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jueves, 5 de abril de 2012

FUNCIONARIOS PÚBLICOS

Por Hernán Barrios






VERDADES Y MENTIRAS DETRÁS DEL MITO


Antes de entrar en la administración pública y seguramente arrastrado por la creencia popular, pensaba, como casi todo el mundo, que la mayor parte de los funcionarios Estatales pasaba su larga existencia laboral, tratando a toda costa de hacer lo menos posible. Luego, una vez que estuve dentro, lo confirmé. 


Y ya que estoy en plan de “cortar grueso” voy a ir un poco más allá y a disparar, sin miedo a equivocarme, la siguiente sentencia: “si en todas las dependencias del Estado se da la misma relación trabajo efectivo/hombre que en la mía, el aparato público podría funcionar perfectamente, mejorando esa relación, con la mitad de su plantilla actual de trabajadores”.

¿Pero por qué sucede esto? ¿Cuáles son las causas de que la mayoría de los empleados públicos caigan en esta suerte de actitud parasitaria, de la cual no parecen emerger grandes beneficiarios, sino más bien todo lo contrario? ¿En qué parte del proceso está el detonante, –si es que lo hay- de que alguien que desde fuera despotrica a más no poder contra la ineficiencia de los empleados públicos, luego, estando dentro, se convierta de la noche a la mañana exactamente en eso que criticaba?


Hace algunos años, cuando comencé a estudiar publicidad y tenía un empleo privado, un profesor contó que de joven había trabajado un par de años en un Organismo Público (no recuerdo en cual), pero que un buen día decidió renunciar porque no soportaba más, el ver que la mayoría de sus compañeros no quería nada con el trabajo, y que como consecuencia de esto las tareas de los pocos que sí trabajaban, se veían sustancialmente incrementadas. Eso, además de que éstos últimos eran maltratados por los primeros, por dejarlos en evidencia. Recuerdo que en ese momento me pareció una exageración de su parte, el hecho de que este señor hubiera renunciado a un empleo seguro, por semejante simpleza. Tuvieron que pasar unos cuántos años y algunas experiencias laborales, para llegar al punto de poder entender lo que aquel profesor intentó transmitirnos.


EL SER HUMANO

A mi ver, este tema de la función pública tiene varias puntas, pero creo que en el fondo de la cuestión hay un núcleo común que es inherente al ser humano, potenciado además por un antiquísimo arraigo cultural, que no va a poder ser cambiado en el corto plazo, por más esfuerzo administrativo que se haga. Este núcleo es el hecho de que las personas –en líneas generales-, tenemos tendencia a sacar ventaja, empujar límites y evitar reglas. Se ve claramente en los niños pequeños, cuando tratan a toda costa de empujar más y más, los límites que sus padres les marcan. Las Instituciones nos van enseñando metódicamente a lo largo de nuestro desarrollo, a acatar reglas, a fin ser miembros activos y útiles de la sociedad, pero claro está que no lo consiguen del todo. Siempre queda dentro de nosotros, reprimida y a la espera de la menor oportunidad, esa chispa que nos hará en determinadas situaciones, intentar sacar alguna ventaja personal. Esa chispa encuentra dentro de las Instituciones del Estado, por motivos que inmediatamente analizaremos, campo fértil para chisporrotear a su antojo, y muchas veces, hasta para armar una gran fogata.

De esa plataforma partimos todos, y sobre ella se basan todas las actividades que realizamos en la vida. Luego están las diferencias individuales, que nos hacen sacar más o menos rédito a nuestro favor (y en contra de otros por supuesto), seguir más o menos los lineamientos que se nos marcan, cumplir de mejor o peor manera las tareas que se nos asignan, etc. Los matices en este sentido son tantos como la cantidad de personas, pero mi experiencia personal laboral no hace otra cosa que indicarme, lamentablemente, que son bastantes más las personas que van a intentar hacer su tarea de una forma fácil y rápida (sin mencionar a un porcentaje importante que directamente intentará no hacerla), que los que procurarán realizarla de la mejor manera posible.


LA FUNCIÓN PÚBLICA

Debido a lo dicho anteriormente, parece ser que las personas necesitamos, a fin de cumplir de forma relativamente adecuada con los preceptos que se nos marcan, que dichos preceptos se nos recuerden con cierta frecuencia, y preferentemente bajo forma de amenaza. Con ese fin (entre otros), es que existen en todas las instituciones, las diferentes jerarquías. Los jefes están, además de para decirnos lo que tenemos que hacer y de qué manera hacerlo, para intrínsecamente recordarnos que de no cumplir con nuestra tarea, recibiremos una sanción. Podemos darle muchas vueltas al asunto jerárquico, pero básicamente el resumen es ese.

Bueno, una de las mayores falencias que tiene la Administración Pública, es que los jefes no cumplen su función. Y no la cumplen porque por encima de ellos hay otros jefes que tampoco la cumplen. Y así sucesivamente, hasta llegar a la inequívoca conclusión de que por encima de todos, no hay jefe. Es decir que, a diferencia de lo que sucede en una empresa privada, la cual tiene un dueño que vela por sus intereses comerciales y económicos, y que en última instancia va a tomar las decisiones que sean necesarias para optimizar sus recursos, en la Administración Pública esta figura no existe. Nadie es dueño de UTE, de OSE o de la Universidad de la República. Son organismos que si bien tienen autoridades que forman órganos, que a su vez deciden sobre el funcionamiento de dichas entidades, nadie deja en definitiva de ser empleado. Y más importante aún, nadie deja de cobrar su sueldo a fin de mes, si la empresa no recauda lo suficiente, o si sus recursos están mal administrados. Esta sensación acéfala que campea por los pasillos de las Instituciones del Estado, es uno de los mayores problemas que las acechan, porque en el fondo, y a falta de una figura última que sea capaz de poner en riesgo nuestra estabilidad laboral, queda todo librado a la voluntad individual, que como vimos al principio del artículo, no es una de nuestras mayores virtudes.


LA MANZANA QUE PUDRE EL CAJÓN

Se da en todos los trabajos, pero en los públicos tiene un efecto mucho más devastador, porque la “manzana podrida” continúa en el cajón hasta que las fuerzas de la naturaleza la hacen desaparecer (entiéndase se jubila, o se muere). Generalmente nadie toma cartas en el asunto, ya que el hecho de intentar sacarla, implica una serie de larguísimos y complicados trámites administrativos, en los cuales casi nadie intenta siguiera involucrarse. El efecto contagio es inevitable.

Las “manzanas podridas” son funcionarios que generalmente están atornillados en su cargo público desde tiempos remotos, que van a su lugar de trabajo (cuando van), solo a esperar que sea la hora de volver a sus casas, y que no hacen absolutamente nada productivo en la función. Dicha improductividad los lleva a ser removidos de puestos u oficinas donde hay mucho trabajo y por ende se necesitan funcionarios proactivos, y delegados a lugares donde haya poco y nada para hacer. Con esto la administración logra, que por lo menos no entorpezcan el funcionamiento general de la Institución. ¡Pero qué paradoja no! Lo que en teoría debería ser un castigo por inútil, termina siendo un premio por vivo. Fácil es imaginar que el efecto de putrefacción que esta medida produce en el resto de los funcionarios, es de grandes dimensiones. ¿Quién va a querer esforzarse en la función, si el premio se lo dan al que menos hace? Cobrar lo mismo por hacer menos, es definitivamente, un buen negocio.

Por otro lado hay también un efecto de putrefacción parecido al anterior, que podría definirse bastante acertadamente, con esta frase: -como nadie hace nada, yo tampoco.

