Desde que recuerdo tuve esas imágenes en la cabeza. Nada claras, por cierto, sino todo lo contrario. Eran mas bien rastros despintados y difusos de un recuerdo muy pero muy lejano. Tanto, que me llevó muchos años componer una imagen mental más o menos sólida, consistente, con algo de textura y con elementos suficientes, como para poder contrastarla con la realidad, o al menos con un relato o historia que encajara en parte, con esa realidad.
Eran tan esquivas, que no fue sino hasta que por otros motivos me vi forzado a someterme a un tratamiento psicológico que incluida una especie de estado hipnótico, que pude, en parte, darles algo más de cuerpo a estas imágenes traslúcidas. Eso fue allá por 1998. Un caserón viejo y lúgubre. Un campo. Árboles grandes. Una puerta de madera vieja y despintada. Algunos animales de granja. Todos estos elementos teñidos por una atmósfera más bien oscura, pastosa, densa, pesada. Con el tratamiento el recuerdo se hizo más claro, pero también más claras se hicieron las sensaciones que de él emanaban. Y no eran buenas sensaciones.
Son Huan Yue era un niño chino que vivía con su familia en la provincia de Hainan. Un día al volver de la escuela, Son comenzó a manifestar un salpullido en la piel de sus brazos y piernas, que le provocaba un escozor insoportable. Tanto era así, que dicha picazón muchas veces le impedía incluso realizar tareas esenciales, tales como comer.
Un día su padre, preocupado al ver que su hijo no comía nada, lo sentó a prepo a la mesa y le dijo con voz firme: -¡Aunque tengas comezón, come Son!
Fui a buscarlo apenas salí del liceo, ya con la sangre en el ojo. Hacía unos cuántos días que veníamos con el tema de los cortes de luz, y ya no podíamos contener más nuestra ira adolescente. De grande entendí que dichos cortes respondían a restricciones impuestas por el gobierno debido a la falta de lluvias, pero en ese momento yo estaba convencido de que se trataba de paros por reclamos salariales, de los trabajadores de UTE. Y a esa altura de la vida mi espíritu explosivo se revelaba casi instintivamente y sin el menor intento de análisis, ante cualquier tipo de injusticia, máxime si ésta me dañaba directamente.
Recuerdo que ese verano la energía eléctrica desaparecía a eso de las ocho, y ante la falta de ventiladores, televisión o radio -ni hablar de computadora o celular, aparatos que lejos estaban de inventarse- las calurosas noches de enero se estiraban hasta el infinito y se hacían eternas. Quizás sea sólo un efecto leudante de mi memoria, pero tengo la impresión de que en esa época las noches trinitarias eran realmente agobiantes. El aire no corría en absoluto y la respiración se volvía excesivamente dificultosa. Además de eso, eran bastante comunes las invasiones nocturnas de cascarudos negros -entre muchos otros insectos- los cuales le daban a las calles y veredas del pueblo, una apariencia definitivamente asquerosa. Ésto, además de los 40ºC de temperatura que calentaban los sesos casi hasta el punto de hervor, habían llevado nuestro umbral de tolerancia a niveles inusualmente bajos.
Planeamos aquel viaje al menos durante dos meses. Recuerdo muy bien que el día anterior nos encargamos de juntar todos los adminículos que íbamos a necesitar. Yo soy un tipo precavido, pero mi amigo Antonio lo es más, por lo que juntos repasamos una y otra vez aquella extensa y detallada lista, que con tanta minuciosidad y cautela habíamos preparado.
Era abril y de los de antes, cuando en Semana Santa hacía frío en serio, por lo que nuestra indumentaria estaba acorde al clima. De abajo hacia arriba era algo más o menos así: botas, dos pares de medias, pantalón de jean con un deportivo Adidas (de los azules con tres rayas blancas en los costados) por debajo, camiseta gruesa de algodón, buzo "jogging", camisa de paño a cuadros grandes, rompevientos (para los de frontera afuera, esto vendría a ser un buzo de lana gruesa con un cuello alto), bufanda, guantes y gorro (también de lana). Los fieros birrodados que iban a tener la gentileza de soportarnos aquellos escabrosos 60 kilómetros hasta la estancia del tío Pirulo, habían sido puestos a punto en un taller mecánico. En nuestras mochilas, además de ropa extra, llevábamos provisiones para el viaje, que consistían en refuerzos de mortadela y manzanas. Eso sin contar una botella plástica con Jugolín de naranja que nos hidrataría, en el remotísimo caso de que por alguna razón nos tuviéramos que codear más tiempo del previsto, con el sol del mediodía. Y digo remotísimo, porque tratando de evitar dicha situación, fijamos como hora de partida las 4 de la mañana, para tratar de llegar a destino no mucho después de las 9. Por último, decidimos incluir en el equipaje un aparatoso inflador de pie (casi tan pesado como la bicicleta misma), y una linterna que muy gentilmente nos prestó el padre de mi amigo.
