BenX se podría decir que además de ser una obra excelente, es una película bastante diferente a todas las que he visto. De una forma tan clara como intensa, toca al mismo tiempo dos temas por demás importantes; un tipo de autismo, que en una lectura rápida se podría decir que es el tema principal de la película, y estrechamente ligado a éste y como tema de fondo, esa cosa que nosotros consideramos objetiva, universal y hasta casi estática, llamada realidad.
La historia en sí cuenta la historia de Ben, un muchacho autista de 20 años que por su condición diferente, tiene serios problemas de integración e interacción con el resto de la sociedad. Este problema queda principalmente de manifiesto en el centro de estudios al que concurre, donde a pesar del esfuerzo de sus profesores por protegerlo, igualmente es punto de burlas de la mayoría de sus compañeros; burlas que en algunos momentos llegan incluso a extremos brutales. La vida de Ben transcurre con mucha dificultad entre su casa y el colegio, aunque es en la primera, especialmente en su cuarto y con su computadora, donde él puede ser realmente auténtico, y por ende alcanzar un estado parecido a la felicidad. La verdadera libertad de acción, Ben la encuentra en un juego on-line que juega todas las mañanas, y en el que encarna el papel de un valiente superhéroe. En dicho juego ha llegado a los niveles más altos, despertando la admiración de sus compañeros virtuales, y muy especialmente la de una heroína con la que parece estarse gestando una especie de romance, también virtual.
Pasan cosas en la vida de Ben que lo llevan a un desenlace poco obvio, y por ende nada fácil de adivinar. Es éste un buen punto a favor de la película. Pero dejo por acá el relato de la historia para no contar más de lo debido. Quiero destacar sí como punto descollante, la excelente actuación de su protagonista, Greg Timmermans, quién logró, desde mi punto de vista, una excelente interpretación de una persona con el síndrome de Asperger, actuación que denota un trabajo y estudio previo importante sobre las características de esta enfermedad. A su vez vale destacar también el trabajo del director Nic Balthazar y todo el equipo técnico y profesional que lo secunda, los cuales mediante acertadas tomas, juegos de cámaras (muchos primerísimos primeros planos), y un interesante trabajo de post producción que agrega a las tomas reales, imágenes propias del juego de computadora que Ben juega en su cuarto, logró cuidar, apañar y potenciar, la actuación del protagonista.
REFLEXIÓN
Esta película es de esas que más allá de hacernos sentir un abanico importante de sensaciones mientras la vemos, cuando termina nos deja sobre algunos temas, mentalmente posicionados en un lugar diferente al que estábamos antes. Eso, además de dejarnos enseñanzas concretas sobre algún tema en particular; en este caso sobre el autismo.
En cuanto al primer punto de mi reflexión, les cuento que me dejó pensando largamente sobre la visión que tenemos la mayoría de las personas, acerca de la realidad en la que nos manejamos, y de cómo tenemos tendencia a no aceptar e incluso rechazar, la factibilidad de que otra forma de verla pueda ser posible. Según estudios científicos, nosotros los “normales”, tenemos tendencia a ver las cosas que nos rodean en conjunto y asociadas a un contexto determinado. En cambio las personas aquejadas por esta enfermedad (confieso que ya hasta me cuesta denominarla así), fijan su atención en las cosas puntuales, disociadas de su derredor, y especialmente en los detalles de las mismas. Una frase bastante común reza que nosotros somos capaces de ver el bosque antes que el árbol, mientras que en los autistas ocurre exactamente lo inverso. Esta visión diferente de la realidad que los rodea, es la que los lleva también a interactuar de diferente manera el mundo, interacción que anosotros nos resulta extraña y por ende tendemos a rechazarla.
He aquí las preguntas que me quedaron dando vueltas en la cabeza luego de ver esta hermosa película. ¿Por qué razón tenemos la mala costumbre de rechazar automáticamente casi todo lo que no sigue las reglas generales? ¿Por qué somos tan obstinados de pensar que lo general es lo correcto y lo diferente lo equivocado? No tiene lógica. ¿Por qué razón tenemos la mente tan cerrada como para no ser capaces de al menos tratar de imaginar, que nuestra forma de ver las cosas no tiene por qué ser la única, y mucho menos la correcta? Estas son preguntas generales que van más allá del contexto de la película en cuestión, y que se pueden aplicar a cualquier orden de la vida, pero creo yo que es justamente en este punto donde estriba la real importancia de la misma.
Siguiendo esta línea de razonamiento, bien podría ser que nuestra forma de ver el mundo, casi distraídamente, es la que nos hace tan mediocres y poco evolucionados en la mayoría de los cuestiones humanas. Quizás sea justamente esta visión superficial de las cosas la que no nos permite especializarnos en temas puntuales, y avanzar más aprisa como especie. ¿Qué tal si fueran justamente estas minorías diferentes las que están en lo correcto, y nosotros los que desde siempre hemos estado equivocando el rumbo? Bien podría ser, ¿no?
No sé si encontraré respuesta a estas preguntas en un corto plazo, seguramente no, pero sinceramente creo que el ejercicio mental en sí ya vale la pena. Les dejo estas interrogantes por si quieren ayudarme a pensar, y la invitación a disfrutar de esta película que si bien no es nueva, sí es muy actual.