Me consta que hay muchas personas que entran a la Administración Pública con buena energía y ganas de trabajar. Gente joven que quizás viene de trabajos privados, y para los cuales el hecho de acceder a un trabajo público, con los beneficios que ello implica, es sin duda una mejora importante. Lo malo es que una vez dentro, comienzan inevitablemente a ganar importancia las injusticias y desigualdades entre funcionarios, y a perder terreno los beneficios, que en un principio podían parecer maravillosos. A la corta o a la larga, la mayoría de estas personas que en un principio tenían muchas ganas, comienzan a perder interés y a ser digeridas, lenta pero inexorablemente, por el gigantesco monstruo de la apatía. Por otro lado, los que se resisten y luchan contra el sistema, los que tratan de no perder las ganas primitivas y ponen todo de sí para hacer bien su trabajo, terminan sobrecargados, estresados y hasta muchas veces, enfermos. Una injusticia más de las tantas que se pueden ver, sin mucho esfuerzo, en la Administración Pública.

Otro problema importante que tiene para resolver el Estado, si quiere mejorar la eficiencia de sus Instituciones, es el tema de la gran cantidad de funcionarios de edad avanzada, con que cuenta entre sus filas. No me atrevo a dar cifras, pero me consta que el porcentaje es bastante abultado. Para ser sincero, no creo que el problema sea en realidad la edad más o menos avanzada del funcionario, ya que conozco algunos veteranos que trabajan incluso más que muchos jóvenes. Creo sí que la Administración se enfrenta a un número importantísimo de personas que ahora son veteranas, y que sólo ocupan su puesto de trabajo, con el único propósito de ver pasar, ansiosos, los pocos años que les restan para la jubilación, pero que en realidad nunca hicieron mucho más que eso en su función, aún siendo jóvenes.

Es entendible y absolutamente normal el hecho de que los años traigan consigo cansancio, decaimiento, y una decadencia en el rendimiento general, en todo sentido, de las personas. Pero hay actitudes que nada tienen que ver con los años, y sí mucho con la forma de ser. Hay una plataforma importante de funcionarios que entraron a la Administración Pública en el período pos-dictadura (otros durante), la mayoría bajo el modelo de “amiguismo político” –forma de ingreso de lo más normal en esos años-, que forman parte del modelo de Institución vetusta y cansina de antaño, y que no tienen interés alguno en ser miembros activos de una renovación del aparato Estatal. Si uno les pregunta, te lo dicen con total normalidad y sin tapujo alguno; ellos quieren que los dejen tranquilos hasta que les llegue el momento de retirarse. –Qué se encarguen los jóvenes de eso- disparan.

Como forma de combatir este fenómeno, las autoridades de turno parecen haber decidido dejarlos estar –Let it be, como dice el amigo Paul, el cual está próximo a visitarnos y del que anoche me acabo de enterar que no es el original CLIC AQUÍ (pero bueno, eso es arena de otro costal)- pero al mismo tiempo han abierto, mediante un sin fin de concursos, las puertas del Estado, a fin de, dicho en términos automovilísticos, renovar la flota. Está entrando mucha gente joven y bien preparada a la Administración Pública, y en teoría con ganas de hacer cosas. Pero lo que no parecen estar viendo las autoridades de turno, es que si no se inventa un mecanismo rápido y efectivo para subsanar las injusticias funcionariales que mencionamos anteriormente, vamos inexorablemente a caer en la misma rosca. Los nuevos funcionarios notan inmediatamente que ganan lo mismo o menos que los viejos que no hacen nada, y por decantación, en poco tiempo pierden su entusiasmo. La Administración se acaba de ganar así, un nuevo funcionario improductivo, que pasará seguramente toda su larga carrera administrativa, tratando de hacer lo menos posible.


SUELDO BAJOS, BENEFICIOS ALTOS

En líneas generales, se podría decir que los sueldos de la mayoría de los Organismos del Estado, si bien han aumentado considerablemente en los dos últimos períodos de gobierno, siguen siendo bajos, o por lo menos, insuficientes.

Pero a ver, acá considero pertinente hacer una aclaración importante. Los sueldos son bajos para la gente que realmente trabaja y cumple correctamente su función. No así para los otros. Para esos funcionarios parásitos de los que hemos estado hablando, los sueldos no solo son altos, sino injustificados. Se cae de su peso el hecho de que con el dinero que se “pierde” pagándole un sueldo a tanta gente por no hacer nada, bien podría beneficiarse a los que sí hacen. Pero bueno, todos sabemos que este tipo de medidas no son para nada sencillas dentro del aparato público.

Lo que sí hay en casi toda la Administración Pública, supongo como forma de paliar la precariedad de los salarios, son ciertos beneficios para nada desdeñables, que básicamente tienen que ver con licencias, días libres extraordinarios, facilidades para las personas que desean estudiar, muchos días feriados, una carga horaria no demasiado exigente, la posibilidad de un horario de trabajo elástico, etc. Cierto es que de poco sirven los beneficios de este tipo a la hora de pagar las cuentas, pero también cierto es, que ellos nos dan la posibilidad de realizar otro tipo de emprendimientos personales, al mismo tiempo que tenemos el cargo público. En la mayor parte de los trabajos privados los sueldos no son mucho mejores, y encima nos consumen todo nuestro tiempo y energía.


CRÍTICAS CIUDADANAS A LOS FUNCIONARIOS PÚBLICOS

Empecé este artículo diciendo justamente que fui y soy una de esas personas que critican a los funcionarios públicos, y a la Administración Pública en general. Lo hago, aún estando dentro del sistema a criticar. Pero hay un fenómeno social que no por consabido deja de provocarme cierta hilaridad y algo de rechazo.

No se necesita ser demasiado perspicaz para darse cuenta de que la percepción general de la ciudadanía con respecto a los funcionarios públicos es, por lo menos, de disconformidad. Que pasan de paro; que trabajan poco; que tienen muchos beneficios; que son inamovibles; que nosotros les pagamos el sueldo; entre otros, son algunas de las sentencias que emite el ciudadano común, cuando se refiere al funcionario público. Al menos yo no he tenido la oportunidad de dialogar con una persona que nos de para adelante. Pero aquí viene la contradicción. De esa enorme masa de población que critica, algunas personas tienen la posibilidad de ingresar a algún Organismo del Estado, y de hecho lo hacen. Lo que sucede a continuación en la inmensa mayoría de estas situaciones, es exactamente lo que traté de explicar al principio del artículo. Esas personas criticonas, luego de estar dentro, se convierten como por arte de magia, en seres de la misma calaña de los que hasta hace poco criticaban. ¿Entonces de qué se trata todo esto?

Todo el mundo critica al funcionario público, pero a su vez todo ese mismo mundo está deseoso de poder ser funcionario público, para mimetizarse con el entorno. No me queda entonces otra, que pensar que la envidia y la hipocresía son sentimientos que campean a sus anchas, en nuestra sociedad. ¿Será entonces que el aparato público no es otra cosa que un micro-mundo que representa y refleja a la sociedad en su conjunto? Si es así queridos compatriotas, nuestro país está jodido y lo va a estar por siempre, sin importar el color de la bandera de quien esté en el gobierno de turno.


INTERFERENCIA EXTRA

Hay un elemento que considero tiene mucho que ver, en el hecho de la falta de productividad del funcionario público. Un elemento que es relativamente nuevo en la sociedad, y que creo no está adecuadamente instrumentado, como para garantizar más beneficios que pérdidas a las Instituciones.  Este elemento es INTERNET.

