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martes, 9 de agosto de 2011

LA OBRA DE ARTE vs EL PRIMER BESO

Por Hernán Barrios


Al tratar de ordenar ideas, con el fin de lograr una reflexión más o menos seria sobre el tema que nos compete, tengo que admitir, con no poca preocupación, que son muchos los caminos que se me insinúan, y varios los que estoy tentado a seguir. Más aún, luego de pegarle una ojeada –reconozco algo rápida-, al documento titulado “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica”, de Walter Benjamin. El autor desmenuza de una manera tan acabada el tema en cuestión, que –al menos en mi caso-, lejos de allanarme el camino hacia la claridad conceptual, me introduce en una enmarañada red de incertidumbres y realidades paralelas, que por momentos rozan la ficción romántica y el realismo mágico. Eso, además de dejarnos poco margen para introducir conceptos originales sobre el tema. De todas maneras, y debido a los límites espaciales y temporales que impone un trabajo de este tipo, me veo en la obligación de ponerle coto a la imaginación y elegir, para abordar, en forma por demás sucinta, solo una de los caminos disponibles.


EL PRIMER BESO


Quizás la comparación sea obvia, o quizás no tanto. Como fuere, debo admitir que en este caso la misma es hija exclusiva de la sensibilidad, y nada tiene que ver con esa castradora señora llamada razón. Al comparar una obra de arte con un primer beso, no es mi intención despojar a la primera de toda la carga de genialidad que conlleva, ni inyectar al segundo un plus de significado que quizás no tenga. En realidad, esta comparación no es más que un recurso fotográfico que recurre, en un golpe algo bajo, a llevarnos a ese momento único de nuestra vida, a fin de, a partir de ahí, entablar un precario paralelismo emocional entre ambos conceptos.


Como bien lo dice Benjamin, una de las cosas que distingue al original de su copia, es su carácter de unicidad, de cosa única, primigenia, virginal. Es su segura irrepetibilidad, la que le otorga ese carácter mágico y casi divino, de que disponen las obras de arte. Nadie podrá jamás, por más avezado que sea el artista, o sublimes los avances tecnológicos hijos de la ciencia –y por ende de la razón-, lograr reproducir las condiciones exactas que llevaron, en un lugar y un tiempo determinado, a la gestación de dicha obra. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que las obras de arte no son otra cosa, que un puñado de emociones y sentimientos compartidos. Y hasta donde sé, ni las emociones ni los sentimientos pueden, al menos hasta el momento, crearse en un laboratorio. La ciencia está desde hace mucho tiempo, y creo que seguirá por mucho tiempo más, trancada y empantanada entre átomos y moléculas, que no hacen otra cosa que interponerse y obstaculizar la visión y el conocimiento de las esencias. La fotografía de un paisaje, por ejemplo, con toda esa cantidad abrumadora de píxeles por centímetro cuadrado que arrojan las cámaras de última generación, lejos está de transmitirnos lo que el paisaje en sí nos transmite, si lo capturamos con nuestros propios sentidos; si lo vemos, si lo respiramos, si lo oímos, si lo tocamos.


La copia más exacta y acabada de un cuadro de Pablo Picasso, solo reflejará apenas, la capa más externa del mismo. Adolecerá por completo de su esencia, de su espíritu, de su trasfondo, de su alma, de su carga contextual, de esas emociones que el autor escondió en él en el momento de su creación, y de las cuales solo se puede tener una idea aproximada a través de los sentidos. Nadie, ni siquiera el mismo Picasso podría, en caso de que quisiera, hacer una copia exacta de su obra. Así de efímero y escurridizo es el arte, en cualquiera de sus manifestaciones.


¿Y el beso? El primer beso con la persona amada es igual de irrepetible que una obra de arte. Tanto que ni siquiera el segundo se le acerca en intensidad. Mucho menos los sucesivos. Se me antoja que es como cuando tenemos el original de un manuscrito, y comenzamos a fotocopiarlo. Al cabo de unas cuántas copias, la diferencia entre la última y el original, será por demás notoria. Las circunstancias no serán las mismas, y las bocas tampoco. Las condiciones y las emociones habrán cambiado, y aquel beso, que en ese momento fue único, jamás podrá volver a repetirse. Vendrán otros, pero serán copias. Solo copias. Cada vez más gastadas, desteñidas, y diferentes al original.


martes, 31 de mayo de 2011

CRÍTICA AL PERIODISMO_análisis

Por Hernán Barrios

PRÓLOGO


En su artículo CRÍTICA AL PERIODISMO, Umberto Eco realiza un análisis bastante pormenorizado -y a mi juicio acertado-, sobre el papel de los medios de comunicación masiva -básicamente prensa- en el contexto social, además de un detalle cronológico de cómo éstos han ido cambiando sus formas y estrategias comunicativas, a lo largo del tiempo. En esta línea, Eco desmenuza ciertos temas como la objetividad de las noticias, la tematización de las mismas, el lenguaje utilizado, el volumen noticioso y la profundidad del contenido, la relación amor-odio entre la prensa y la televisión, entre otros.


Pero en este contexto, y dada la vastedad temática pasible de ser desarrollada, es mi intención abocarme a tres tópicos que considero interesantes e importantes por partes iguales; la misión de los medios, la agenda y la tematización de la información como una de las estrategias para cumplir dicha misión, y la aparición de fuentes alternativas de noticias. Este último tema fue abordado muy sucintamente por Eco en su artículo, aunque no por eso en forma desacertada, intuyo yo por encontrarse este fenómeno en ciernes en el momento de ser escrito.


Para finalizar este prólogo, considero oportuno aclarar que el análisis que inmediatamente voy a desarrollar, va a ser un análisis global del conjunto de los medios de comunicación masiva, y no un análisis discriminado por tipo de medio, ya que el hacerlo de esta última forma requeriría un espacio con el que no adecuado para este medio.



MISIÓN DE LOS MEDIOS


Dice Eco: “la función del cuarto poder es ciertamente la de controlar y criticar a los otros poderes tradicionales”.