Me encontré con Yonatan (así me dijo él que se escribía, cuando en un momento de la charla lo consulté al respecto) en la esquina de la Intendencia, el sábado a las 3 de la tarde. Llegué algunos minutos antes de lo convenido, y ya me estaba esperando sentado en el piso, junto al muro que da a la calle Santiago de Chile. No lo conocía personalmente, y había concertado la entrevista por intermedio de su hermana, quien dejó un comentario en el artículo Pasta Base: BERACA, haciendo referencia a su situación. Sabía que tenía dieciocho años recién cumplidos, y que desde hacía dos estaba teniendo problemas con las drogas. Sabía eso y poco más. Mi interés por hablar con Yonatan, no era otro que el de poder recoger un testimonio directo de alguien que convive con este cóctel mortal drogas y pobreza, a fin de poder entender mejor el tema, y luego compartir con ustedes, algunas reflexiones sobre el mismo.
EL ENCUENTRO
Un jean viejo y rotoso, una camiseta amarilla en las mismas condiciones, una camperita polar negra bastante sucia y desteñida con capucha, además de una gorra de visera Nike y alpargatas, era la vestimenta de mi entrevistado en el momento del encuentro. Me acerqué decidido, me presenté, y le extendí la mano. La suya, temblorosa y fría denotaba nerviosismo, y su cara chupada, demacrada, y parcialmente escondida entre la visera y el humo del cigarro que pendía de sus labios morados, desconfianza. Le expliqué quién era yo y por qué quería hablar con él, para después invitarlo a tomar un café en La Pasiva de 18 y Ejido. Hacia allá fuimos.
Nos sentamos en una mesa interna alejada de las ventanas, bajo la mirada desconfiada de los mozos. Pedimos lo mismo; café con leche y medialunas. Mi invitado comía con voracidad, por lo que la charla no fue al principio demasiado fluida. Una vez que casi hubo terminado, comencé a hacer preguntas.
En algo así como una hora y cuarto de charla, me enteré de unas cuántas cosas de la vida de Yonatan. Supe por ejemplo que había vivido toda su vida en el barrio Borro, en una precaria vivienda de chapa y madera hecha por su madre y su abuelo, el padre de ésta. Que su papá se había ido de su casa cuando el tenía 5 años y que nunca más lo había vuelto a ver. Que eran cinco hermanos y que él era el segundo. Que había asistido hasta tercero de escuela. Que había fumado su primer cigarrillo a los 12 años, y que había probado la droga a los 15. Hasta me dio una noticia que todavía no sabían en su casa, y era que su novia de 15 años, con la que estaba saliendo hacía tres meses, estaba embarazada. Completito.
Al preguntarle sobre cuáles eran sus expectativas para el futuro, me dijo algo que me dejó pensando: “Yo quiero tener una vida normal nomás”. Al preguntarle más en detalle sobre a qué llamaba él una vida normal, me contestó que le gustaría tener un trabajo para poder comprar cosas; que le gustaría tener una moto grande para poder recorrer toda América; que le gustaría comprarle una casa nueva a su madre; y que cuando sea un poco más grande quiere tener una familia con dos hijos y un perro policía. Otra cosa que me llamó la atención fue que me dijo que nunca había ido al cine. Le pregunté por qué, y me contestó que cuando era chico su mamá no tenía plata para eso, y que después que fue más grande, la plata que esporádicamente conseguía, se la gastaba en otras cosas. Esas otras cosas eran, en los últimos tiempos, droga. Y un poco antes, cigarrillos, alcohol, celulares, CDS, etc. Obviamente las prioridades de Yonatan no son como las mías o las tuyas, estimado lector.
Con respecto al tema PASTA BASE en sí, me contó que la primera vez que la probó fue en una placita cercana a su casa, en donde los había reunido (a él y a tres chicos más), un hombre conocido del barrio, con la excusa de ofrecerles un negocio. Les habló de una supuesta venta de algo, y al final de la charla, y como para celebrar el negocio concretado, los había invitado con una lágrima a cada uno. A los dos días fue con dos de los tres chicos, a la casa de este hombre, a comprarles una más. Después de esa, no pudo parar. Tenía 16 años recién cumplidos.
“Es una sensación que te vuela la cabeza”- me dijo, al preguntarle sobre lo que se sentía al fumar pasta base. “Te sentís re bien y parece que el corazón se te sale para afuera”- agregó luego. Aunque también me contó que el efecto se pasa muy rápido, digamos que dura unos pocos minutos, y que luego te queda una sensación de tristeza y vacío que es horrible. “Sentís que no servís para nada y que estás solo en el mundo, y lo único que se te ocurre es conseguir plata para comprar otra dosis”- terminó diciendo. Es un círculo de nunca acabar, como toda droga, pero en este caso potenciado a su extremo en el daño que causa. Me dio mucha tristeza escucharlo decir que él estaba todo el tiempo conciente del daño que se hacía a sí mismo, a su familia y a todos sus allegados, pero que llegado el momento, la adicción era más fuerte que él. Sabía perfectamente todo eso, pero cuando su cuerpo necesitaba drogarse, no podía detenerlo. Era como que la droga (en este caso la falta de), se apoderaba del mismo y de su mente, y lo llevaba a hacer cualquier cosa para conseguirla. “Es algo que te empuja, o más bien que te cincha”- me dijo.
