos costeros que a diario azotan Montevideo.

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De todas maneras y como se imaginarán, igual continué siguiendo de cerca aquel proceso migratorio, no fuera cosa que el mismo continuara a pesar de haber dejado de usar el pegote ése. Y así fue. Con el pelo seco, mi incipiente alopecia era un secreto a medias que quedaba celosamente guardado entre mi cabellera y yo, pero con el pelo mojado, era como salir por el barrio con un megáfono gritando a viva vos -“Pasen y vean, tengo menos pelo”. Creo que fue ahí cuando me preocupé en serio, y decidí llevar a la práctica algunas medidas paliatorias y correctivas, que mi instinto viril de conservación me dictaba a diario entre bambalinas. Primero, me dejé el pelo más largo; porque no era que no me creciera, sino que era más bien una cuestión de selección natural pelística; los que sobrevivían crecían a buen ritmo, los que no, se caían derecho viejo, dejando lugar así, a un cráter pilo-bulbar imposible de llenar. Luego empezó el tema de la adquisición de productos químicos de todo tipo y color. En este punto no tuve más remedio que pedir consejo a personas que supieran algo más que yo del tema, comenzando así una larga peregrinación –la cual adelanto que aún no ha terminado- por una extensa lista de pócimas, cremas, champúes, lociones y ungüentos de diferente aspecto, consistencia y precio. El viejo Capilátis fue uno de los primeros en aparcar presuntuoso en mi corteza craneal, con bruto currículum, y toda una gama de productos –bien caritas ellos gracias a Dios- que iban desde champúes hasta un spray chiquito y verde, que supuestamente me iba a hacer brotar pelo hasta de los párpados. Falso. Luego vinieron otros por el estilo, de diferentes marcas, y que la única característica que tenían en común era el efecto; nulo. Hasta llegué a ponerme un líquido viscoso y negro que me recomendó mi queridísima suegra, llamado “Espíritu de petróleo”. Si, leyeron bien. Con éste me terminé de convencer de que, en situaciones límites, el ser humano deja de lado la racionalidad, y se aferra sin miramientos a un chorro de agua hirviendo.

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Mi peluquero de confianza, cuando le comenté como al pasar lo que me estaba sucediendo, me dijo redondamente que esos productos no servían para nada, y que lo que tenía que hacer era masajearme. Otro, seguramente pariente de la dermatóloga del principio; como cuatro años estudiando la composición química del folículo piloso y su relación con el bulbo raquídeo, para decirme que me tengo que masajear la mollera a brazo partido. Sin palabras. Igual, como ya había agotado el tema de las sustancias mágicas, por un tiempo le hice caso, y me dediqué unos diez minutos por día, a mimarme la bocha sin restricciones. Ahí fue cuando empezó el principio de la debacle, porque en cada sesión de masaje dáctilo-córtico-capilar, me quedaban enredados en los dedos el triple de pelos que si los hubiera dejado quietitos. Es como tratar de hacer crecer las manzanas, sacudiendo el árbol. Lo intenté por un tiempo, pero como los resultados no fueron los esperados, dimití y de paso cambié de peluquero.

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Ahora estoy intentando con la meditación trascendental. No sé que hijo de puta me convenció de que se había curado de no sé que cosa, gracias a esta técnica, y allá arranqué yo atrás de mis chacras, cinchando a troche y moche de mi cordón de plata. Tendrían que verme acostado en la cama, –porque la posición de Loto esa de las piernas enroscadas no solo me cansa, sino que además me estresa- con los ojos entrecerrados, y generándome una imagen mental de mi cabeza todita llena de pelos, uno al ladito del otro. No sé si me crecerá alguno gracias a este método, pero está bueno porque es cómodo, y como lo practico de noche, ya de paso me duermo y sigo de largo hasta el otro día.

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Bueno, la cosa es que como la mayoría de las personas –incluyendo a profesionales en la materia- no me han dado muchas esperanzas de que pueda seguir compartiendo mi vida con esta saludable cabellera compañera de incontables batallas –ganadas y de las otras- es que estoy pensando seriamente en abandonar mi lucha por conservarla, y enfocar mis esfuerzos a asumir de una vez por todas, mi inminente metamorfosis. Día a día trato de convencerme de que la pelada no es un problema, si se asume y se lleva con hidalguía, y una pizca de orgullo. Ojo, no estoy diciendo que sea sencillo, digo eso de creerse semejante mentira, pero las opciones son, o convencerme de ello, o buscar en el Google la tienda de pelucas más próxima a mi casa.

