Páginas

lunes, 22 de noviembre de 2010

DIENTES AL HORNO

Por Hernán Barrios


Gráficos: CASIANIMAL
El fin de semana pasado hice de apuro la mochila, y me fui para Flores. El domingo por la mañana estuve en la casa de mi padre, tomando mate y hablando de todo un poco. No recuerdo cómo salió el tema, pero entre otras cosas, me estuvo contando algunas historias de mi abuelo Liberato –así como lo leen-, su padre, quién falleció hace ya como 10 años. Algunas me parecieron particularmente graciosas, por lo que he decidido compartirlas con ustedes, bajo la etiqueta de CUENTOS DE MI ABUELO. Antes, me parece necesario hacer una breve reseña acerca de este señor, a fin de que logren hacerse una imagen más acertada de lo que les voy a contar.

Mi abuelo Liberato era hombre de campo. Pero no estanciero, que es otra cosa, sino peón de campo, o en el mejor de los casos, capataz. Trabajó en él desde niño y hasta que se jubiló, digamos como a los 60 años, pasando luego a vivir, junto con mi abuela Herlinda –también así como lo leen-, en una casa que habían comprado algunos años antes, en Trinidad. Era un hombre bastante alto, de complexión gruesa, rostro adusto y manos callosas. Además, y al decir de mi padre, era “bruto como un arado”, haciendo referencia a una forma de ser directa y con pocos o ningún vericueto, tal como dictan la costumbres campestres. Recuerdo que incluso hasta bien entrado en años –vale aquí decir que murió a los 93-, tenía un caminar rápido –por no decir atropellado-, y un andar erguido. Sin ningún esfuerzo lo veo ahora llegando a mi casa, con las manos detrás de la cintura, pañuelo al cuello, y con mi abuela, mucho más petisa y de piernas cortas, 10 metros más atrás.

Mi abuela falleció primero, por lo que mi abuelo continuó viviendo sólo, en su vieja casa de la calle Manuel Oribe, unos cuántos años más. Según cuenta mi padre, a una de las cosas a las que nunca se pudo acostumbrar, por más que lo intentó, fue a las dentaduras postizas. Por este motivo, tuvo varias, por no decir muchas, a lo largo de su vejez. El tema es que como nunca le quedaban bien, según él porque se las hacían mal, cada vez que le entregaban una nueva, no tenía otra que hacerle algunos pequeños retoques con un cuchillo. De esto puedo dar fe, ya que más de una vez recuerdo haberlo visto sentado en su sillón honguito, meta raspar la dichosa dentadura, con su gastado pero filoso cuchillito. Se podría decir que mi abuelo tenía, entre otras, una maestría honoraria en ortodoncia. De todas maneras, y pese a sus denodados esfuerzos por que la dentadura le quedara cómoda, lo único que generalmente conseguía luego de largas sesiones de raspado, era que le quedara floja, y que luego se le anduviera cayendo.

Aquella mañana se encontraba como todas las mañanas, sentado en su sillón, mate y termo de un lado, un vasito con caña con pitanga del otro, y en el medio él, con los dientes en la mano, y tratando de dar forma a su nueva dentadura postiza, la que según sus propias palabras, le quedaba demasiado ajustada. Cansado ya de darle vueltas a aquel artefacto y viendo que no conseguía su objetivo, se le ocurrió una idea genial: ponerla un par de minutos en el horno de la cocina económica, para ablandarla. Cocina económica se le decía a aquellas cocinas de hierro que funcionaban a leña, y que en épocas de frío tenían la doble función de cocinar y de calentar el ambiente al mismo tiempo. Se prendía temprano, para hervir la leche –la cual dejaba el lechero más temprano aún-, y para comenzar a calentar la casa. Supongo que el apodo de “económica” debe venir del hecho de que en esa época la leña era barata; actualmente seguro que la llamaríamos de otra manera.