Le pregunté sobre qué cosas había hecho para conseguir pasta base; se quedó mirando al piso como no queriendo responder a esa pregunta y me dio la sensación de que había un poco de vergüenza en su cara. Al insistirle un poco, me dijo que generalmente le sacaba plata a su mamá, aunque también le había pedido a su novia. Y que alguna vez había vendido alguna cosa de su casa (cosas suyas me dijo), para conseguir droga. Intuyo que lo que me contó en este punto fue solo la punta del iceberg, así que dejo librado a la imaginación del lector, la completa visión del mismo. Ya casi al final de la charla, y cuando observé que sus ojos habían comenzado a inquietarse aún más, y su mirada ya pasaba de mi persona y estaba casi todo el tiempo en la puerta de salida, le pregunté si le gustaría poder dejar de drogarse. Su respuesta fue tan rápida como contundente y la transcribo textual: “Más bien”. “Si yo sé que es una porquería que me tiene atado”- me dijo después. Y le creí.
Y hasta me parece entenderlo, a Yonatan y a todas las personas que de alguna manera están atrapados entre los barrotes de alguna sustancia adictiva. Pasta base, cocaína, marihuana, alcohol, cigarrillo, juego, Coca-Cola, comida o alfajores de chocolate. Aunque con diferentes efectos, todas estas sustancias y otras, crean una dependencia, y esa dependencia le resta, en mayor o menor medida pero indefectiblemente, espacio a la libertad del ser humano.
CONCLUSIÓN
Luego de la charla con Yonatan, lo que me sucedió en realidad fue que pude reafirmar algunos conceptos que ya tenía, pero basados en la teoría de otros.
El primero de ellos, es el concepto de que la adicción a la pasta base es una enfermedad que debe ser tratada como tal, si queremos avanzar socialmente y en algún momento solucionar, o al menos minimizar, este flagelo. Magros resultados vamos a obtener (y a la vista está), si la seguimos asociando a la cuestión delictiva y actuando en consecuencia. Está claro que el delito es consecuencia de la adicción y no al revés, por lo tanto lo lógico es atacar la causa si queremos sofocar el efecto. Los establecimientos de reclusión se llenan de jóvenes que han delinquido para poder drogarse, y ahí lo único que hacen es, además de continuar con su adicción, perfeccionarse en el arte de la delincuencia. Y al recuperar la libertad, que en la mayoría de los casos es en un plazo bastante corto de tiempo, ya sea por ser menor, porque el delito no admite mucha condena, o sencillamente porque hay que dejar espacio para otros, van derecho a hacer lo que hacían antes, tratar de conseguir droga a como de lugar. Yo creo que lo que hay que construir en lugar de tantas cárceles, son establecimientos especializados y destinados a la cura de personas con adicción a la pasta base. Así de sencillo. Llámense hospitales, clínicas especializadas o chacras de desintoxicación. No importa el nombre que les pongamos; lo que importa es que la tarea de estos sitios no sea la de hacer pagar una condena, sino la de curar a una persona de una enfermedad particular, tan destructiva sino más, que el cáncer. Pensemos que éste último solo mata a la persona que lo posee y muere con ella; en cambio la pasta base además de matar a su adicto, genera daños irreparables en todo su entorno, a veces incluyendo la muerte de personas que nada tienen que ver con el enfermo. Para el cáncer se destinan muchos recursos y está bien que así sea; para la pasta base casi nada.
Concomitantemente con esto, también digo y repito (ya que lo he mencionado en otro artículo de este mismo blog), que al ser la pasta base una enfermedad que atañe no solo a la persona que la padece, sino también a un círculo indeterminado de gente, el adicto debe ser obligado a tratarse. Así, sin vueltas. En este punto considero que uno de los derechos humanos principales que es la libertad, debe quedar supeditado al bienestar del resto de la sociedad. Y es aquí en donde la clase política debe legislar al respecto. En realidad creo que solo se trata de aplicar con criterio las normativas ya vigentes, pero como parece que los defensores a ultranza de lo derechos humanos ponen palos en la rueda, quizás lo ideal sería hacer una reforma constitucional para ésta enfermedad en particular. No puedo entender ¿por qué razón si una persona que padece una enfermedad infecto-contagiosa de cualquier tipo, es obligada a mantenerse en cuarentena (esto es alejada del resto de las personas) hasta que su cuadro haya desaparecido, con el fin de proteger al resto de la sociedad, no podemos hacer lo mismo con un adicto a la pasta base? Y al enfermo que es puesto en cuarentena no se le pregunta si quiere quedarse en el hospital. Se tiene que quedar o quedar. Aquí se podría alegar también que se está violando entonces el libre derecho a la circulación y a la libertad del ser humano y bla bla bla. Bueno, con el tema de un adicto a la pasta base es todo una transa legal impresionante que hasta ahora no tiene solución. ¿Será porque la pasta base no es contagiosa? No será contagiosa pero mata personas generalmente de forma violenta. No será contagiosa pero deja familias desmembradas. No será contagiosa pero deja jóvenes inútiles e improductivos a la sociedad. No será contagiosa pero el enfermo induce a otras personas a drogarse. No será contagiosa pero hoy en día es uno de los principales disparadores de esta ola de violencia, delincuencia e inseguridad de la que la sociedad (yo incluido) tanto nos quejamos. Estoy seguro de que detrás de todo esto hay intereses económicos muy importantes que están luchando a capa y espada por la inacción de las autoridades, pero que la CLASE POLÍTICA TIENE UNA DEUDA IMPORTANTE CON TODOS NOSOTROS por este tema, no es ninguna novedad. Vamos, que el narcotráfico ni es culpa de la sociedad, ni es ésta la que se beneficia con él. Son los grandes centros económicos de poder que han hecho de éste un suculento negocio que les permite a unas poquísimas personas, además de hacerse millonarias algo aún más importante, controlar a las masas, y dirigir mentes y cuerpos a placer. Pero esto si bien es harina del mismo costal, no voy a profundizar en el tema.