En mi modesto entender, diría que esta es una de las funciones de los medios, o en todo caso una de las más necesarias e importantes, dentro de una misión superior que es la de informar a la sociedad. Para controlar y criticar a los poderes tradicionales como instituciones, o a alguno de sus miembros, están los diferentes actores políticos creados y colocados estratégicamente en ciertos lugares, para ese fin. Pero el papel fundamental de los medios en general, y de la prensa en particular, es la de informar a las masas, debiendo ser ese ejercicio informativo, una aproximación lo más cercana posible a la realidad, y por ende a la objetividad.


El poder de los medios, y de ahí su magnánimo apodo de Cuarto Poder, radica en que su masividad los hace generadores espontáneos de opinión, y en algunos casos de acción. Los medios no tienen poder en sí mismos, sino que lo que tienen es la capacidad técnica de convencer a las masas, para que actúen en su nombre, o bajo la bandera de alguna causa determinada. Esta capacidad es suficiente para convertirlos en centros de poder más que respetados dentro del esquema socio-político de una sociedad, amados por unos y odiados por otros, dependiendo de los intereses de cada parte. La historia reciente del mundo está plagada de muestras de este poder, que van desde la caída de presidentes (Watergate), hasta el reclamo de los vecinos, de un semáforo en una esquina cualquiera. Nos deslizamos por un límite peligroso en donde parecería que lo que no está en la agenda de los medios, no existe, o al menos no importa.



LA AGENDA


Este último pensamiento me permite avanzar hacia el segundo punto de este análisis, la agenda de los medios, también conocida como agenda setting.


Dice Cohen: “los medios pueden no decirnos cómo pensar sobre un determinado tema, pero sí nos dicen sobre qué tema pensar”.


Considero que esta frase es tan sabia como real, aunque en realidad me veo tentado a poner en tela de juicio la primera parte del enunciado. Los medios en general sí intentan decirnos de qué lado ubicarnos frente a un tema determinado, y depende exclusivamente de nosotros el éxito o el fracaso de su intento. Quizás sea algo arriesgado de mi parte, pero me atrevería incluso a agregar que en determinados contextos sociales y en determinadas sociedades, es tanta la credulidad para con los medios (sobre todo con la televisión), que sus efectos evangelizadores tiene un porcentaje de efectividad mucho más alto de lo que creemos.


La agenda de un medio es la que marca cual información se difunde y cual no, en qué orden, con qué prioridad, cuáles se destacan y de qué manera, cómo se agrupan las noticias, etc. Eco pone en su artículo claros ejemplos sobre el tema, pero me permito agregar algunos que me vienen a la mente en estos momentos. Canal 4 de Uruguay está dedicando un espacio muy importante de sus informativos, al problema de la inseguridad y la violencia social. Un espectador desprevenido que vea tan solo éste espacio noticioso, sin duda caería rápidamente en la cuenta de que en Uruguay, y particularmente en Montevideo, no se puede vivir. Directivos del medio han reconocido públicamente este hecho, pero aducen primero, que sus espacios son fiel reflejo de la realidad, y segundo, que lo hacen porque es eso lo que la gente quiere consumir. Atado a éste, el problema de la minoridad es otro tema que ha sido puesto en la agenda pública por algunos medios, presionando a la clase política a atender el tema y tomar medidas al respecto. El otro día sin ir más lejos, leí una información reciente del Ministerio del Interior, en el cual decía que los menores infractores considerados peligrosos, son en total 385. Pero cómo, ¿en una sociedad de 3.5 millones de personas, 385 son suficientes para cambiar una ley tan importante como la que marca la edad de imputabilidad? Obviamente no son ellos -los 385- los responsables de ésto, sino el poder amplificador y repetitivo de los medios de comunicación.


Fuera de fronteras está más que documentado y comprobado, cómo el país del norte (entre otros) ha usado, aproximadamente desde la década del 60, el poder amplificador de los medios para inclinar la opinión pública hacia un determinado lado, y poder así tomar acciones en ese sentido; generalmente militares. Basta mencionar a Iraq, con Hussein y sus armas de destrucción masiva; las dictaduras de América Latina, el Word Trade Center y ese asombroso derrumbe de las Torres Gemelas que contradijo todas las leyes de la física, etc. Me viene a la mente también la República Argentina en la guerra de las Malvinas, cuando el gobierno militar tuvo convencida a la población civil durante un buen tiempo, de que la iban ganando por destrozo.


Lo dicho, los medios influyen en las masas y luego las masa actúan en consecuencia, o simplemente dejan que los gobiernos actúen en su nombre. Estas estrategias son llevadas acabo entonces, mediante la agenda setting.



MEDIOS “ALTERNATIVOS” DE INFORMACIÓN


Parece ser un buen remedio paliativo contra el poder hipnotizador de los medios, el no aferrarse a uno solo. A Eco no le gustan las frases hechas, pero no tengo más remedio que usar una: hay que escuchar todas las campanas. La realidad que nos va a mostrar cada medio es parcial, subjetiva, sesgada, y seguramente teñida por el color político y los intereses económicos del mismo. Pero si en cambio miramos la realidad parcial que nos muestran varios medios, quizás logremos acercanos un poco más a la realidad total, y por ende a la verdad.


Pero no solo hay que escuchar todas la campanas, sino también las “campanitas”. El siglo XXI, con toda su tecnología de la información y la comunicación, pero sobre todo con el advenimiento de Internet, nos da la posibilidad de ver casi infinitas visiones de un mismo hecho. Los medios de comunicación emergentes en la Web, que son casi tantos como usuarios hay en la misma, le están quitando potencia y protagonismo a los grandes medios masivos internacionales. Hoy una persona de edad media hacia abajo, no se conforma con la versión que le da la CNN sobre la catástrofe ocurrida en Japón, sino que va a Youtube y mira videos subidos a ese portal, por los propios damnificados de la tragedia. La gente joven está más alerta y no se deja convencer tan fácilmente como antes, y en este sentido las vías de comunicación alternativas están teniendo mucho que ver.