El tema es que el abuelo puso la dentadura en un platito de lata, y luego introdujo ambas cosas, con mucho cuidado, en el horno. Era cuestión de darle solo una calentadita ligera, para que al ablandarse por el calor, pudiera ser deformada con mayor facilidad. Hasta aquí todo muy lindo, pero en su milimétrico plan el abuelo no tuvo en cuenta los imponderables de siempre. Sucedió que inmediatamente después de haber puesto la dentadura en el horno, llamaron a la puerta, y fue a atender. Era don Pereyra, un viejo amigo que dos por tres pasaba a visitarlo y a conversar –supongo yo-, de tiempos ya idos. Se estarán haciendo, estimados lectores, una idea del final de esta historia.

Don Pereyra pasó, mi abuelo le sirvió una cañita, y se pudieron, entre mate y mate, a conversar. Según mi padre, la visita del amigo duró, más o menos una hora.

No fue sino hasta que lo hubo acompañado al zaguán y despedido, que mi abuelo volvió a tomar contacto mental con su anterior tarea, que era la pulseada que estaba teniendo con su dentadura postiza. Medio enredado en sus viejas alpargatas bigotudas, y supongo que ya medio resignado a la fatalidad, recorrió lo más rápido que pudo el largo corredor que lo separaba de la cocina, y por ende, de sus dientes. Agarró la manopla y abrió, angustiado, la pesada puerta del horno, como quién abre las puertas del infierno. Con la misma manopla sacó el plato metálico, y lo puso sobre la mesa de madera.

Según su relato posterior, el cual aún filtrado por mi padre sigue siendo muy cómico, el espectáculo era dantesco; por no decir desolador. Su flamante dentadura nueva se había convertido, de buenas a primeras, en una especie de aplastada tortilla bucal, y mi abuelo, parado junto al plato, no podía hacer otra cosa que mirarla insistentemente, tratando de comprender lo que veía. “Las piezas estaban enteritas”, repetía una y otra vez en sus relatos posteriores a la comunidad. Enteritas sí, pero desparramadas por todo el plato. Dicen que aquello era un revoltijo deforme de dientes, muelas, alambres y plástico derretido. Irreconstruíble e irreconocible, por partes iguales. Parece que a pesar de todo, y movido quizás por su porfiado impulso campero, tuvo un tímido intento de tratar de armar aquello, pero desistió muy rápidamente. Ni el más encumbrado de los especialistas hubiera podido reconstruir aquella boca achicharrada. Una vez que logró salir del estupor y de que la tortilla se hubo enfriado, cazó el plato, y tiró su contenido a la basura. Nada más había por hacer.

Luego parece que montó en cólera y juró que le iba a hacer pagar los dientes a don Pereyra, el cual según su forma de ver, era el único culpable de aquel accidente. “Viejo de mierda; ¿no tenía otro momento para venir a visitarme?”, dicen que repetía una y otra vez, a quién se le cruzara en el camino. Al día siguiente lo vieron salir de su casa, con sus mejores galas, rumbo al dentista, una vez más.


sábado, 13 de noviembre de 2010

GOLPE AL TIEMPO

Por Hernán Barrios

PUÑO JOVEN, CARA VIEJA


Esto sucedió ayer y lo sé de buena fuente.


El escenario, la calle. Los participantes, un hombre joven, 19 años, lleno de energía, grande, fuerte, y con casi toda la vida por delante; y un hombre viejo, 63 años, esmirriado, enfermo, débil, y con casi toda la vida por detrás.


El hecho, una trompada, solo una; fuerte, dura, sorpresiva, envenenada, lapidaria, terminal, del joven al viejo.

El desenlace, la cama de un hospital para el hombre viejo, y estudios varios.


Tengo 36 años. Luego de enterarme de esta historia, y tratando de dejar a un lado mi inmediato sentimiento de indignación, hice el ejercicio mental de ubicarme en mis 19. Recorrí nuevamente las calles de mi Trinidad natal; la plaza Constitución; las noches de juerga; los bailes con algún que otro lío que me involucró; los amores adolescentes; los amaneceres en el parque Centenario. Me quedé en mis 19 un rato, tratando de imaginarme descargando mi vehemencia juvenil sobre el rostro arrugado de un hombre viejo, y no lo conseguí. Busqué motivos, pretextos, traté de recrear en mi cabeza las condiciones ideales que me llevaran a tamaña cobardía, y no pude.