Es innegable el hecho de que Internet es, hoy en día, una herramienta absolutamente imprescindible en cualquier oficina del Estado. Cada vez son menos las tareas que no necesitan una conexión a la Red para poder realizarse, y por ende la dependencia de las oficinas públicas (y privadas) a ella, ha aumentado en los últimos años de manera exponencial. Pero el problema no es Internet, sino el uso que de ella se hace. Y volvemos al principio.

El uso de Internet y de sus hijas más famosas, las Redes Sociales, por algún motivo ha quedado, en la mayoría de las oficinas públicas, librado al criterio de los funcionarios. Y adivinen qué sucede: se abusa. No sé cuál sería la distracción de los funcionarios públicos que nos precedieron, en épocas en que ni siquiera se soñaba con que este maravilloso instrumento existiera, pero lo cierto es que hoy, Facebook (por nombrar a la más importante), es la estrella de las oficinas públicas. Me consta que hay funcionarios que pasan varias horas de su jornada laboral, realizando expediciones  para nada furtivas a este mundo virtual; viendo fotos, videos, comentando, publicando cosas, etc.

Y ustedes queridos amigos se preguntarán, ¿y los controles dónde están? Pues no están. No voy a ponerme a repetir todo lo que argumenté al principio sobre este tema, ya que creo haber sido bastante explícito al respecto. Lo que sí quiero dejar bien en claro, es que desde mi modesto punto de vista, no sería mala cosa prohibir el uso de esa, y de redes sociales similares, en las oficinas públicas. Primero, porque nada tienen que ver con el trabajo, y segundo porque la dependencia psicológica que ellas generan en las personas, atenta directamente contra la eficiencia de los funcionarios. Lamentablemente, como expliqué al principio, las personas no somos capaces de auto-controlarnos, a fin de hacer un uso moderado de los beneficios y recursos que se nos otorgan, por lo que la única solución viable parece ser la quita de los mismos.


CONCLUSIÓN

Quise con este artículo, estimados lectores, hacer un análisis con cierto grado de profundidad sobre el tema de la Administración Pública, con especial hincapié en el factor humano, que es en definitiva el que lo compone. Soy conciente de que he sido bastante tajante y duro en muchas de las apreciaciones que he hecho, pero es que no encontré otra manera de hacerlas. Considero que hay temas de carácter social que nos competen a todos los ciudadanos, y en los que no se puede andar maquillado los conceptos a fin de que suenen menos dramáticos.

El aparato público Uruguayo es enorme y costoso, en relación a su población. El problema es que su efectividad no está de acuerdo con su tamaño, y ese desajuste lo pagamos de nuestro bolsillo, todos los contribuyentes. Tan simple como eso. Algo similar a lo que ocurre en las Fuerzas Armadas; es mucha gente para el poco trabajo que hay. Pero el tema es que esa gente, haya trabajo o no, cobra su sueldo todos los meses.

No es un problema sencillo de resolver ya que hay muchos y diferentes intereses involucrados en el tema. Los sindicatos defienden a capa y espada (a veces con razón y a veces sin ella), a todos los funcionarios. El sector privado, a pesar de haber tenido un crecimiento sostenido en estos últimos años, aún no está en condiciones de absorber al excedente público. La redistribución entre Organismos del Estado aún no está bien aceitada, y por ende conlleva una enorme cantidad de instancias administrativas, que en los hechos, la hacen prácticamente inviable. Y de fondo, la idiosincrasia uruguaya hace que las personas que acceden a un empleo público, no lo tomen con la responsabilidad que deberían.

Pienso que vamos a ir mejorando con el paso del tiempo, aunque también pienso que este tiempo no va a ser corto. La profesionalización de los funcionarios públicos debería, al igual que la educación, la economía, las relaciones internacionales, etc., incluirse en la agenda del Estado y hacer de ella un compromiso de carácter político, con todos los agentes que lo componen. No puede más quedar librado al gobierno de turno, porque sino estaremos dando pasos para adelante y para atrás, por siempre.

martes, 3 de abril de 2012

YO SUICIDA

Por Hernán Barrios



Hoy empecé a escribir un artículo sobre un hombre que había intentado suicidarse, y como me ganó el aburrimiento, terminé tratando de imaginar mi propia partida de este mundo por mano propia. *Antes de que suene la alarma familiar, y mi madre me llame al celular hecha una loca, aclaro que no está en mi horizonte temporal tomar una medida de este tipo. Se trata tan solo de un inocente ejercicio mental para descubrir, de acuerdo a mi personalidad, cual sería la forma más “sana” y menos traumática de terminar con mi vida.

Lo primero que me viene a la mente es en realidad lo que sé que no haría: tirarme desde un edificio. Debo reconocer muy a mi pesar, que en cuestiones de altura soy el ejemplo perfecto de mariconez globalizada a gran escala. Ya cuando sobrepaso los 32 cmts. sobre el nivel del mar, me empiezo a sentir identificado con la “sentáxis” de las canciones de Ricky Martin. *Esta forma comparativa es a título meramente ilustrativo; se solicita a la parcialidad no tomarla en forma literal. El tema en cuestión es que desde chico fui jodido para las alturas, pero la cosa ha ido empeorando con el paso de los años. En mi viva cotidiana trato disimuladamente de evitar cualquier situación que implique tener que despegarme del piso; lo hago haciéndome el distraído, mandando a otro, o directamente despareciendo de escena. Pero cuando no tengo forma de zafar, me veo obligado a recurrir al 100% de mi voluntaria racionalidad para que le gane la parada a mi vértigo, (cosa que por cierto, generalmente a duras penas consigue) y poder así llevar a cabo la tarea. En definitiva, lo último que se me ocurriría para matarme sería subirme a lo alto de un rascacielos, ya que seguramente perdería el conocimiento en la subida nomás.

Otro método que no me cae muy en gracia a la hora de pasar a mejor vida, es la inmersión. Realmente admiro a las personas esas que arrancan muy panchas desde la orilla a caminar mar adentro, y siguen nomás hasta que pasan al otro lado (entiéndase: mueren). ¡Eso sí que es voluntad, muchacho! ¡Hay que ser muy guapo para matarse despacito! Porque una cosa es juntar la fuerza suficiente para subir y tirarse desde un edificio, ya que una vez que estás en el aire no tenés chance de echarte atrás. Pero otra muy distinta es seguir chupando H2O hasta quedar panzón. El agua en sí no me asusta (tampoco crean que soy un eximio nadador, pero más o menos me revuelvo). Ahora eso de andar tragando más de la cuenta, me da como “impresión”. *Capaz que tendría que preguntarle también a Ricky. Este… perdón por el comentario. Bueno, descarto también el tema de matarme tomando agua.

La muerte por balazo en la cabeza directamente me da asco. Y no es asco propio, ya que seguramente no voy a ser yo el que vea mis tripas mentales desparramadas por todos lados, sino por los demás. ¿Qué necesidad tengo de someter a extraños (o pero aún a mi familia) a tener que presenciar semejante desagradable espectáculo? Eso por un lado, y por otro me da como miedo el hecho de no lograr el objetivo en el primer disparo, y encima no quedar conciente para efectuar el segundo. Es bastante común escuchar en los medios que una persona intentó suicidarse de un disparo en la boca, y que no solo no se mató, sino que quedó tarado, o físicamente discapacitado para toda la vida. Eso ya es el colmo de la saladura. Así que a menos que consiga dispararme con una bazuca o un cañón (cosa que seguramente será algo complicado), no voy a utilizar tampoco este medio para palmar.