Pero ojo que no todo es color de rosa con este fenómeno. Como bien lo advierte Eco en la última parte de su artículo, el exceso de información es casi tan inefectivo como la ausencia de ella. Esto ha quedado demostrado hace muy poco tiempo, cuando un sitio web de noticias, en asociación con algunos de los más importantes medios de prensa internacionales, sacó a la luz pública revelaciones políticas y de otros órdenes, que en otro tiempo habrían echado por tierra a gobiernos enteros. Estoy hablando de Wikileaks. Sin embargo, el caudal de información derramado fue tan abrumador, que el efecto se disipó en pocos meses, y no pasó mucho más que de un poco de barullo mediático, que rápidamente se fue desvaneciendo. Y lo peor de todo, es que ninguna de las personas responsables de las atrocidades que allí se denunciaron, fue llevada a juicio.


Tratando de dar un cierre a estas cuestiones, creo que podemos concluir que el poder y la influencia de los medios de comunicación masiva, en todas las esferas de la vida de un país, es innegable. Aunque también creo que no está errado decir, que dicho poder va decreciendo a medida que los medios alternativos van ganando terreno.


La verdad exacta sobre cada hecho que ocurre en el mundo, nunca la vamos a saber, seguramente porque quizás la “verdad” como hecho irrefutable, directamente no exista. Sí podemos aspirar en todo caso, a obtener una versión lo más aproximada posible de la misma. Y en pos de conseguir este objetivo, creo yo, es que tenemos que concentrar y dirigir nuestros esfuerzos.

sábado, 16 de abril de 2011

MI CONFESIÓN

Por Hernán Barrios


Gráficos: CASIANIMAL
Tengo algunas hipótesis, bastante débiles por cierto, del por qué de esta necesidad urgente de liberar este secreto que, desde que tengo memoria, he guardado. Una es, que a esta altura de mi vida, considero que tengo más cosas por ganar y menos por perder, con todo esto. Otra, que no quiero seguir mintiéndole, o al menos ocultándole parte de la verdad, a las personas que me quieren. Mis padres, mi hermana, mis amigos, se merecen de mi parte, por lo menos, sinceridad. Y la última, pero tan o más importante que las anteriores, porque siento la profunda necesidad de hacerlo.

Como dije antes, he guardado este secreto en lo más íntimo de mis más íntimas fibras, desde que tengo uso de razón, y no lo he compartido con casi nadie. Digo casi, porque por razones que más adelante entenderán, la vida me ha empujado, en diferente ocasiones, a tener que abrirme con algunas personas. Lo curioso es que siempre fue con gente que apenas conocía, y que seguramente no volvería a ver. Los receptores momentáneos de este secreto, para mí tan importante, fueron, paradójicamente, personas que no me importaban demasiado. Es algo loco, pero es así.

Las razones que me llevaron durante 37 años, a tener que esconder y camuflar una parte importante de mi esencia como ser humano, como persona, fueron supongo yo, las mismas que a otra gente; la vergüenza, el miedo al rechazo, al ridículo, al “qué dirán”, a la discriminación, a no ser aceptado, etc. Nada diferente a la mayoría, supongo. Pero más importante que todo esto, y hoy además vergonzante para mí, es la cobardía. Recién hoy puedo mirar atrás y darme cuenta de lo cobarde que fui, al no atreverme antes, a gritarle en la cara a quien quisiera oír, lo que me pasaba, lo que me gustaba, lo que sentía. Y una catarata de “por qué”, y reproches por montón me vienen a la mente, y me hacen ver una y otra vez, horrorizado, lo inmensamente cobarde que fui durante tantos años.

Recién hoy, a mis 37 años, puedo darme cuento de lo equivocado que estuve; recién hoy puedo ver con claridad los años de vida que he desperdiciado, dando vueltas y más vueltas en un laberinto de apariencias, por culpa de mi estúpida falta de valor. Lo exacto sería decir que fueron 37 años vividos a medias, llenos de huecas alegrías y subterráneas tristezas. Fueron 37 años sin atreverme a zambullirme de frente y sin ropa, en el dulce e intenso mar de la vida; 37 años insípidos, desabridos, sin condimento. Fueron en definitiva, 37 años mal vividos.

Pero eso ha terminado. Hoy algo ha cambiado súbitamente dentro de mí, que me ha hecho dar cuenta del error y me empuja con fuerza al cambio, a la transformación, a la verdad. Hoy siento la necesidad impostergable de “Ser”, y poco y nada me importan las consecuencias. Hoy acepto con alegría la emoción del riesgo y las incertidumbres del desafío. Hoy me siento fuerte, seguro, feliz. Hoy tengo la convicción más absoluta de que nada ni nadie hará que decaiga, en mi empeño de ser feliz.

Finalmente, a la hora de confesarme, he decidido empezar por ustedes, queridos amigos. Ustedes, que aún siendo víctimas involuntarias de mis voluntarios desaciertos, siempre han estado ahí cuando los necesité. Lo primero que me nace es pedirles perdón. Perdón por no haber confiado plenamente en ustedes; perdón por haber creído que no iba a ser lo mismo si sabían la verdad; perdón por haberles mentido; perdón, perdón y mil veces perdón. Estoy convencido de que a partir de hoy todo va a cambiar para bien, y nuestra amistad de tantos años se va a ver fortalecida y renovada. Ruego a Dios que así sea, pero si así no fuera, lo sabré entender y aceptar. Lo asumiré en todo caso, como una parte importante de los costos que debo pagar, por mi cobardía de toda una vida.