Pegarle a un viejo, a una mujer, o a un niño, eran hechos que no estaban admitidos dentro de los códigos morales de mi tiempo. ¿Qué pasó desde ahí hasta acá? ¿Quién cambió sin aviso y para mal, las reglas de juego? ¿Dónde fue a parar la moral? ¿En qué cruce de caminos se encontraron la cobardía y la valentía, y dieron a luz un híbrido incapaz de ajustarse a ética alguna?


Parece que el RESPETO A LOS MAYORES pasó de moda, en pos de dar paso al DERECHO A LOS MENORES. Y me pregunto; ¿no se nos estará yendo la mano con la dosis de libertad, independencia, derecho a decidir, a elegir, y el libre albedrío que estamos inculcando a nuestros niños? ¿No será que en ese “dejar ser” bien intencionado que la sociedad pregona para las nuevas generaciones, nos estamos olvidando de marcar los lineamientos mínimos e imprescindibles, para una correcta convivencia social? ¿No habremos dejado en desuso en nuestras casas la palabra VALORES por usar mucho la palabra BIENES? ¿No les estaremos enseñando a nuestros chicos mucho sobre DERECHOS y poco sobre OBLIGACIONES? ¿No le estaremos dedicando mucho tiempo a la XO verde y chiquita, y demasiado poco al diálogo y la palabra? ¿No les estaremos entregando señales equivocadas, dándoles a entender que lo importante es el fin y no el medio, que la emoción debe primar sobre la razón, y el individuo sobre la sociedad? ¿No será que el EFECTO que provoca nuestra nueva, moderna y acelerada forma de vivir, es la falta de AFECTO?


Son solo preguntas que me hago y que hago a quién quiera pensar conmigo. Son solo reflexiones hijas de la rabia, la indignación y la tristeza.


Mis puños, ni tan jóvenes ni tan viejos, piden a gritos venganza por mano propia, aunque por el momento los conquisté para que se remitan, a escribir estas líneas. Porque ese puño joven e irreverente es el de un desconocido, pero esa cara vieja y resignada, es la de mi padre.


Y esa trompada al tiempo, me duele casi tanto como a él.

jueves, 28 de octubre de 2010

HASTA SIEMPRE SABALERO

Por Hernán Barrios

Hace pocos días, al levantarnos, los uruguayos de aquí y de allá, nos topamos de frente con una noticia fea, fría, amarga. Un amigo cantor había dejado su cuerpo viejo, canoso, algo cascado por la vida, y había partido en busca de otras musas, de nuevos colores, de nuevas historias. Un manto gris de fría tristeza nos cubrió a todos, aquella mañana. Y lloramos.

El Sabalero se fue como vivió; sin grandilocuencias, sin aspavientos, sin estridencias. Su partida fue como sus canciones, en secreto, susurradas. Se fue calladito y sólo por la puerta de la cocina, como para no molestar, ¿vio? Se fue tranquilo, sereno, y seguramente tan solo se llevó algún que otro verso con olor a humo, con gusto a pueblo, que tenía pensado regalarnos dentro de poco. El loco se fue, pero nosotros nos quedamos. Nos quedamos con un abrazo vacío, ausente, y con el pecho estrujado de bronca. ¿Cómo te vas a ir sin despedirte, hermano? Nos quedamos con las ganas de quererte un poco más; de mimarte un poco más; de abrazarte; de agradecerte. Si, de agradecerte.

A los de afuera, a los que no lo conocieron, les cuento que José Carbajal -El Sabalero, que es cómo lo conocían desde que me conozco, y antes-, fue sobre todo, un alma sensible. La más sensible quizás. Capaz de descubrir en las cosas más sencillas, la belleza de la vida, y con la casi divina capacidad de convertirlas en palabras, también sencillas, para compartirlas con nosotros. El Sabalero era, definitivamente, un hombre de pueblo, de barrio, de familia. Un hombre al que la vida, por diferentes circunstancias llevó lejos en cuerpo, pero a cuya alma jamás pudo despegar ni un centímetro de su tierra, y de su gente.