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Siguiendo los sabios consejos de algunos pelados amigos, estoy casi convencido de que la opción que voy a tomar es la del pelado con onda. Eso sí, tengo que empezar desde ahora con el tema de la onda, porque sino no llego a tiempo a mi otoño capilar. Para ser un pelado con onda hay que tener las siguientes cosas: auto, lomo, tatuaje y arito (en ese orden). No está de más decir que actualmente no tengo ninguna de las cuatro, pero por lo pronto ya me inscribí en un gimnasio de acá a la vuelta, y arranco el lunes.

domingo, 8 de febrero de 2009

METEOROLOGÍA -Una ciencia inexacta-

Por Hernán Barrios
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..........Por no decir una ciencia de mierda, claro. Pero, ¿dónde se ha visto porquería semejante? Es más, si fuera por mí, la hacía desaparecer de la categoría ciencia como primera medida; y como segunda, y donde me apuren un poco, ni como hobby la dejo. Y de yapa, a esos remontadores de cometas frustrados que estudiaron 3 nubes, 2 vientos y un chaparrón, que se creen Dios y se hacen llamar meteorólogos, los invito cordialmente y con el mayor de los respetos, a irse redondamente a la mierda.

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..........Esteeee… perdón por el exabrupto estimados Serrucheros; no soy yo cuando me transformo. Lo que pasa es que este tema de la meteorología me viene complicando la vida desde chico. Ya en la escuela recuerdo haberme comido más de una cargada de mis compañeros, por culpa del meteorólogo de turno. Allá volvía yo con mi paraguas negro, de aquellos que tenían como 3 metros 80 de diámetro y 1,20 de mango, bajo un sol que rajaba la tierra y con le mirada de los transeúntes perforándome la nuca. “Mirá el nene qué bobito”- decían para sus adentros, al verme pasar con semejante socotroco. Estoy convencido que el temita del paraguas colaboró, al menos en parte, a que en la adolescencia mi autoestima se diera unos cuántos revolcones contra el suelo. De más grandecito superé en parte el tema, pero igual me quedó una especia de fobia hacia el invento de porquería ese, que me acompaña hasta hoy.

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..........Pero el verdadero odio, rabia, e ira compulsiva hacia la meteorología, y sobre todo hacia los señores que aparecen en la tele pronosticando el clima, comenzó a manifestarse en todo su esplendor allá por el 2005, a raíz del temporal que azotó Montevideo sin dejar árbol en pié, y el cual ninguno de los mencionados eruditos fue capaz de anticipar. Me agarró a eso de las 11 de la noche en la calle, en bicicleta y a medio camino entre la UTU y mi casa. Fue una experiencia terroríficamente inolvidable; el viento me llevaba zigzagueando de un lado a otro de la calzada como si fuera borracho, hasta que al fin conseguía tirarme al piso. Ya no tengo muy claro si lo viví o lo soñé, pero conservo la sensación de haber pasado expreso por sobre la terminal de Tres Cruces, montado en mi bicicleta alada, al mejor estilo Papá Noel es su trineo. En el camino, un panorama catastrófico: árboles caídos, cables en el piso, autos aplastados, columnas de iluminación dobladas, luces apagadas y carteles rotos. Pero lo peor de todo, fue que al llegar a mi casa y prender la tele, me encontré con el mismo tipo que temprano a la mañana me dijo, “cielo claro, vientos del sur a 18 kmts. la hora, visibilidad toda la vuelta a la tierra”-, diciendo, “se están registrando fuertes lluvias en la capital del país, con ráfagas de viento que superan los 150 kmts. la hora…”-. Mmm...… ¿qué te parece si te vas un ratito a la p…?

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..........Lo más patético que puede verse en el noticiero –entre otras cosas-, es ver a un tipo diciendo cómo está el clima en ese momento. ¿Pero qué se piensan, que uno vive en un búnker a 30 metros bajo tierra? Si quiero saber si llueve o hay sol, saco el cogote pa fuera y listo. ¡Lo que necesito es saber cómo va a estar después, hermano!! ¿Tan difícil es? No te estoy pidiendo que me adivines los números que van a salir en la lotería de fin de año, solo si va a llover o va a haber sol en las próximas 8 horas. Sol o lluvia. Lluvia moja, sol seca. Splash…¿cazas? La vieja Ema, dueña de una pensión en la que viví en épocas difíciles, me pronosticaba mal tiempo con 72 horas de anticipación y 97% de acierto, solo con el dolor de sus articulaciones cangüecas; y vos con una estación meteorológica en cada esquina, computadores, satélites, detectores sísmicos, telescopios de radio, el viejo Hubble con lentes nuevos y la mar en coche, no me sabes decir si llevo paraguas o gorrito pal sol. Una cagada tu profesión loco; ponete una herrería y fabricá veletas con forma de gallo que seguro nos va a ir mejor a todos.