Ahorcarme… no. Primero que nada está el tema del vértigo del cual hablé al principio. Sería un papelón subirme a algún lado para ahorcarme, y desmayarme antes de enrollarme la cuerda en el cogote. Y además es medio complicado el tema del nudo. Tendría que ponerme a buscar en Internet diferentes formas de hacer nudos, o sino pedirle a alguien que me enseñe. Esto último ya despertaría sospechas acerca de mis intenciones, así que lo descarto de plano. Y para aprender a hacer un nudo que sea realmente efectivo y me apriete el gañote fuerte y rápido hasta matarme, y no que tan solo me de un poco de tos, no me tengo mucha fe. Realmente nunca he sido demasiado bueno en lo que a cuestiones manuales se refiere.

Bueno, después tenemos dos formas de exterminio corporal que están socialmente ligadas al sexo femenino, las pastillas y la clásica cortada de venas. Que no se me enojen las chicas con este comentario pero, que forma de matarse más trucha. ¡No jodan ché! Todos sabemos que esa truchada no es para matarse sino para llamar la atención. Es una alerta diríamos. Así que de acuerdo a lo dicho, si alguna vez tomo la decisión de dejar este mundo cruel, no voy a optar por ninguna de estas dos formas, ya que en caso de que por casualidad me muera, voy a demorar una vida en hacerlo, y en caso de que quede vivo (que es lo más probable), me van a asociar definitivamente con el sexo femenino, y mi vida de ahí en más, será seguramente peor que antes. Por lo tanto, opción no válida.


AHORA SÍ, DESPUÉS DE TENER CLARO LO QUE NO HARÍA, ME VOY A ABOCAR A PENSAR ALGUNA ESTRATEGIA QUE SEA CONVENIENTE A MIS INTENCIONES.

Ya sé. Hasta nombre importante tiene: Muerte por intoxicación debido a la ingesta desmedida de alcohol y sustancias afines. Es fácil de implementar y encima te sentís de maravilla hasta que perdés el conocimiento; y después derechito al cielo (o a donde sea, pero derechito). Como forma de matarme es una garantía de calidad, si hasta tendría que estar certificada por el LATU. Y a la alegría que ya de por sí da agarrarse una buena y mortal curda, le puedo agregar un condimento extra que son algunas locas. Seguro botija, si ya tenés decidido mandar el mundo a la mierda, que sea a todo trapo. ¿Qué tu señora y/o novia no te lo va a perdonar jamás? Y qué importa si jamás se van a volver a ver (al menos por estos pagos terrenales); y si pasado el tiempo te la llegas a encontrar en otro sitio, seguro ya habrás tenido tiempo de inventar alguna excusa perfecta.
Otra buena es por indigestión con tortas fritas con dulce de leche y vino tinto caliente. Esa es fácil y hasta cierto punto (de la ingesta) satisfactoria. Compro 4 o 5 kilos de harina y demás ingredientes, 2 de dulce de leche, una damajuana de vino tinto lija, y me pongo a freír a toda llama. Y le entro a dar nomás: una torta, un vaso de vino. Es recomendable irlas comiendo a medida que las voy sacando del tacho, así están bien calentitas y con toda la grasa pegada; seguramente voy a necesitar una cantidad menor de tortas para estirar la pata. Ojo, todo va a depender de mi masa corporal, pero las estadísticas indican que no voy a necesitar más de 40 o 50 tortas. Una pavada.

Una que es rápida y segura, es mediante la explosión de bombitas brasileras en la bañera. Ta… reconozco que no es tan placentera como las otras, pero si la cantidad de pólvora es suficiente (digamos unas 5 o 6 mil bombitas) pasaré a mejor vida algo chamuscado, pero divertido. Estoy pensando además en darle un toque navideño a la inmolación, colgando algunos globos y armando un arbolito de navidad en el baño. Y como toque final, capaz que hasta descorcho un buen champagne antes de encender la mecha. Me gustó.

Pensando en las cosas que me dan placer, se me ocurrió una que tiene que ver con la música y que la podría titular como: muerte por aplastamiento pentagramal. No es muy práctica, algo costosa, y también algo complicada de implementar, pero yo creo que con un poco de ingenio y buena voluntad puede llegar a dar buenos resultados. Se trata simplemente de dejar caer un instrumento musical a elección desde algo así como un décimo piso (o superior), sobre mi cabeza. Quizás la mayoría estén pensando en un piano de cola, ya que todos sabemos de las condiciones aplastatorias que este noble instrumento tiene. Pero es algo difícil de conseguir y de colocar en el lugar apropiado a mis mortuorias intenciones. Por eso yo creo que como al instrumento que sea lo voy a dejar caer desde una altura por demás considerable, no va a ser necesario usar uno tan grande. A mi me parece que con un saxofón va a ser suficiente. Es un instrumento fácil de transportar y bastante pesadito como para que a alta velocidad, se me incruste en el marote como perico por su casa.

Y bueno, deben haber muchas más maneras de, llegado el caso, quitarme la vida sin tener que sufrir por ello. Meter la cabeza debajo del capot de un Ford Falcon modelo 78 y dejarlo caer. Eso es decapitación en fija. O ir hasta el puente de Fray Bentos en tanga y con una careta de Tabaré Vázquez, y meterme en plena manifestación llevando en alto una pancarta que diga “Arriba las papeleras”. Eso es muerte por ingesta de puños. ¡Ta buena! Y la dejo por acá.

Si alguno de ustedes quiere darme una mano mediante comentario con la elección de mi supuesto suicidio, bienvenida sea. Sino, tampoco me voy a morir por ello.


Les dejo un video de Les Luthiers relacionado con el tema: LOS SUICIDAS



domingo, 11 de marzo de 2012

LA PLAZA

Por Hernán Barrios


“LAS PLAZAS DE LOS PUEBLOS Y CIUDADES DEL INTERIOR DEL PAÍS SON MÁGICAS”.

La lógica irracional sobre la cual se fundamenta tan tajante afirmación, tiene seguramente amarras en un compilado gigante de recuerdos, provenientes básicamente de mi adolescencia. Cierro los ojos y me instalo mentalmente en aquellos años y en aquella plaza, y mi conciencia se puebla inmediatamente de imágenes a todo color de caras de personas que en su mayoría no he vuelto a ver, de sonidos de canciones de moda, y de olores que traen de la mano, recuerdos maravillosos.

La plaza de mi pueblo tiene determinados rincones y objetos que hacen a su esencia, y son marco de cada historia allí vivida. Uno de ellos puede ser una gran estatua de José Artigas (nuestro prócer) ubicada sobre la acera sur, justo frente a la Iglesia. Otro, una hermosa fuente con chorros de agua en el centro. También grandes canteros con verde césped y flores, y los típicos bancos de madera esparcidos todo alrededor de ella. Con eso nos bastaba para que en aquel cuadrado de piso de baldosones de granito, girara magnífica, nuestra vida de adolescentes.

