jueves 16 de febrero de 2012

MI BICICLETA MONTAÑA ROJA

Por Hernán Barrios

Hubo una época de mi vida en la que mi aprehensión por los bienes materiales era un tanto desmedida. Pero no porque fuera materialista ni porque hiciera acopio de cosas, sino simplemente porque me encariñaba de tal forma con ciertos objetos, que me costaba mucho desprenderme de ellos. Eso me ocurrió por ejemplo con mi bicicleta montaña roja, a la cual cuidaba y protegía con ahínco y dedicación, y a pesar de lo cual me la sustrajeron tres veces. Hace mucho conté en una extensa publicación en este blog las peripecias sufridas en el segundo robo, las cuales incluían su final recuperación, pero nunca compartí, quizás por ser menos espectaculares, las instancias de la primera vez que los amigos de lo ajeno intentaron despojarme de mi leal birodado. He aquí la historia.



No hacía más de seis o siete meses que la tenía, y estaba flamante. La lavaba una vez por semana, la enceraba, la aceitaba, y jamás la dejaba afuera. Además de eso me había dado por hacerle una serie de mejoras a modo de tuneo, para lo cual le había instalado en el cuadro un pequeño inflador, un set básico de herramientas debajo de la montura, punteras en los pedales, guardabarros, un pequeño espejo retrovisor en el puño derecho, luz de frenos y lo más maravilloso de todo, una computadora de abordo. Para los que no lo sepan, les cuento que la dichosa computadora no es otra cosa que un dispositivo del tamaño y características de un reloj pulsera, que se instala en el manillar, y que mediante un mecanismo ligado a la rueda, brinda información que tiene que ver con la velocidad, los kilómetros recorridos, promedios varios, etc. Como dije, la bicicleta estaba hecha una pinturita. Era además mi medio de transporte para ir a trabajar, a estudiar, y a cualquier destino dentro de los límites de Montevideo.

Esa tarde había ido a la peluquería, la cual estaba ubicada en la zona del Cordón, a pocas cuadras de la Asociación Española. Cabe aclarar a los lectores que no conocen Montevideo, que el barrio al cual hago referencia está dentro de lo que se podría considerar el centro de la ciudad, en una zona que en esa época se podía considerar como segura. A pesar de esta seguridad, y en virtud de que tenía que dejar la bicicleta afuera, por no contar la peluquería con espacio suficiente para entrarla, le puse una cadena que unía el cuadro a la rueda trasera e impedía que esta última girara. A su vez la recostaba contra la vidriera misma del local, a fin de mantener todo el tiempo contacto visual con ella, y evitar sorpresas indeseadas.

La cosa es que estaba yo conversando animadamente con el peluquero y con el corte de pelo en pleno proceso, cuando alcancé a oír una especie de chasquido metálico que me puso en alerta. A riesgo de que el profesional capilar me incrustara una tijera en la nuca hasta la silla turca, giré violentamente mi cabeza 90º hacia la izquierda y pude ver, sumergido en una especia de niebla mezcla de asombro y desesperación, que mi bicicleta no estaba.

Lo que sigue ocurrió, visto desde la distancia obligatoria que impone el paso del tiempo, en una especie de cámara lenta atemporal y acuosa que me impide hoy en día, dar datos certeros y exactos sobre lo ocurrido. Algunas personas me han dicho que esta especie de realidad paralela que se formó en el preciso instante en que noté la ausencia del vehículo, es producto de una súbita liberación de adrenalina ordenada por el cerebro, que hizo que mi atención se enfocara pura y exclusivamente en este hecho, y dejara momentáneamente fuera de mi percepción al resto de las cosas, las que a su entender en ese instante resultaban irrelevantes.

¡La bicicleta!- fueran las dos palabras que saltaron de m boca casi en forma automática, y que pusieron al señor de las tijeras también en guardia. De un salto llegué a la puerta, la cual no estaba a más de tres pasos de mi ubicación, y miré en ambas direcciones, desesperado. El peluquero, a mi lado. ¡Allá va!- gritó, al tiempo que señalaba a un hombre de tez oscura que a eso de una cuadra de distancia, corría con mi bicicleta al hombro. Era claro que había intentado hacerla andar, pero al no conseguirlo por culpa de la cadena, -ese fue el chasquido que escuché- decidió huir con ella en brazos. No lo pensé. La siguiente imagen que tengo es de mí mismo corriendo por la calle a todo lo que podía, con el pelo a medio cortar, gritando y puteando a grito pelado al chorro, con la capa esa que te ponen para no ensuciarte la ropa volando al viento, y a mi peluquero corriendo dos metros detrás de mí con la tijera en la mano. Batman y Robin en versión pobre y a medio vestir, se podría decir. Vaya uno a saber lo que habrán pensado los vecinos que nos vieron en ese momento corriendo despavoridos por la calle, pero lo cierto es que a mí lo único que me importaba era recuperar mi preciosa bicicleta.