Su poesía era sencilla, y sus versos estaban llenitos de imágenes tibias, cálidas, y muy pero muy queribles. Sus palabras eran fotos, viejas, amarillentas, manchadas por el tiempo; fotos testigos de una niñez ya ida hace rato, pero más viva que nunca. Una niñez que era suya, pero que también era mía, de aquel, de todos. Él le cantó a su pueblo, pequeño y sencillo. Le cantó a su barrio; le cantó a su padre y a su madre; le cantó a su mujer, a sus amigos, a sus vecinos, a su casa encantada, a los que no estaban, y a ese pedacito de tierra y agua, llamado Villa Pancha.

Sus canciones volaron de boca en boca y de pueblo en pueblo, hasta perderse de vista. Sus canciones viajaron lejos, pero él no se fue con ellas, él se quedó acá, en su tierra. Con el tiempo, sus canciones dejaron de ser sus canciones, para pasar a ser las canciones de todos. Ahora, ya son nuestras canciones; las que cantamos en la escuela, en el liceo, en la plaza, en el parque, en el boliche.

Te fuiste Sabalero, y nos dejaste unas ganas bárbaras de darte un último abrazo, y de decirte gracias. Gracias por tus palabras pobladas de magia y por tu voz, desgarrada y prepotente. Pero sobre todo gracias, muchas gracias, por demostrarnos hasta el cansancio, que las más grandes y hermosas cosas de la vida caben, sin ningún esfuerzo, en la sonrisa de un niño, en la casa más humilde, y en los ojos sinceros y enamorados, de una mujer.

Hasta siempre José.










miércoles, 6 de octubre de 2010

LECTURA SANITARIA

Por Hernán Barrios

RELATO COLATERAL

Gráficos: CASIANIMAL
Con este post doy inicio a una serie, que va a intentar hacer un sucinto análisis de los cambios conductuales que con el paso de los años, vamos teniendo las personas. No es mi intención hacer un juicio de valor sobre estos cambios, sino más bien dejarlos en evidencia, y tratar de desarrollar, al menos una somera explicación sobre las posibles causas que los provocan.

A riesgo de herir susceptibilidades y hasta de ser algo ordinario, voy a tomarme para esta serie la licencia de volver a las fuentes, y usar el lenguaje “casero” y “pueblerino” con el cual comencé este blog (allá por el año 2007), el cual por cierto es ampliamente preferido por mis amigos más cercanos.

Como principio tienen las cosas, voy a comenzar desplegando una idea que hace varios meses me viene dando vueltas en el intestino grueso, y que atañe principalmente –creo yo-, al sexo masculino.


LEER EN EL BAÑO

¿Alguien me puede explicar por qué carajo los hombres después de los 30, empezamos a llevarnos al baño algo para leer, mientras nuestro organismo se deshace de lo que ya no necesita? Me parece que fue ayer cuando miraba extrañado a mi padre pasar hacia el defeckroom, con el diario en la mano. Mi inocente cabeza de niño no alcanzaba en ese entonces a comprender el motivo de aquella adulta conducta, y a decir verdad, tampoco fue un tema que en su momento me haya quitado el sueño. Hasta ahora. Parece que tarde pero seguro, me ha llegado la hora de preguntarme el por qué de ciertas cosas. Y bueno, empecé por ésta, que aunque a simple vista a muchos pueda parecer una banalidad, yo creo realmente que la relación existente entre el adiós definitivo a aquellas sustancias que primitivamente nos sirven de nutrientes, y la ingesta ocular de palabras, no es un tema menor. Es más, creo fehacientemente que dicho tema debería ser estudiado y debatido en profundidad por eruditos en la materia. Sin embargo y a falta de ellos, aquí estoy yo para desmenuzarlo.