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..........Supongo que este problemita del “yerro climático” debe darse, en mayor o menor medida en todas partes, pero acá en Uruguay hemos llegado a extremos asombrosos. Hay 3 canales privados de aire y cada uno ostenta cual trofeo, su meteorólogo estrella -por decirlo de alguna manera- y entre ellos compiten a muerte, por ver cual alcanza mayor grado de ridiculez. En el canal 12 tenemos al amigo Rami, quien es el tipo más igualito a Súper Mario Bros que conozco. En el 4 está Nubel Cisneros, monumento viviente a la desgraciadez. Nubel… bue, ya con ese nombre no debería aparecer en ningún medio de comunicación, pero de hecho lo hace. Con 8 pelos moribundos que atraviesan su lustrosa pelada de este a oeste en vergonzosa cruzada, Nubel es acartonado, metódico, predecible, repetitivo, estático, inexpresivo, duro, y de aspecto asquerosamente bonachón. Ah, y para colmo, tiene menos onda que pelo lacio. Su pronóstico del tiempo parece un anuncio de inmolación de un miembro de Al-Qaeda, con chaleco de bombas y detonador incluido. Lastimoso. Pero la verdadera joyita, el Uno, el que monta el número circense más patético y conmovedor, es el amigo Diego Vázquez Melo; Dieguito para los amigos (entre los cuales no me encuentro, claro), o El Viejo Pingüinezco para el resto de la sociedad. Es algo… es una cosa… es, es… mejor véanlo con sus propios ojos, porque no encuentro palabras.

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..........¿Y, qué me dicen? No exagero nada, ¿verdad? ¿Cómo no me voy a calentar si personajes como éste son los encargados de detectar y comunicar a la población, una alerta meteorológica?

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..........Después del episodio de la tormenta que conté al principio, por un tiempito los aparatos estos se convirtieron en seres humanos normales; claro, tenían “cola de paja” por la cagada que se habían mandado, y no querían arriesgarse a que los lincharan en la vía pública, pero pasadas algunas semanas, volvieron a las monadas de siempre como si tal cosa. Al poco tiempo, anunciaron al unísono y con bombos y platillos, una tormenta de muchos grados en no sé que escala, que por supuesto nunca llegó. “Vientos huracanados y lluvias torrenciales”- dijeron a coro; ¡adivinen qué pasó! Exacto, no se movió una hoja ni voló un panadero en los siguientes seis meses.

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..........Fue a partir de ese momento que comencé a hacer y actuar, de acuerdo exactamente a lo contrario que anunciaban. Los locos decían sol, allá salía yo con el paraguasca; lluvia, bermuda y chancletas; y me empezó a ir mejor en la vida.

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..........Redondeando, les cuento que en realidad este artículo surgió, porque hace algunos días –tres, para ser más exacto- los señores meteorólogos dieron una alerta meteorológica para el jueves de noche, en la cual les faltó decir que se terminaba el mundo. Si señores, el Apocalipsis en forma de viento y agua. Agazapado estaba yo a la hora del desastre; agarrando con ambas manos la perilla de la puerta, la olla de los fideos en la cabeza y un cuchillo de Rambo en la cintura por si, luego de pasado el caos, tenía que combatir alguna horda de saqueadores con intenciones de quitarme lo poco que me quedase. El casco me lo quité ahora a la mañana antes de ponerme a escribir, y de la famosa tormenta, ni una nubecita pasajera.



lunes, 2 de febrero de 2009

NOTICIAS INSÓLITAS

Por Hernán Barrios
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DESESPERANZA
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Un hombre de 30 años residente en la ciudad de Minas, departamento de Lavalleja, perdió la esperanza luego de una compleja y extensa intervención quirúrgica.

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Luego de someterse a una delicada operación en la que debieron extirparle el pene, Juan Carlos SÚPITO NOSTTA, oriundo de Génova, Italia, pero residente en la ciudad de Minas desde hace veinte años, perdió por completo la esperanza. Según nos informaron vecinos que lo conocen de toda la vida, Juan Carlos, quién trabajaba en una fábrica de chacinados de gran envergadura, y que a su vez incrementaba sustancialmente sus ingresos con esporádicas incursiones en el terreno sexual, haciendo las veces de taxi-boy en las zonas periféricas de la ciudad, no tiene consuelo.

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Los mismos vecinos no tuvieron reparo en decirnos que luego de conocer su actual situación, y ante la certeza de que su hombre no podrá ya complacerlas sexualmente, tanto Esperanza Martínez como Consuelo García, esposa y amante respectivamente, han tomado la drástica decisión de abandonarlo.

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PLATILLO VOLADOR
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Un hombre de 52 años perdió súbitamente el conocimiento luego de tomar contacto con un platillo volador, en las cercanías de su casa.

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Carlos Albérico GINCHE GUEVARA, oriental, soltero, de 52 años de edad, ingresó anoche apenas pasadas las 23 horas al hospital local acompañado por su esposa, en estado de shock y con graves lesiones en su rostro.

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Su esposa, al ser consultada sobre el hecho, se negó rotundamente a efectuar declaraciones. Sin embargo, algunos testigos presenciales afirman que todo sucedió súbitamente, en el momento en que ésta descubrió a su esposo teniendo relaciones con otra mujer, en el fondo de su casa. Según versiones, ésta ingresó rauda al interior de la vivienda, y regresando inmediatamente con media docena de platillos de porcelana, los arrojó con furia, sobre el rostro del infortunado marido.

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MUERE HOMBRE EN EMBOTELLAMIENTO
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Un hombre de 65 años que volvía a su hogar luego de un extenuante día de trabajo, muere producto de un embotellamiento en las afueras de la ciudad.