Por algún motivo que desconozco -o que mejor dicho supongo pero que no me he tomado el tiempo de confirmar- tengo pocos recuerdos de mi niñez. Mi memoria de esos tiempos, digamos hasta los diez años, está cubierta por una especie de bruma que no me permite ver con definición suficiente, la mayoría de los episodios que en ese período de tiempo me ocurrieron. Sin embargo, algunos parecen haberse salvado -o al menos eso creo- de esa especie de miopía de la memoria, y se me presentan aún hoy, tan claros y nítidos como los de mi pasado más reciente. Este es el caso de la historia que voy a compartir hoy con ustedes, en la que narro lo que considero fue para mí, el fin de la niñez.
Yo tenía ocho años, o quizás alguno más. Vivíamos desde siempre -desde mí siempre- en la casa de la calle Rivera que pertenecía a mis abuelos maternos, y en la cual aún hoy vive mi abuela María. La casa da a la calle y tiene en su costado una entrada para vehículos, al final de la cual mi padre tenía su taller de carpintería.
Ramón cumplió cien años de vida este agosto. Poca familia le queda, y poco esfuerzo hace además, en ir a visitarlo. Ahora, y desde que falleció su esposa hace ya unos cuántos años, su mundo gira en torno a los veteranos y veteranas del hogar.
Para tener un siglo sobre sus hombros, está bastante entero el viejo. Apenas si le hecha una mano a sus gastados huesos, un escuálido bastón que debe tener casi tantos años como ellos mismos. Y de la cabeza, clarito. Según él, el secreto está en no hacerse mala sangre por nada. "En la vida hay que hacer sólo lo que nos hace feliz, nada más"- responde sin dudarlo cada vez que le preguntan al respecto.
Quizás sea ese buen humor constante y esa forma tan positiva de ver la vida, lo que lo ha hecho un hombre querido y respetado, tanto en el hogar como en el pueblo todo. Tanto es así, que para su cumpleaños le organizaron entre muchos una gran fiesta, con orquesta de tangos incluida, sabedores de su pasión por la música típica.
Fue tanto el alboroto que armaron, que hasta el canal de televisión local se hizo presente en el evento. Ya casi al final de la fiesta, cuando quedaban pocos comensales y las fuerzas de la barra comenzaban a menguar, una joven periodista y su camarógrafo se acercaron a Ramón para hacerle una nota. Los atendió amable, como siempre.
Digamé Ramón, ¿qué es lo malo de ser viejo?_ preguntó la muchacha a quemarropas y quizás con exagerada liviandad.
Luego de pensarlo unos segundos mirando al suelo, como si la respuesta se escondiera debajo de alguna silla, Ramón la miró directo a los ojos y con mirada pícara le dijo:
"Lo único malo de ser viejo mija, es el recuerdo de haber sido joven".
Sus cuerpos jóvenes y desnudos se atraen con todo el poder del universo. Nada más existe. Nada más importa. Se miran a los ojos, tan cerca, tan profunda, tan vorazmente, que la posibilidad de esta unión es una certeza físicamente ineludible. Sus bocas se desean con la vehemencia de una adicción y sus respiraciones, excitadas, húmedas, entrecortadas, tiñen el silencio de la habitación con la promesa de un placer infinito.
Ximena y Carla se conocieron hace pocos días. Digamos una semana. La primera había alquilado, junto a su novio, una pequeña cabaña de madera a metros del mar. La segunda, está de vacaciones con sus padres y su hermano menor. Punta del Diablo tiene, en febrero, la dosis justa de movimiento y tranquilidad que hacen posible la coexistencia placentera de grupos bien diversos de personas. El todavía caliente sol del verano regala alegrías a todos por igual. Las parejas mayores y las familias, disfrutan de sus infinitas playas durante el día, y de pintorescos restaurantes -muchos con músicos en vivo-, por la noche. Los grupos de amigos y amigas en cambio, apenas llegan a la playa promediando la tarde, pero descargan durante la noche toda su vitalidad adolescente en los exóticos y paradisíacos boliches, que los ven amanecer.
