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miércoles, 7 de marzo de 2012

EL PODER INVISIBLE

Por Hernán Barrios


Detona este artículo el correo que me hizo llegar un buen amigo, conteniendo un escueto video de poco más de tres minutos, en el cual un periodista acusa al Presidente de Venezuela, Hugo Chávez, de no cumplir algunas promesas realizadas durante la campaña electoral que lo llevaría a la presidencia en el año 1999.

El video es el siguiente:



No es mi intención con estas líneas defender ni abrir juicio de valor alguno sobre éste u otros videos que circulan por la web, o convertirme en defensor de Chávez ni de figura pública alguna, sino simplemente compartir mi experiencia personal sobre este tipo de información dirigida, y realizar un llamado de alerta (uno más, ya que no es la primera vez que en este espacio escribo sobre el tema), sobre el peligro que encierra el creer ciegamente en lo que nos muestran los medios de comunicación masiva en general, y principalmente su figura estrella la televisión, en particular. En busca de estos objetivos trataré, estimado lector, de ser lo más imparcial posible (aunque aquellos que estamos en el tema de la comunicación sabemos que la objetividad absoluta es una utopía), tratando de analizar los temas aquí planteados desde un punto de vista neutral.

LA TELEVISIÓN Y LA GENTE

Aunque a esta altura ya debería haberme acostumbrado, confieso que aún no deja de asombrarme el poder de convencimiento que la televisión ejerce sobre la mayoría de la población. Por motivos cuyo análisis escapa al propuesto en este artículo, crecemos y vivimos convencidos de que lo que se nos muestra por televisión, es fiel reflejo de la realidad. El endiosamiento que hemos hecho de la pantalla chica es tal, que la mayoría de las personas ni siquiera se detienen a pensar un momento, en que detrás de ese electrodoméstico aparentemente inocente y simpático, hay seres humanos con poder e intereses personales, dispuestos seguramente a usar dicho medio en favor de esos intereses. El siglo XX y lo que va del XXI han estado plagados de acontecimientos, que pasados los años se ha comprobado, fueron orquestados por poderes puntuales en procura de determinados objetivos, y que usaron la televisión y anteriormente los periódicos, para conseguirlos.

Pero no se puede culpar gratuitamente a las masas de su credulidad. Según mi opinión, ésta es hija de la falta de cultura y educación al respecto. ¿Por qué razón sino son siempre los estudiantes universitarios, los primeros en desconfiar y salir a las calles a manifestarse en contra o a favor de determinadas consignas de los gobiernos? Entre otras cosas porque saben, porque han aprendido en las aulas, que no todo lo que nos cuentan por los medios es verdad. La educación es la liberación de los pueblos, ha dicho alguien por ahí. Frase cierta si las hay. Yo no estaría quizás hablando del tema, o talvez ni siquiera me lo habría planteado, si no fuera porque tuve la posibilidad de insertarme en la educación terciaria y aprender de primera mano, estos designios básicos de la comunicación.

EL NEGOCIO DE LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN

Lo primero que tenemos que entender, es que los medios de comunicación privados no son una entidad benéfica. Sus dueños, muchas veces importantes grupos económicos que mueven millones y millones de dólares en negocios de diversa índole, lo que buscan en última instancia es sacar rédito económico de dicha inversión. Lo cual es por cierto lógico y aceptable desde todo punto de vista. Nadie en su sano juicio va a invertir su dinero en un negocio que no le reporte beneficios de algún tipo.

Lo segundo, tan o más importante que lo primero, es que los medios de comunicación masiva y especialmente la televisión, son grandes generadores de opinión. ¿Qué significa esto? Que son la manera más eficáz que existe en el mundo de hacer llegar mensajes y de sembrar ideas en la gente. ¿Pero por qué son tan eficientes? Nada menos que porque desde su creación, nos han hecho creer que lo que allí se muestra es fiel reflejo de la realidad. Nacemos, crecemos, y pasamos gran parte de nuestras vidas delante de un televisor. Allí encontramos básicamente dos cosas, entretenimiento e información. ¿Cómo no habríamos de creerle entonces a un aparato que desde que abrimos los ojos, siendo muy pequeños, ha estado en el living de nuestras casas? Se produce así una especie de relación hipnótica entre el televisor y el televidente, que salvo que ocurra un hecho demasiado dramático en dicha relación, se mantendrá por siempre. ¿Usted dudaría acaso si en el informativo de la noche le dicen que cuatro hombres armados asaltaron el almacén de la esquina? Seguramente que no. Y no sólo lo creeríamos, sino que nos convertiríamos además a la mañana siguiente, en repetidores honorarios de dicha información, y por ende de dicho medio. Es tan claro como ésto: la televisión nos dice de qué vamos a hablar la mañana siguiente con el vecino. Y es bastante probable además que nuestra opinión sobre la noticia, dependa directamente del enfoque con que el medio la haya abordado. En definitiva amigos, las personas pensamos y hablamos no de lo que se nos ocurre, sino de lo que los medios quieren que pensemos y hablemos. Visto desde este punto de vista, no somos tan libres como creemos.

¿Se entiende amigos por qué tienen tanto poder los medios de comunicación masiva? Son las únicas entidades sobre la faz de la Tierra capaces de convencer a una población entera,  ya sea que hablemos de un pueblo, de una ciudad, de un país, o incluso de toda la población mundial, de un determinado hecho, o si hilamos más fino, de un determinado concepto. Si lo pensamos bien, es mucho poder. Tanto, que a lo largo de los años han demostrado ser capaces de por ejemplo y entre otras cosas, derrocar gobiernos inconvenientes, generar guerras inexplicables e injustas, organizar cazas de brujas internacionales, y crear mentiras globales en busca de un objetivo puntual.

Un detalle más que importante a tener en cuenta a la hora de analizar el poder de los medios de comunicación masiva, es el hecho de que detrás de ellos, en su conducción, hay solo un reducido número de personas. O sea que todo ese poder del que hablamos en el párrafo anterior, está en manos de unos pocos seres humanos, los cuales tienen además, como ya dijimos anteriormente, intereses comerciales particulares.