Mis púberes pies se atrevieron a cruzarla por primera vez en plan mayor a los 14 años, camino a mi primer baile en el Centro Democrático. Una extraña sensación que se debatía entre miedo y alegría, acompañó cada uno de los pasos que di sobre ella. ¡Ya era grande! Había ido desde siempre a aquella plaza, pero acompañado por mis padres o mis tías. Ahora era diferente. Andar solo sobre ella era sinónimo de independencia y libertad. A partir de ese momento me hice abonado y no dejé de visitarla hasta que mi barco puso proa hacia otras tierras. Pero qué era de aquella plaza lo que generaba aquel mágico magnetismo, no lo sé exactamente. Supongo que era yo mismo, y nada más. Presiento también que mis fluidos hormonales corriendo en torrentes por cada fibra de mi cuerpo, tenían algo que ver en toda esta cuestión. La cosa es que los viernes y sábados de noche, estábamos ahí. Y las mateadas de los domingos por la tarde, eran sagradas. Si hasta me parece verme sentado en uno de los petisos muros internos, con algún amigo, haciendo la previa para ir al baile, y creyendo divisar a la distancia y entre la multitud, la barra de la chica que me gustaba. Y luego, agudizar más la vista para verla a ella puntualmente. No era tarea sencilla, ya que el sistema lumínico de la época no colaboraba para nada en tan loable misión. De todas maneras, generalmente el resto de nuestros sentidos estaban dispuestos a echarnos una mano, sensibilizados al máximo por grandes impulsos testosterónicos propios de la edad. Luego, cuando pasaba frente a nosotros, ni una palabra. Y bueno, a pesar de las hormonas y todo eso, también era tímido.

Después estaba la típica vuelta a la plaza –que en realidad eran varias, por no decir muchas- en un incesante pavoneo también propio de la edad, procurando ver y a la vez ser visto. Era como un desfile de modas pero en cuadrado y en patota, o al menos en dúo. Francamente, yo no era muy afín a esta costumbre, quizás porque mi baja autoestima de la época me decía que no había mucho para mostrar, pero de todas formas igual seguía a la manada. Mas adelante y ya un poco más creciditos, optamos por abandonar la clásica vuelta y atrincherarnos en un banco –en lo posible siempre el mismo-, el cual estaba estratégicamente ubicado de tal forma que nos permitiera conseguir de igual manera, los objetivos antes mencionados. Ya más grandes, alrededor de los 17, este mismo banco pasó a llamarse formalmente el “banco de las filosofaciones”, dando lugar a toda clase de interminables charlas sobre la vida, el amor y la mar en coche. En él tejimos las más rebuscadas estrategias para lograr que la chica que ocupaba nuestros sueños en ese momento, supiera lo que sentíamos por ella. Nuestro grado de valentía hacía impensable un encare directo, así que todo se trataba de conseguir por tabla, involucrando a terceros y cuartos, y confiando en que el azar, la casuística y los dioses estuvieran siempre de nuestro lado, cosa que por cierto, rara vez sucedía. Si bien el tema féminas ocupaba entre un 50 y un 95 % de nuestras charlas, dependiendo de la época del año, también supimos sacarle lustre a muchos otros, como el futuro, el destino, los estudios, la música y más.

Era una época de preparación para la vida. De responsabilidades simuladas. De pasos cortos y sueños largos. No sentíamos la asfixia que trae consigo luego, la vida de adulto, y teníamos la liviandad que a esa edad otorga, el no depender de uno mismo. El tiempo siguió pasando y vino luego la etapa de volver a andar de a dos en la plaza, pero ya no siempre con amigos. Se agregaba así a la sensación de libertad, la del corazón casi escapando del pecho, al sentir aquella mano tibia y suave, aferrada a la nuestra. Aunque a los amigos no se los dejaba así nomás; los sábados de noche era de novios y los domingos de tarde, mateada con amigos. La vida en la plaza fue maravillosa. Costó abandonarla tanto como de niño a aquel juguete preferido. Nos aferramos a ella tanto como pudimos porque sabíamos que dejarla, era darnos de lleno contra la vida real. Nos resistimos, pero al final lo tuvimos que hacer. Teníamos caminos que seguir y sueños que cumplir. Y desafortunadamente, cada uno de los caminos no hacía otra cosa que alejarnos de ella más y más. Ahora todo lo que nos queda es el sabor dulce de las cosas en ella vividas, y el amargo de las que no nos atrevimos a vivir. La dulce tibieza de aquellos labios besados, y la insípida incógnita de aquellos que ni siquiera nos animamos a mirar. La plaza nos preparó para la vida. La plaza es, creo yo, la vida misma.

miércoles, 7 de marzo de 2012

EL PODER INVISIBLE

Por Hernán Barrios


Detona este artículo el correo que me hizo llegar un buen amigo, conteniendo un escueto video de poco más de tres minutos, en el cual un periodista acusa al Presidente de Venezuela, Hugo Chávez, de no cumplir algunas promesas realizadas durante la campaña electoral que lo llevaría a la presidencia en el año 1999.

El video es el siguiente:



No es mi intención con estas líneas defender ni abrir juicio de valor alguno sobre éste u otros videos que circulan por la web, o convertirme en defensor de Chávez ni de figura pública alguna, sino simplemente compartir mi experiencia personal sobre este tipo de información dirigida, y realizar un llamado de alerta (uno más, ya que no es la primera vez que en este espacio escribo sobre el tema), sobre el peligro que encierra el creer ciegamente en lo que nos muestran los medios de comunicación masiva en general, y principalmente su figura estrella la televisión, en particular. En busca de estos objetivos trataré, estimado lector, de ser lo más imparcial posible (aunque aquellos que estamos en el tema de la comunicación sabemos que la objetividad absoluta es una utopía), tratando de analizar los temas aquí planteados desde un punto de vista neutral.

LA TELEVISIÓN Y LA GENTE

Aunque a esta altura ya debería haberme acostumbrado, confieso que aún no deja de asombrarme el poder de convencimiento que la televisión ejerce sobre la mayoría de la población. Por motivos cuyo análisis escapa al propuesto en este artículo, crecemos y vivimos convencidos de que lo que se nos muestra por televisión, es fiel reflejo de la realidad. El endiosamiento que hemos hecho de la pantalla chica es tal, que la mayoría de las personas ni siquiera se detienen a pensar un momento, en que detrás de ese electrodoméstico aparentemente inocente y simpático, hay seres humanos con poder e intereses personales, dispuestos seguramente a usar dicho medio en favor de esos intereses. El siglo XX y lo que va del XXI han estado plagados de acontecimientos, que pasados los años se ha comprobado, fueron orquestados por poderes puntuales en procura de determinados objetivos, y que usaron la televisión y anteriormente los periódicos, para conseguirlos.

Pero no se puede culpar gratuitamente a las masas de su credulidad. Según mi opinión, ésta es hija de la falta de cultura y educación al respecto. ¿Por qué razón sino son siempre los estudiantes universitarios, los primeros en desconfiar y salir a las calles a manifestarse en contra o a favor de determinadas consignas de los gobiernos? Entre otras cosas porque saben, porque han aprendido en las aulas, que no todo lo que nos cuentan por los medios es verdad. La educación es la liberación de los pueblos, ha dicho alguien por ahí. Frase cierta si las hay. Yo no estaría quizás hablando del tema, o talvez ni siquiera me lo habría planteado, si no fuera porque tuve la posibilidad de insertarme en la educación terciaria y aprender de primera mano, estos designios básicos de la comunicación.

EL NEGOCIO DE LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN

Lo primero que tenemos que entender, es que los medios de comunicación privados no son una entidad benéfica. Sus dueños, muchas veces importantes grupos económicos que mueven millones y millones de dólares en negocios de diversa índole, lo que buscan en última instancia es sacar rédito económico de dicha inversión. Lo cual es por cierto lógico y aceptable desde todo punto de vista. Nadie en su sano juicio va a invertir su dinero en un negocio que no le reporte beneficios de algún tipo.