Y como este artículo ya está fuera de los estándares de tamaño adecuados para este tipo de publicación, voy a hacer referencia solamente a un último punto que me parece importante, y que va dirigido no a las autoridades, sino al resto de la sociedad.
Yo creo que cada uno de nosotros tenemos que desprendernos de fanatismos, preconceptos o rencores, y entender de una vez por todas que las personas adictas a cualquier sustancia, pero especialmente a la pasta base, SON VÍCTIMAS Y NO VICTIMARIOS. Lo deja claro Yonatan cuando dice que él no quiere estar preso de la pasta base; o cuando dice que quiere tener un trabajo normal, algo que para nosotros los no adictos es casi una obviedad; o cuando expresa su deseo de algún día tener una familia con perro y todo. Yo pude ver detrás de la máscara de la adicción de Yonatan, una persona con deseos y sueños que muy tímidamente pedía a gritos por ayuda. Y me juego entero a que este patrón se repite en todas y cada una de las personas que han caído bajo las garras de esta droga. Yo sé que muchos tendrán ganas de gritarme a la cara en este punto más o menos lo siguiente: “Ahora puede ser que sean víctimas de una droga potente, pero son culpables de haberla probado por primera vez”. Y a estas personas yo les voy a contestar que en parte tienen razón. Es como aquel adolescente que prueba un cigarrillo por primera vez solo para ver qué gusto tiene, o para alardear frente a sus iguales. Es culpable, estoy de acuerdo. Pero hay dos cosas importantes a tener en cuenta en esta complicada madeja de hechos. Primero, la vulnerabilidad de las personas que son blancos de ataque de los hijos de puta que lucran con esta droga. Si revisamos el historial de vida de Yonatan, el cual es muy parecido al de miles y miles de niños, adolescentes y jóvenes de nuestro país, nos daremos cuenta de que la vida no ha sido nada fácil para ellos desde el vamos. Sé que a muchas personas quizás no les sea demasiado fácil ponerse en el lugar de una persona que ha nacido y vivido en la pobreza extrema (reconozco que para mí tampoco es fácil), pero creo que merece la pena el esfuerzo mental, ya que solo así podremos ponernos en la piel de alguien para quién tener un plato caliente en la mesa en invierno no es habitual. O sentir lo que sienten estos chicos al tener que pasar toda su corta vida deseando cosas, o preguntándose por qué razón ellos no pueden tener lo que otros chicos si tienen. Y algunos somos tan hipócritas de decir a viva voz y con aire de sabelotodo; “les damos plata para que se compren comida y se la gastan en un celular de última generación”. Y si, se la gastan en un celular porque es lo que han deseado tener desde siempre, y cuando tienen la posibilidad no lo piensan dos veces. A veces me cuestiono por qué razón para tanta gente es tan difícil entender este punto, y realmente no encuentro una respuesta concreta. Pero volviendo al tema, el punto es que a las personas que no tienen nada o casi nada, y que tampoco tienen muchas expectativas de que sus condiciones de vida mejoren, es bien fácil convencerlas de que la droga es un camino rápido y efectivo hacia la felicidad. También es fácil porque son niños y jóvenes sin contención familiar, sin estudios, sin preparación académica de ningún tipo, y sin advertencia real sobre el peligro que conlleva embarcarse en este viaje. Es fácil. Créanme que es muy fácil.
Y segundo y no menos importante queridos lectores, es que de nada ayuda a resolver el problema que a todos nos atañe, el saber el grado de culpabilidad de las personas a la hora de adquirir la adicción. Lo realmente importante en términos prácticos, es el ahora. ¿Para qué nos vamos a enfrascar en una discusión recriminatoria del por qué estas personas le abrieron las puertas a esta droga, si con eso no vamos a resolver nada? Creo que podrá calmar nuestros deseos más banales de descarga emotiva, pero lo que realmente vamos a hacer es perder el tiempo. Tiempo que nos hace falta y mucho. Sé que lo que voy a decir es un tanto apocalíptico, pero lo digo porque realmente creo que es así. Creo que en este tema de la pasta base y el daño que le está haciendo a nuestro sociedad toda, estamos acercándonos peligrosamente a un punto de no retorno. Considero que si no actuamos con celeridad y eficacia, el problema en poco tiempo será tan grande, que no nos van a alcanzar los recursos para poder solucionarlo. Pasado este punto, sucumbiremos a la resignación de que esta droga se siga fagocitando a nuestros jóvenes, y nos acostumbraremos definitivamente a vivir las 24 horas entre rejas en nuestras casas, hasta que también éstas sean en algún momento violadas por alguna horda de adictos desesperados.