El ladrón era grande y fuerte, pero no tanto como para correr con una bicicleta sobre sus hombros más rápido que nosotros, por lo que pronto comenzamos a alcanzarlo. Recuerdo claramente que no dejaba de putearlo en todos los dialectos conocidos, incluidos sus respectivos lunfardos, al tiempo que agitaba mis brazos en una clara señal intimidatoria hacia el ladrón. La persecución duró apenas un par de cuadras, ya que casi al llegar a Br. Artigas y viendo que nosotros ya le estábamos pisando los talones, decidió con buen tino tirar la bicicleta hacia un costado, y continuar su huida sin peso extra. No lo dudé. Una vez que vi caer mi bicicleta al piso y en vista de que nuestro reencuentro era inminente, dí por concluida la persecución, y dejé que el malhechor siguiera su camino. Así también lo hizo el noble peluquero. Tampoco era cuestión de andar arriesgándome a intentar darle un escarmiento al morocho grandote, ya casi sin adrenalina y además sin el peluquero, y correr el riesgo de recibir una golpiza furibunda por parte del ladrón.

La tomé entre mis brazos, y con ella a cuestas desandamos el camino hasta la peluquería. Al llegar pude constatar que, salvo por un par de rayones producto del golpe contra el piso, no había sufrido daños de consideración. Esta vez, en un acto que repetiría el tiempo que seguí yendo a esa peluquería, la metí para adentro del local y la apoyé contra la pared del fondo. No fue sino hasta el momento en que ya entre risas y anécdotas me volví a sentar en el sillón del peluquero, que tomé conciencia del ridículo show que habíamos montado ante la atónita platea compuesta por vecinos y transeúntes. Supongo que al verme correr como un loco con la capa esa, y con el peluquero pisándome los talones con la tijera en la mano, lo primero que habrán pensado era que el tipo corría para matarme. Menos mal que en ese tiempo no existía Youtube, Facebook, Twitter, ni nada de eso, porque sino seguro habríamos saltado a la fama en alguna red social.

Y así fue queridos amigos, cómo junto con mi peluquero de confianza, rescaté por primera vez a mi bicicleta montaña roja de las garras de los amigos de lo ajeno. La segunda vez, si es que no lo han hecho aún, ya saben dónde leerlo. Y la tercera no tiene, lamentablemente, un final feliz. 

jueves 5 de enero de 2012

LA REINA

Por Hernán Barrios

La culpable de todo fue mi hermana. A mediados de octubre llamó para contarme que estaban pensando, junto con una de mis primas, en organizarle una fiesta sorpresa de cumpleaños, a la abuela María. A grandes rasgos me contó de qué se trataba, y de paso me preguntó si me animaba a componerle y cantarle una canción. Casi sin pensarlo dije que sí, porque la verdad me pareció una buena idea. Cuento a los lectores más nuevos o menos atentos, que otra de mis pasiones además de las letras, es la música. Pero lo cierto es que hacía mucho tiempo que no tocaba la guitarra, y más aún que no componía una canción. De esto último, años.

Los días fueron pasando. Algo que sí tenía claro, era que no iba a poder dedicarme de lleno a aquella noble tarea, hasta no terminar las clases de publicidad, cosa que iba a acontecer recién a mediados de noviembre. Éstas al fin terminaron, y entonces sí me dispuse en cuerpo y alma, a recobrar el amor perdido de las musas que otrora me dieran una mano. Y esperé. Una noche, un día, una semana, dos, tres. Nada. Esa magia rara que la mayoría de las personas llama inspiración, no me pasaba ni cerca. Estaba claro que aquellas musas, rencorosas y traidoras como pocas, me estaban pasando factura por el abandono en el que las sumí, durante tanto tiempo.