LOS GOBIERNOS Y LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN

Por lo dicho anteriormente, queda en evidencia que la televisión sigue siendo aún hoy, en marzo de 2012, y a pesar de que han aparecido en los últimos años medios alternativos de comunicación como por ejemplo Internet, el canal más potente que tienen los actores políticos, de oficialismo y de oposición, para meterse en la cabeza de las personas. Es por esta razón que entre unos y otros se producen alianzas estratégicas, que en el fondo buscan beneficiar a ambas partes. De una forma muy lineal, el trato sería algo así: “yo te ayudo a llegar al poder convenciendo a la gente a través de mi pantalla, y cuando lo alcances vos me beneficias generando condiciones favorables a mi negocio, mediante la creación de una legislatura adecuada”. Está claro que este es un raquítico esquema del contrato tácito que realizan las partes involucradas. Dentro de él se pueden llegar a firmar los más inverosímiles acuerdos. No en vano se  conoce a los medios de comunicación, desde hace muchos años, con el apelativo de CUARTO PODER. Mi opinión es que le pusieron el cuarto para que no quedara feo ante la opinión pública, pero en los hechos muchas veces es el primero.

Dentro de este marco general, que ya de por sí despide olor nauseabundo, se cocinan entramados que ni el más creativo de los cineastas puede llevar a imaginar. A esto debemos sumarle un ingrediente tan importante como los mencionados hasta aquí, que es el hecho de que los actores políticos suelen por otro lado asumir compromisos, además de con los medios de comunicación, con otro tipo de poderes económicos que de una forma u otra (generalmente mediante la inyección de dinero para sus campañas electorales), los ayudan a llegar al poder. El trato es más o menos parecido al bosquejado anteriormente. El fondo de todo ésto es que llega un momento en que el entramado de intereses y poderes es tan importante, que las partes se alejan  definitivamente de sus cometidos fundamentales, y se avocan básicamente a pagar a cualquier costo, las deudas contraídas. Por todo esto, llegamos al punto en que los políticos dejan de usar el poder, que el pueblo depositó en sus manos mediante el voto para mejorar sus condiciones de vida, y lo usan para beneficiar a ciertos sectores poderosos. Por otro lado, la televisión se aparta de su cometido primordial que sería entretener e informar (educar) al mismo pueblo, y se dedica a exactamente lo contrario: a desinformarlo y confundirlo.

VENEZUELA Y EL GOLPE DE ESTADO DE 2002

Llegamos al fin al punto del que partimos, y al tema que ofició de detonante del presente artículo.

En Venezuela se llevó a cabo en abril de 2002, uno de los más claros episodios de manipulación mediática que han ocurrido en la historia de la televisión mundial, y que con los años ha podido ser comprobado fehacientemente. Poderes importantes de dentro y fuera de dicho país gestaron, planearon, y ejecutaron un puntilloso y maquiavélico plan para derrocar al gobierno constitucional de Hugo Chávez (el cual había sido alcanzado con el 63% de la voluntad ciudadana), e instaurar un régimen más conveniente a sus intereses. Lo consiguieron durante algunas horas, aunque al final y gracias a la férrea convicción y determinación del pueblo Venezolano, la institucionalidad fue instaurada nuevamente. Éste es tan solo un ejemplo claro del poder que los medios de comunicación masiva pueden llegar a desplegar, en determinadas circunstancias.

Ustedes pueden creer o no en mis palabras, estimados amigos. Es por esto que me gustaría invitarlos ahora, a ver un par de excelentes documentales que tratan el tema de manera seria desde diferentes puntos de vista, y que aportan pruebas absolutamente irrefutables al asunto. Ojala luego de verlos comience a crecer en alguno de ustedes la semilla de la desconfianza, y puedan ser capaces a partir de ello, de no creer ciegamente en lo que un determinado medio de comunicación intenta contarles, sino que puedan aprender a buscar informaciones alternativas, y a sacar sus propias conclusiones al respecto. Si eso sucede al menos con uno de ustedes, queridos lectores, el objetivo de este artículo estará cumplido.



1) LA REVOLUCIÓN NO SERÁ TELEVISADA




           2) PUENTE LLAGUNO: CLAVES DE UNA MASACRE


sábado, 3 de marzo de 2012

CUATRO PATITAS

Por Hernán Barrios


Era enero, y el viejo edificio estaba vacío y silencioso. Los cursos de verano comenzaban recién el mes siguiente, por lo que a falta de estudiantes, los únicos seres que lo ocupaban eran un puñado de empleados de administración, limpieza y vigilancia. Esa tarde, como todas las tardes, Nancy realizaba su última ronda, dando los retoques finales al hall de entrada, las escaleras, y los baños de estudiantes. Éstos, si bien habían sido reformados varias veces en las últimas décadas, aún seguían manteniendo los rasgos generales de majestuosidad y opulencia, del resto del edificio. Al entrar, un largo corredor de baldosines beige daban la bienvenida al usuario, y un techo oscuro y lejano, naturalmente decorado con telas de araña de principios de siglo, arrojaba a sus ojos una vacía sensación de inmensa soledad. Sobre la pared de la izquierda, una hilera de seis piletas de granito gris con sus correspondientes espejos y luces, le inyectaban una modesta dosis de modernidad al paisaje, y a la derecha, los cubículos sanitarios. Éstos eran también seis, pero de modernidad nula. Separados entre sí por mamparas de madera compensada que se elevaban del piso unos 20 centímetros, puertas sin seguro del mismo material y tazas turcas, eran todo su mobiliario. Cien años de pensamientos estudiantiles impregnados en las paredes, daban a cada uno de los cubículos, su impronta individual.