Esa noche, Carla y su familia estaban cenando en la parte exterior de un pequeño restaurante de la calle que da a la playa, cuando de pronto llegaron Ximena y su novio. No eran más de las 9 y la temperatura era ideal. El que lo ha vivido sabe que esas mesas de madera rústica y decoradas con velas encendidas, sumadas al canto desgarrado de Bob Marley sonando alegre en segundo plano, contagian a los corazones cercanos de un virus bastante parecido a la felicidad.
Hace algunos días estaba leyendo un artículo de Hernán Casciari tituladoMínimos avances en la cama, el cual habla acerca de lo poco que ésta ha evolucionado desde su creación hasta nuestros días, e inmediatamente me vino a la mente otro aparato, bastante más sofisticado, del que se podría decir que tampoco ha tenido un derroche de evolución en su carrera.
EL AIRE ACONDICIONADO
Para mí -y supongo que para la mayoría de las personas-, el aire acondicionado es una máquina maravillosa. La verdad que me tengo que sacar el sombrero ante su creador. Nos mantiene calentitos en invierno y frescos en verano. Estoy bastante seguro de que, junto con el lavarropas, el consolador y el control remoto, son responsables directos, en este siglo y en el anterior, de gran parte de la felicidad del ser humano. Realmente es un artilugio maravilloso y casi perfecto.
Y digo casi porque hay una parte del invento que no me termina de cerrar. El chorrito. No sé si fue porque se cansaron al final, porque se les terminaron las ideas, o por falta de recursos para comprar materiales, pero la verdad que este detalle -a priori insignificante-, me da como pena por el aparato en sí. Es una lástima que una idea que les podría haber salido redonda de principio a fin, se les haya quedado trunca por semejante descuido.
Y lo que más me preocupa, es que luego de unos cuántos años de rodaje y ya con tiempo más que suficiente como para haber pulido el invento, el dichoso chorrito siga estando ahí. La verdad que me cuesta creer que nadie en todo este tiempo haya sigo capaz de corregir semejante desperfecto. Sinceramente, para mí que no le han puesto suficiente voluntad al asunto.
Las ciudades crecen, los edificios se multiplican, y los aparatos de aire acondicionado ocupan cada vez más espacio en las fachadas de estos últimos. Y todos, absolutamente todos, desde los más viejos hasta los de última generación, dejan caer su acuoso residuo sobre las cabezas de los desprevenidos transeúntes.
Ojo, no estoy pidiendo que inventen un sistema que haga desaparecer el agua residual como por arte de magia. Ni siquiera que la reciclen para poder utilizarla en otros menesteres, como por ejemplo regar las plantas. Lo único que pido, desde mi humilde espacio de ciudadano de a pié, es que no me tiren el chorro en el marote cuando paso. ¿Está mal? ¿Es mucho pedir?
¿¡Qué les cuesta señores de la "contru"; arquitectos, ingenieros o constructores, ponerles un cañito -barato nomas-, que saque el agua en forma más amistosa y menos violenta, del interior de su metálico estómago!? Estoy seguro de que no puede ser tan difícil.
Grueso y profundo análisis acerca del tan popular y poco amistoso estudio médico denominado TACTO RECTAL.
A mí todo lo que tenga que ver con ciencia y tecnología, me interesa. ¡Pero todo, eh! Desde los vuelos al espacio hasta las zambullidas en las Fosas de las Marianas. Desde la Teoría de la Relatividad, pasando por la de la Evolución de las Especies, hasta la física cuántica (con agujeros negros incluidos). No dejo pasar ninguna oportunidad de pegarle una mirada en Discovery, History o cualquiera de esos canales, a todo programa que tenga que ver con ciencia, tecnología, pirámides, y de paso ovnis. Me gustan, ¡qué le voy a hacer! No lo puedo evitar. Y digo todo esto nada más para dejar en claro que mi relación con la ciencia es buena. Que no tengo nada en su contra y que por el contrario, en la mayoría de los casos, la apoyo y la defiendo.
Pero hay algo que ya desde hace algún tiempo me anda dando vueltas en la cabeza, y que considero ha llegado el momento de decirlo. Algo que no me cierra. Algo a lo que, por más vueltas que le doy, no le encuentro explicación científica. Ese algo es el examen médico denominado TACTO RECTAL.