Eso de que los hombres nos llevamos el diario para leer sentados en el water, no es cierto. O al menos, es cierto pero solo en parte. En realidad lo que necesitamos es algo que distraiga nuestros apéndices pupilares, nos entretenga, (en caso de que además de esto también nos instruya, obvio que es mucho mejor), y nos calme esa ansiedad y vacío espiritual que nos genera el hecho de estar sentados ahí, sin hacer nada constructivo, y encima dejando parte de nosotros en dicha empresa. Cualquier cosa que tenga letras sirve y da exactamente lo mismo. Un diario, una revista, un libro o un boleto. Pero a falta de cualquiera de estos elementos, y como dije anteriormente, podemos echar mano a lo que venga. Yo me he encontrado en casa ajena –disculpen la infidencia- leyendo el menú del celular, leyendo la bolsa del jabón en polvo, y hasta leyendo las minúsculas letras de la parte de atrás del frasco de champú. Lo dicho, cualquier letrita sirve.

Pero las dudas que se me plantean son en líneas generales, dos. Primero: ¿por qué esta extraña conducta defecto-lectora comienza a determinada edad y no antes? Segundo: ¿por qué solamente en los hombres y no en las mujeres?

En el tema de género, da para suponer que en realidad debería ser al revés, ya que son ellas las que gracias a ese estreñimiento crónico que en líneas generales suelen sufrir, las que deberían necesitar un entretenimiento extra para soportar esas duras y extensas cruzadas que les supone ir de cuerpo. Pero no, nos sucede a nosotros, que generalmente en lo que a humedad analítica y velocidad sorética se refiere, solemos ser mucho menos problemáticos. Además, si al menos la tarea antes mencionada, durara lo suficiente como para llegar a incrementar en algo nuestros deprimidos intelectos, estaría en parte justificada tamaña conducta. Pero no, lo más lindo de todo es que dada la impronta y la eficaz diligencia con que solemos hacer uso los hombres de las instalaciones sanitarias, generalmente no llegamos a leer siquiera completa, una página del libro o folleto de turno. Sin ir más lejos, y tratando de darle un matiz divino a la gloriosa tarea del desagote intestinal, yo hace como 6 años que me hago acompañar por LA SANTA BIBLIA, y para serles franco y gracias a DIOS, no he podido pasar del EXODO.

Sea como sea, yo estoy convencido estimados amigos, de que la lectura tiene en los seres humanos, un efecto que se mimetiza con el entorno edilicio en el cual la llevamos a cabo. ¿Qué quiero decir con esto? Que dependiendo del lugar de la casa en que nos pongamos a leer, va a ser el efecto colateral que sobre nuestro cuerpo, va a tener dicha lectura.

EJ.: Si leemos en la cocina, nos da ganas de cocinar. Si leemos en el dormitorio, nos da ganas de dormir. Si leemos en el baño, nos da ganas de cagar. Fin de la historia.

NO ME DIGAN NADA; ESTE POST ES UNA MIERDA.

sábado, 25 de septiembre de 2010

PRESENCIA DE VIERNES

Por Hernán Barrios

Gráficos: CASIANIMAL
Era un día como cualquier otro. No pasaba de las 9 de la noche. Lucia había salido con sus amigas, y yo estaba en la PC tratando de escribir. Culpando de mi vacío creativo a mi también vacío estómago, recuerdo haber pedido algo a la pizzería. Hasta poco antes, había estado tomando mate, pero lo había dejado porque me estaba provocando nervios al estómago. Ese viernes, había estado particularmente nervioso. O alterado sería quizás, el término más adecuado.

Tenía dos de las luces del living encendidas, la de la lámpara sobre el escritorio y la del techo. Seguía sin poder escribir una palabra. Miré la hora, porque me pareció que mi comida estaba tardando más de la cuenta, pero no era así. Eran las nueve y veinte. Mi falta de concentración era extrema, y eso me estaba poniendo de mal humor. Mis ojos iban y volvían desde el cursor de la computadora, blanco, titilante, desesperante, hasta el portero eléctrico, mudo, impertérrito. Casi estaba empezando a creer que ambos se habían puesto de acuerdo para no complacerme. El apartamento estaba silencioso. Un silencio gigante que solo era desafiado apenas, por el perseverante zumbido del ventilador de refrigeración de la PC. Nada salía de mi cabeza, ni una idea, ni una palabra. Nada de nada.