Nancy era una chica joven, bonita, y muy reservada. Siempre andaba de un lado para otro con sus petates y productos de limpieza en las manos, y auriculares en los oídos. Rara vez se la veía conversando con alguien, y cuando lo hacía, siempre era por cuestiones estrictamente laborales. Dicen que provenía de una familia muy religiosa, y al menos en el tiempo que llevaba trabajando en la facultad, nunca se le descubrió un novio, o algo similar. Todos los días a las 18:15, luego de terminar su jornada laboral, se tomaba el 137 en la parada de la esquina, con destino a casa de sus padres.

Era poco más de las cuatro cuando acercó el balde con agua y los productos de limpieza, a la puerta del baño de hombres. El edificio, quizás por ser viernes, estaba especialmente vacío aquella tarde. Tan solo Juan, el vigilante de la noche, se podía escuchar conversando animadamente con un vecino, lejos, escaleras abajo. La amplitud de los espacios, la altura de los techos, y el revestimiento en mármol de las inmensas paredes, daban a la fauna sonora del lugar una desmedida imponencia. Los pasos livianos de Nancy, el contacto del balde con el piso, y hasta el goteo infinito de la cisterna tres, sonaban inquietantes de más. En esas circunstancias Nancy prefería renunciar a la cálida compañía de la música de sus auriculares, y dejar sus oídos libres para prevenir cualquier eventualidad. Dando por descontado que el baño estaba vacío, y a diferencia de lo que solía hacer en períodos de clases, entró sin anunciarse. No era mucha la tarea, tan solo un repaso ligero porque ya los había limpiado a fondo en la mañana, y además casi no habían sido usados. Comenzó por los espejos.

Llevaba pocos minutos avocada a esa tarea, cuando creyó escuchar un pequeño sonido detrás de sí. Fue mínimo, casual, casi imperceptible. Una especie de chasquido metálico, como si un clip de alambre, de esos de sujetar papeles, cayera sobre el piso. Instintivamente se dio vuelta. Movimiento innecesario, ya que a través de los espejos que cubrían todo el largo de la pared, tenía una visión completa de lo que sucedía a sus espaldas. De todas formas no vio nada raro. Se movió hacia el siguiente espejo y continuó su tarea. Segundos más tarde, le pareció oír una especie de jadeo sofocado; un susurro entrecortado, débil, tanto que parecía incluso venir de otra parte del edificio. Pero venía de allí; estaba segura de que venía de allí mismo. Haciendo un esfuerzo por mantener la calma y contener la respiración, miró hacia atrás, hacia los sanitarios, esta vez sí a través del espejo. Al principio no detectó nada pero luego, al prestar atención a los detalles, los vio.

Eran dos. Grandes, grises, y bastante rotosos eran aquellos championes que apuntaban hacia la pared. ¿Cómo no los noté antes?_ pensó Nancy. Un hombre estaba orinando en uno de los cubículos, y ella se había metido al baño descuidadamente. Al tiempo que se reprochaba su descuido, también le pareció extraño que aquel tipo hubiera estado allí dentro incluso antes de que ella entrara, y no hubiera realizado ruido alguno, que delatara su actividad fisiológica. Decidió salir y esperar afuera a que el sujeto terminara, pero en el momento de retirarse y pasar exactamente frente a la puerta del cubículo, vio algo que hubiera preferido no haber visto. Había dos pies más, esta vez con lustrosos zapatos negros, también mirando hacia la pared e inmediatamente por delante de los championes grises. Esta visión la confundió, al punto de no entender realmente lo que había visto, hasta que estuvo en la vereda contándole a Juan lo sucedido.

Rubén, el negro y fornido cuida coches de la cuadra, fue el primero en pasar minutos después, frente a Juan y Nancy. “Ta mañana”_ les dijo con voz chillona y acento periférico, al tiempo que una seña de su mano derecha reafirmaba su discurso. “Hasta mañana”_ respondieron ellos a coro, y con sus miradas apuntando hacia el suelo. Grises.

“Buen fin de semana”_ les dijo el Sr. Director, mientras que con su brazo extendido y apretando un botón verde, apagaba la alarma de su coche. “Gracias igualmente”_ respondió solo Juan, ya que a Nancy la garganta le jugó una mala pasada, y no pudo emitir palabra alguna. Sus ojos en cambio, le fueron fieles. Negros y lustrosos. 

jueves, 16 de febrero de 2012

MI BICICLETA MONTAÑA ROJA

Por Hernán Barrios

Artes gráficas: CASIANIMAL.
Hubo una época de mi vida en la que mi aprehensión por los bienes materiales era un tanto desmedida. Pero no porque fuera materialista ni porque hiciera acopio de cosas, sino simplemente porque me encariñaba de tal forma con ciertos objetos, que me costaba mucho desprenderme de ellos. Eso me ocurrió por ejemplo con mi bicicleta montaña roja, a la cual cuidaba y protegía con ahínco y dedicación, y que a pesar de lo cual la sustrajeron tres veces. Hace mucho conté en una extensa publicación en este blog las peripecias sufridas en el segundo robo, las cuales incluían su final recuperación, pero nunca compartí, quizás por ser menos espectaculares, las instancias de la primera vez que los amigos de lo ajeno intentaron despojarme de mi leal birodado. He aquí la historia.



No hacía más de seis o siete meses que la tenía, y estaba flamante. La lavaba una vez por semana, la enceraba, la aceitaba, y jamás la dejaba afuera. Además de eso me había dado por hacerle una serie de mejoras a modo de tuneo, para lo cual le había instalado una serie de accesorios para bicicletas, como por ejemplo en el cuadro un pequeño inflador, un set básico de herramientas debajo de la montura, punteras en los pedales, guardabarros, un pequeño espejo retrovisor en el puño derecho, luz de frenos y lo más maravilloso de todo, una computadora de abordo. Para los que no lo sepan, les cuento que la dichosa computadora no es otra cosa que un dispositivo del tamaño y características de un reloj pulsera, que se instala en el manillar, y que mediante un mecanismo ligado a la rueda, brinda información que tiene que ver con la velocidad, los kilómetros recorridos, promedios varios, etc. Como dije, la bicicleta estaba hecha una pinturita. Era además mi medio de transporte para ir a trabajar, a estudiar, y a cualquier destino dentro de los límites de Montevideo.