Al
principio pensamos que eran hormigas voladoras, que si bien son
molestas, por lo menos no pican. Pero cuando sentí el pinchazo en la
panza me dí cuenta de que estábamos en presencia de otro bicho,
igual de molesto, pero mucho más malvado. Avispas.
Chicas,
-digamos tamaño mosquito con esteroides- pero musculosas, y según
testifica mi prominente área estomacal, con un aguijón poderoso.
Todo ocurrió cuando estábamos de lo más panchos en Ferrando, una
de las playas más lindas y familiares de Colonia. No hacía mucho
rato que habíamos llegado, pero ya teníamos desplegado todo el
arsenal de elementos necesarios para una tarde de playa: sombrilla,
conservadora, toallones, la bolsa con los juguetes, etc., y con
Franca estábamos tratando de agarrarle la mano al disco volador, el
cual era nuestra última adquisición. Estaba ventoso, bastante
ventoso, y el disco medio que andaba solamente en una dirección. Era
como que tenía ínfulas de búmerang, el aparato. Pero menciono lo
del viento, porque en un determinado momento comencé a notar que
junto con él, venían también otras partículas -pocas aún- que
como pasaban tan rápido no me daba tiempo a descifrar si eran arena,
mosquitos, mosquitas de esas diminutas pero que rompen los huevos
como si fueran tarántulas, u hormigas voladoras.
Por
primera vez en sus casi cuatro años y en mis casi cuarenta, se animó
a quedarse sola con Lucía y conmigo. -¿Querés quedarte unos días
con los tíos?- le preguntó la madre -mi hermana-, quizás con la
esperanza de que, como siempre, dijera que no. -¡Bueno!- contestó
Franca -mi sobrina-, con una irreverencia casi desconocida.
Pero
vamos a ponerle un marco a esta historia. Resulta que estábamos de
vacaciones en Colonia, más precisamente en la casa de la tía Estela
y del tío Juan. Habíamos ido el fin de semana los cuatro: mi
hermana, su hija, Lucía y yo. Las dos primeras se volverían a
Trinidad el lunes de tarde. Los dos últimos, recién el viernes. La
cosa es que este repentino cambio de planes hizo en parte tambalear
la frágil estructura de nuestro itinerario. No porque no nos gustara
la idea de ser tíos full time, lo cual prometía ser divertido, sino
porque cabía la posibilidad -bastante alta por cierto-, de que en lo
mejor de la joda a la menor le diera por extrañar a la madre, y
tuviéramos que desandar con urgencia y antes de tiempo, los
doscientos y pico de kilómetros que las separaban.
Tenía
12 años recién cumplidos. Era la noche del domingo y al otro día, temprano, nos
volvíamos a Buenos Aires. Mis padres me habían dado algún dinero para gastar en
las tragamonedas, mientras ellos probaban suerte en otros juegos. El ruido ensordecedor
de voces y fichas, así como el humo asfixiante de los cigarros, volvían el
ambiente abrumador.
Casi
había agotado mis reservas cuando una niña, rubia, delgada y de piel blanca
como la luna, se paró a mi lado. Tenía un vestido hasta las rodillas color rosa
y unas caravanas con forma de estrellas. Entre tímido y confundido la miré y le
pregunté su nombre. Así, los ojos más verdes que jamás había visto me
devolvieron la mirada, y una voz dulce y suave como la miel me dijo: Celeste.
Luego
sonrió y me tomó de la mano. La suya y la mía pusieron, juntas, mi última
moneda en la ranura. Bajamos la palanca y las fichas comenzaron a caer en
cascada junto a la estridencia de luces y sirenas. Busqué alegre y sorprendido
la complicidad de su mirada y ya no estaba. Mis padres me levantaron en andas
entre carcajadas y gritos. ¡Había ganada una pequeña fortuna!
Otro año llega a su fin.
Pero no uno cualquiera, sino el 2012, el que supuestamente y para nosotros los
terrícolas iba a ser el último. Recuerdo
que escribí sobre esto hace ya casi un año en el artículo titulado A VIVIR QUE SE TERMINA EL MUNDO. Pero el tema es que, a pesar de
que las cosas están bastante jodidas en el planeta, todavía estamos acá,
vivitos y coleando. Por ende y ante la evidente imposibilidad de zafar del
compromiso, ha llegado el momento de volver a escribir un nuevo saludo de
bienvenida al año que comienza.
Pero en esta oportunidad
y por primera vez, he decidido copiar un cuento de otra persona. ¿Por qué lo
hago? Porque la historia que voy a compartir transmite, exactamente, los
sentimientos que me acompañan este fin de año y que quiero evocar, y porque yo
no podría, por más que lo intentara, hacerlo mejor.