La fecha del evento era el sábado 16 de diciembre de 2011, y una semana antes del mismo no se me había ocurrido siquiera una frase de la dichosa canción. Ni hablar de la música. Fue entonces que decidí dejar de esperar, y tomé cartas en el asunto. El lunes anterior a la fecha marcada tomé lápiz y papel, y luego del trabajo me recluí sin vueltas, en una mesa bien iluminada de un conocido bar de la ciudad. La consigna era, no salir de él sin la letra completa de la canción. Y afortunadamente, así fue. Tres horas después, y café con medialunas mediante, abandoné el bar con el objetivo cumplido. Entre el martes y el miércoles, salió la música. Jueves y viernes, ensamble de ambas cosas. Sábado, presentación en sociedad.

La canción para la abuela María es sencilla y directa. Adolece totalmente de metáforas complejas, o despampanantes trucos sintácticos. Su estructura es absolutamente básica, lineal, y sin guiños de clase alguna. La sucesión tonal también es sencilla, al punto de ser casi predecible. Compensa creo yo, y de ahí quizás parte de su posterior éxito familiar, con una importante batería de imágenes, hechos y lugares comunes, que dan a la canción una carga emotiva extra.

Esta es entonces, la breve historia de la canción que le regalamos a la abuela, el día en que cumplió sus jóvenes 84 años. Comparto con ustedes, queridos amigos, el video del momento. LA REINA.




miércoles 28 de diciembre de 2011

A VIVIR QUE SE TERMINA EL MUNDO !

Por Hernán Barrios

Según dicen las malas lenguas, en diciembre de este año que está a punto de comenzar, se termina el mundo. ¡Qué cagada, no! Otras, algo más moderadas, suavizan el vaticinio diciendo que “se termina el mundo tal como lo conocemos”, lo cual por supuesto me deja mucho más tranquilo. Sea como fuere, todo parece indicar que se aproximan vientos de cambios, por lo que no sería mala idea estar preparados. Más de una vez he escrito en este espacio sobre el carácter finito de la vida, y de lo poco concientes de ello que somos las personas. En este año que llega a su fin, y dados los funestos pronósticos que acechan al 2012, me resulta casi imposible no volver a tocar el tema, ya no desde un punto de vista individual, sino desde uno colectivo, lo cual en términos prácticos viene a ser casi lo mismo.

Debo confesar que la idea de imaginar, al menos por un momento, que la profecía sea verdadera, me genera cierta adrenalina y me lleva a plantearme algunas cuestiones. ¿Qué haría con mi vida si supiera a ciencia cierta que a la humanidad le queda solo 12 meses de existencia? ¿Haría realmente grandes cambios? En una primera instancia me veo tentado a trazar un paralelismo entre esta hipotética situación, y la que atraviesan las personas cuando les diagnostican una enfermedad incurable. “Métale pata porque le quedan seis meses de vida, estimado”- se despacha muy orondo el señor doctor. Pero inmediatamente me doy cuenta de que la gran diferencia radica justamente en el carácter colectivo del vaticinio. Una cosa es que le hagan tremendo augurio a un pequeño ser individual y anónimo, y otra muy diferente que se lo hagan a toda la raza humana. La pequeña personita puede, en el mejor de los casos, tomar ciertas acciones que cambien, parcial o completamente, el sabor del tiempo que le quede. Pero la humanidad puede tomar acciones en masa que definitivamente van a mover los cimientos de la sociedad.

Este último escenario se me presenta realmente mucho más difícil de analizar que el primero. “A vivir que se termina el mundo”, es el título que se me ocurrió para este artículo pero, ¿en qué consiste realmente vivir? ¿Las acciones individuales sumadas harán el producto final de las colectivas, o serán las colectivas las que afecten a las individuales? ¿Haremos cosas buenas o malas con el tiempo que nos quede? ¿Qué vínculos se fortalecerán y cuáles se degradarán hasta desaparecer? ¿Cambiará el concepto de lo bueno y de lo malo, o de lo permitido y de lo prohibido en términos sociales? ¿Daremos más afecto, o nuestras relaciones se tornarán exclusivamente de carácter efímero y transitorio? ¿Puede ser que no cambie nada, y que continuemos con nuestra mansa existencia hasta simplemente desaparecer? Es muy probable que sean mis limitados conocimientos antropológicos y sociales, los que no me permiten sacar alguna previsión válida al respecto, y no me dejan ver qué puede haber más allá de este escenario aparentemente caótico y terminal. De todas formas me parece por demás interesante, hacer el ejercicio mental de posicionarme en ese lugar, para por lo menos intentar adivinar cuáles serían las acciones que, llegado el momento, tomaría yo al respecto. Los invito a que lo intenten. Digamos que acaban de anunciar por cadena de televisión nacional e internacional, que en diciembre de 2012 el Sol emitirá tanta energía en forma de gigantescas explosiones, que literalmente calcinará toda forma de vida sobre la Tierra. ¿Qué haríamos luego de pasado el impacto inicial de tamaña noticia?