No voy a dar más vueltas amigos, ya que si me he sentado a escribir estas líneas, ha sido con la única misión de vaciar el alma, y liberar por fin ese secreto que desde siempre ha sido su huésped. Ha llegado entonces la hora de dar paso a la verdad, y cerrárselo definitivamente a la mentira. Aunque algunas personas quizás ya lo intuyeran, hoy se los confirmo y con estas humildes palabras, al fin me libero: si, lo confieso, me gusta Pimpinela. ¿Y qué?

domingo, 20 de febrero de 2011

EL HOMBRE DE ATRÁS DE LA PUERTA _Parte I

Por Hernán Barrios

Antes de adentrarme en el desarrollo de esta historia, quiero hacer algunas precisiones que me parecen importantes. Primero que nada, decir que el relato que leerán a continuación lo he recogido de primera mano de una fuente confiable, y se desprende de su experiencia personal reciente. Segundo, que debido a lo extraño del asunto, he disidido contarlo tal cual esta persona me lo contó, cercenando cualquier mínimo intento de mi imaginación, de agregarle detalles o colores, asegurándoles así estimados amigos, que lo que van a leer es realmente lo que sucedió, sin filtros ni aumentos de ningún tipo. Por último, decirles que me ha parecido apropiado contar la historia en primera persona, con el único bien intencionado propósito de hacer más potente el relato, pero dejando bien en claro que los hechos aquí documentados no me sucedieron a mí, sino a una persona de mi entorno más cercano.

Hechas las aclaraciones del caso, he aquí la historia.

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Gráficos: CASIANIAMAL
Lisa llegó a nuestras vidas un par de meses antes de mudarnos. En realidad hacía ya algún tiempo que teníamos ganas de tener un perro, y ahora que íbamos a vivir en una casa más grande y además con jardín, ya no había excusas. Una mañana nos pusimos en contacto por Internet con un criador, el cual nos dijo que tenía una cachorra de pastor alemán de dos meses para la venta. A la tarde fuimos a conocerla. ¿Cómo les puedo explicar? Bueno, se podría decir que fue amor a primera vista nomás. Tanto a Marcelo como a mí nos ganó el corazón de primera. Con decirles que esa misma tarde y después de poco pensarlo, nos la llevamos para casa. Va, en realidad para el apartamento, porque si bien ya teníamos todo arreglado, aún no nos habíamos mudado. Cuestiones de último momento, como por ejemplo algunos retoques de albañilería, nos habían hecho postergar la mudanza para el mes siguiente. Igualmente los papeles del alquiler ya habían sido firmados, así que más tarde o más temprano, nos íbamos a mudar.

Bueno, lo cierto es que entre pitos y flautas, los dichosos arreglitos se demoraron más de la cuenta, y la mudanza en cuestión se pudo realizar recién el mes pasado. Pero para serles franca, no me arrepiento de la demora extra, porque nos pudimos mudar con todo pronto. La casa estaba totalmente hecha a nueva, con las paredes del color que quisimos, y con el jardín pronto para albergar a dos humanos tranquilos y a una perra inquieta; unos tomando mate debajo del sauce y otra corriendo como loca, respectivamente, disfrutando así de estas hermosas tardecitas de verano. Hasta habíamos tenido tiempo, por impulso de Marcelo, obvio, de acondicionar el cuarto del fondo, como sala de audio y video. Ese iba a ser, por decirlo de alguna manera, nuestro lugar de esparcimiento cultural. Cuando nos mudamos, a Lisa le faltaban dos días para cumplir cinco meses, y había crecido una enormidad.

Los primeros días fueron maravillosos. Bueno, en realidad los primeros no tanto, porque estábamos tan cansados de cargar muebles, cajas y bolsas, que nos dolía todo. Pero sí los siguientes. La casa estaba hermosa y muy iluminada. Lisa se pasaba el día entero corriendo de un lado para el otro del jardín, y por las noches se acurrucaba en el canasto que le habíamos acondicionado en el living. No nos animábamos aún a dejarla afuera por las noches, por miedo a que nos la robaran, ya que si bien es cierto que había crecido bastante, no es menos cierto que no dejaba de ser una cachorra juguetona de cinco meses. Tanto Marcelo como yo trabajamos todo el día y recién llegamos a casa de tardecita, así que Lisa pasa la mayor parte del tiempo encerrada dentro de la casa. A la semana siguiente de habernos mudado salí de licencia, y como no teníamos pensado irnos de paseo, mi objetivo principal fue dedicarme por completo a no hacer absolutamente nada. Nada, más que atender la casa y la perra, en ese orden y muy lentamente. Es justamente acá donde comienzan los problemas.

Comenzaba mi segunda semana de licencia, y era algo así como las 6 de la tarde del lunes. Yo estaba sentada en el living leyendo un libro, y Lisa andaba en el patio haciendo de las suyas. Estaba muy claro, ya que, además de que estaban todas las ventanas de la casa abiertas, en esta época  el sol se oculta no antes de las nueve. La televisión estaba encendida, pero con el volumen bajo, y con la única misión de hacerme compañía. Desde mi derecha, por la puerta de metal que da al patio, la cual estaba abierta, entraba una suave brisa muy refrescante. En un momento, también desde mi derecha y por el rabillo del ojo, me pareció ver una sombra que cruzó la puerta, como si alguien o algo  hubiera pasado, por el patio, frente a la puerta. El hecho me quitó por un instante la atención del libro, pero inmediatamente la recuperé, ya que me di cuenta de que la que había cruzado frente a la puerta, haciendo un cono de sombra en ella, había sido Lisa. Seguí leyendo. A los pocos minutos, nuevamente una sombra pasó frente a la puerta, aunque esta vez me pareció que era demasiado alta para ser provocada por la perra. Me levanté, dejé el libro sobre la silla, y salí al patio. Estaba todo tranquilo y no había nadie, ni siquiera Lisa. Volví a entrar, y grande fue mi sorpresa cuando vi que ella dormía plácidamente, acostada sobre el piso del living, dos metros por detrás de la silla en la que yo había estado leyendo. Ya eran cerca de las siete, y como se me habían ido las ganas de leer y ya faltaba poco para que regresara Marcelo del trabajo, me fui a la cocina a preparar un mate, y olvidé el asunto.