Creo que el momento es ahora. Las condiciones políticas del país, el gobierno, y la oposición parecen estar más o menos de acuerdo en ciertos puntos importantes que atañen a este flagelo. Cada vez más y más organizaciones sociales sin fines de lucro se están involucrando, y poniendo gente y recursos para echar una mano a este tema. Me parece sentir que la sociedad toda está dejando de lado viejos rencores que no construyen, para empezar a pensar en el hoy, y en cómo enmendar los errores del pasado. Por eso estimados amigos, yo aún soy optimista. Hoy creo que se puede torcer el cauce de este río que se nos ha ido a campo traviesa, y volverlo a su cauce natural. Yo creo que se puede, y también creo que si todos creemos lo mismo y actuamos en consecuencia, esta creencia se va a volver realidad.
Que así sea.
NOTA: La foto de portada es solo a título informativo y no se corresponde con la identidad del entrevistado.
Esta historia me la contó una persona de mucha confianza, y realmente no tengo motivos para dudar de su veracidad.
Según cuentan se llamaba Larry Zhita, pero en el bar lo conocían como El Carca. Había nacido en Ucrania, aunque pasó toda su vida en Montevideo, ya que a los pocos meses de nacido sus padres se vinieron a vivir a Uruguay. Era grande en todo el sentido de la palabra; alto, ancho, gordo y profundo. Tenía 28 años, y no hacía absolutamente nada con su vida; nada, más que pasar sus días y noches en el bar de Braulio, comiendo y tomando cerveza hasta reventar.
Pero la principal característica de El Carca no era su increíble capacidad para ingerir litros y litros de alcohol sin derrumbarse, o de comer 4 porciones diarias de papas fritas con 6 huevos fritos sin pestañear (ni explotar); lo que lo hacía diferente era su risa. La risa de El Carca era distinta a la del resto de los mortales, por varios motivos. Primero, por el tono de la misma, el cual era extremadamente agudo, y le daba una consistencia tan latosa y chillona que realmente contrastaba con la gigantesca fuente emisora de su dueño. Segundo, por la desorbitante potencia, que aturdía a todo aquel que estuviera medio cerca. Tercero, por el bajo umbral que tenía para comenzar a reírse. Cualquier cosa le causaba risa; incluso cosas que a una persona normal apenas le dibujaban una mueca, a él lo hacían explotar en carcajadas. Y cuarto y principal, su duración. El Carca podía estar desde unos cuántos minutos hasta horas, riéndose sin parar de un mismo episodio.
Sus amigos de bar disfrutaban de esta particular característica de El Carca, y todo el tiempo le hacían chistes para despertar al monstruo de su risa. Pero una noche se les fue la mano. El Tuerto Bellavista entró al bar a eso de las 10, y se fue derechito a donde estaba El Carca, a contarle un chiste que acababa de escuchar. El Tuerto era particularmente eficaz para estos menesteres, y parece ser que el chiste fue uno de los mejorcitos que se habían escuchado por esos pagos. Una vez terminado, la barra se rió y aplaudió la exposición durante algunos minutos. Una vez concluido el efecto chistístico, el único que siguió riéndose sin menguar un ápice la intensidad de la expresión de júbilo fue El Carca.
Eran ya casi las 3 de la madrugada cuando el bar estaba por cerrar, y parece ser que este risueño muchachote seguía festejando el chiste de su amigo, como si recién acabara de escucharlo. Empujados casi a prepo por el dueño del tugurio, la barra se retiró del lugar a puro grito y carcajada. A eso de las 7 de la tarde del día siguiente, El Carca entró como todas las tardes al lugar, y aún seguía riéndose mientras recordaba el chiste de su amigo del día anterior. Era como si el botón de la risa se le hubiera trabado en “on”, y nada pudiera hacer al respecto. La noche continuó y el lugar comenzó a poblarse de parroquianos. Por momentos parecía que la risa de El Carca iba a llegar a su fin, pero enseguida revivía con nuevos bríos. Era como un ataque de hipo, pero de risa. La noche continuó entre botellas y risas, y nuestro alegre amigo si bien se lo veía de buen humor (...?), había comenzado a sentirse algo débil y cansado. Otra vez los echaron del lugar cerca de las 4 de la madrugada, y cada uno partió para su casa.
Al otro día eran ya casi las 8 de la noche y en el boliche resultaba extraño que El Carca aún no hubiese llegado. La barra estaba sentada en una de las mesas del rincón, en penumbras y hablando en voz baja. De pronto unas risas conocidas que venían de la vereda, atravesaron las paredes del viejo boliche y llegaron hasta el mostrador. No cabía ninguna duda de que era El Carca, y a la barra le volvió el alma al cuerpo. Entre risas abrió la puerta del lugar, miró fijo a la barra, les regaló una última carcajada, y cayó muerto.