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Al regresar de su trabajo en un apartado bar de las afueras de Pando, Ángel Tomás ORIN DE LA FUENTE, tuvo la poco feliz idea de pasar a visitar a un amigo, por la bodega en la que trabajaba. Éste, un morocho retinto apodado “Don Pascual”, reconoció ante el Juez que efectivamente con Tomás habían degustado alguna que otra botella de vino, –entre 10 y 15 según sus cálculos- pero afirma que cuando salió de allí, estaba en perfectas condiciones.

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Aparentemente, no fue solo la ingesta de alcohol la que condujo al desafortunado individuo a la muerte, sino la combinación de ésta, con el sol del mediodía, que debió soportar dentro de su camioneta por espacio de 3 horas, en el embotellamiento producido ayer a la tarde, en el peaje de Pando.

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Fuentes entendidas dicen que tampoco colaboró mucho en la continuidad de su existencia, la media sandía que se comió tranquilamente, mientras esperaba el reestablecimiento de la circulación vehicular.

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PLANTAS ASESINAS
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Un grupo de enredaderas sizus shifleras propiedad de un productor agropecuario de Artigas, se comieron a dos perros pastor alemán encargados de cuidarlas.

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Según nos contó Jesús Ramón PASTORINO LEJOS, dueño del establecimiento, los vegetales se encontraban plantados en un pequeño invernáculo en las cercanías del casco de la estancia, cuando sin causa aparente comenzaron a agredir a los perros, que poco pudieron hacer ante la envestida de las decididas plantas. Según confesó uno de ellos antes de morir, todo se reduciría a un ajuste de cuentas pergeñado por una de las carnívoras.

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Aparentemente los canes, aprovechándose de la escasez de agua, habían estado chantajeando a los indefensos tubérculos, exigiéndoles sexo a cambio de llevarlas a los mejores lugares en donde conseguir el vital elemento. Este abuso, que se venía perpetrando casi desde el comienzo mismo de la sequía, llegó anoche a su fin de la peor manera.

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En momentos en que amparados en la oscuridad los caninos delincuentes se encontraban consumando sus orgiásticas fechorías, el resto de las indefensas víctimas y ante la inactividad del dueño de casa, decidieron resolver el problema por hoja propia. Tomaron a los perros con sus afilados estambres y pistilos por la nuca, y los empezaron a chupetear con brío, cual fresco pastito. Una vez que no quedó de los perros más que el esqueleto pelado, hicieron lo propio con el toro del corral lindero, para luego saltar el alambrado y salir campo afuera en busca de más carne fresca.

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Hasta ahora se tiene registro del asesinato de 3 toros pampa, 2 normando, 13 perros de raza, 24 gallinas ponedoras, 7 ovejas merilin, 2 gatos, 1 capataz y 3 peones de estancia. Del las asesinas, ni rastro.

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MÚLTIPLE ACCIDENTE POR ANIMALES EN LA CALZADA
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Cinco autos, dos camionetas y un ómnibus protagonizaron un múltiple choque en las inmediaciones del zoológico Villa Dolores.

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Dos cebras y un burro fueron los responsables de un múltiple accidente que arrojó varios heridos, dos de ellos de gravedad, el cual se produjo ayer de mañana frente al zoológico municipal. Luego de la violenta colisión, las cebras quedaron en el piso, y aunque perdieron algunas rayas, no sufrieron heridas de consideración. No corrió la misma suerte el burro, quién se llevó la peor parte al ser golpeado en el lomo, por el pesado vehículo de pasajeros.

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Aparentemente ambos animales, dejados ahí la noche anterior por personal municipal, no contaban con las señalizaciones correspondientes, por lo que los individuos afectados, manejan la posibilidad de iniciar juicio a la Intendencia de Montevideo.



domingo, 25 de enero de 2009

EL BESO QUE NO FUE

Por Hernán Barrios
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La temperatura era ideal. Los días eran calurosos pero no agobiantes, y las noches suaves y cálidas. Las nubes de febrero habían emigrado continente arriba en busca de emociones, y el translúcido azul del cielo hacía ya varios días que había llegado para quedarse. A eso de las 9, cuando el sol se desgranaba en miles de estrellas, una suave y dulce brisa nocturna nos acariciaba los cuerpos aún calientes, después de un ajetreado día de playa. El río había caído ese mes, a falta de vientos, en un letargo casi permanente del cual salía, solamente, ante la invasión de miles de acalorados bañistas que en tropel se lanzaban a sus aguas, buscando refugiarse de los filosos rayos del sol, para luego volver, apenas entrada la noche, a retomar su sereno reposo.