En mi caso, y aunque carezca de sentido, me da la impresión de que me resulta menos traumático pensar en mi desaparición en forma colectiva, que individual. Quizás sea ese trillado consuelo al que somos tan adeptos las personas, que se basa en la generalidad de la desgracia para el alivio del dolor. “Al menos no me pasa solo a mí”- repetimos con una frecuencia alarmante. O su ejemplo opuesto, “¿por qué me tuvo que pasar justo a mí? Es como que la desgracia tiene diferente efecto en nuestra cabecita, si la compartimos. O sea que el hecho de que el Sol de buenas a primeras nos convierta en chicharrón, o nos tape un tsunami global, o nos haga carambola un meteorito y nos mande para afuera del Sistema Solar, es menos preocupante que si un cáncer de hígado nos manda redondos al cajón. ¿Raro no?.

Pero regreso a lo que estaba, y me vuelvo a preguntar como tantas veces lo he hecho, cual es la razón que hace que las personas no creamos posible el final de nuestra existencia en un tiempo cercano. ¿Será acaso un bloqueo mental de defensa que viene incorporado en nuestros genes, para que vivamos la vida sin preocuparnos demasiado por su final? De ser así no me parecería mala cosa, si no fuera por el hecho de que tanta displicencia nos impide además, ocuparnos de la calidad de su transcurso, y nos hace generalmente llegar a las instancias finales de nuestra vida, ya sean a su justo tiempo –si es que tal cosa existe- o anticipadas, con demasiadas cosas en el debe. Demasiadas cosas en el debe. Es como que vivimos la vida postergando cosas que queremos hacer, por culpa de aquellas que debemos hacer. Las que queremos, son nuestras y son motivo de felicidad. Las que debemos, son impuestas y generalmente motivo de agonía. ¿Y por qué las postergamos? Porque pensamos que las vamos a poder hacer más adelante en el tiempo. ¿Por qué? Porque tenemos la creencia de que nuestro tiempo es poco menos que eterno, o que de alguna manera tenemos cierto control sobre él. No nos damos cuenta de que ninguna de estas dos afirmaciones es verdadera. ¿En qué momento mandamos a la mierda los deberes y nos dedicamos pura y exclusivamente y con todas nuestras fuerzas, a hacer las cosas que queremos? En el momento en que alguien con túnica blanca nos dice por ejemplo, -“señor, su reloj biológico se detendrá el día 8 de marzo de 2012. Seguramente para este señor ya será demasiado tarde, y las cosas que siempre quiso hacer pero postergó, quedarán definitivamente postergadas.

Se termina el año queridos amigos, y en el peor de los casos, tenemos todo el 2012 para que no nos ocurra lo que al señor del párrafo anterior. Mi deseo para este año que comienza, es que dejemos de una vez por todas de postergar, y nos dediquemos a hacer las cosas que nos hacen realmente felices. Hago desde este humilde espacio de comunicación, un llamado a la reflexión y al cambio. Deseo que las personas logremos sacudir al fin la modorra que nos oprime y consume, y aprovechemos al máximo cada minuto de nuestra valiosa existencia. Deseo y reclamo que cortemos definitivamente con esas invisibles cadenas culturales y sociales, que nos envuelven y distraen en forma de modas, de tendencias, de costumbres, de instituciones, de necesidades inventadas, de paradigmas del bien y del mal, etc., y lleguemos a poder ser realmente libres.

Si esto sucede, si todos cambiamos nuestra cabeza y la alineamos con nuestro corazón, aunque este 2012 sea el último año de nuestra existencia, igualmente va a ser sin lugar a dudas, el mejor año de nuestras vidas.  



FELIZ 2012 PARA TODOS

domingo 23 de octubre de 2011

LA "BIODEGRADABLE" LEVEDAD DEL SER

Por Hernán Barrios


RELATO EN TIEMPO REAL DE UNA PANZA CRECIENTE, UNA EX-CABELLERA PROMINENTE, Y UN APARATO MUSCULAR EN FRANCO DETERIORO.