Parece insólito, pero la autopsia reveló que murió de un paro cardíaco provocado por el esfuerzo extra que realizó el corazón de El Carca, al tener que soportar 36 horas de risa continua.
Cuando despertó, el silencio era tan profundo que por un momento creyó haberse quedado sorda. Le costó incluso algunos segundos darse cuenta dónde estaba y qué estaba haciendo en aquel lugar.
Seguía boca abajo y con los brazos cruzados bajo la barbilla; la misma posición en la cual se había quedado dormida dos horas antes. El deslumbrante resplandor del sol de las tres de la tarde asociado con la arena blanca, teñía el paisaje de una claridad blanquecina que lastimaba sus ojos. Sin mover siquiera un músculo, la piel de su cara, espalda y hombros, achicharrada y casi en llamas, notó la extremada y casi irreal ausencia de aire en el ambiente. Nada se movía; ni siquiera los diminutos cristales de arena que brillaban justo bajo sus ojos. Tampoco lo hacían los finos pastitos que algunos metros más allá, daban inicio al final de la playa, y auguraban la proximidad de la calle.
A Lucía le costaba respirar. No sabía si por las quemaduras que el sol había dejado en su espalda, o por la falta de aire. Con cada trabajosa y entrecortada inspiración que intentaba, el pesado aire que ingresaba a sus pulmones hacía que la piel de su espalda amenazara con rajarse como hoja seca, al tiempo que el dolor en la carne debajo de ella se volvía insoportable. Aún sin moverse, comenzó a presenciar la tambaleante huída de un cascarudo torito, que entre los pequeños montículos de arena que se extendían ante sus ojos, intentaba presuroso llegar a los pastos. Lo siguió con la mirada por casi un minuto; luego decidió tratar de incorporarse.
Al flexionar los codos para apoyar sus manos en la arena y poder así levantarse, creyó desvanecer. La visión se le nubló y los oídos se le taparon súbitamente. El dolor que quemaba como fuego en la carne y articulaciones era insoportable, pero aello se sumó además una rara liviandad de su cabeza. Casi no la sentía; era como cuando a uno se le duerme una pierna o un brazo por falta de irrigación. Puso su mano derecha sobre ella; estaba hirviendo. Una pesada somnolencia le impedía pensar con claridad y los ojos insistían en querer cerrarse a toda costa. Se quedó quieta otro par de minutos –o talvez más- hasta volver a tomar control de sus funciones.
Encontraba demasiado extraño el silencio; pero más aún, la ausencia de gente. Antes de dormirse, había a su alrededor varias personas. Recordaba muy bien a una joven pareja con dos niños pequeños, que hablaron con ella cuando llegó. Algo más allá había también un grupo de adolescentes jugando al fútbol. Una pareja de hombres veteranos bien bronceados, sentados en sus reposeras, y los cuales estaba segura de que eran pareja. Aunque era una playa algo alejada del centro, debido a las altas temperaturas que había en Montevideo por aquellos días, mucha gente se había tirado hasta allí en busca de un respiro al calor intenso. Lo cierto es que ahora no había nadie.
Cuando se sintió algo mejor, giró lentamente su cabeza hacia la derecha en busca de ayuda; luego a la izquierda. La playa estaba totalmente desierta. A ambos lados lo único que vio fueron kilómetros de blanca e inmóvil arena blanca; nada más. No se sentía el más mínimo ruido. No había movimiento alguno. Daba la sensación de que el mundo se había puesto en “pause” mientras dormía, y las personas se habían esfumado en el aire. Su cabeza estaba ahora algo más clara, y esta claridad trajo consigo una suerte de miedo súbito. O quizás angustia. Acto seguido, llegó la soledad. Pero no una soledad común y corriente, sino una soledad vacía. No era una soledad nacida de la ausencia de una persona, sino producto de sentirse sola en el mundo. La última de la especie, por decirlo de alguna manera.
Estaba exhausta. Sabía que tenía que levantarse pronto e irse de allí, pero las fuerzas la habían abandonado junto con las personas. El sol cayendo a plomo sobre su cuerpo durante dos horas, parecía haberle secado cada fibra de cada músculo de su cuerpo, y su cerebro, medio achicharrado también, no era capaz de tomar el control de la situación. De pronto, un sonido rápido y agudo la sacó de su letargo. Una gaviota le pasó justo por encima, en vuelo rasante desde el agua. “El mundo sigue andando”- fue el primer pensamiento que apareció en su mente, aunque el mismo fue boicoteado súbitamente por otro graznido similar al anterior, aunque algo más distante. Alcanzó a ver la sombra, y luego la silueta de otra ave volando hacia el interior de la tierra. Luego otra; y otra... y otra. En pocos segundos el sonido era abrumador. Desde su posición boca abajo y alzando un poco la mirada, vio un espectáculo de movimiento tan asombroso como el de inercia que había contemplando desde que despertó. Eran cientos, miles de pájaros alejándose en bandada del océano. A baja altura, el sonido del batir de sus alas era casi tan abrumador como el de sus graznidos. La sombra provocada durante algunos minutos por la nube de aves le puso un freno temporal a los mortales rayos del sol, y permitió a Lucía ingerir un poco de aire fresco. Impulsada por sus manos, elevó el torso del suelo y logró ponerse de rodillas. La nube de aves estaba llegando a su fin.