No fue sino hasta el día siguiente, que volvió a suceder un hecho algo extraño. Ocurrió luego del mediodía, digamos como a eso de las tres de la tarde. Estaba mirando una novela con la cual me enganché en las vacaciones, y tomando un vaso de coca. Lisa estaba durmiendo la siesta en su canasto, algo adelante y a mi izquierda. De pronto me pareció como que una sombra pasó por detrás de mí. En realidad no es que la haya visto exactamente, sino que fue más bien una percepción, de esas que uno tiene gracias a la visión periférica, y que nunca terminamos de saber si son o nos parecen que son. La cosa es que instintivamente me di vuelta, algo sobresaltada, y no había nada. Nada, salvo Lisa que había despertado de su sueño, y aunque aún echada y con la cabeza gacha, emitía un tímido gruñido entre enojado y temeroso. Inmediatamente se incorporó, y con la cola entre las patas se fue para el patio, y no volvió a entrar hasta que llegó Marcelo.

Nada sucedió al día siguiente, ni al otro. El viernes en cambio, todo cambió. No eran más de las once de la mañana, y yo estaba discutiendo por teléfono con Marcelo, caminando de un lado al otro del living. En un momento de la discusión, me dio frío. Pero no fue un frío común de esos que se van apoderando del cuerpo paulatinamente, sino que fue un frío súbito. Sentí exactamente en la piel, el momento en que chocó contra mí. Lo más parecido que se me ocurre, como para que me entiendan, es que fue un frío como el que sale de la heladera, cuando uno la abre en pleno verano. Una ola de frío se podría decir. Recuerdo que miré mis brazos y, como se dice comúnmente, se me había puesto la piel de gallina. Al mismo tiempo seguía discutiendo con Marcelo, y pude ver cómo Lisa salía hacia el patio, una vez más con la cabeza gacha y la cola entre las patas. Como estaba muy incómoda, y la discusión ya no daba para más, decidí cortar. Golpee con bronca el teléfono contra la base, y me dejé caer, con fuerza, sobre el sillón. Mis ojos llorosos y enojados, se depositaron bruscamente sobre los vidrios de la puerta que da a la sala de video, y ahí estaba. Parado exactamente detrás de la puerta, me estaba mirando. La visión duró unos segundos, digamos cinco, pero me bastó y me sobró para ver más de lo que hubiera querido. Era alto, flaco, viejo, y tenía un sombrero negro que aumentaba aún más su enorme figura. Muchos se estarán preguntando qué tan nítido lo vi, o dónde, o cómo, por lo que voy a tratar de aclarar un poco el asunto. Primero que nada, déjenme contarles que la puerta que da a la sala de video, la cual por algún motivo que no puedo explicar, siempre permanece cerrada, (detalle además que hasta ese momento no había notado) es hasta la mitad de madera, y en el resto, o sea en la parte superior, tiene seis vidrios pequeños ordenados de a dos. Esta puerta está al final de un pasillo no muy largo, digamos de unos cinco metros (mi casa no es vieja ni mucho menos, sino que es más bien una casa pequeña y bastante nueva), que comunica el living con la sala de video. En este pasillo hay dos aberturas a la derecha, que son la cocina y el baño, y una a la izquierda, que es nuestro dormitorio. Como la sala de video recibe luz natural solo por una pequeña ventanita que está casi contra el techo, no es tan luminosa como el living, por lo que las imágenes provenientes de éste se reflejan con fuerza en los vidrios de su puerta.

Contextualizado un poco el tema, paso ahora a describirles mejor lo que efectivamente vi. Vi la puerta; me vi a mí reflejada en los vidrios; y vi una figura humana de las características antes mencionadas. No era exactamente como si un hombre de carne y hueso estuviera parado dentro de la habitación y por detrás de la puerta, porque la figura no era tan sólida y era sin dudas, más transparente. Casi que podía ver, con dificultad, a través suyo. Era una figura oscura, como si estuviera tallada de humo (por decirlo de alguna manera), pero con rasgos bien definidos. Tan definidos, que podía ver sus ojos haciendo contacto con los míos. Como les dije, mantuve los ojos clavados en la puerta durante unos cinco segundos, en parte tratando de tomar real conciencia de lo que veía, y en parte por una momentánea parálisis fruto del miedo, que dicha presencia generó en mí. Luego, me tapé los ojos con las manos, y bajé la cabeza. No se precisar a ciencia cierta cuánto estuve con los ojos cubiertos, tratando de evadir la realidad, -o tratando de despertar del sueño, cualquiera de las dos opciones estaba bien para mí- pero seguro que no fue menos de un minuto. Cuando junté fuerzas, levanté la cabeza y volví a mirar hacia la puerta. No había nada. La figura había desaparecido y Lisa jadeaba sentada a mi lado, con ojos compasivos y algo alegres.    


martes, 14 de diciembre de 2010

SALUDO DE FIN DE AÑO 2010

Por Hernán Barrios


Gráficos: CASIANIMAL
¿Les cuento un secreto amigos? ¡Se nos termina el año! ¿Pueden creerlo? ¿Me parece a mí o los años vienen cada vez más cortos y de menor calidad? Se ve que la modernidad, así como hace que los electrodomésticos duren menos que en la época de nuestros padres y abuelos, también le está metiendo mano al calendario. Si me parece que fue hace tan poco que me puse, totalmente carente de inspiración, a tratar de escribir mi saludo de fin de año 2009. Recuerdo que comencé confesando mi ausencia creativa, para luego pasar a hablar acerca de las crisis de nuestra sociedad, del deterioro del planeta, y hasta de la falta de solidaridad de las personas. ¡Pum para arriba mi última post del año pasado! Solo espero que nadie haya tomado la drástica determinación de terminar abruptamente con su vida, luego de atravesar por semejante lectura.