Tengo 36. Si alguien me hubiera dicho a mis 20, que a mis 30 mi templo, mi envase, mi cuerpo, ese que me traje y me llevo desde y hacia el más allá, respectivamente, iba a comenzar a deteriorarse y a perder consistencia tan rápida y estrepitosamente, no le habría creído. La ciencia afirma que este proceso de deterioro comienza incluso antes, digamos como a los 25, pero que se hace notorio –a la vista del público y del deteriorado en sí- luego de los 30. Hoy en día, cada vez que me miro al espejo, recuerdo nítidamente cómo despotriqué durante toda mi niñez, adolescencia y parte de mi juventud, contra lo esmirriada de mi apariencia, con la aguja de la balanza clavada durante siglos en 59. –Cómo me gustaría pesar más- decía en ese entonces. Según mis cálculos de la época, 10 kilitos más me habrían venido bien; mi peso ideal debía ser, sin dudas, 70 kilos.  Bueno, unos cuántos años después -digamos hoy-, el universo, obediente, ha cumplido mi deseo. El problema es que lo cumplió pero no exactamente como yo lo había imaginado. Cuando reclamaba 10 kilos más de peso corporal, me refería a 10 kilos de músculo correctamente distribuido por toda mi osamenta, no a 10 kilos de grasa alojada exclusivamente en el abdomen y zonas aledañas

En mi caso –y supongo que en el caso de unos cuántos-, con el tema del cuerpo se da la conjunción de dos fenómenos igualmente problemáticos, aunque de uno soy culpable y del otro no. El que tiene más que ver conmigo, es la metamorfosis que ha sufrido mi abdomen en el transcurso de los últimos cinco años, pasando de chato y duro, a gordo y blando. El segundo tiene más que ver con la moda. Cuando era adolescente, los hombres más codiciados por la hinchada femenina eran los fornidos, con músculos prominentes y torso ancho. Hoy, la moda indica que el gusto de las chicas ha variado, pasando a preferir a los flacos fibrosos con abdominales bien marcados, y bermuda por abajo del calzón. –Hay que ser salado- me digo para mis adentros –y en este momento para mis afueras-. Justo que a mi me crece el cuerpo –o al menos parte de él-, a ellas se les ocurre gustarles los huesudos esmirriados. Un salado importante, se podría decir.

La naturaleza es sabia –va, en realidad es una hija de puta-, porque te va cambiando pero bien despacito, como para que no te des cuenta, viste. Te agrega unos gramos de aquí, se te caen unos pelos de allá y te nacen otros por acá, te sale una verruga por aquel otro lado, un lunar allá donde te conté, y cuando te das cuenta estás hecho pelota, y con pocas o nulas posibilidades de volver atrás. Uno empieza a añorar cada vez con más fuerza la época –no tan lejana- en que comía o tomaba mucho de cualquier cosa, y el cuerpo ni se enteraba. Ahora, de buenas a primeras, tomas un vaso de cerveza y ya quedas medio inflado, comes una pizzas y andas trancado como dos días; los picantes te atacan el hígado, los lácteos te dan gases, las harinas te hinchan, los tucos te hacen saltar las hemorroides, etc. Al final, por culpa de los devastadores efectos provocados en el cuerpo por la ingesta de ciertas sustancias –demasiadas diría yo-, y en pos de verse y sentirse mejor, uno tiende a dejar de consumirlas, y cuando querés acordar estás hecho un viejo pelotudo que no puede comer ni tomar casi nada.

Ocurrieron dos hechos este año, que hicieron saltar mis alertas temporales, y gracias a los cuales he decidido, en serio, tomar cartas en el asunto. El primero, fue notar a principios de diciembre, que la bermuda que Lucía me regaló el verano pasado, la cual me quedaba algo floja y usaba muy convenientemente por debajo de la cadera, este año me aprieta y me hace parecer morcilla. El otro, -que aunque también tiene que ver con el peso extra, en realidad tiene más relación con el deterioro muscular- es que por primera vez en mi vida no le pude ganar una carrera de 100 metros, en la playa, a mi primo Marcelo de 25. Y esto para mí, ya roza la catástrofe. Hasta hace dos veranos, le sacaba fácil dos metros. Hace pocos días, los dos metros me los sacó él, y además casi ni llego a la meta. Como verán amigos, no es joda. El cuerpecito se me está viniendo a pique y no lo puedo levantar. Y encima, es el único que tengo.