Esa tarde había ido a la peluquería, la cual estaba ubicada en la zona del Cordón, a pocas cuadras de la Asociación Española. Cabe aclarar a los lectores que no conocen Montevideo, que el barrio al cual hago referencia está dentro de lo que se podría considerar el centro de la ciudad, en una zona que en esa época se podía considerar como segura. A pesar de esta seguridad, y en virtud de que tenía que dejar la bicicleta afuera, por no contar la peluquería con espacio suficiente para entrarla, le puse una cadena que unía el cuadro a la rueda trasera e impedía que esta última girara. A su vez la recostaba contra la vidriera misma del local, a fin de mantener todo el tiempo contacto visual con ella, y evitar sorpresas indeseadas.

La cosa es que estaba yo conversando animadamente con el peluquero y con el corte de pelo en pleno proceso, cuando alcancé a oír una especie de chasquido metálico que me puso en alerta. A riesgo de que el profesional capilar me incrustara una tijera en la nuca hasta la silla turca, giré violentamente mi cabeza 90º hacia la izquierda y pude ver, sumergido en una especia de niebla mezcla de asombro y desesperación, que mi bicicleta no estaba.

–Lo que sigue ocurrió, visto desde la distancia obligatoria que impone el paso del tiempo, en una especie de cámara lenta atemporal y acuosa que me impide hoy día, dar datos certeros y exactos sobre ello. Algunas personas me han dicho que esta especie de realidad paralela que se formó en el preciso instante en que noté la ausencia del vehículo, es producto de una súbita liberación de adrenalina ordenada por el cerebro, que hizo que mi atención se enfocara pura y exclusivamente en este hecho, y dejara momentáneamente fuera de mi percepción al resto de las cosas, las cuales a su entender en ese instante, resultaban irrelevantes.

¡La bicicleta!- fueran las dos palabras que saltaron de m boca casi en forma automática, y que pusieron al señor de las tijeras también en guardia. De un salto llegué a la puerta, la cual no estaba a más de tres pasos de mi ubicación, y miré en ambas direcciones, desesperado. El peluquero, a mi lado. ¡Allá va!- gritó, al tiempo que señalaba a un hombre de tez oscura que a eso de una cuadra de distancia, corría con mi bicicleta al hombro. Era claro que había intentado hacerla andar, pero al no conseguirlo por culpa de la cadena, -ese fue el chasquido que escuché- decidió huir con ella en brazos. No lo pensé. La siguiente imagen que tengo es de mí mismo corriendo por la calle a todo lo que podía, con el pelo a medio cortar, gritando y puteando a grito pelado al chorro, con la capa esa que te ponen para no ensuciarte la ropa volando al viento, y a mi peluquero corriendo dos metros detrás de mí con la tijera en la mano. Batman y Robin en versión pobre y a medio vestir, se podría decir. Vaya uno a saber lo que habrán pensado los vecinos que nos vieron en ese momento corriendo despavoridos por la calle, pero lo cierto es que a mí lo único que me importaba era recuperar mi preciosa bicicleta.

El ladrón era grande y fuerte, pero no tanto como para correr con una bicicleta sobre sus hombros más rápido que nosotros, por lo que pronto comenzamos a alcanzarlo. Recuerdo claramente que no dejaba de putearlo en todos los dialectos conocidos, incluidos sus respectivos lunfardos, al tiempo que agitaba mis brazos en una clara señal intimidatoria hacia el ladrón. La persecución duró apenas un par de cuadras, ya que casi al llegar a Br. Artigas y viendo que nosotros ya le estábamos pisando los talones, decidió con buen tino tirar la bicicleta hacia un costado, y continuar su huida sin peso extra. No lo dudé. Una vez que vi caer mi bicicleta al piso y en vista de que nuestro reencuentro era inminente, dí por concluida la persecución, y dejé que el malhechor siguiera su camino. Así también lo hizo el noble peluquero. Tampoco era cuestión de andar arriesgándome a intentar darle un escarmiento al morocho grandote, ya casi sin adrenalina y además sin el peluquero, y correr el riesgo de recibir una golpiza furibunda por parte del ladrón.

La tomé entre mis brazos, y con ella a cuestas desandamos el camino hasta la peluquería. Al llegar pude constatar que, salvo por un par de rayones producto del golpe contra el piso, no había sufrido daños de consideración. Esta vez, en un acto que repetiría el tiempo que seguí yendo a esa peluquería, la metí para adentro del local y la apoyé contra la pared del fondo. No fue sino hasta el momento en que ya entre risas y anécdotas me volví a sentar en el sillón del peluquero, que tomé conciencia del ridículo show que habíamos montado ante la atónita platea compuesta por vecinos y transeúntes. Supongo que al verme correr como un loco con la capa esa, y con el peluquero pisándome los talones con la tijera en la mano, lo primero que habrán pensado era que el tipo corría para matarme. Menos mal que en ese tiempo no existía Youtube, Facebook, Twitter, ni nada de eso, porque sino seguro habríamos saltado a la fama en alguna red social.

Y así fue queridos amigos, cómo junto con mi peluquero de confianza, rescaté por primera vez a mi bicicleta montaña roja de las garras de los amigos de lo ajeno. La segunda vez, si es que no lo han hecho aún, ya saben dónde leerlo. Y la tercera no tiene, lamentablemente, un final feliz. 

jueves, 5 de enero de 2012

LA REINA

Por Hernán Barrios

La culpable de todo fue mi hermana. A mediados de octubre llamó para contarme que estaban pensando, junto con una de mis primas, en organizarle una fiesta sorpresa de cumpleaños, a la abuela María. A grandes rasgos me contó de qué se trataba, y de paso me preguntó si me animaba a componerle y cantarle una canción. Casi sin pensarlo dije que sí, porque la verdad me pareció una buena idea. Cuento a los lectores más nuevos o menos atentos, que otra de mis pasiones además de las letras, es la música. Pero lo cierto es que hacía mucho tiempo que no tocaba la guitarra, y más aún que no componía una canción. De esto último, años.