Mis ojos volvieron por enésima vez a posarse, exigentes, amenazantes, sobre el monitor. De pronto, rompió la armonía lo que en ese momento me pareció un fugaz bajón de corriente. Fue apenas. Casi imperceptible. El cursor quedó fijo, inerte. Acerqué mis ojos a la pantalla para corroborar esa extraña inmovilidad, pensando que la máquina se había colgado, cuando de golpe, y en clara Arial Black, aquella palabra se disparó: “HOLA”. Recorrió mis ojos, cerebro, estómago, y golpeó mi corazón hasta casi hacerlo explotar; todo de una vez. Mis brazos y piernas quedaron rígidos como madera, cuando me pareció además percibir, en el límite de mi campo visual, a mi izquierda, una sombra intrusa. Casi una silueta. Pasó un segundo, dos, tres. No me animaba a mirar. Estaba tieso, frío, me costaba respirar. Sentía efectivamente una presencia a mi izquierda. A unos cinco metros, talvez cuatro, que me observaba. Pasaron cinco segundo, seis, siete… diez. Giré la cabeza.

Lo último que recuerdo son dos ojos negros, enormes, profundos, no humanos, a treinta centímetros de mi cara, y unos brazos flacos y largos que me rodeaban. Luego, nada.

Ya era casi mediodía cuando me despertó el ruido de tachos y el olor a comida, provenientes de la cocina. Al sentirme despierto, Lucía vino al dormitorio a darme un beso. “Buenas tardes dormilón”- dijo en tono burlón y con absoluta normalidad. “¡Se te pegaron las sábanas!”. Y abrió las cortinas de un tirón. Hice un esfuerzo extraordinario por tomar la mayor conciencia posible. Luego de un rápido examen visual de mi situación, comprobé que efectivamente estaba acostado en mi cama, tapado, sin ropa, como todas las noches. Era sábado.

Hoy hace una semana exacta que me ocurrió este episodio, y Lucía sigue afirmando que debe haber sido un sueño. La entiendo. ¿Qué más podría pensar? Yo por lo pronto, sigo confundido. ¿Por qué no tengo al menos un vago recuerdo, del momento en que me fui a acostar aquella noche? O de cuando apagué la computadora. O de cuando recibí al muchacho de la pizzería, y me comí casi toda la milanesa con fritas. Realmente, no lo sé. Tengo en mi cabeza un vacío temporal que me angustia e incomoda. Alivio estos sentimientos, tratando de convencerme de que hay cosas que pueden ser producto de mi imaginación, provocadas quizás por el cansancio, fruto del exceso de trabajo. O directamente locuras mías nomás. Pero hay otras que ni siquiera así son mitigadas. ¿Como se explica, que tanto el reloj de la computadora como el de mi teléfono celular, quedaron colgados marcando las 21:30?

Yo no sé qué me pasó esa noche amigos. Quizás alguno de ustedes me pueda dar alguna pista. Es por eso en realidad, que me atreví a compartir mi experiencia con ustedes.

martes, 21 de septiembre de 2010

NOMBRES DE LECHE

Por Hernán Barrios

Esta es una idea que vengo manejando desde hace algún tiempo, pero que recién hoy a la mañana, y en parte gracias al empujón anímico dado por un compañero de trabajo, me decidí a publicar. Es por esto que en un rato, luego de compartirla con ustedes, estimados lectores, la mando sin más vueltas al Parlamento Nacional. El tema tiene que ver con el nombre de las personas.


¿Cuántas veces hemos oído decir a la gente, que no está conforme con alguno de sus nombres? No les gusta el primero y usan el segundo; o no les gusta el segundo y usan solo el primero; o directamente no les gusta ninguno de los dos, y optan por usar, a desgano, el menos feo según su criterio. Ni hablar a aquel que no le gusta el nombre, y encima es el único que le pusieron. Un desastre.