Ahora, ¿no les parece que algo está demasiado mal en todo esto? Que me perdone El Barba, pero para mí que le pifió mal con el tema del cuerpo humano. ¿Cómo puede ser que una persona que va a vivir en promedio unos 80 años, se empiece a caer a pedazos a los 25? ¡Estamos todos locos! Al final, pasamos más de 2/3 de nuestra existencia viendo como se nos cae todo, y comprobando una y otra vez hasta el hartazgo, que ya no podemos hacer las cosas que hasta no hace mucho hacíamos. ¡Una mierda! O le pifió cuando pensó que íbamos a vivir tanto, o le erró fiero en la fuerza gravitacional, y nos enchufó unos metros x segundo al cuadrado, más de la cuenta.

Pero siguiendo con mis problemas corpo-estructurales, la cosa no se ciñe, -nunca mejor empleado el término- a una cuestión de peso y/o aceleración. También tenemos el temita del cabello. Ése, que traicioneramente ha comenzado hace ya algunos años, un lento pero persistente éxodo capilar, el cual va a terminar tarde o temprano, en convertir mi cabeza en una pista para piojos tamaño familiar. ¿Por qué?, me pregunto. ¿Qué necesidad hay de que las cosas sean de esa manera? Si los pelos no molestan ni le hacen mal a nadie. Al contrario, son puro beneficio: se puede cambiar el “look” cambiando de peinado, o usándolo más o menos largo; se puede ocultar la cara en caso de que ésta sea demasiado incómoda de mirar para la sociedad; proporciona un apéndice de donde agarrar o ser agarrado; eso, además de la clásica protección craneana contra las inclemencias del clima, que todos conocemos. El pelo tiene muchas funciones e incontables beneficios. Al menos los suficientes como para ser merecedor de permanecer en nuestras masculinas bochas, mucho más tiempo del que generalmente lo hace. Pero no, al tipo le da por irse, y no hay masaje capilar ni champú capaz de convencerlo de quedarse. Se va y se va. Traidor.

Bueno, se podría decir que este es, con algunos matices, mi mapa corporal actual, estimados amigos. Obviamente que pasé por alto detalles menores, como que la resaca de una noche de alcohol me dura como una semana; o que mi umbral de borrachera ha bajado hasta límites vergonzosos (me mareo hasta con el alcohol en gel); o que ya casi no puedo comer cosas fritas porque me revientan el hígado; o que me olvido bastante seguido de hacer cosas importantes (en este caso el recordatorio del teléfono es mi mejor aliado); o que si tengo que concurrir a un evento que va a durar hasta altas horas de la noche, tengo que dormir religiosamente una siesta, porque sino empiezo a abrir la boca ni bien pasan las 12. Solo falta que me convierta en sapo, y estoy completito.

-Pero no todo está perdido-, me dicen algunas personas que afirman tener experiencia en el tema. Aseguran que hay formas de detener o al menos poner en el freezer alguno de los efectos del paso del tiempo. Y yo les creo. Y me viene un impulso y decido ponerme en acción.


Detallo a continuación la lista de medidas que pondré en práctica a partir del próximo lunes.

1) 30 minutos diarios de trote y galope.
2) 15 minutos diarios de abdominales.
3) Ingesta de agua sin gas (mucha).
4) Reducción al mínimo del consumo de harina y sus derivados (bizcochos, tartas, pan, etc.), bebidas con gas, alcohol, alimentos fritos, grasas (trans y de las otras), leche y sustancias afines, masas dulces.
5) Incremento del consumo de frutas y verduras.
6) Evitar la cena de domingos a jueves.

Por cuestiones de calendario, debo postergar para el mes de febrero el inicio del gimnasio.


Mis objetivos a alcanzar en el menor plazo posible, son pocos y bastante simples.

1) Volver a pesar 60 Kg.
2) Volver a correr 10 kmts. en 50 min.
3) Mejorar la imagen que el puto espejo me devuelve a diario.
4) Volver a sacarle 2 m. en los 100 a mi primo Marcelo.


Por último, y para terminar este artículo, quiero ponerlos a ustedes –mis amables lectores- como jueces y testigos de que cumpliré estos objetivos. Para esto, a partir del lunes me comprometo a publicar a diario en este blog, la distancia corrida, el tiempo empleado, y el resultado de la balanza al final de cada día. La idea es poder sentir la presión de los lectores, ya sea mediante su mirada diaria a mis números, o mejor aún, mediante sus comentarios, favorables o no, sobre mi desempeño.