Los días fueron pasando. Algo que sí tenía claro, era que no iba a poder dedicarme de lleno a aquella noble tarea, hasta no terminar las clases de publicidad, cosa que iba a acontecer recién a mediados de noviembre. Éstas al fin terminaron, y entonces sí me dispuse en cuerpo y alma, a recobrar el amor perdido de las musas que otrora me dieran una mano. Y esperé. Una noche, un día, una semana, dos, tres. Nada. Esa magia rara que la mayoría de las personas llama inspiración, no me pasaba ni cerca. Estaba claro que aquellas musas, rencorosas y traidoras como pocas, me estaban pasando factura por el abandono en el que las sumí, durante tanto tiempo.

La fecha del evento era el sábado 16 de diciembre de 2011, y una semana antes del mismo no se me había ocurrido siquiera una frase de la dichosa canción. Ni hablar de la música. Fue entonces que decidí dejar de esperar, y tomé cartas en el asunto. El lunes anterior a la fecha marcada tomé lápiz y papel, y luego del trabajo me recluí sin vueltas, en una mesa bien iluminada de un conocido bar de la ciudad. La consigna era, no salir de él sin la letra completa de la canción. Y afortunadamente, así fue. Tres horas después, y café con medialunas mediante, abandoné el bar con el objetivo cumplido. Entre el martes y el miércoles, salió la música. Jueves y viernes, ensamble de ambas cosas. Sábado, presentación en sociedad.

La canción para la abuela María es sencilla y directa. Adolece totalmente de metáforas complejas, o despampanantes trucos sintácticos. Su estructura es absolutamente básica, lineal, y sin guiños de clase alguna. La sucesión tonal también es sencilla, al punto de ser casi predecible. Compensa creo yo, y de ahí quizás parte de su posterior éxito familiar, con una importante batería de imágenes, hechos y lugares comunes, que dan a la canción una carga emotiva extra.

Esta es entonces, la breve historia de la canción que le regalamos a la abuela, el día en que cumplió sus jóvenes 84 años. Comparto con ustedes, queridos amigos, el video del momento. LA REINA.




miércoles, 28 de diciembre de 2011

A VIVIR QUE SE TERMINA EL MUNDO !

Por Hernán Barrios

Según dicen las malas lenguas, en diciembre de este año que está a punto de comenzar, se termina el mundo. ¡Qué cagada, no! Otras, algo más moderadas, suavizan el vaticinio diciendo que “se termina el mundo tal como lo conocemos”, lo cual por supuesto me deja mucho más tranquilo. Sea como fuere, todo parece indicar que se aproximan vientos de cambios, por lo que no sería mala idea estar preparados. Más de una vez he escrito en este espacio sobre el carácter finito de la vida, y de lo poco concientes de ello que somos las personas. En este año que llega a su fin, y dados los funestos pronósticos que acechan al 2012, me resulta casi imposible no volver a tocar el tema, ya no desde un punto de vista individual, sino desde uno colectivo, lo cual en términos prácticos viene a ser casi lo mismo.

Debo confesar que la idea de imaginar, al menos por un momento, que la profecía sea verdadera, me genera cierta adrenalina y me lleva a plantearme algunas cuestiones. ¿Qué haría con mi vida si supiera a ciencia cierta que a la humanidad le queda solo 12 meses de existencia? ¿Haría realmente grandes cambios? En una primera instancia me veo tentado a trazar un paralelismo entre esta hipotética situación, y la que atraviesan las personas cuando les diagnostican una enfermedad incurable. “Métale pata porque le quedan seis meses de vida, estimado”- se despacha muy orondo el señor doctor. Pero inmediatamente me doy cuenta de que la gran diferencia radica justamente en el carácter colectivo del vaticinio. Una cosa es que le hagan tremendo augurio a un pequeño ser individual y anónimo, y otra muy diferente que se lo hagan a toda la raza humana. La pequeña personita puede, en el mejor de los casos, tomar ciertas acciones que cambien, parcial o completamente, el sabor del tiempo que le quede. Pero la humanidad puede tomar acciones en masa que definitivamente van a mover los cimientos de la sociedad.

Este último escenario se me presenta realmente mucho más difícil de analizar que el primero. “A vivir que se termina el mundo”, es el título que se me ocurrió para este artículo pero, ¿en qué consiste realmente vivir? ¿Las acciones individuales sumadas harán el producto final de las colectivas, o serán las colectivas las que afecten a las individuales? ¿Haremos cosas buenas o malas con el tiempo que nos quede? ¿Qué vínculos se fortalecerán y cuáles se degradarán hasta desaparecer? ¿Cambiará el concepto de lo bueno y de lo malo, o de lo permitido y de lo prohibido en términos sociales? ¿Daremos más afecto, o nuestras relaciones se tornarán exclusivamente de carácter efímero y transitorio? ¿Puede ser que no cambie nada, y que continuemos con nuestra mansa existencia hasta simplemente desaparecer? Es muy probable que sean mis limitados conocimientos antropológicos y sociales, los que no me permiten sacar alguna previsión válida al respecto, y no me dejan ver qué puede haber más allá de este escenario aparentemente caótico y terminal. De todas formas me parece por demás interesante, hacer el ejercicio mental de posicionarme en ese lugar, para por lo menos intentar adivinar cuáles serían las acciones que, llegado el momento, tomaría yo al respecto. Los invito a que lo intenten. Digamos que acaban de anunciar por cadena de televisión nacional e internacional, que en diciembre de 2012 el Sol emitirá tanta energía en forma de gigantescas explosiones, que literalmente calcinará toda forma de vida sobre la Tierra. ¿Qué haríamos luego de pasado el impacto inicial de tamaña noticia?