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El camping estaba completo. A un lado y otro de nuestro campamento y entre los árboles, se extendía una ciudad multicolor de carpas y vehículos que llegaba hasta donde la vista lo permitía. Había familias completas que iban a pasar el mes entero; parejas entusiastas en los albores de su relación, buscando intimidad para hacer el amor dentro de una pequeña carpa y lejos de sus familias, como si se acabara el mundo; barras de amigas; grupos de estudiantes; y también alguna que otra alma solitaria. La variedad era amplia, pero todos teníamos algo que nos envolvía y unía al mismo tiempo: una enorme sensación de paz y tranquilidad. En definitiva, la alegría de vivir que lamentablemente, salvo contadas ocasiones, solo saboreamos cuando estamos de vacaciones.

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Éramos unos 20 entre chicos y chicas, y estábamos acompañados por los padres de Carla, los cuales también, dicho sea de paso, eran los dueños del camión en el que fuimos. La idea era poder viajar a otro sitio, pero como el dinero que juntamos durante el año no fue demasiado, nos tuvimos que conformar con una semanita en Durazno. Igualmente, la estábamos pasando de maravillas. La mamá de Carla hacía unas tortas fritas de novela y el padre unos asados de película, así que con una alimentación tan artística, no podíamos estar mejor. Nos habíamos distribuido en varias carpas, aunque gracias a la atenta vigilancia de la señora de las tortas fritas, obvio que las chicas estaban por un lado, y los chicos por otro. Nuestro campamento era grande y ruidoso en partes iguales; sobre todo por las noches, ya que durante el día nos pasábamos en la playa disfrutando del agua. Allá cuando el sol se iba, cansado de soportarnos, nosotros también emprendíamos la retirada con nuestros jóvenes cuerpos de 16 años, casi tan extenuados como él.

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Esa hora de la tardecita tenía una magia especial. La luz artificial de esporádicas lamparitas de poca potencia esparcidas por todo el camping como luciérnagas, y tomando por la fuerza poco a poco el lugar del astro rey, daban al paisaje un color rojo amarillento muy particular. El canto de las chicharras y los pájaros era desbancado en poco rato y casi sin darnos cuenta, por el murmullo incomprensible de un mar de voces humanas, y el ritmo desparejo de unos cuantos equipos de música batiéndose a duelo. El sendero que conducía a las duchas nos reconocía pasar todos los días a las mismas horas, con nuestra toalla al hombro, chancletas y el cepillo de dientes en la mano. Y bueno es decir también, que era cómplice silente de miradas furtivas e inocentes piropos, que con escasa puntería arrojábamos temerosos, a desarropadas niñas de campamentos cercanos.

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Era jueves, y esa tardecita me había bañado algo más tarde que el resto. Volví sólo de las duchas, y mientras el resto de la barra ya se encontraba junto al fuego, me interné en la carpa con la sublime misión de vestirme y peinarme. De pronto, un furtivo alboroto de voces femeninas, anunció la llegada de un pequeño grupo de compañeras que volvían de comprar algunos víveres para la cena. Al mismo tiempo pude escuchar cómo mis compañeros daban la bienvenida, a alguien que las chicas acababan de conocer, y que habían invitado a acercarse el campamento. Era una chica, no cabía duda. “Ella es Verónica”-alcancé a oír decir a una de mis compañeras. Dediqué algunos minutos más de lo habitual al peinado de esa noche, y luego salí intrigado, a reunirme con el resto de la barra alrededor del fogón.

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Que era bonita, no cabían dudas. Pero a su vez dentro de ese contexto, dos características me resultaron especialmente atractivas. La primera, sus ojos. Eran grandes, negros, luminosos, y extrañamente melancólicos. La segunda, un par de simpáticos hoyuelos en su cara, que daban a su rostro y especialmente a su sonrisa, una perfecta combinación de inocencia y picardía. Era simpática y extrovertida, por lo que no tuvo problemas para integrarse a la reunión. Pero el tímido era yo, y como encima llegué tarde a la presentación formal, me tuve que conformar con una hola casual que no me dejó para nada, en una buena posición de arranque.

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Mis ojos buscaron los suyos más a menudo de lo que mi vergüenza me lo permitía, y para mi sorpresa, en varias ocasiones los encontraron. Pero debo reconocer que fue ella, no sé exactamente en qué momento, la que se sentó a mi lado y comenzó a hablarme. Al principio, y como suele suceder en estas historias, sobre todo cuando la inexperiencia se da de frente con la realidad, la suma de los silencios superó ampliamente a la de las palabras. Pero con el correr de los minutos, la confianza se fue haciendo cargo de la situación, y poco a poco nos fuimos relajando. Hablamos de lo que siempre se habla en estos casos; primero los datos personales, nombre, edad, fecha de nacimiento, etc.; luego, estudios, amigos, familia y amores, en ése orden. Ahí me enteré que se llamaba Verónica, (bueno, en realidad lo confirmé), supe que tenía 14 años, que vivía en Canelones, y que había venido con su familia, como todos los años, a pasar la primera quincena de febrero a Durazno. Supe además que estaba en segundo año de liceo, que de grande quería ser modelo, y más importante que todo, no tenía novio. La noche se fue poniendo vieja, y con ella, tanto las luces como los sonidos, fueron haciéndose cada vez más tímidos y esporádicos. La temperatura comenzó a bajar junto con la cantidad de integrantes de la reunión, que uno a uno comenzaron a retirarse hacia sus aposentos, hasta que en un momento dijo que tenía que irse, ya que sino, sus padres se iban a preocupar. Junto con dos compañeras la acompañamos hasta su campamento y la invitamos a que, si quería, se encontrar con nosotros al día siguiente. Un esperado beso en las mejillas fue para mí en ese momento, un bonito tesoro que me llevé de recuerdo a la cama, y que ocupó parte de mis sueños, aquella noche.