Cerrado así el compromiso, me despido de ustedes, hasta el lunes a la noche.
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Día 1: 24 de enero.

Distancia: 5 kmts.
Tiempo: 28 mins.
Abdominales: 17 (No 17 minutos, 17 abdominales)
Música de fondo: Los del Suquía: 20 grandes éxitos

PESO: 64 Kgs.

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Día 2: 25 de enero.
Distancia: 5 kmts.
Tiempo: 27 mins.
Abdominales: 3 series de 17 (tomá)
Música de fondo: Jorge Rojas: Mi voz, mi sangre
Viento: En contra a la ida

PESO: 65,800 kgs.(cambié de balanza, aviso)

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Día 3: 26 de enero.
Distancia: 6 kmts.
Tiempo: 35 mins.
Abdominales: 3 series de 20
Música: Ignacio Copani: Compromiso
Temperatura: 185 ºC (aprox.)
PESO: 65,300 kgs.

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Día: 27 de enero.
Compromisos profesionales adquiridos me impidieron cumplir con la cuota de ejercicios diaria por mí impuesta. La misma será hecha efectiva el día sábado o domingo próximo.
PESO: 96 kgs.

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Día: 28 de enero.
Distancia: 5 kmts.
Tiempo: 28 mins.
Abdominales: esteee...
Sonido ambiente: El Sabalero: La casa encantada
Viento: cruzado de semifrente a 182 kmts/h
PESO: Muerto.

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Día: 31 de enero.
Distancia: 8 kmts.
Tiempo: 47 mins.
Viento: en contra a la vuelta a 384 ohmios náuticos (hdp)
Abdominales: suspendidos por pasto mojado
Sonido ambiente: Bebe: Pa' fuera telarañas
PESO: pesaje suspendido por mal tiempo.

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Día: 01 de febrero.
Distancia: 5 kmts.
Tiempo: 26 mins.
Viento: No (aleluyaaaa... !)
Abdominales: 10 mins.
Sonido: ambiente
PESO: 64 kgs. (opaaa)

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Día: 04 de febrero.
Distancia: 10 kmts. (Si si... 10 kmts.)
Tiempo: 1h 5 mins.
Viento: No jodía.
Abdominales: Negativo central.
Sonido ambiente: Serrat: Tarres
PESO: 63:500

viernes 19 de agosto de 2011

LA POSIBILIDAD DEL CINE

Por Hernán Barrios

Soy de los que se aferran a la idea de que las películas están hechas para ser vistas solo una vez. Tienen las pobres, solo una oportunidad de inocularnos el suero del mensaje que nos hará viajar fuera de la realidad. Si no lo consiguen en el primer intento, en vano será que traten de hipnotizarnos en siguientes instancias. Ya todo estará perdido, y su cometido, su fin último, no podrá ser alcanzado jamás.


Supongo que este riesgo no es otra cosa que el costo que tienen que pagar, por ser un arte dotado de todos los artilugios necesarios para el éxito. No corren la misma suerte en cambio sus primas humildes las pinturas, o la música, o las poesías, que deben poner todo su empeño en meterse en el torrente sanguíneo de su público, blandiendo como única arma el filo incierto de un pincel, o una nota, o una palabra. Las películas en cambio lo tienen todo; pueden conquistarnos desde varios flancos, desde varios frentes. Si no lo consiguen será pues, por la pobreza de su arte y no por otra causa, motivo éste suficiente como para dejarlas a un costado y no volverlas a considerar jamás.


Si en cambio una melodía no nos conmueve en su primer intento, aún hay esperanzas. Puede, a fuerza de perseverancia, convencer a nuestras maleables cilias auditivas de que sus figuras son hermosas, y sus notas, emociones sonoras únicas. Una pintura es capaz de socavar, a fuerza de repeticiones, luces y ángulos distintos, nuestras rígidas estructuras visuales, para introducirnos en un mundo de nuevos conceptos de formas y colores, hasta llevarnos, casi sin darnos cuenta, a codearnos sin filtros ni intermediaros, con su alma y su esencia.


Esta posibilidad de convencimiento póstumo les está vedada a las películas. Podemos intentar, si así lo quisiéramos, volver a verlas una y otra vez. Pero claro está que lo único que conseguiremos con ello será, a lo sumo, descubrir algún que otro detalle mínimo e insignificante, que en nada hará cambiar nuestro concepto inicial de la misma. En vano intentaremos mirar por sobre el hombro de los protagonistas, en busca de claves escondidas o de mensajes camuflados, que encierren el verdadero secreto de la obra. Afinaremos el ojo y el oído en personajes secundarios, en segundos planos sin importancia, en sonidos inaudibles, en sombras inexistentes. Pondremos toda nuestra energía en esa empresa -en el más testarudo de los intentos incluso hasta el hartazgo-, para darnos cuenta de que lo que hicimos con ello fue en realidad, alejarnos cada vez más de su centro, y por ende, de su escurridizo mensaje.