En mi caso, y aunque carezca de sentido, me da la impresión de que me resulta menos traumático pensar en mi desaparición en forma colectiva, que individual. Quizás sea ese trillado consuelo al que somos tan adeptos las personas, que se basa en la generalidad de la desgracia para el alivio del dolor. “Al menos no me pasa solo a mí”- repetimos con una frecuencia alarmante. O su ejemplo opuesto, “¿por qué me tuvo que pasar justo a mí? Es como que la desgracia tiene diferente efecto en nuestra cabecita, si la compartimos. O sea que el hecho de que el Sol de buenas a primeras nos convierta en chicharrón, o nos tape un tsunami global, o nos haga carambola un meteorito y nos mande para afuera del Sistema Solar, es menos preocupante que si un cáncer de hígado nos manda redondos al cajón. ¿Raro no?.

Pero regreso a lo que estaba, y me vuelvo a preguntar como tantas veces lo he hecho, cual es la razón que hace que las personas no creamos posible el final de nuestra existencia en un tiempo cercano. ¿Será acaso un bloqueo mental de defensa que viene incorporado en nuestros genes, para que vivamos la vida sin preocuparnos demasiado por su final? De ser así no me parecería mala cosa, si no fuera por el hecho de que tanta displicencia nos impide además, ocuparnos de la calidad de su transcurso, y nos hace generalmente llegar a las instancias finales de nuestra vida, ya sean a su justo tiempo –si es que tal cosa existe- o anticipadas, con demasiadas cosas en el debe. Demasiadas cosas en el debe. Es como que vivimos la vida postergando cosas que queremos hacer, por culpa de aquellas que debemos hacer. Las que queremos, son nuestras y son motivo de felicidad. Las que debemos, son impuestas y generalmente motivo de agonía. ¿Y por qué las postergamos? Porque pensamos que las vamos a poder hacer más adelante en el tiempo. ¿Por qué? Porque tenemos la creencia de que nuestro tiempo es poco menos que eterno, o que de alguna manera tenemos cierto control sobre él. No nos damos cuenta de que ninguna de estas dos afirmaciones es verdadera. ¿En qué momento mandamos a la mierda los deberes y nos dedicamos pura y exclusivamente y con todas nuestras fuerzas, a hacer las cosas que queremos? En el momento en que alguien con túnica blanca nos dice por ejemplo, -“señor, su reloj biológico se detendrá el día 8 de marzo de 2012”. Seguramente para este señor ya será demasiado tarde, y las cosas que siempre quiso hacer pero postergó, quedarán definitivamente postergadas.

Se termina el año queridos amigos, y en el peor de los casos, tenemos todo el 2012 para que no nos ocurra lo que al señor del párrafo anterior. Mi deseo para este año que comienza, es que dejemos de una vez por todas de postergar, y nos dediquemos a hacer las cosas que nos hacen realmente felices. Hago desde este humilde espacio de comunicación, un llamado a la reflexión y al cambio. Deseo que las personas logremos sacudir al fin la modorra que nos oprime y consume, y aprovechemos al máximo cada minuto de nuestra valiosa existencia. Deseo y reclamo que cortemos definitivamente con esas invisibles cadenas culturales y sociales, que nos envuelven y distraen en forma de modas, de tendencias, de costumbres, de instituciones, de necesidades inventadas, de paradigmas del bien y del mal, etc., y lleguemos a poder ser realmente libres.

Si esto sucede, si todos cambiamos nuestra cabeza y la alineamos con nuestro corazón, aunque este 2012 sea el último año de nuestra existencia, igualmente va a ser sin lugar a dudas, el mejor año de nuestras vidas.  



FELIZ 2012 PARA TODOS

domingo, 23 de octubre de 2011

LA "BIODEGRADABLE" LEVEDAD DEL SER

Por Hernán Barrios

RELATO EN TIEMPO REAL DE UNA PANZA CRECIENTE, UNA EX-CABELLERA PROMINENTE, Y UN APARATO MUSCULAR EN FRANCO DETERIORO.

Gráficos: CASIANIMAL
Tengo 36. Si alguien me hubiera dicho a mis 20, que a mis 30 mi templo, mi envase, mi cuerpo, ese que me traje y me llevo desde y hacia el más allá, respectivamente, iba a comenzar a deteriorarse y a perder consistencia tan rápida y estrepitosamente, no le habría creído. La ciencia afirma que este proceso de deterioro comienza incluso antes, digamos como a los 25, pero que se hace notorio –a la vista del público y del deteriorado en sí- luego de los 30. Hoy en día, cada vez que me miro al espejo, recuerdo nítidamente cómo despotriqué durante toda mi niñez, adolescencia y parte de mi juventud, contra lo esmirriada de mi apariencia, con la aguja de la balanza clavada durante siglos en 59. –Cómo me gustaría pesar más- decía en ese entonces. Según mis cálculos de la época, 10 kilitos más me habrían venido bien; mi peso ideal debía ser, sin dudas, 70 kilos.  Bueno, unos cuántos años después -digamos hoy-, el universo, obediente, ha cumplido mi deseo. El problema es que lo cumplió pero no exactamente como yo lo había imaginado. Cuando reclamaba 10 kilos más de peso corporal, me refería a 10 kilos de músculo correctamente distribuido por toda mi osamenta, no a 10 kilos de grasa alojada exclusivamente en el abdomen y zonas aledañas

En mi caso –y supongo que en el caso de unos cuántos-, con el tema del cuerpo se da la conjunción de dos fenómenos igualmente problemáticos, aunque de uno soy culpable y del otro no. El que tiene más que ver conmigo, es la metamorfosis que ha sufrido mi abdomen en el transcurso de los últimos cinco años, pasando de chato y duro, a gordo y blando. El segundo tiene más que ver con la moda. Cuando era adolescente, los hombres más codiciados por la hinchada femenina eran los fornidos, con músculos prominentes y torso ancho. Hoy, la moda indica que el gusto de las chicas ha variado, pasando a preferir a los flacos fibrosos con abdominales bien marcados, y bermuda por abajo del calzón. –Hay que ser salado- me digo para mis adentros –y en este momento para mis afueras-. Justo que a mi me crece el cuerpo –o al menos parte de él-, a ellas se les ocurre gustarles los huesudos esmirriados. Un salado importante, se podría decir.