Bueno, este año voy a tratar de ponerle un poco más de onda al asunto, porque a pesar de que parezca lo contrario, estoy absolutamente convencido de que, de lo que se trata en el fondo, además de reflexionar sobre el año que dejamos atrás, es de festejar. Cada cual tendrá sus motivos para hacerlo. Algunos quizás dirán que no tienen ninguno, pero yo les digo que si, que lo tienen. Estoy convencido de que no ganamos nada no haciéndolo, o al dedicarnos a quejarnos por las cosas que no salieron bien en este año que pasó, y en cambio ganamos mucho encontrando un motivo, por pequeño que sea, para celebrar. Algunos dirán que fueron más las cosas malas que le sucedieron, que las buenas. Quizás algunos hayan perdido un trabajo, o les hayan robado el auto, o hayan generado deudas que no saben cómo van a pagar, o hayan perdido a un ser querido. Todo eso puede haberle sucedido a mucha gente, pero lo cierto es que nada, absolutamente nada se gana –mas bien es mucho lo que se pierde-, dedicándonos a lamentarnos por el mal año que nos ha tocado vivir. En cambio es mucho lo que tenemos para ganar si tomamos el otro camino, el de agradecer, aunque más no sea, por tener los ojos para leer estas palabras. Créanme que ésta, puede ser la diferencia entre un buen y un mal 2011.

El 2010 se nos escapa entre los dedos, y nos deja, además del nostálgico eco de las cosas que pasaron, la esperanza siempre promisoria de las que vendrán. Fueron muchas las cosas que ocurrieron este año, las más destacadas relacionadas con el planeta, generales e individuales, buenas y de las otras. Me vienen a la mente algunos cambios de gobierno; un temblor de tierra que se confundió y castigó a un pueblo ya por demás castigado; un puñado de almas que fueron escupidas por la pacha mama, y algunas otras, mucho más silenciosas, que no. Recuerdo por ahí un charco de petróleo que le pintó mucho más que un lunar al océano Atlántico, una nube de polvo volcánico que paralizó el norte de Europa, y una crisis económica en el primer mundo, que amenazó con meterse en nuestras casas tercermundistas. Un 2010 que termina, entre otras cosas, con un puñado de personas dando batalla al más poderoso e influyente de los gobiernos del mundo, por la libertad de información, y tratando por todos los medios de que cosas tan valiosas como ésta comunicación que ahora tengo con usted, estimado lector, no puedan ser cercenadas por interés alguno.

No podemos dejar de reconocer que el 2010 ha sido un año de cambios; movidito se podría decir. En lo personal –y acá me permito una pequeña licencia individual-, no tengo reparos en decir que ha sido un año positivo. Salvo por la terrible noticia del casamiento de Penélope con el gallego feo ese, el resto me ha sido favorable. Este año trajo consigo dos cambios muy significativos para mí: por un lado uno laboral que me significó, entre otras cosas, ganar en tranquilidad y en tiempo, ambas cosas necesarias por igual para disfrutar de la vida. Porque de eso se trata, ¿no? Y por otro, la llegada a mi vida de una personita que me hizo volver a saborear la fresca dulzura de la inocencia, a mirar el futuro con cristales nuevos, y a sentir cosquillas en la panza al pensar en su carita pura. Mi primer sobrina, Franca, ha borrado de un plumazo con su desdentada sonrisa, cualquier rastro de tristeza o amargura que pudiera llegar a empañar el resumen de este año que se esfuma. Es más, ¿quién es Penélope?

Además de todo, y aunque algunos creerán quizás que ya estoy un poco viejo para ello, les quiero contar que este año he aprendido algunas cosas. Cosas que a primera vista, y sobre todo cuando somos muy jóvenes y vehementes, pueden parecer poco importantes, pero que en realidad son fundamentales para ser feliz. Quiero terminar entonces este saludo de fin de año queridos amigos, compartiéndolas con ustedes.

Este año he aprendido, o mejor dicho he confirmado, que en la vida nos va mucho, pero mucho mejor, si iniciamos cada día con una sonrisa. Y créanme que he tratado casi con obstinación de ponerlo en práctica.

Este año aprendí también que el rumbo de los acontecimientos de nuestras vidas, lo podemos cambiar a voluntad, solo con creerlo posible y trabajar en esa dirección.

He aprendido a diferenciar un poco más las cosas importantes de la vida, de las intrascendentes, haciéndome con esto mucha menos mala sangre por banalidades.

Y permítanme decirles amigos que nada, absolutamente nada, es tan importante como para que se nos vaya la vida en ello. Ninguna cosa material es tan imprescindible, como para que nos haga no tener tiempo para las emociones y los afectos. Ni uno solo de los minutos de nuestra vida es merecedor de ser vivido con enojo o desidia. Ningún LCD de 50 pulgadas, ningún I-phone con touch screen, y ninguna notebook chiquita y plateada, por más gigas de disco duro que tenga, se compara con la mágica sensación de sabernos vivos, dueños y señores de cada minuto de nuestras vidas, y con el divino poder de hacer con ellos lo que se nos antoje.

Para terminar este artículo y también este año, quiero compartir con ustedes dos cosas: una foto de esa bebota hermosa que me ha hecho volver a enamorarme, y un video muy alentador de un chico que ha tomado conciencia, mucho antes y mejor que yo, de lo valiosa que es la vida.

"FELIZ AÑO 2011 PARA TODOS"



domingo, 5 de diciembre de 2010

OPERACIÓN MOSQUITO

Por Hernán Barrios


Gráficos: CASIANIMAL
Creo que en algún post lo he contado, pero por las dudas lo vuelvo a decir: el animal que más detesto en el mundo es EL MOSQUITO. La verdad, no sé exactamente de dónde viene mi aversión hacia él, pero lo odio desde que tengo uso de razón. Quizás tenga algo que ver con un lejano verano en el que por algún motivo que nunca nadie descubrió –médicos incluidos-, desarrollé junto con mi hermana, una extraña alergia hacia las picaduras de estos bichos, y el cuerpo se me llenó de enormes granos con pus, que me picaban mucho y que eran además, asquerosos de ver. Recuerdo que en los siguientes veranos, y aunque esa reacción alérgica nunca volvió a manifestarse en mi cuerpo, mi madre me cuidaba a mansalva del ataque de esas criaturas, y yo hacía mi parte, dando la voz de alarma cada vez que notaba la presencia de alguno.