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A la noche siguiente teníamos planeado ir todos a un baile que había en un boliche cercano al camping, y del que nos habían hablado muy bien. Verónica pasó el día con nosotros en la playa, pero como estuvo casi todo el tiempo con las chicas, no tuvimos más contacto que algunas miradas casuales y lejanas. Ya cuando la tarde comenzaba a acercarse a su fin, pregunté a Soledad –una de las compañeras con las que tenía especial confianza- si Verónica iba a ir con nosotros al boliche. Me respondió que no sabía, porque no tenía la seguridad de que sus padres le dieran permiso, y aún no les había consultado. En ese momento no entendí muy bien lo del permiso, pero luego con el tiempo me dí cuenta de que la reticencia de los padres a dejarla ir, era absolutamente justificada; tenía tan solo 14 años, e iba a ir a un baile con una barra de absolutos desconocidos. Entonces la solución fue, me parece a mí, lo más inteligente que hicimos en mucho tiempo y espacio a la redonda; fuimos 4 personas de la barra a presentarnos con los padres, (como para que ya no fuéramos desconocidos) y a pedirles permiso para que la dejaran ir con nosotros. La comitiva éramos 3 chicas y un servidor. Para mi alegría, la respuesta fue positiva.

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Para llegar al lugar del baile, tuvimos que atravesar todo el camping y luego, por un sendero zigzagueante y poco iluminado, un monte bastante grande que hay cerca de él. Salimos todos juntos del campamento, pasamos a buscar a Verónica, y seguimos viaje hacia el boliche. En el camino, y supongo que gracias a esa magia que estoy convencido se produce en vacaciones y en verano, como por ósmosis nos fuimos retrasando de la barra y caminamos juntos, unos cuántos metros más allá. Las miradas se fueron haciendo cada vez más cómplices y sensuales, y los temas de conversación se fueron resumiendo hasta quedar instalados en uno, el amor. Buscábamos cualquier excusa para lograr contacto físico; un sutil cachetazo en mis mejillas, un tironcito de sus negros y largos cabellos, un golpecito en el brazo, y hasta un exhaustivo e interesado escrutinio de un anillo de coco que llevaba en su mano derecha, (el que por cierto, no me interesaba en lo más mínimo); luego de éste análisis dactilar, las manos no volvieron a separarse y siguieron juntas hasta el boliche, arrastrando con ellas a sus respectivos dueños, y sin que ninguno de ellos opusiera resistencia.

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Una vez dentro del baile, nos soltamos las manos, (creo que por un poco de vergüenza hacia los demás integrantes de la barra), y nos pusimos a bailar en rueda, junto con todos los demás. El tiempo fue pasando rápidamente al ritmo de la música, hasta que al fin llegó, lo que en realidad había estado esperando desde que salimos del campamento; la hora de las lentas.

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Mi timidez era tal, que a pesar de que para cualquier mortal era obvio que también ella estaba esperando bailar conmigo, aún así dejé pasar varios temas antes de invitarla. La miraba desde lejos mientras hablaba de cualquier cosa con mis amigos, como esperando que ella me hiciera una seña que me confirmara, que efectivamente estaba esperando que la sacara a bailar. Recuerdo que tuvo que rechazar a dos o tres perfectos desconocidos, antes de que yo juntara el valor suficiente para acercarme a invitarla. Luego de maldecirme en varios idiomas por mi idiotez, me acerque y le lancé un inseguro -“¿Bailás?”, a lo que ella respondió con su boca un –“Bueno”, y con su mirada un –“¡Obvio!”. Aunque esto de la mirada no me importó mucho, porque en definitiva ya estábamos caminando de la mano hacia el mismísimo centro poblado de la pista, a donde mi recién estrenado instinto me decía que seríamos más invisibles a las curiosas miradas de mis compañeros. No sé si habrá sido porque nos habíamos gastado todas las palabras en el camino, o porque los nervios de ambos no nos permitían encontrar un tema interesante, que no intercambiamos más que unas pocas frases huérfanas y sin sentido que, de no haberlas dicho, hubiera dado lo mismo. La cosa es que a partir de ese momento dejé mi cuerpo en piloto automático y lo abandoné, confiado, en que el instinto me llevaría por buen camino. Para mi sorpresa, creo que ella hizo algo parecido, porque recuerdo que en el primer tema sentí el peso insignificante de sus manos pequeñas sobre mis hombros; en el segundo, fui testigo presencial de cómo se encontraron, reconocieron y se juntaron por detrás de mi cuello; y en el tercero, ya sus codos ocuparon el lugar original de sus manos en mis hombros, se despidieron y siguieron camino, para que aquella preestablecida posición de baile se convirtiera casi mágicamente, en un ansiado abrazo. Como era de esperar, aún para un novato idiota como yo, mis manos fueron acompañando dicha metamorfosis posicional, y recorrieron algo temblorosas primero sus caderas, luego su cintura y al final su espalda, en toda su extensión.