No tengo demasiado claro la razón por la cual sucede esto, pero todo parece indicar que los padres, en una profunda crisis de estupidez, provocada por el inminente advenimiento de un hermoso Ser que será sangre de su sangre, pierden temporalmente el sano juicio, y con él la capacidad de discernir entre lo lindo y lo feo. Les pasa con los nombres, lo mismo que con las criaturas en sí, que les parece la más bella del mundo, a pesar de que en realidad sea un pequeño monstruito. Pero, todos sabemos que no por pequeño tiene necesariamente que ser lindo. Esa es una de las teorías, a la cual me aferro con fuerza. La otra, es que los nombres pasan muy rápidamente de moda. ¿Qué quiero decir con esto? Que en el momento en que los… la madre (vamos a decir las cosas como son), le elige el nombre al bebé, seguramente tenga éste –el nombre- toda la onda, pero cuando el niño empieza a tener conciencia cabal de su nombre y lo que en sus fibras más íntimas provoca, es bastante probable que dicho nombre ya haya quedado vetusto. Por ende, el bello nombre que los padres con tanto ahínco y dedicación buscaron para su hijito/a del alma, y el cual por falta de acuerdo casi provoca la ruptura de la pareja, al gurí en sí le resulta horrible. Una tragedia.


Por lo expresado anteriormente, el proyecto que en primera instancia voy a mandar a la Cámara Baja, tiene un nombre que, como buen padre que soy, me resulta genial: NOMBRES DE LECHE.


La idea es muy sencilla, económica, y por ende muy fácil de implementar. No les costará mucho deducir a los avezados lectores, que el nombre del proyecto es una analogía con los dientes de leche.


Por obvia incapacidad momentánea del interesado en cuestión, los padres seguirán como hasta ahora eligiendo el nombre de su descendencia, pero con la salvedad de que estos nombres serán, por decirlo de algún modo, no definitivos. Será un nombre que usará el individuo, hasta que tenga una capacidad de discernimiento tal, que le permita elegir el que realmente quiere tener. Mediante convención, esto podría fijarse digamos, a la edad de diez años. Llegado este momento, el nombre transitorio que los padres le pusieron en el momento de nacer, legalmente caerá, debiendo ser reemplazado mediante un gratuito y sencillo trámite, por el definitivo.


¡No me digan que no es una buena idea! ¿Saben los millones de pesos que podrán ser redirigidos desde los divanes de los psicólogos (ya que ni unos ni otros serán necesarios), hacia otros rubros más productivos tanto para el individuo como para el país? ¿Se imaginan la cantidad de suicidios y parricidios que serán evitados, gracias a la certeza de que a cierta edad el botija va a poder sacarse esa espina en forma de nombre propio, que sus padres le clavaron ya antes de nacer?


Eso sí, una vez que el nombre definitivo ha sido adjudicado, no te lo vas a poder cambiar ni con cárcel. Es una decisión por demás importante, que el chico o la chica tienen que afrontar con seriedad y responsabilidad. Quizás la primera gran responsabilidad de sus vidas, y ocurre justo cuando pasan de la escuela al liceo. Es muy oportuno, y empiezan en una nueva casa de estudios, con nuevos compañeros, nuevos profesores, y de yapa, nuevo nombre.


Yo creo firmemente que el proyecto va a tener andamiaje. Lo llamo al PEPE y luego les cuento.

domingo, 1 de agosto de 2010

AN AMERICAN CRIME / THE GUITAR

Por Hernán Barrios

Realizando una nueva incursión en el mundo cinematográfico, voy a comentar esta vez dos películas que he visto este fin de semana, que me parecen dignas de mención: AN AMERICAN CRIME (Crímenes imperdonables) y THE GUITAR.



AN AMERICAN CRIME


SINÓPSIS


AN AMERICAN CRIME está basada en un caso real ocurrido en los Estados Unidos en la década del sesenta, en el cual una joven fue mantenida encerrada y al mismo tiempo torturada, por una mujer bajo cuyo cuidado, sus padres la habían dejado.


Sylvia de 16 años (Ellen Page), por razones laborales fue dejada por sus padres junto a su hermana de 14, al cuidado de Gertrude (Catherine Keener), quien vivía en una casa en las afueras de Indianápolis, junto a sus seis hijos. Estos padres, aunque poco acertados al dejar a sus niñas en manos de una perfecta desconocida, lejos estaban de sospechar que al hacerlo, las estaban condenando a vivir el más horrible de los infiernos.