Lo segundo, tan o más importante que lo primero, es que los medios de comunicación masiva y especialmente la televisión, son grandes generadores de opinión. ¿Qué significa esto? Que son la manera más eficáz que existe en el mundo de hacer llegar mensajes y de sembrar ideas en la gente. ¿Pero por qué son tan eficientes? Nada menos que porque desde su creación, nos han hecho creer que lo que allí se muestra es fiel reflejo de la realidad. Nacemos, crecemos, y pasamos gran parte de nuestras vidas delante de un televisor. Allí encontramos básicamente dos cosas, entretenimiento e información. ¿Cómo no habríamos de creerle entonces a un aparato que desde que abrimos los ojos, siendo muy pequeños, ha estado en el living de nuestras casas? Se produce así una especie de relación hipnótica entre el televisor y el televidente, que salvo que ocurra un hecho demasiado dramático en dicha relación, se mantendrá por siempre. ¿Usted dudaría acaso si en el informativo de la noche le dicen que cuatro hombres armados asaltaron el almacén de la esquina? Seguramente que no. Y no sólo lo creeríamos, sino que nos convertiríamos además a la mañana siguiente, en repetidores honorarios de dicha información, y por ende de dicho medio. Es tan claro como ésto: la televisión nos dice de qué vamos a hablar la mañana siguiente con el vecino. Y es bastante probable además que nuestra opinión sobre la noticia, dependa directamente del enfoque con que el medio la haya abordado. En definitiva amigos, las personas pensamos y hablamos no de lo que se nos ocurre, sino de lo que los medios quieren que pensemos y hablemos. Visto desde este punto de vista, no somos tan libres como creemos.

¿Se entiende amigos por qué tienen tanto poder los medios de comunicación masiva? Son las únicas entidades sobre la faz de la Tierra capaces de convencer a una población entera,  ya sea que hablemos de un pueblo, de una ciudad, de un país, o incluso de toda la población mundial, de un determinado hecho, o si hilamos más fino, de un determinado concepto. Si lo pensamos bien, es mucho poder. Tanto, que a lo largo de los años han demostrado ser capaces de por ejemplo y entre otras cosas, derrocar gobiernos inconvenientes, generar guerras inexplicables e injustas, organizar cazas de brujas internacionales, y crear mentiras globales en busca de un objetivo puntual.

Un detalle más que importante a tener en cuenta a la hora de analizar el poder de los medios de comunicación masiva, es el hecho de que detrás de ellos, en su conducción, hay solo un reducido número de personas. O sea que todo ese poder del que hablamos en el párrafo anterior, está en manos de unos pocos seres humanos, los cuales tienen además, como ya dijimos anteriormente, intereses comerciales particulares.

LOS GOBIERNOS Y LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN

Por lo dicho anteriormente, queda en evidencia que la televisión sigue siendo aún hoy, en marzo de 2012, y a pesar de que han aparecido en los últimos años medios alternativos de comunicación como por ejemplo Internet, el canal más potente que tienen los actores políticos, de oficialismo y de oposición, para meterse en la cabeza de las personas. Es por esta razón que entre unos y otros se producen alianzas estratégicas, que en el fondo buscan beneficiar a ambas partes. De una forma muy lineal, el trato sería algo así: “yo te ayudo a llegar al poder convenciendo a la gente a través de mi pantalla, y cuando lo alcances vos me beneficias generando condiciones favorables a mi negocio, mediante la creación de una legislatura adecuada”. Está claro que este es un raquítico esquema del contrato tácito que realizan las partes involucradas. Dentro de él se pueden llegar a firmar los más inverosímiles acuerdos. No en vano se  conoce a los medios de comunicación, desde hace muchos años, con el apelativo de CUARTO PODER. Mi opinión es que le pusieron el cuarto para que no quedara feo ante la opinión pública, pero en los hechos muchas veces es el primero.

Dentro de este marco general, que ya de por sí despide olor nauseabundo, se cocinan entramados que ni el más creativo de los cineastas puede llevar a imaginar. A esto debemos sumarle un ingrediente tan importante como los mencionados hasta aquí, que es el hecho de que los actores políticos suelen por otro lado asumir compromisos, además de con los medios de comunicación, con otro tipo de poderes económicos que de una forma u otra (generalmente mediante la inyección de dinero para sus campañas electorales), los ayudan a llegar al poder. El trato es más o menos parecido al bosquejado anteriormente. El fondo de todo ésto es que llega un momento en que el entramado de intereses y poderes es tan importante, que las partes se alejan  definitivamente de sus cometidos fundamentales, y se avocan básicamente a pagar a cualquier costo, las deudas contraídas. Por todo esto, llegamos al punto en que los políticos dejan de usar el poder, que el pueblo depositó en sus manos mediante el voto para mejorar sus condiciones de vida, y lo usan para beneficiar a ciertos sectores poderosos. Por otro lado, la televisión se aparta de su cometido primordial que sería entretener e informar (educar) al mismo pueblo, y se dedica a exactamente lo contrario: a desinformarlo y confundirlo.

VENEZUELA Y EL GOLPE DE ESTADO DE 2002

Llegamos al fin al punto del que partimos, y al tema que ofició de detonante del presente artículo.

En Venezuela se llevó a cabo en abril de 2002, uno de los más claros episodios de manipulación mediática que han ocurrido en la historia de la televisión mundial, y que con los años ha podido ser comprobado fehacientemente. Poderes importantes de dentro y fuera de dicho país gestaron, planearon, y ejecutaron un puntilloso y maquiavélico plan para derrocar al gobierno constitucional de Hugo Chávez (el cual había sido alcanzado con el 63% de la voluntad ciudadana), e instaurar un régimen más conveniente a sus intereses. Lo consiguieron durante algunas horas, aunque al final y gracias a la férrea convicción y determinación del pueblo Venezolano, la institucionalidad fue instaurada nuevamente. Éste es tan solo un ejemplo claro del poder que los medios de comunicación masiva pueden llegar a desplegar, en determinadas circunstancias.

Ustedes pueden creer o no en mis palabras, estimados amigos. Es por esto que me gustaría invitarlos ahora, a ver un par de excelentes documentales que tratan el tema de manera seria desde diferentes puntos de vista, y que aportan pruebas absolutamente irrefutables al asunto. Ojala luego de verlos comience a crecer en alguno de ustedes la semilla de la desconfianza, y puedan ser capaces a partir de ello, de no creer ciegamente en lo que un determinado medio de comunicación intenta contarles, sino que puedan aprender a buscar informaciones alternativas, y a sacar sus propias conclusiones al respecto. Si eso sucede al menos con uno de ustedes, queridos lectores, el objetivo de este artículo estará cumplido.



1) LA REVOLUCIÓN NO SERÁ TELEVISADA




           2) PUENTE LLAGUNO: CLAVES DE UNA MASACRE


sábado, 3 de marzo de 2012

CUATRO PATITAS

Por Hernán Barrios


Era enero, y el viejo edificio estaba vacío y silencioso. Los cursos de verano comenzaban recién el mes siguiente, por lo que a falta de estudiantes, los únicos seres que lo ocupaban eran un puñado de empleados de administración, limpieza y vigilancia. Esa tarde, como todas las tardes, Nancy realizaba su última ronda, dando los retoques finales al hall de entrada, las escaleras, y los baños de estudiantes. Éstos, si bien habían sido reformados varias veces en las últimas décadas, aún seguían manteniendo los rasgos generales de majestuosidad y opulencia, del resto del edificio. Al entrar, un largo corredor de baldosines beige daban la bienvenida al usuario, y un techo oscuro y lejano, naturalmente decorado con telas de araña de principios de siglo, arrojaba a sus ojos una vacía sensación de inmensa soledad. Sobre la pared de la izquierda, una hilera de seis piletas de granito gris con sus correspondientes espejos y luces, le inyectaban una modesta dosis de modernidad al paisaje, y a la derecha, los cubículos sanitarios. Éstos eran también seis, pero de modernidad nula. Separados entre sí por mamparas de madera compensada que se elevaban del piso unos 20 centímetros, puertas sin seguro del mismo material y tazas turcas, eran todo su mobiliario. Cien años de pensamientos estudiantiles impregnados en las paredes, daban a cada uno de los cubículos, su impronta individual.