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Las canciones se siguieron sucediendo y nosotros flotábamos al son de la música como si el resto del mundo no existiera. Aquellos jóvenes cuerpos redoblaban con cada cambio de ritmo, la presión que ejercía uno sobre el otro. El salón estaba lleno y la temperatura ambiente era agobiante, para lo cual estoy seguro colaboraba en gran medida, la temperatura interna que escapaba de nuestro baile virginal. Las manos sudaban a mares y así lo hacían también nuestros rostros. Mi corazón, que latía a ritmo de vértigo, amenazaba todo el tiempo con salir disparado de mi pecho, y mi sexo confundido, no encontraba manera de ocultar su excitación. Era cuestión de tiempo para que nuestras bocas se encontraran en el espacio y se convirtieran en una sola. Sus miradas eran súplicas, y las gotas de sudor deambulando por su cien, el paraíso. Su cabeza abandonó varias veces su cómoda ubicación sobre mi pecho, en epopéyica cruzada en busca de mis labios. Por momentos, tan solo unos pocos centímetros de aire caliente separaron nuestras bocas. Y en otros, lo hicieron también unos pocos centímetros de piel, cuando su cara se apoyaba tibia sobre la mía, y las comisuras de nuestros labios parecían estarse tocando. Nuestro aliento se juntaba en un erótico y suplicante intercambio gaseoso. Las canciones siguieron llegando, y con cada una de ellas estrenábamos una nueva oportunidad de probar por primera vez, el sabor de unos labios ajenos. Y la música siguió pasando. Y la noche, lentamente, se desvaneció en un suspiro adolescente.

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Regresamos a Trinidad al día siguiente. Intercambiamos algunas cartas sin contenido durante algún tiempo y luego también ellas, al igual que aquella noche, se desvanecieron. Me maldije cada día que el recuerdo de aquellas vacaciones, me tocó a la puerta.

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Vinieron luego muchas bocas, muchas alientos y muchos cuerpos de mujeres que no dejé escapar. Pero aún mantengo intacto en el cajón de mis recuerdos, el sabor de aquella boca; el dulce e inocente sabor de aquel beso que no fue.

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FIN


jueves, 8 de enero de 2009

MANUAL DEL BUEN VERANEANTE

Por Hernán Barrios






En fechas en que la mayoría de los seres humanos que tienen su morada por debajo del ecuador se toman sus merecidas vacaciones, me pareció oportuno dedicar algunas líneas, al tratamiento de algún tema relacionado con estas cuestiones.

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En mi país específicamente (Uruguay), y fundamentalmente por un tema de corte monetario, la aventura de salir con la carpa al hombro, con la real intención de armarla en el primer monte con ½ kilo de arena y ¼ litro de agua sin cloro que encontremos, se ha transformado en un clásico. Y no solo entre los jóvenes, como cabría de esperarse, sino también entre personas de cualquier edad, incluso familias completas con niños, abuelos, perro, gato y loro.

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En este contexto, cabe decir que muchos campamentistas profesionales se toman su transitoria condición realmente muy en serio, y eso se refleja obviamente, en la imponencia de sus campamentos. Pero otros, entre los cuales me incluyo, gozamos de una condición absolutamente amateur y le damos una importancia mucho menor, remitiéndonos a llevar solo lo justo y necesario. Tanto es así, que la mayoría de las veces nos pasamos de justeza y nos faltan, llegado el momento, elementos imprescindibles.

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Es por esta razón que he decidido escribir el siguiente manual. Básicamente, para que a todos aquellos pseudo-campamentistas que están a punto de izar las velas de la adrenalina y levar anclas en el mar de la aventura, no los agarre la lluvia en el desierto con un tenedor en cada mano.

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Por último debo confesar –nobleza obliga-, que las siguientes recomendaciones surgen de situaciones en las que directa o indirectamente, he estado involucrado.

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Dicho esto, he aquí la criatura.


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EL CARTELITO

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¡Fundamental! Por supuesto que la regla de oro de todo buen veraneante de mochila a la espalda, es no gastar un peso en transporte. Para cumplirla, tenemos dos caminos; o caminamos, -acción a la cual no me afilio en lo más mínimo, sobre todo cuando nuestro destino final sobrepasa con holgura los 100 kilómetros de distancia-, o le pedimos a cualquier buen samaritano de corazón noble, que nos de un aventón. Para poner en práctica esta segunda opción, es necesario haber diseñado previamente, un cartel de al menos 50 x 60 CMS, en el cual se lea en forma clara y concisa, el sitio al cual nos proponemos llegar. Pero ojo, nada de lapiceras Bic de trazo fino. Lo más gruesa y corpulenta posible (decía una vecina mía) tiene que ser la letra. Miren que ningún cristiano, por más nobles intenciones que tenga, se va a bajar del auto para leer el cartel.