REFLEXIÓN


Horror y tristeza, son los dos sentimientos que en primera instancia afloraron en mí, a medida que veía este filme. Horror, por la crudeza e insensibilidad con que fue tratada esta joven, casi desde su llegada a la casa de Gertrude; y tristeza, por la absoluta escasez de culpa y hasta el exceso de pureza, que tenía la receptora de semejantes vejámenes.


La película intenta mostrar (y por cierto que lo logra), hasta dónde puede llegar la trastornada mente de una persona en situaciones extremas, y cómo dicho trastorno puede de alguna manera involucrar, y llegar a hacer partícipes concientes, a niños, convencidos éstos de que lo que su madre hacía, era lo correcto.


Quizás para muchos, la película pueda llegar a resultar muy fuerte, impactante, y hasta demasiado cargada de morbosidad. Pero el problema es que no podemos desconocer que éstas cosas ocurren en nuestras sociedades, y el cine parece ser una buena forma no solo de ponernos en sobre aviso de este hecho, sino también de sensibilizarnos acerca de las desgracias y los infortunios a los que personas inocentes se han visto, y se ven expuestas todo el tiempo.


Aunque con las advertencias del caso, igualmente la recomiendo.



Link de descarga: An American crime

Si querés saber más: http://www.labutaca.net/films/57/anamericancrime1.php



THE GUITAR


SINOPSIS


THE GUITAR cuenta la historia de una joven mujer a la que de buenas a primeras, la desgracia le cae encima con todas sus fuerzas.


Melody (Saffron Burrows) es una mujer que ronda los 30 años, y a quién al mismo tiempo que la echan de su trabajo y que su novio la abandona, los médicos le diagnostican cáncer de laringe inoperable, no asegurándole más de dos meses de vida.


Pasado el impacto inicial de semejantes novedades, y lejos de deprimirse y esperar la muerte, Mel decide aprovechar el poco tiempo que le queda de vida, para concretar los sueños y fantasías que tiene pendiente. Para esto, y recurriendo a tarjetas de crédito que nunca llegaría a pagar, alquila por dos meses un penthouse tan espacioso como luminoso, y se dedica a amueblarlo y decorarlo con costosos muebles y adornos, que tampoco llegaría a pagar. Al mismo tiempo da rienda suelta a sus deseos carnales, comenzando una fugaz relación con Rosco, un moreno que trabaja en la mueblería que la provee de mobiliario, y con Cookie, la chica que le traía las pizzas.


Pero lo más importante para ella, fue la adquisición de una guitarra eléctrica que había deseado desde niña, y que sus padres no habían tenido los medios para regalarle. Como en realidad no iba a tener tiempo de pagar nada, no reparó en gastos y se compró la mejor guitarra de la tienda, junto con uno equipo de sonido de primera línea. Además de esto, comenzó a aprender a tocar la guitarra por video.



REFLEXIÓN


En este caso la reflexión final que me deja esta película, es similar a la de alguna otra que he publicado en este espacio, y que se resume en una frase: VIVIR LA VIDA.


Y con ésta, a una serie interminable de cuestionamientos que seguramente la mayoría de nosotros nos hacemos cada tanto. Preguntas como, ¿por qué esperar a último momento para hacer las cosas que queremos? ¿Por qué razón priorizamos lo que el mundo quiere de nosotros, a lo que nosotros queremos? ¿Cuál es la fuerza secreta que no nos deja vivir cada día como si fuera el último? ¿Es la sociedad misma? ¿Será que si todos viviéramos de esta manera las sociedades serían inviables?


Son muchas las preguntas que afloran en nuestra conciencia como brotes salvajes, luego de ver una película de este tipo. Preguntas que rara vez encuentran respuestas; preguntas que pasado el tiempo vuelven a quedar enterradas bajo los grises escombros de nuestro diario vivir.





Links de descarga: 1) Uno 2) Dos 3) Tres 4) Cuatro