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"El agua apaga al fuego y al ardor los años; amor se llama el juego en el que un par de ciegos juegan a hacerse daño" J.Sabina
domingo, 20 de febrero de 2011
EL HOMBRE DE ATRÁS DE LA PUERTA _Parte I
martes, 14 de diciembre de 2010
SALUDO DE FIN DE AÑO 2010
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domingo, 5 de diciembre de 2010
OPERACIÓN MOSQUITO
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lunes, 22 de noviembre de 2010
DIENTES AL HORNO
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sábado, 13 de noviembre de 2010
GOLPE AL TIEMPO
PUÑO JOVEN, CARA VIEJA
Esto sucedió ayer y lo sé de buena fuente.
El escenario, la calle. Los participantes, un hombre joven, 19 años, lleno de energía, grande, fuerte, y con casi toda la vida por delante; y un hombre viejo, 63 años, esmirriado, enfermo, débil, y con casi toda la vida por detrás.
El hecho, una trompada, solo una; fuerte, dura, sorpresiva, envenenada, lapidaria, terminal, del joven al viejo.
El desenlace, la cama de un hospital para el hombre viejo, y estudios varios.
Tengo 36 años. Luego de enterarme de esta historia, y tratando de dejar a un lado mi inmediato sentimiento de indignación, hice el ejercicio mental de ubicarme en mis 19. Recorrí nuevamente las calles de mi Trinidad natal; la plaza Constitución; las noches de juerga; los bailes con algún que otro lío que me involucró; los amores adolescentes; los amaneceres en el parque Centenario. Me quedé en mis 19 un rato, tratando de imaginarme descargando mi vehemencia juvenil sobre el rostro arrugado de un hombre viejo, y no lo conseguí. Busqué motivos, pretextos, traté de recrear en mi cabeza las condiciones ideales que me llevaran a tamaña cobardía, y no pude.
Pegarle a un viejo, a una mujer, o a un niño, eran hechos que no estaban admitidos dentro de los códigos morales de mi tiempo. ¿Qué pasó desde ahí hasta acá? ¿Quién cambió sin aviso y para mal, las reglas de juego? ¿Dónde fue a parar la moral? ¿En qué cruce de caminos se encontraron la cobardía y la valentía, y dieron a luz un híbrido incapaz de ajustarse a ética alguna?
Parece que el RESPETO A LOS MAYORES pasó de moda, en pos de dar paso al DERECHO A LOS MENORES. Y me pregunto; ¿no se nos estará yendo la mano con la dosis de libertad, independencia, derecho a decidir, a elegir, y el libre albedrío que estamos inculcando a nuestros niños? ¿No será que en ese “dejar ser” bien intencionado que la sociedad pregona para las nuevas generaciones, nos estamos olvidando de marcar los lineamientos mínimos e imprescindibles, para una correcta convivencia social? ¿No habremos dejado en desuso en nuestras casas la palabra VALORES por usar mucho la palabra BIENES? ¿No les estaremos enseñando a nuestros chicos mucho sobre DERECHOS y poco sobre OBLIGACIONES? ¿No le estaremos dedicando mucho tiempo a la XO verde y chiquita, y demasiado poco al diálogo y la palabra? ¿No les estaremos entregando señales equivocadas, dándoles a entender que lo importante es el fin y no el medio, que la emoción debe primar sobre la razón, y el individuo sobre la sociedad? ¿No será que el EFECTO que provoca nuestra nueva, moderna y acelerada forma de vivir, es la falta de AFECTO?
Son solo preguntas que me hago y que hago a quién quiera pensar conmigo. Son solo reflexiones hijas de la rabia, la indignación y la tristeza.
Mis puños, ni tan jóvenes ni tan viejos, piden a gritos venganza por mano propia, aunque por el momento los conquisté para que se remitan, a escribir estas líneas. Porque ese puño joven e irreverente es el de un desconocido, pero esa cara vieja y resignada, es la de mi padre.
Y esa trompada al tiempo, me duele casi tanto como a él.
jueves, 28 de octubre de 2010
HASTA SIEMPRE SABALERO
Hace pocos días, al levanta
rnos, los uruguayos de aquí y de allá, nos topamos de frente con una noticia fea, fría, amarga. Un amigo cantor había dejado su cuerpo viejo, canoso, algo cascado por la vida, y había partido en busca de otras musas, de nuevos colores, de nuevas historias. Un manto gris de fría tristeza nos cubrió a todos, aquella mañana. Y lloramos.El Sabalero se fue como vivió; sin grandilocuencias, sin aspavientos, sin estridencias. Su partida fue como sus canciones, en secreto, susurradas. Se fue calladito y sólo por la puerta de la cocina, como para no molestar, ¿vio? Se fue tranquilo, sereno, y seguramente tan solo se llevó algún que otro verso con olor a humo, con gusto a pueblo, que tenía pensado regalarnos dentro de poco. El loco se fue, pero nosotros nos quedamos. Nos quedamos con un abrazo vacío, ausente, y con el pecho estrujado de bronca. ¿Cómo te vas a ir sin despedirte, hermano? Nos quedamos con las ganas de quererte un poco más; de mimarte un poco más; de abrazarte; de agradecerte. Si, de agradecerte.
A los de afuera, a los que no lo conocieron, les cuento que José Carbajal -El Sabalero, que es cómo lo conocían desde que me conozco, y antes-, fue sobre todo, un alma sensible. La más sensible quizás. Capaz de descubrir en las cosas más sencillas, la belleza de la vida, y con la casi divina capacidad de convertirlas en palabras, también sencillas, para compartirlas con nosotros. El Sabalero era, definitivamente, un hombre de pueblo, de barrio, de familia. Un hombre al que la vida, por diferentes circunstancias llevó lejos en cuerpo, pero a cuya alma jamás pudo despegar ni un centímetro de su tierra, y de su gente.
Su poesía era sencilla, y sus versos estaban llenitos de imágenes tibias, cálidas, y muy pero muy queribles. Sus palabras eran fotos, viejas, amarillentas, manchadas por el tiempo; fotos testigos de una niñez ya ida hace rato, pero más viva que nunca. Una niñez que era suya, pero que también era mía, de aquel, de todos. Él le cantó a su pueblo, pequeño y sencillo. Le cantó a su barrio; le cantó a su padre y a su madre; le cantó a su mujer, a sus amigos, a sus vecinos, a su casa encantada, a los que no estaban, y a ese pedacito de tierra y agua, llamado Villa Pancha.
Sus canciones volaron de boca en boca y de pueblo en pueblo, hasta perderse de vista. Sus canciones viajaron lejos, pero él no se fue con ellas, él se quedó acá, en su tierra. Con el tiempo, sus canciones dejaron de ser sus canciones, para pasar a ser las canciones de todos. Ahora, ya son nuestras canciones; las que cantamos en la escuela, en el liceo, en la plaza, en el parque, en el boliche.
Te fuiste Sabalero, y nos dejaste unas ganas bárbaras de darte un último abrazo, y de decirte gracias. Gracias por tus palabras pobladas de magia y por tu voz, desgarrada y prepotente. Pero sobre todo gracias, muchas gracias, por demostrarnos hasta el cansancio, que las más grandes y hermosas cosas de la vida caben, sin ningún esfuerzo, en la sonrisa de un niño, en la casa más humilde, y en los ojos sinceros y enamorados, de una mujer.
Hasta siempre José.
miércoles, 6 de octubre de 2010
LECTURA SANITARIA
RELATO COLATERAL
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