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CARPA COMPLETA

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Las carpas están compuestas básicamente de dos partes; una blanda, formada por lonas, sobretecho y mosquiteros, y otra dura (me contó la misma vecina del párrafo anterior), formada por hierros y estacas. Ambas son importantes por igual, y es bastante poco recomendable olvidar alguna.

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Recuerdo cual si fuera ayer, aquel fin de semana en el festival del lago de Andresito, allá por el 2002, en el cual, ante la negligencia de Fernandito, que llevó solamente la parte blanda de la canadiense de cuatro personas de su hermano, tuvimos que darle forma insertando el único colchón inflable que teníamos, erecto, y haciendo las veces de pared central. Lo malo, la casita nos quedó amorfa y totalmente proclive a derrumbarse cada 13 minutos, ante el más mínimo movimiento externo o interno. Lo bueno, nos quedaron dos habitaciones claramente definidas.


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COLCHON INFLABLE O SOBRE DE DORMIR BIEN MULLIDO

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Aún tengo tatuado a fuego en mi costillar izquierdo, las marcas que me dejaron aquellas filosas piedras calcáreas de origen volcánico, sobre las cuales estacioné mi carpa, en febrero del 98. Era mi primer incursión en el tema, y tan excitado estaba con aquel inminente debut campamentero, así como con la adquisición de mi primer vivienda móvil, que olvidé llevar algo sobre lo cual recostarme. Y bueno, así me fue. Ya de regreso en Montevideo, me revalidaron casi todas las materias de un curso de nivel terciario para faquir en jefe, que realicé en la UTU.


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ENCENDEDOR

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O cualquier elemento capaz de generar ignición. Quiero en este punto echar por tierra ese viejo mito que empeñosamente se han encargado de inocularnos desde la escuela, que asegura que se puede lograr una combustión completa frotando dos piedritas, o en su defecto, dos palitos. ¡Mierda vas a prender fuego así! Las piedras lo único que pueden generar, son unos callos más grandes que la mano, y los palitos, se los pueden meter directamente en el culo. Podes lograr fuego sí, pero de la calentura que te agarras de tanto frote que frote, pero no por el refriegue en sí. Qué se vallan a la mierda los indios.


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ALARGUE O PROLONGADOR

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Para conectar una lamparilla con el fin de iluminar el campamento, debes saber que vas a necesitar un alargue, largo. Hago hincapié en el adjetivo calificativo, porque es altamente probable que el pico de donde tengas que sacar electricidad, se encuentre a no menos de 500 metros de donde se te ocurrió instalarte. Esta máxima creo que le faltó a Murphy, pero como soy muy generoso, se la agrego a sus leyes: -la distancia que te separará del pico de luz más próximo a tu carpa, será siempre el doble de los metros de cable que hayas llevado.

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PRESERVATIVOS

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Esto lo agrego en sentido simbólico, y sólo para prestarle otra ley al amigo del párrafo anterior. Dice algo así: –la cantidad de oportunidades que se te presenten de tener sexo en las vacaciones, será inversamente proporcional a la cantidad de condones que hayas llevado.

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GUITARRA

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Esto en caso de que quieras ponerle un toque folclórico al campamento, y de paso llamar la atención de las vecinas del campamento de mas allá. No del contiguo, el cual indefectiblemente va a ser una familia con no menos de 22 integrantes, entre los cuales se van a destacar al menos una docena de niños por demás inquietos, sino del otro, el del otro lado del arroyito. Además del instrumento, es fundamental tener bien aprendida letra y música de las siguientes tres canciones: -El oso, Rasguña las piedras y Presente. Ah… y si tienen Y nos dieron las 10 de Sabina, están completitos. Con eso es suficiente.

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De todas maneras, si cantan lo suficientemente bien como para que las vecinas del oooootro campamento se acerquen a interactuar, no se vayan a olvidar de tirar los preservativos lo más lejos posible, sino están fritos igual.

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Además de estas elementos fundamentales, no está de más llevar otros como una linterna, cuerda, un cuchillo de Rambo, fósforos (por si al encendedor se le termina la piedra), un mapa (no importa de dónde), un teléfono (al pedo porque nunca vas a tener señal), repelente, protector solar y un gorro (mejor gorro no, porque sino va a estar nublado). Ah… y plata para el pasaje de vuelta, porque dos cosas van a suceder seguro a su regreso; va a estar lloviendo como pocas veces habrán visto en su vida, y no les va a para un vehículo en la ruta ni aunque se le metan adelante.

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Creo no equivocarme cuando digo que, si siguen al pie de la letra estas sencillas recomendaciones que humildemente he escrito para ustedes, no hay motivo alguno para que no disfruten este verano, de unas maravillosas vacaciones al aire libre.

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Suerte.