Nancy era una chica joven, bonita, y muy reservada. Siempre andaba de un lado para otro con sus petates y productos de limpieza en las manos, y auriculares en los oídos. Rara vez se la veía conversando con alguien, y cuando lo hacía, siempre era por cuestiones estrictamente laborales. Dicen que provenía de una familia muy religiosa, y al menos en el tiempo que llevaba trabajando en la facultad, nunca se le descubrió un novio, o algo similar. Todos los días a las 18:15, luego de terminar su jornada laboral, se tomaba el 137 en la parada de la esquina, con destino a casa de sus padres.

Era poco más de las cuatro cuando acercó el balde con agua y los productos de limpieza, a la puerta del baño de hombres. El edificio, quizás por ser viernes, estaba especialmente vacío aquella tarde. Tan solo Juan, el vigilante de la noche, se podía escuchar conversando animadamente con un vecino, lejos, escaleras abajo. La amplitud de los espacios, la altura de los techos, y el revestimiento en mármol de las inmensas paredes, daban a la fauna sonora del lugar una desmedida imponencia. Los pasos livianos de Nancy, el contacto del balde con el piso, y hasta el goteo infinito de la cisterna tres, sonaban inquietantes de más. En esas circunstancias Nancy prefería renunciar a la cálida compañía de la música de sus auriculares, y dejar sus oídos libres para prevenir cualquier eventualidad. Dando por descontado que el baño estaba vacío, y a diferencia de lo que solía hacer en períodos de clases, entró sin anunciarse. No era mucha la tarea, tan solo un repaso ligero porque ya los había limpiado a fondo en la mañana, y además casi no habían sido usados. Comenzó por los espejos.

Llevaba pocos minutos avocada a esa tarea, cuando creyó escuchar un pequeño sonido detrás de sí. Fue mínimo, casual, casi imperceptible. Una especie de chasquido metálico, como si un clip de alambre, de esos de sujetar papeles, cayera sobre el piso. Instintivamente se dio vuelta. Movimiento innecesario, ya que a través de los espejos que cubrían todo el largo de la pared, tenía una visión completa de lo que sucedía a sus espaldas. De todas formas no vio nada raro. Se movió hacia el siguiente espejo y continuó su tarea. Segundos más tarde, le pareció oír una especie de jadeo sofocado; un susurro entrecortado, débil, tanto que parecía incluso venir de otra parte del edificio. Pero venía de allí; estaba segura de que venía de allí mismo. Haciendo un esfuerzo por mantener la calma y contener la respiración, miró hacia atrás, hacia los sanitarios, esta vez sí a través del espejo. Al principio no detectó nada pero luego, al prestar atención a los detalles, los vio.

Eran dos. Grandes, grises, y bastante rotosos eran aquellos championes que apuntaban hacia la pared. ¿Cómo no los noté antes?_ pensó Nancy. Un hombre estaba orinando en uno de los cubículos, y ella se había metido al baño descuidadamente. Al tiempo que se reprochaba su descuido, también le pareció extraño que aquel tipo hubiera estado allí dentro incluso antes de que ella entrara, y no hubiera realizado ruido alguno, que delatara su actividad fisiológica. Decidió salir y esperar afuera a que el sujeto terminara, pero en el momento de retirarse y pasar exactamente frente a la puerta del cubículo, vio algo que hubiera preferido no haber visto. Había dos pies más, esta vez con lustrosos zapatos negros, también mirando hacia la pared e inmediatamente por delante de los championes grises. Esta visión la confundió, al punto de no entender realmente lo que había visto, hasta que estuvo en la vereda contándole a Juan lo sucedido.

Rubén, el negro y fornido cuida coches de la cuadra, fue el primero en pasar minutos después, frente a Juan y Nancy. “Ta mañana”_ les dijo con voz chillona y acento periférico, al tiempo que una seña de su mano derecha reafirmaba su discurso. “Hasta mañana_ respondieron ellos a coro, y con sus miradas apuntando hacia el suelo. Grises.

Buen fin de semana”_ les dijo el Sr. Director, mientras que con su brazo extendido y apretando un botón verde, apagaba la alarma de su coche. “Gracias igualmente”_ respondió solo Juan, ya que a Nancy la garganta le jugó una mala pasada, y no pudo emitir palabra alguna. Sus ojos en cambio, le fueron fieles. Negros y lustrosos. 

jueves, 16 de febrero de 2012

MI BICICLETA MONTAÑA ROJA

Por Hernán Barrios

Artes gráficas: CASIANIMAL.
Hubo una época de mi vida en la que mi aprehensión por los bienes materiales era un tanto desmedida. Pero no porque fuera materialista ni porque hiciera acopio de cosas, sino simplemente porque me encariñaba de tal forma con ciertos objetos, que me costaba mucho desprenderme de ellos. Eso me ocurrió por ejemplo con mi bicicleta montaña roja, a la cual cuidaba y protegía con ahínco y dedicación, y que a pesar de lo cual la sustrajeron tres veces. Hace mucho conté en una extensa publicación en este blog las peripecias sufridas en el segundo robo, las cuales incluían su final recuperación, pero nunca compartí, quizás por ser menos espectaculares, las instancias de la primera vez que los amigos de lo ajeno intentaron despojarme de mi leal birodado. He aquí la historia.



No hacía más de seis o siete meses que la tenía, y estaba flamante. La lavaba una vez por semana, la enceraba, la aceitaba, y jamás la dejaba afuera. Además de eso me había dado por hacerle una serie de mejoras a modo de tuneo, para lo cual le había instalado una serie de accesorios para bicicletas, como por ejemplo en el cuadro un pequeño inflador, un set básico de herramientas debajo de la montura, punteras en los pedales, guardabarros, un pequeño espejo retrovisor en el puño derecho, luz de frenos y lo más maravilloso de todo, una computadora de abordo. Para los que no lo sepan, les cuento que la dichosa computadora no es otra cosa que un dispositivo del tamaño y características de un reloj pulsera, que se instala en el manillar, y que mediante un mecanismo ligado a la rueda, brinda información que tiene que ver con la velocidad, los kilómetros recorridos, promedios varios, etc. Como dije, la bicicleta estaba hecha una pinturita. Era además mi medio de transporte para ir a trabajar, a estudiar, y a cualquier destino dentro de los límites de Montevideo.

Esa tarde había ido a la peluquería, la cual estaba ubicada en la zona del Cordón, a pocas cuadras de la Asociación Española. Cabe aclarar a los lectores que no conocen Montevideo, que el barrio al cual hago referencia está dentro de lo que se podría considerar el centro de la ciudad, en una zona que en esa época se podía considerar como segura. A pesar de esta seguridad, y en virtud de que tenía que dejar la bicicleta afuera, por no contar la peluquería con espacio suficiente para entrarla, le puse una cadena que unía el cuadro a la rueda trasera e impedía que esta última girara. A su vez la recostaba contra la vidriera misma del local, a fin de mantener todo el tiempo contacto visual con ella, y evitar sorpresas indeseadas.