La naturaleza es sabia –va, en realidad es una hija de puta-, porque te va cambiando pero bien despacito, como para que no te des cuenta, viste. Te agrega unos gramos de aquí, se te caen unos pelos de allá y te nacen otros por acá, te sale una verruga por aquel otro lado, un lunar allá donde te conté, y cuando te das cuenta estás hecho pelota, y con pocas o nulas posibilidades de volver atrás. Uno empieza a añorar cada vez con más fuerza la época –no tan lejana- en que comía o tomaba mucho de cualquier cosa, y el cuerpo ni se enteraba. Ahora, de buenas a primeras, tomas un vaso de cerveza y ya quedas medio inflado, comes una pizzas y andas trancado como dos días; los picantes te atacan el hígado, los lácteos te dan gases, las harinas te hinchan, los tucos te hacen saltar las hemorroides, etc. Al final, por culpa de los devastadores efectos provocados en el cuerpo por la ingesta de ciertas sustancias –demasiadas diría yo-, y en pos de verse y sentirse mejor, uno tiende a dejar de consumirlas, y cuando querés acordar estás hecho un viejo pelotudo que no puede comer ni tomar casi nada.

Ocurrieron dos hechos este año, que hicieron saltar mis alertas temporales, y gracias a los cuales he decidido, en serio, tomar cartas en el asunto. El primero, fue notar a principios de diciembre, que la bermuda que Lucía me regaló el verano pasado, la cual me quedaba algo floja y usaba muy convenientemente por debajo de la cadera, este año me aprieta y me hace parecer morcilla. El otro, -que aunque también tiene que ver con el peso extra, en realidad tiene más relación con el deterioro muscular- es que por primera vez en mi vida no le pude ganar una carrera de 100 metros, en la playa, a mi primo Marcelo de 25. Y esto para mí, ya roza la catástrofe. Hasta hace dos veranos, le sacaba fácil dos metros. Hace pocos días, los dos metros me los sacó él, y además casi ni llego a la meta. Como verán amigos, no es joda. El cuerpecito se me está viniendo a pique y no lo puedo levantar. Y encima, es el único que tengo.

Ahora, ¿no les parece que algo está demasiado mal en todo esto? Que me perdone El Barba, pero para mí que le pifió mal con el tema del cuerpo humano. ¿Cómo puede ser que una persona que va a vivir en promedio unos 80 años, se empiece a caer a pedazos a los 25? ¡Estamos todos locos! Al final, pasamos más de 2/3 de nuestra existencia viendo como se nos cae todo, y comprobando una y otra vez hasta el hartazgo, que ya no podemos hacer las cosas que hasta no hace mucho hacíamos. ¡Una mierda! O le pifió cuando pensó que íbamos a vivir tanto, o le erró fiero en la fuerza gravitacional, y nos enchufó unos metros x segundo al cuadrado, más de la cuenta.

Pero siguiendo con mis problemas corpo-estructurales, la cosa no se ciñe, -nunca mejor empleado el término- a una cuestión de peso y/o aceleración. También tenemos el temita del cabello. Ése, que traicioneramente ha comenzado hace ya algunos años, un lento pero persistente éxodo capilar, el cual va a terminar tarde o temprano, en convertir mi cabeza en una pista para piojos tamaño familiar. ¿Por qué?, me pregunto. ¿Qué necesidad hay de que las cosas sean de esa manera? Si los pelos no molestan ni le hacen mal a nadie. Al contrario, son puro beneficio: se puede cambiar el “look” cambiando de peinado, o usándolo más o menos largo; se puede ocultar la cara en caso de que ésta sea demasiado incómoda de mirar para la sociedad; proporciona un apéndice de donde agarrar o ser agarrado; eso, además de la clásica protección craneana contra las inclemencias del clima, que todos conocemos. El pelo tiene muchas funciones e incontables beneficios. Al menos los suficientes como para ser merecedor de permanecer en nuestras masculinas bochas, mucho más tiempo del que generalmente lo hace. Pero no, al tipo le da por irse, y no hay masaje capilar ni champú capaz de convencerlo de quedarse. Se va y se va. Traidor.

Bueno, se podría decir que este es, con algunos matices, mi mapa corporal actual, estimados amigos. Obviamente que pasé por alto detalles menores, como que la resaca de una noche de alcohol me dura como una semana; o que mi umbral de borrachera ha bajado hasta límites vergonzosos (me mareo hasta con el alcohol en gel); o que ya casi no puedo comer cosas fritas porque me revientan el hígado; o que me olvido bastante seguido de hacer cosas importantes (en este caso el recordatorio del teléfono es mi mejor aliado); o que si tengo que concurrir a un evento que va a durar hasta altas horas de la noche, tengo que dormir religiosamente una siesta, porque sino empiezo a abrir la boca ni bien pasan las 12. Solo falta que me convierta en sapo, y estoy completito.

-Pero no todo está perdido-, me dicen algunas personas que afirman tener experiencia en el tema. Aseguran que hay formas de detener o al menos poner en el freezer alguno de los efectos del paso del tiempo. Y yo les creo. Y me viene un impulso y decido ponerme en acción.


Detallo a continuación la lista de medidas que pondré en práctica a partir del próximo lunes.

1) 30 minutos diarios de trote y galope.
2) 15 minutos diarios de abdominales.
3) Ingesta de agua sin gas (mucha).
4) Reducción al mínimo del consumo de harina y sus derivados (bizcochos, tartas, pan, etc.), bebidas con gas, alcohol, alimentos fritos, grasas (trans y de las otras), leche y sustancias afines, masas dulces.
5) Incremento del consumo de frutas y verduras.
6) Evitar la cena de domingos a jueves.

Por cuestiones de calendario, debo postergar para el mes de febrero el inicio del gimnasio.


Mis objetivos a alcanzar en el menor plazo posible, son pocos y bastante simples.