Ya incorporada, vio pasar sobre su cabeza la última gaviota rezagada. El cielo volvió a quedar vacío, y el sol retomó su mortal reinado. Algo en cambio no era como antes. El silencio absoluto se había marchado, y en su lugar había quedado una especie de bruma sonora cuya intensidad iba en aumento. Una suave brisa proveniente del océano movió hacia adelante sus cabellos sueltos y le rozó los hombros, como queriendo llamar desesperadamente su atención. Instintivamente giró su cuerpo hacia el agua.
Tuvo que subir su mirada 45 grados para poder verla completa. La pared de agua de la altura de un edificio estaba a pocos metros de la orilla y avanzaba tranquila, silente, arrasando todo a su paso. En un segundo el sol se ocultó tras ella y el día se hizo noche. Una lágrima triste de resignación corrió por su mejilla, como queriendo escapar de lo inevitable. Lucía supo que era el fin.
Hoy inauguramos en EL SERRUCHO una nueva sección llamada simplemente CINE.
En un derroche de atrevimiento y desparpajo casi sin precedentes de mi parte, la idea es ponerme cada tanto el traje de crítico de cine (el cual me queda obviamente muy holgado), y compartir mi parecer sobre ciertas películas que, por algún motivo, hayan despertado mi interés.
La idea comenzó a gestarse esta semana, gracias a que por diferentes motivos llegaron a mis manos tres o cuatro películas que me han gustado mucho, al punto de sentir la necesidad de compartirlas. Pero la gota que derramó el vaso y me empujó definitivamente al ruedo cinematográfico, fue el hecho de volver a mirar una que había visto hacía bastante tiempo, y que había tocado de manera especial mis fibras más íntimas.
Es con ésta película entonces que voy a iniciar esta nueva sección la cual espero sea de su agrado.
DOS HIJOS DE FRANCISCO es en definitiva la consabida historia de dos hermanos pobres que sueñan con ser famosos algún día por medio de la música.
Si bien este cuento puede parecer trillado y muy proclive a caer sin ningún esfuerzo en lugares demasiado comunes y contados en el cine hasta el hartazgo, la diferencia la hace la calidad. Es una clara muestra de cómo una historia bien contada, no por común está condenada a ser mala. En este caso, la calidad tiene varias patas. En primera instancia, el diferencial viene de la mano de sus protagonistas, encabezados por Ángelo Antonio (Francisco), los cuales rayan en varios pasajes de la película, niveles de excelencia. Destaco además la magistral actuación de dos niños, Dablio Moreira y Marcos Henrique, los cuales le inyectan la dosis justa de frescura e inocencia, absolutamente fundamental para el éxito del producto final. En segundo lugar, aunque en el mismo nivel de importancia, está la excelente dirección de Breno Silveira, el cual le aporta a la historia, entre otras cosas, un marco general que protege, acompaña y enhebra en todo momento, el buen trabajo de los actores. Del guión, Patricia Andrade y Carolina Kotscho, destaco la sencillez casi precaria e inocente de los diálogos, que despoja a los actores de cualquier grandilocuencia, e instalan al espectador en una posición espiritual casi compasiva y protectora para con los protagonistas. Y como dos últimos engranajes dignos de destaque, se encuentran la fotografía, a cargo de Andre Horta y Paulo Souza, mostrando el interior de Brasil de manera sublime, y la música, dirigida por Caetano Veloso. Éste último no necesita presentación ni créditos de mi parte.
La historia está basada en hechos reales, y cuenta la historia del conocido dúo brasileño de música regional Zeze di Camargo e Luciano, desde sus inicios hasta que alcanzan la popularidad. Una familia extremadamente pobre que vive en una zona rural del interior del estado de Goiás, con muchos hijos, y la firme decisión de un padre labrador y sin estudios al que sus amigos llamaban “el loco”, de convertir a dos de sus hijos en conocidas figuras del mundo de la música. Con mucho esfuerzo compra a su hijo mayor de 11 años Mirosmar (Dablio Moreira) un acordeón, y junto a su hermano Emival (Marcos Henrique) les da las primeras instrucciones sobre cómo pararse en el escenario, saludar, etc., al mismo tiempo que comienza a presentarlos en diferentes festivales locales de música. En este largo camino a la fama, suceden muchas cosas, buenas y malas. Un abandono obligado de su humilde casita en el campo yun traslado a la capital, Goiania. Sin conocer nada ni a nadie, el padre comienza a trabajar en la construcción mientras la madre (Dira Paes) cuida de sus siete hijos. Rompe el alma ver cómo Mirosmar (12) y Emival (10), al sorprender a su madre llorando con su hijo menor en brazos por no tener nada que darles de comer, toman su vieja acordeón y deciden ir por su cuenta a cantar en la estación de ómnibus, en busca de conseguir algo de dinero. La historia de vicisitudes continúa por largo tiempo, encontrando solamente alegría cuando cosechan, además de algún billete, el aplauso afectuoso de la gente que los escucha. Luego un representante que lucra con ellos. La tragedia que golpea a la familia de la manera más cruel, y arroja los sueños del padre y la carrera de los chicos por la borda. Dicen que luego de estar en el piso no se puede caer más, por lo que de ahí en adelante, si bien las cosas no fueron fáciles, se podría decir que comenzaron a marchar en forma ascendente. Un niño que se transforma en hombre. La llegada del amor, y una joven mujer que apoya a su esposo a muerte en la concreción de su sueño musical. Más tarde y luego de no pocos sacrificios, la explosión, y la concreción de lo que hoy es Zeze di Camargo e Luciano, un dúo que lleva vendidos más de 22 millones de discos.