La cosa es que estaba yo conversando animadamente con el peluquero y con el corte de pelo en pleno proceso, cuando alcancé a oír una especie de chasquido metálico que me puso en alerta. A riesgo de que el profesional capilar me incrustara una tijera en la nuca hasta la silla turca, giré violentamente mi cabeza 90º hacia la izquierda y pude ver, sumergido en una especia de niebla mezcla de asombro y desesperación, que mi bicicleta no estaba.

Lo que sigue ocurrió, visto desde la distancia obligatoria que impone el paso del tiempo, en una especie de cámara lenta atemporal y acuosa que me impide hoy día, dar datos certeros y exactos sobre ello. Algunas personas me han dicho que esta especie de realidad paralela que se formó en el preciso instante en que noté la ausencia del vehículo, es producto de una súbita liberación de adrenalina ordenada por el cerebro, que hizo que mi atención se enfocara pura y exclusivamente en este hecho, y dejara momentáneamente fuera de mi percepción al resto de las cosas, las cuales a su entender en ese instante, resultaban irrelevantes.

¡La bicicleta!- fueran las dos palabras que saltaron de m boca casi en forma automática, y que pusieron al señor de las tijeras también en guardia. De un salto llegué a la puerta, la cual no estaba a más de tres pasos de mi ubicación, y miré en ambas direcciones, desesperado. El peluquero, a mi lado. ¡Allá va!- gritó, al tiempo que señalaba a un hombre de tez oscura que a eso de una cuadra de distancia, corría con mi bicicleta al hombro. Era claro que había intentado hacerla andar, pero al no conseguirlo por culpa de la cadena, -ese fue el chasquido que escuché- decidió huir con ella en brazos. No lo pensé. La siguiente imagen que tengo es de mí mismo corriendo por la calle a todo lo que podía, con el pelo a medio cortar, gritando y puteando a grito pelado al chorro, con la capa esa que te ponen para no ensuciarte la ropa volando al viento, y a mi peluquero corriendo dos metros detrás de mí con la tijera en la mano. Batman y Robin en versión pobre y a medio vestir, se podría decir. Vaya uno a saber lo que habrán pensado los vecinos que nos vieron en ese momento corriendo despavoridos por la calle, pero lo cierto es que a mí lo único que me importaba era recuperar mi preciosa bicicleta.

El ladrón era grande y fuerte, pero no tanto como para correr con una bicicleta sobre sus hombros más rápido que nosotros, por lo que pronto comenzamos a alcanzarlo. Recuerdo claramente que no dejaba de putearlo en todos los dialectos conocidos, incluidos sus respectivos lunfardos, al tiempo que agitaba mis brazos en una clara señal intimidatoria hacia el ladrón. La persecución duró apenas un par de cuadras, ya que casi al llegar a Br. Artigas y viendo que nosotros ya le estábamos pisando los talones, decidió con buen tino tirar la bicicleta hacia un costado, y continuar su huida sin peso extra. No lo dudé. Una vez que vi caer mi bicicleta al piso y en vista de que nuestro reencuentro era inminente, dí por concluida la persecución, y dejé que el malhechor siguiera su camino. Así también lo hizo el noble peluquero. Tampoco era cuestión de andar arriesgándome a intentar darle un escarmiento al morocho grandote, ya casi sin adrenalina y además sin el peluquero, y correr el riesgo de recibir una golpiza furibunda por parte del ladrón.

La tomé entre mis brazos, y con ella a cuestas desandamos el camino hasta la peluquería. Al llegar pude constatar que, salvo por un par de rayones producto del golpe contra el piso, no había sufrido daños de consideración. Esta vez, en un acto que repetiría el tiempo que seguí yendo a esa peluquería, la metí para adentro del local y la apoyé contra la pared del fondo. No fue sino hasta el momento en que ya entre risas y anécdotas me volví a sentar en el sillón del peluquero, que tomé conciencia del ridículo show que habíamos montado ante la atónita platea compuesta por vecinos y transeúntes. Supongo que al verme correr como un loco con la capa esa, y con el peluquero pisándome los talones con la tijera en la mano, lo primero que habrán pensado era que el tipo corría para matarme. Menos mal que en ese tiempo no existía Youtube, Facebook, Twitter, ni nada de eso, porque sino seguro habríamos saltado a la fama en alguna red social.

Y así fue queridos amigos, cómo junto con mi peluquero de confianza, rescaté por primera vez a mi bicicleta montaña roja de las garras de los amigos de lo ajeno. La segunda vez, si es que no lo han hecho aún, ya saben dónde leerlo. Y la tercera no tiene, lamentablemente, un final feliz. 

jueves, 5 de enero de 2012

LA REINA

Por Hernán Barrios

La culpable de todo fue mi hermana. A mediados de octubre llamó para contarme que estaban pensando, junto con una de mis primas, en organizarle una fiesta sorpresa de cumpleaños, a la abuela María. A grandes rasgos me contó de qué se trataba, y de paso me preguntó si me animaba a componerle y cantarle una canción. Casi sin pensarlo dije que sí, porque la verdad me pareció una buena idea. Cuento a los lectores más nuevos o menos atentos, que otra de mis pasiones además de las letras, es la música. Pero lo cierto es que hacía mucho tiempo que no tocaba la guitarra, y más aún que no componía una canción. De esto último, años.

Los días fueron pasando. Algo que sí tenía claro, era que no iba a poder dedicarme de lleno a aquella noble tarea, hasta no terminar las clases de publicidad, cosa que iba a acontecer recién a mediados de noviembre. Éstas al fin terminaron, y entonces sí me dispuse en cuerpo y alma, a recobrar el amor perdido de las musas que otrora me dieran una mano. Y esperé. Una noche, un día, una semana, dos, tres. Nada. Esa magia rara que la mayoría de las personas llama inspiración, no me pasaba ni cerca. Estaba claro que aquellas musas, rencorosas y traidoras como pocas, me estaban pasando factura por el abandono en el que las sumí, durante tanto tiempo.

La fecha del evento era el sábado 16 de diciembre de 2011, y una semana antes del mismo no se me había ocurrido siquiera una frase de la dichosa canción. Ni hablar de la música. Fue entonces que decidí dejar de esperar, y tomé cartas en el asunto. El lunes anterior a la fecha marcada tomé lápiz y papel, y luego del trabajo me recluí sin vueltas, en una mesa bien iluminada de un conocido bar de la ciudad. La consigna era, no salir de él sin la letra completa de la canción. Y afortunadamente, así fue. Tres horas después, y café con medialunas mediante, abandoné el bar con el objetivo cumplido. Entre el martes y el miércoles, salió la música. Jueves y viernes, ensamble de ambas cosas. Sábado, presentación en sociedad.

La canción para la abuela María es sencilla y directa. Adolece totalmente de metáforas complejas, o despampanantes trucos sintácticos. Su estructura es absolutamente básica, lineal, y sin guiños de clase alguna. La sucesión tonal también es sencilla, al punto de ser casi predecible. Compensa creo yo, y de ahí quizás parte de su posterior éxito familiar, con una importante batería de imágenes, hechos y lugares comunes, que dan a la canción una carga emotiva extra.

Esta es entonces, la breve historia de la canción que le regalamos a la abuela, el día en que cumplió sus jóvenes 84 años. Comparto con ustedes, queridos amigos, el video del momento. LA REINA.