Lo que voy a transcribir
es el capítulo final del último libro del licenciado Gabriel Rolón, titulado Encuentros (El lado B del amor). Este libro llegó a
mis manos vaya uno a saber si por obra y arte de la casualidad o del destino
–que son las dos opciones posibles-, y tuvo la enorme virtud de hacerme
reflexionar sobre temas tan cotidianos y complejos como lo son el amor, las
relaciones humanas, la fidelidad y su antónimo, el deseo, la pasión, la niñez, la
adultez, etc. Todo abordado desde el punto de vista de la psicología pero
explicado en un lenguaje claro y coloquial, e ilustrado con ejemplos reales
nacidos en el diván del autor.
El
agudo silbido que entró por mi costado trajo consigo la certeza del fin. No
sentí dolor, solo un ardor caliente que me incendió el pecho y reventó el alma.
Mi tiempo se detuvo siglos antes de que el sonido de aquella lejana detonación
entrara, sigiloso y transparente, en mis oídos. Luego, solo silencio.
Era
temporada de caza y las estancias de la zona estaban atestadas de gringos
armados en busca de liebres, mulitas o perdices. Yo lo sabía y debí tomar las
precauciones del caso. Un descuido simple y fatal.
Creo
que antes de tocar el piso llegué a susurrar un triste –“puta carajo…” que más
que una puteada fue una súplica. Un intento reflejo de estrujar la certeza de
la realidad y torcer la trayectoria de aquella bala asesina. Miré al cielo y el
blanco hirviente del sol del mediodía me cegó por completo.
No hay
tiempo para lamentos cuando un pedazo de plomo te raja el corazón al medio. Solo
una lágrima, triste y resignada, deja en la tierra el húmedo registro de una
vida que se apaga.
La vida se esfuma en un segundo que intenta ser eterno. Los días se nos caen de los bolsillos y los pisamos, como pisamos hojas secas en invierno. Solo una foto vieja y desteñida nos avisa cada tanto que hubo un tiempo que se ha ido, que ya no viste de estreno nuestro humano vestido, y que hemos cambiado más, bastante más de lo creído. Lo único constante es el cambio; cambian las modas, cambian los sueños, cambian las palabras y también las ganas; cambian las pasiones que cambian de dueño, las noches perdidas nos fruncen el ceño, y hasta nuestros ojos cambian su mirada. Pero entre tanto cambio, hay algo que no cambia: nuestra esencia. Esa llama, ese fuego interior que una vez se encendió para alguna vez apagarse, es inmune al virus corrosivo del paso del tiempo. Lo encendió el amor una noche lejana juntando dos cuerpos, y se esfuma solo, al alzar el vuelo con el último aliento.
Abrí los ojos sobresaltado. Casi no podía respirar y
tampoco moverme. Sentía que algo poderoso me agarraba de los brazos y me
oprimía el pecho con fuerza. Intenté liberarme pero fue en vano.
Estaba
oscuro, y aquel aliento caliente y ácido se me metía por las narinas como un
fuego. Una maraña de brazos sudorosos y enormes manos como tenazas, me tapaban
la boca y estrujaban las costillas contra el suelo. Quise pelear y no conseguí
moverme. Quise gritar y mi grito no pasó de un sórdido gemido que me retumbó
en el pecho como una bomba. Mis ropas me abandonaron bastante antes que mis
fuerzas, por lo que aún golpeado y desnudo seguí tratando de escapar. Luego,
mi desesperación y furia cercenadas cedieron lastimosamente terreno a la impotencia y a la tristeza,
para decantar por último en resignación.
Una
lágrima que encerraba toda la amargura del mundo corrió sin prisa por mi
mejilla, y fue vorazmente absorbida por el piso polvoriento de aquella celda.
Las paredes húmedas y grises de la cárcel fueron testigos silentes del robo de
la última cosa que conservaba para mí, y que aún condenado, me hacía sentir
parte del mundo: la dignidad.
Fue en
abril. Tenía 32 años recién cumplidos, y esa fue mi primera noche en el penal
de Santiago Vázquez.
La pulseada entre la razón y la emoción es una partida que en mi caso, siempre ha estado inclinada hacia el lado de la primera. Y lo digo con vergüenza, porque me gustaría que no fuera así. Me encantaría poder dejarme llevar por las emociones y que todo lo demás me importara un comino. ¡Cómo me gustaría! Y no lo es por varios motivos, pero principalmente por culpa de un enemigo íntimo que me acompaña desde mi más tierna infancia, "el miedo”.