La cosa es que hasta hoy, y como dije antes, mi repulsión por el Aedes, en cualquiera de sus versiones, va más allá de lo racional. Sencillamente no puedo tolerar su presencia en el mismo espacio que yo, por más amplio que éste sea, y cuando veo uno, no importando la situación en la que me encuentre, trato por todos los medios de destruirlo. Es como que se activa dentro mío un programa emocional latente, que suspende todos los demás, y que dice: “mosquito a la vista, destruir”. Tanto es así, que me ha pasado de estar en situaciones en las que, por la importancia de las mismas no corresponde tomar acción alguna contra el intruso, como una reunión de trabajo o una visita a algún lado, y no he podido resistir la tentación de pegarle un manotazo a alguno que pasó cerca. O si la resisto, ya sea porque el bicho está fuera de mi alcance o simplemente porque mi razón se impone, igualmente pierdo la concentración en el resto de las cosas. Me pongo a seguirlo con la mirada como un pelotudo, y por un momento no me entero del resto de los acontecimientos del lugar. Lo dicho, es más fuerte que yo.

Pero todo este preámbulo es en realidad para pasar a contarles mi última batalla contra un puñado de mosquitos insolentes, que osaron entrar a mi dormitorio hace dos noches, y que me tuvieron en vilo durante gran parte de la misma. He aquí la historia.


OPERACIÓN MOSQUITO

Este noviembre en Uruguay está algo raro, por no decir del todo, en lo que a clima se refiere. Se supone que a esta altura del año ya debería hacer bastante calor, pero resulta que no es así, y los días fríos se alternan con los calurosos, complicando un poco el diario vivir. La semana pasada hizo varios días seguidos de altas temperaturas, y en el primero de ellos, mis voladores archienemigos se hicieron notar ya desde las primeras horas de la tarde. Durante el día los mosquitos no me preocupan demasiado, porque estoy atento y directamente les encajo una trompada. El problema viene en la noche.

Antes de acostarme, además de cerrar todas las aberturas del cuarto, hice la obligatoria inspección ocular de todas las noches, la cual consiste en echarle una ojeada a las paredes y al techo, en busca de alguna presencia indeseable. Encontré dos; a uno lo reventé de un cachetazo, y al otro le dí con el buzo que me acababa de sacar. CONSEJO: Si van a aplastar un mosquito contra la pared, asegúrense de hacerlo antes de que los haya picado, de otra manera, el remedio será peor que la enfermedad. Una vez comprobado que la zona estaba libre de intrusos, apagué la luz y me acosté. Como de costumbre, no tardé demasiado en conciliar el sueño.

“Fhiiiiiiiiiiiiiiiuuuuuuuuuuu”, me zumbó en la oreja un alado hijo de puta, cuando estaba en esa somnolencia previa a perder contacto con la realidad. “No te puedo creer”, dije para mis adentros, y me levanté de un salto a prender la luz. Aclaro que no tengo mesa de luz, y por lo tanto tampoco lámpara junto a la cama, por lo que para encender la luz del techo, tengo que levantarme, rodear toda la cama, y caminar hasta el interruptor que está junto a la puerta. Toda una travesía si tenemos en cuenta que tengo que hacer ese recorrido a lo oscuro y medio dormido. La cosa es que me levanté, prendí la dichosa luz, y me puse a buscar al bicho de porquería ese. Una vez que mis ojos se acostumbraron a la luz –digamos unos 30 segundos después de encenderla-, lo pude ver. Estaba muy pancho parado contra la pared, a medio metro de donde debería estar mi cabeza, en caso de estar acostado. Lo miré fijo (como para no perderlo de vista), me acerqué lentamente, puse mi mano derecha a escasos 15 centímetros de su nuca, y le encajé un manotazo como para matar un pollo doble pechuga. Quedó seco. Miré nuevamente las paredes y el techo, apagué la luz y volví a la cama. A los pocos minutos se acostó Lucia. Afortunadamente ella me acompaña en estas cruzadas nocturnas de eliminación de mosquitos, ya que de no ser así, seguramente se habría ido a dormir al living hace tiempo, o peor aún, a otra casa.

“Me parece que oigo otro”, me dijo al ratito de estar acostados. “No te puedo creer”, pensé y dije una vez más. NOTA: Esta es una frase que se ha ido lentamente enquistando en mi vocabulario, en un loable esfuerzo por deshacerme de las tradicionales puteadas que, según indica mi experiencia, poco aportan a la solución de los problemas que las disparan. “¿Estás segura?”, pregunté inmediatamente, en un desesperado intento por no levantarme al cuete. “Me parece que si”. ¡Mierda! (uy, se me escapó). Me destapé de un tirón y salté al piso. Luz. Me paré en la puerta, semicerrada, para que mientras esperaba que mis ojos se ajustaran a la luz, el sorete hijo de puta no se me fuera a pelar para afuera. Agarré el buzo que estaba en el armario, y esperé. Parapetado en esa posición me dediqué a escudriñar con la mirada el techo, las paredes una a una, el piso, el placard, el aire… nada. Debo haber pasado algo así como dos minutos parado en la puerta, duro como huevo para ensalada, y como el maldito no aparecía, no tuve más remedio que salir a buscarlo. Caminaba lento, agazapado, y con todos mis sentidos en alerta. Mi mano derecha sostenía el buzo a la altura de mi oreja, pronto para dar el busazo ante cualquier movimiento extraño. Lucía trataba de ayudarme en la desquiciada búsqueda desde su posición de espectadora, asomando apenas los ojos por encima de las sábanas, pero tampoco podía localizarlo. El muy miserable parecía haberse esfumado en el aire.