1) Volver a pesar 60 Kg.
2) Volver a correr 10 kmts. en 50 min.
3) Mejorar la imagen que el puto espejo me devuelve a diario.
4) Volver a sacarle 2 m. en los 100 a mi primo Marcelo.


Por último, y para terminar este artículo, quiero ponerlos a ustedes –mis amables lectores- como jueces y testigos de que cumpliré estos objetivos. Para esto, a partir del lunes me comprometo a publicar a diario en este blog, la distancia corrida, el tiempo empleado, y el resultado de la balanza al final de cada día. La idea es poder sentir la presión de los lectores, ya sea mediante su mirada diaria a mis números, o mejor aún, mediante sus comentarios, favorables o no, sobre mi desempeño.

Cerrado así el compromiso, me despido de ustedes, hasta el lunes a la noche.
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Día 1: 24 de enero.

Distancia: 5 kmts.
Tiempo: 28 mins.
Abdominales: 17 (No 17 minutos, 17 abdominales)
Música de fondo: Los del Suquía: 20 grandes éxitos

PESO: 64 Kgs.

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Día 2: 25 de enero.
Distancia: 5 kmts.
Tiempo: 27 mins.
Abdominales: 3 series de 17 (tomá)
Música de fondo: Jorge Rojas: Mi voz, mi sangre
Viento: En contra a la ida

PESO: 65,800 kgs.(cambié de balanza, aviso)

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Día 3: 26 de enero.
Distancia: 6 kmts.
Tiempo: 35 mins.
Abdominales: 3 series de 20
Música: Ignacio Copani: Compromiso
Temperatura: 185 ºC (aprox.)
PESO: 65,300 kgs.

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Día: 27 de enero.
Compromisos profesionales adquiridos me impidieron cumplir con la cuota de ejercicios diaria por mí impuesta. La misma será hecha efectiva el día sábado o domingo próximo.
PESO: 96 kgs.

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Día: 28 de enero.
Distancia: 5 kmts.
Tiempo: 28 mins.
Abdominales: esteee...
Sonido ambiente: El Sabalero: La casa encantada
Viento: cruzado de semifrente a 182 kmts/h
PESO: Muerto.

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Día: 31 de enero.
Distancia: 8 kmts.
Tiempo: 47 mins.
Viento: en contra a la vuelta a 384 ohmios náuticos (hdp)
Abdominales: suspendidos por pasto mojado
Sonido ambiente: Bebe: Pa' fuera telarañas
PESO: pesaje suspendido por mal tiempo.

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Día: 01 de febrero.
Distancia: 5 kmts.
Tiempo: 26 mins.
Viento: No (aleluyaaaa... !)
Abdominales: 10 mins.
Sonido: ambiente
PESO: 64 kgs. (opaaa)

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Día: 04 de febrero.
Distancia: 10 kmts. (Si si... 10 kmts.)
Tiempo: 1h 5 mins.
Viento: No jodía.
Abdominales: Negativo central.
Sonido ambiente: Serrat: Tarres
PESO: 63:500

viernes, 19 de agosto de 2011

LA POSIBILIDAD DEL CINE

Por Hernán Barrios

Soy de los que se aferran a la idea de que las películas están hechas para ser vistas solo una vez. Tienen las pobres, solo una oportunidad de inocularnos el suero del mensaje que nos hará viajar fuera de la realidad. Si no lo consiguen en el primer intento, en vano será que traten de hipnotizarnos en siguientes instancias. Ya todo estará perdido, y su cometido, su fin último, no podrá ser alcanzado jamás.


Supongo que este riesgo no es otra cosa que el costo que tienen que pagar, por ser un arte dotado de todos los artilugios necesarios para el éxito. No corren la misma suerte en cambio sus primas humildes las pinturas, o la música, o las poesías, que deben poner todo su empeño en meterse en el torrente sanguíneo de su público, blandiendo como única arma el filo incierto de un pincel, o una nota, o una palabra. Las películas en cambio lo tienen todo; pueden conquistarnos desde varios flancos, desde varios frentes. Si no lo consiguen será pues, por la pobreza de su arte y no por otra causa, motivo éste suficiente como para dejarlas a un costado y no volverlas a considerar jamás.


Si en cambio una melodía no nos conmueve en su primer intento, aún hay esperanzas. Puede, a fuerza de perseverancia, convencer a nuestras maleables cilias auditivas de que sus figuras son hermosas, y sus notas, emociones sonoras únicas. Una pintura es capaz de socavar, a fuerza de repeticiones, luces y ángulos distintos, nuestras rígidas estructuras visuales, para introducirnos en un mundo de nuevos conceptos de formas y colores, hasta llevarnos, casi sin darnos cuenta, a codearnos sin filtros ni intermediaros, con su alma y su esencia.


Esta posibilidad de convencimiento póstumo les está vedada a las películas. Podemos intentar, si así lo quisiéramos, volver a verlas una y otra vez. Pero claro está que lo único que conseguiremos con ello será, a lo sumo, descubrir algún que otro detalle mínimo e insignificante, que en nada hará cambiar nuestro concepto inicial de la misma. En vano intentaremos mirar por sobre el hombro de los protagonistas, en busca de claves escondidas o de mensajes camuflados, que encierren el verdadero secreto de la obra. Afinaremos el ojo y el oído en personajes secundarios, en segundos planos sin importancia, en sonidos inaudibles, en sombras inexistentes. Pondremos toda nuestra energía en esa empresa -en el más testarudo de los intentos incluso hasta el hartazgo-, para darnos cuenta de que lo que hicimos con ello fue en realidad, alejarnos cada vez más de su centro, y por ende, de su escurridizo mensaje.


Las películas no están hechas para ser copiadas, porque como dije antes, no tiene sentido su observación repetida y permanente. Todo lo que harán, luego de su primer encuentro con el espectador, será decaer. Es por esto y no por otra cosa, que ni a ellas ni a nosotros, nos conviene concertar una segunda cita.