Hay circunstancias especiales en que esta lucha se hace más visible, más tangible, más carnal, y estos miedos se manifiestan en forma de poema.
Escribe mi mano este correo urgente
que de puño y letra dicta mi emoción;
buscando respuestas fuera de mi mente,
al mar de preguntas de mi corazón.
Ayer fue la dicha de unirte a mi vuelo,
hoy la triste calma de la soledad.
En el medio trozos de tierra y de cielo;
¿dónde se ha escondido la felicidad?
Sin querer perderte no quiero encontrarte.
Por querer quererte ya no sé quién soy.
Me guiñó la vida un ojo al buscarte;
me gruñó la muerte y no sé a donde voy.
Decime corazón no tengas miedo, ¿existe realmente el amor de verdad?
No agrandes la ilusión no más del suelo, va a estrellarse al fin mi felicidad.
Me basta una certeza aunque no sea cierta; me sobra un mal motivo para continuar.
Mandame una ilusión que golpee a mi puerta, te prometo hermano que la dejo entrar.
Reclamo certezas de donde agarrarme,
o acaso una pista para investigar.
El amor eterno, ¿existe realmente?
¿O trae siempre fecha de caducidad?
¿Dónde están los sueños, dónde están las ganas,
o esas noches locas casi sin dormir?
Y esa fantasía de atarte a mi cama,
¿cómo es que se ha ido antes de venir?
Un amor pensado no es amor, me dicen;
en los sentimientos no entra la razón.
De este amor gastado quedan cicatrices,
que rajan las venas de mi corazón.
Contame por favor no des más vueltas, ya no tengo tiempo para tropezar.
Tirame dos verdades no importa que mientas; necesito luz para caminar.
A vos te estoy hablando corazón necio, sé bien que me escuchas dame una señal.
Negarme esta ayuda va a tener un precio; puedo ser verdugo de tu palpitar.
Conquistar una mujer no es para la mayoría de nosotros, tarea sencilla. La mujer –sobre todo la que nos gusta-, siempre parece estar llena de misteriosos vericuetos e intrincados pasadizos, que la hacen estar situada en un lugar al que se nos hace complicado acceder. Pero la buena noticia estimados colegas, es que todo esto es falso. Es mentira. Esa mujer en particular por la que tenemos un especial interés no tiene misterios, o al menos no más misterios que el resto de sus congéneres. Son solo ilusiones y espejismos hijos de nuestros miedos y sobrinos de nuestras propias falencias e inseguridades, nada más. Esa mujer especial será tan especial como interesados estemos en ella. A este fenómeno lo llamo EEE (efecto de especialidad por enamoramiento). Es un sistema perfecto de retroalimentación sentimental; cuando más interesados estamos más especial es ella, por lo tanto más lejos la vemos, y al final del proceso más enamorados estaremos. Y así sigue hasta que sucede una de dos cosas: o se aleja tanto que al final la perdemos de vista y poco a poco disminuye nuestro interés; o la conquistamos, la bajamos del pedestal, acortamos la distancia lo suficiente como para ver que tal magia no existía, y poco a poco … uy, ¡qué coincidencia!
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Bueno, pero en definitiva estimados amigos, lo importante de todo esto es darnos cuenta con la racionalidad propia de nuestro género, que todo aquello que nos hace temblar las piernas a la hora de avanzar en pos de un objetivo mujeril, no es más que un espejismo. La verdad de la milanesa es que frente a nosotros hay una mujer tan de carne y hueso como nosotros mismos, todo lo demás es cuento. Asumido esto estamos en condiciones de introducirnos de lleno en el maravilloso mundo de la conquista.
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Este manual está dedicado básicamente a adolescentes y jóvenes especímenes del sexo masculino, y tiene como único objetivo allanarles el camino al éxito. ¿Por qué tienen ellos que tropezar con las mismas piedras que tropezamos nosotros en nuestra juventud, si podemos hacer algo para quitarlas? O si no podemos quitarlas al menos ponerlos en aviso de su ubicación, y darles una idea de cómo esquivarlas. Os aseguro estimados pichones de hombres que de seguir al pie de la letra con empeño y dedicación todas y cada una de las reglas y consejos que en este manual se expresan, ninguna batalla será imposible de ganar. Y más importante aún, todas serán merecedoras de ser peleadas.