De todas maneras yo, como suele suceder en estas situaciones, no estaba dispuesto a darme por vencido así como así, y mi intención era encontrarlo a como diera lugar. Ustedes dirán que estoy loco, pero les voy a hacer una confesión: estoy convencido de que los mosquitos son mucho más inteligentes de lo que la gente cree. ¿De qué manera se explica sino, que un mosquito te pase zumbando por la oreja una y otra vez mientras la luz está apagada, y que desaparezca mágicamente cuando se enciende? Inteligencia pura. Además no es solo que dejan de volar, sino que además se esconden los muy soretitos; debajo de la cama, atrás del ropero, arriba del ropero, atrás de un cuadro, etc. En el caso particular de nuestro cuarto, cuyo piso está cubierto por un moquete oscuro, los muy reverendos hijos de puta han desarrollado una técnica de vuelo bajo, digna del más avezado de los pilotos de guerra. Como las paredes y el techo son blancos, obviamente que si los tipos se paran ahí son fácilmente detectables, es por esto que si no les doy tiempo a esconderse antes de prender la luz, se mantienen en vuelo, pero a 10 centímetros del piso, donde el contraste los hace casi imperceptibles. Es realmente desconcertante y hasta cierto punto, preocupante.

No menos de 10 minutos duró la búsqueda, pero al final dio resultado. Se ve que los locos son inteligentes pero impacientes, porque al rato de estar parado sin ver ni una señal del pichón de terodáctilo éste, apareció de pronto volando a velocidad crucero, justo frente a mis ojos. “Plaaaaaaaafff…”, hizo el violento choque de mis manos entre sí, movidas por un odio incontenible. Inmediatamente después, una sonrisa casi maléfica se dibujó en mi cara, al tiempo que Lucía aplaudía fervorosamente desde la platea. Luego, fuera luces y a la cama nuevamente.

Tanta levantada me había dejado algo desvelado, además del calor que también hacía lo suyo. Habían pasado algo así como 40 minutos desde mi último ataque, cuando me pareció escuchar a los lejos, casi imperceptible, una especie de zumbido. Esta vez cambié el repertorio y dije para mí, “no puede ser”, y me quedé escuchando. El ruidito pareció por unos momentos desvanecerse en la inmensidad del espacio, y hasta llegué a pensar que había sido una alucinación auditiva, pero luego volví a escucharlo, un poco más cerca. “Yo no me pienso volver a levantar”, me dije en un ataque mezcla de rebeldía y desesperación, y pegué mi cabeza a la almohada, esperando los acontecimientos. El “fiuuuuuu” que en principio se oía en un rincón lejano del dormitorio, había comenzado a escucharse más y más cerca. Se ve que la semilla de vampiro ésa estaba tomando confianza, y viendo que nadie prendía la luz, se iba acercando poco a poco. El zumbido se oía más cerca, y más cerca, hasta que calculé que debía andar a más o menos un metro de mi cabeza. El ruido se acercaba, y yo esperaba; se acercaba, y yo esp…”phaaaaaaaaaafff”. Me encajé un cachetazo en la oreja con alma y vida, que por poco me la arranco. No estoy seguro de haberlo matado, aunque yo calculo que sí, porque el zumbido se cortó en seco, y no se volvió a escuchar. Lo que sí se escuchó inmediatamente de la explosión fue el salto de Lucía, que no sabía lo que había pasado. “¿Andaba otro mosquito mi amor?”, me preguntó con dulce somnolencia. No, era una gaviota de voz finita. A esa altura el sueño se había alejado de mi cuerpo definitivamente, y la verdad que era bastante poco probable que me durmiera a la brevedad. Eran algo así como las 2 de la mañana. De todas maneras, se ve que en algún momento de la noche y luego de muchas vueltas en la cama, el sueño me venció.

Sentí un cosquilleo de alas, patas y zumbidos en la puerta de mi orificio nasal derecho, que me despertó, me asustó, y me hizo saltar en la cama, al tiempo que me propiné una auto trompada en el naso de tal envergadura, que por poco me lo quiebro. Entre estornudos y manotazos fui tomando conciencia de la situación, y pude darme cuenta de que un mosquito se me había metido para adentro de la nariz (les juro que es verdad), se ve que en un intento de picarme el cerebro el hijo de puta, (no les digo yo que son inteligentes). Por suerte no lo consiguió porque me desperté justo, cuando me hizo cosquillitas en los pelos del orificio, y lo maté de un piñazo, ya estando adentro. Ahí Lucía, que ya está algo acostumbrada a mis manotazos nocturnos, igualmente se asustó, ya que yo no paraba de pegarme en la cara, estornudar, resoplar y putear a viva voz. Me tuve que levantar, ir al baño a mojarme la cara, tomar agua, respirar, etc., para salir del shock del ataque sufrido. Mientras tomaba un vaso con agua en la cocina pensaba en lo que me acababa de suceder, y realmente no lo podía creer. ¿Cuál es el motivo para que esta bandada de asesinos alados me ataque de esta manera? ¿Qué les he hecho yo, además de haber matado varios miles a lo largo de mi vida? Nada. En realidad no podía creer que su fanatismo picatorio llegara a tal extremo, que hubieran intentado meterse en mi nariz. Quiero pensar que no fue una acción premeditada, sino producto de la casualidad. Quiero creer que el tipo eligió mal el lugar donde aterrizar, y que justo en el momento de posarse inspiré algo fuerte, y la ventisca lo succionó hacia mis entrañas. La cosa fue que después de un rato en el living pensando y tomando aire, decidí volver a la cama. Eran las 4 de la madrugada.

Se podrán imaginar, después de todos estos accidentes, el rato que estuve para volver a conciliar el sueño. Eso, además de morirme de calor, ya que luego de lo ocurrido, me tapé hasta la cabeza y decidí no dejar ninguna abertura descubierta, no fuera cosa que volvieran a intentar violentarme. La verdad amigos, que esta noche fue una noche para el olvido. Al otro día compré tabletas ahuyenta mosquitos, y comencé a usar el ventilador.

Por ahora vengo bastante bien, pero el verano recién comienza. Vamos a ver cómo sigue.