La película si bien tiene unos cuántos momentos álgidos y de honda tristeza que nos hacen (al menos a los menos fuertes) humedecer los ojos, no pierde en ningún momento la frescurani la chispeante alegría de sus diálogos, producto quizás de la pobre inocencia de los personajes.
Desde mi punto de vista, una película de gran calidad técnica y artística. Largamente recomendable además, sobre todo para los que encontramos en las lágrimas hijas de la emoción, ya sea del sufrimiento o de la alegría, una forma de desintoxicarnos de las cosas malas de la vida, y por qué no también, la excusa perfecta para seguir tratando de ser mejores personas.
Si te interesa verla, acá te dejo un link de decarga (pero no digas nada ¿ta?).
Hace ya varias semanas que estaba por dedicar unas pocas líneas a éste tema, pero realmente no había encontrado el momento apropiado para hacerlo. Hoy viernes santo y con la compañía de un recién aprontado mate amargo, lo encontré. Es que no es un tema tan urgente y grave como para hacerme posponer otros en pos de dedicarle un espacio, pero si lo suficiente como para no dejarlo pasar. El asunto es así.
Desde hace varios meses, los habitantes de Montevideo y zonas aledañas (no tengo conocimiento de si en el interior del país también sucedió) comenzamos a ver en ciertos lugares de la ciudad, carteles similares al que arriba se muestra. El mismo da cuenta de una chica extraviada, y no aporta más datos que su nombre: ELISA. Como era previsible, esto generó en mí –por lo que asumo que también lo hizo en la gran mayoría de los ciudadanos-, cierta incertidumbre acerca del origen de este cartel. Si bien era tan solo una hoja tamaño A4 impresa en calidad media, como lo podría hacer cualquiera de nosotros en nuestra casa, si me llamó la atención el gran rango geográfico que cubría. De todas formas, asumí que esto se debía quizás a un alto poder adquisitivo de la familia de la chica perdida, que les había permitido, no solo imprimir un gran tiraje de copias de dicho volante, sino también contratar personas para que lo distribuyeron por diferentes zonas de la capital.
El asunto es que hace unas pocas semanas nos enteramos, de que el famoso cartelito de la niña perdida no era otra cosa, que la primera instancia de una campaña publicitaria creada para anunciar la llegada de una nueva telenovela: ¿DÓNDE ESTÁ ELISA? Si bien es cierto que este tipo de publicidad, además de ser económica suele ser bastante efectiva para generar curiosidad e intriga, además de construir una especie de cimiento o piso en la conciencia de la gente, generando una base más firme y segura sobre la cual asentar posteriormente el producto, es la primera vez que (al menos por estas latitudes) la usan con un tema tan delicado.
Desde mi punto de vista, considero que con esta acción a la agencia de publicidad (que lamentablemente no he podido descubrir cuál es) se le fue la mano. Me parece a mí que la misma no midió consecuencias a largo plazo a la hora de planificar dicha campaña, y si lo hizo, las desestimó. Una cosa es crear intriga en el público objetivo con mensajes misteriosos o nombres aparentemente sin sentido, pero otra bastante distinta es planificar concientemente una mentira. Máxime cuando esa mentira toca un tema tan escabroso y duro como lo es una persona desaparecida. Todos sabemos de qué estoy hablando.
No me voy a extender mucho más sobre el tema, porque lo que quería en realidad era dar un pequeño y silencioso tirón de orejas al ideólogo de esta campaña publicitaria, dando mi opinión sobre el tema. Todos sabemos que los medios de comunicación masiva, entre los cuales se encuentran las agencias de publicidad, tienen la sartén por el mango, y son capaces de generar en la gente conceptos, conciencia, y hasta certezas, a voluntad. Es por esto que deben ser muy cautelosas a la hora de sacar una campaña a la calle. ¿Qué pasará por mi cabeza de aquí en más, cada vez que vea un cartel pegado en un árbol con la cara de una persona perdida? Es bastante probable que se me genere al menos, la duda de su veracidad.
¿No sería quizás adecuado/conveniente por parte de las autoridades competentes, generar alguna traba legal que impida a las agencias de publicidad pergeñar y llevar a la práctica cierto tipo de publicidad?
Creo que es un tema al menos para que lo consideremos.