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Dicho esto, a por ellas.
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ØREGLA DE ORO
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TODA MUJER ES PASCIBLE DE SER CONQUISTADA
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Sin importar la edad, el estrato social, el nivel cultural, el color de su piel, o incluso su estado civil, cualquier mujer puede, de una u otra manera, ser conquistada. Es más, toda mujer desea ser conquistada aún cuando muchas veces no lo admita, o incluso quizás hasta no lo sepa. Hay que desterrar de una vez y para siempre de nuestra creencia popular la idea de que el lindo conquista a la linda, el feo a la fea, y el rico a cualquiera de las dos. Quizás sea cierto que se ve bastante este modelo de pareja, pero es porque se da naturalmente y no porque haya existido deliberada conquista. Lo cierto es que si se lo propone, el feo puede perfectamente conquistar a la linda, el pobre a la rica y a la linda (incluso al mismo tiempo), y tanto el rico como el lindo se puede quedar con las manos vacías.
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ØFACTOR SORPRESA
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El arma más potente y efectiva con que cuenta el hombre para conquistar a una dama, es el factor sorpresa. Sorprender a una mujer –de buena manera-, es tener la mitad de la batalla ganada. La efectividad de esta forma de abordaje se basa fundamentalmente en el sencillo hecho de que de esta manera encontramos a la dama con su sistema natural de defensa inactivo. Si trazamos un paralelismo con un ataque aéreo podríamos decir que se trata de romper las líneas enemigas volando por debajo del radar. La manera de sorprender no es lo más trascendente para esta primera entrega del manual, pero adelantaremos que puede ir desde una frase hasta un obsequio; desde una propuesta hasta una mirada, e incluso quizás hasta una simple sonrisa. El punto es colocar algo en el esquema vital de la dama, donde ella no esperaba encontrar nada. En lo posible, algo que a ella le guste, o al menos que llame su atención.
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ØINTERESANTE Y/O SIMPÁTICO
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Una vez que se ha roto esa primera barrera, aún nos queda la segunda mitad de la batalla por transitar. Para esto las opciones de avanzar sin problemas por el restante 50% se reducen a dos: mostrarte simpático o interesante; o ambas claro está, pero esto último ya implica tener que estar atento a más factores, lo que podría llevarte a cometer algún error fatal que no tuviera solución, sobre todo cuando en realidad no eres ni interesante ni simpático.
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Aclaración.
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Simpático no quiere decir que empieces a contarle chistes y a hacer morisquetas para que se ría. Me refiero a tener buena onda, buena disposición a la sonrisa, y meter bocadillos chistosos solo cuando la ocasión lo amerite.
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Interesante hace referencia a no abrirte ante ella de primera como un libro de una sola página, dando lugar a que pueda leerte completo en pocos minutos. Trata siempre de ocultar más que mostrar y de ser vos el que pregunte; remitirte a contestar puntualmente lo que quiera saber y no extenderte demasiado en detalles, dejando siempre espacio para que ella suponga e imagine parte de la respuesta. En definitiva hacer todo lo que esté a tu alcance para activar en ella uno de los puntos flacos que comparte con ese lindo animalito que es el gato, la curiosidad.
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ØVOZ FIRME, PALABRAS CLARAS, MIRADA SEGURA Y SONRISA AMISTOSA
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Estos cuatro factores son absolutamente determinantes a la hora de encarar a una chica que no conocemos en un lugar neutral, como por ejemplo un boliche.
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Sonrisa amistosa
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Nada de cara larga y seria. Tampoco carcajadas a boca de jarro. Siempre que te acerques a una dama para tratar de iniciar una conversación, lleva como estandarte y carta de presentación una sonrisa. Esto te mostrará ante ella más confiable y amistoso y no te verá como un potencial peligro.
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Mirada segura
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No importa si tienes ojos verdes, azules, marrones, negros o rosados. Lo importante es la mirada. Nunca le dirijas la palabra a una chica mirando a la lejanía por sobre su hombro, o lo que es peor, mirando para el costado. Tus ojos siempre tienen que estar en contacto con los de ella. Tu mirada no tiene que ser ni suplicante ni violatoria; una mirada directa y segura está bien. El tema de las miradas es uno de los más importantes en todo proceso conquistatorio, incluso la de ella, ya que es una de las maneras que tenemos los hombres de ir testeando el grado de efectividad que está surtiendo nuestro proceso de conquista. Pero éste será tema de otro capítulo.
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Palabras claras y voz firme
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Nada de tartamudeos y susurros. Tienes que dirigirte a ella en un tono seguro, con palabras claras y bien articuladas. Esto hará que te oiga como un tipo confiado, bien plantado y seguro de si mismo, lo que sin duda es un punto por demás importante a tu favor, y que además está muy bien valorado entre la comunidad femenina.
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ØCCC -(CONTACTO CORPORAL CASUAL)
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Una vez que los pasos previos han sido cumplidos, se supone que ya estás en la etapa en la que la chica está más relajada y hablando contigo en forma fluida, casi como si te conociera desde hace tiempo. Bueno, éste es el momento en el que se puede comenzar a ensayar –estando muy atento a los signos que del otro lado vaya dando la dama-, el CCC o contacto corporal casual. Esto no es otra cosa que agregar a la comunicación verbal y a la gestual que ya estamos aplicando, la comunicación táctil. Se trata de ir acompañando el discurso con breves, sutiles y esporádicos contactos corporales, que inyectarán una pequeña dosis de sexualidad a la recién iniciada relación. Los clásicos en este punto son: hablar sobre sus manos o de sus anillos con el fin de entrar en contacto con una de sus ellas; lo mismo con sus caravanas y sus orejas, etc.
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Atención.
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No todas las mujeres responden de la misma manera al CCC, por lo que hay que estar especialmente atentos a sus reacciones. En caso de que notemos el más mínimo síntoma de incomodidad de su parte, se recomienda suspender –o al menos posponer- dicha actividad.
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ØSER CABALLERO
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Aunque muchas mujeres –sobre todo las más jóvenes- lo nieguen, por un tema de falso feminismo, la caballerosidad del hombre siempre gusta a la mujer. En contra de lo que se cree y no importando su edad, desde los 15 a los 120 años, la mujer siempre se sentirá atraída por la caballerosidad y la galantería medida. Esto se debe a que ésta actitud del hombre toca directamente puntos que nos remontan sin saberlo, a los estratos más instintivos de nuestra condición humana, pero sobre todo marca diferencias primitivas de género. En palabras homosapientísticas sería más o menos así: hombre macho protector de la hembra y su descendencia, y hembra que se siente a salvo y protegida por el macho.
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Nota
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Sé que esto va a disparar críticas y emociones encontradas en las queridas lectoras de EL SERRUCHO, pero bueno, lo digo porque creo firmemente que es así.
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En los tiempos que corren, la galantería hace referencia a pequeños detalles que hagan que ella te perciba como un tipo correcto y por qué no, que te diferencie de la mayoría de los hombres que haya conocido. En un boliche basta con invitarla un trago o tomarla de la mano para cruzar la pista (ya de paso avanzamos en el CCC). Fuera de él, factores importantes pueden ser abrirle la puerta del coche, prestarle tu abrigo si tiene frío (aunque vos estés al límite de la hipotermia), o abrir la puerta y permitir que ingrese primero a la habitación del hotel, aunque aquí ya me adelanté mucho en la película.
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Amigos, como sé que las lecturas en el monitor se hacen bastante más áridas que en el papel, voy a terminar por acá este primer artículo sobre cómo conquistar a una dama. Han quedado sentados algunos lineamientos generales de cómo tiene que plantarse el hombre frente a la mujer en un primer encuentro casual. En una próxima publicación seguiremos desmenuzando poco a poco este maravilloso y atrapante mundo de la conquista.
Yo
tuve un perro que no fue perro, sino ilusión. Hijo de las ganas y nieto del
deseo, llegó a mi vida cuando el mundo era una inmensa fantasía y mi padre era
poderoso y eterno. Palpitamos juntos sobre una cama angosta y enclenque las mágicas
hazañas del día siguiente, y también juntos temblamos esas noches de tormenta
que el zinc, cobarde y traicionero, nos tiró encima. Flotamos sobre el bao de
la siesta, cuando las chicharras del verano aturdían invisibles y los toritos
unicornios se enfrentaban a muerte, sobre el balasto del patio. Fuimos
valientes cazadores esas nochecitas de verano en que el terreno lindero era
invadido por diminutas y esquivas naves espaciales, que en intermitente vuelo
pretendían destruirnos. Fuimos todo y fuimos nada.
Mi
perro fue tan real como un deseo y tan mágico como un sueño. Y un día, junto
con mi niñez, se marchó en silencio. Yo tuve un perro que no fue perro, sino
ilusión.