Las películas no están hechas para ser copiadas, porque como dije antes, no tiene sentido su observación repetida y permanente. Todo lo que harán, luego de su primer encuentro con el espectador, será decaer. Es por esto y no por otra cosa, que ni a ellas ni a nosotros, nos conviene concertar una segunda cita.


martes 9 de agosto de 2011

LA OBRA DE ARTE vs EL PRIMER BESO

Por Hernán Barrios


Al tratar de ordenar ideas, con el fin de lograr una reflexión más o menos seria sobre el tema que nos compete, tengo que admitir, con no poca preocupación, que son muchos los caminos que se me insinúan, y varios los que estoy tentado a seguir. Más aún, luego de pegarle una ojeada –reconozco algo rápida-, al documento titulado “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica”, de Walter Benjamin. El autor desmenuza de una manera tan acabada el tema en cuestión, que –al menos en mi caso-, lejos de allanarme el camino hacia la claridad conceptual, me introduce en una enmarañada red de incertidumbres y realidades paralelas, que por momentos rozan la ficción romántica y el realismo mágico. Eso, además de dejarnos poco margen para introducir conceptos originales sobre el tema. De todas maneras, y debido a los límites espaciales y temporales que impone un trabajo de este tipo, me veo en la obligación de ponerle coto a la imaginación y elegir, para abordar, en forma por demás sucinta, solo una de los caminos disponibles.


EL PRIMER BESO


Quizás la comparación sea obvia, o quizás no tanto. Como fuere, debo admitir que en este caso la misma es hija exclusiva de la sensibilidad, y nada tiene que ver con esa castradora señora llamada razón. Al comparar una obra de arte con un primer beso, no es mi intención despojar a la primera de toda la carga de genialidad que conlleva, ni inyectar al segundo un plus de significado que quizás no tenga. En realidad, esta comparación no es más que un recurso fotográfico que recurre, en un golpe algo bajo, a llevarnos a ese momento único de nuestra vida, a fin de, a partir de ahí, entablar un precario paralelismo emocional entre ambos conceptos.


Como bien lo dice Benjamin, una de las cosas que distingue al original de su copia, es su carácter de unicidad, de cosa única, primigenia, virginal. Es su segura irrepetibilidad, la que le otorga ese carácter mágico y casi divino, de que disponen las obras de arte. Nadie podrá jamás, por más avezado que sea el artista, o sublimes los avances tecnológicos hijos de la ciencia –y por ende de la razón-, lograr reproducir las condiciones exactas que llevaron, en un lugar y un tiempo determinado, a la gestación de dicha obra. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que las obras de arte no son otra cosa, que un puñado de emociones y sentimientos compartidos. Y hasta donde sé, ni las emociones ni los sentimientos pueden, al menos hasta el momento, crearse en un laboratorio. La ciencia está desde hace mucho tiempo, y creo que seguirá por mucho tiempo más, trancada y empantanada entre átomos y moléculas, que no hacen otra cosa que interponerse y obstaculizar la visión y el conocimiento de las esencias. La fotografía de un paisaje, por ejemplo, con toda esa cantidad abrumadora de píxeles por centímetro cuadrado que arrojan las cámaras de última generación, lejos está de transmitirnos lo que el paisaje en sí nos transmite, si lo capturamos con nuestros propios sentidos; si lo vemos, si lo respiramos, si lo oímos, si lo tocamos.


La copia más exacta y acabada de un cuadro de Pablo Picasso, solo reflejará apenas, la capa más externa del mismo. Adolecerá por completo de su esencia, de su espíritu, de su trasfondo, de su alma, de su carga contextual, de esas emociones que el autor escondió en él en el momento de su creación, y de las cuales solo se puede tener una idea aproximada a través de los sentidos. Nadie, ni siquiera el mismo Picasso podría, en caso de que quisiera, hacer una copia exacta de su obra. Así de efímero y escurridizo es el arte, en cualquiera de sus manifestaciones.


¿Y el beso? El primer beso con la persona amada es igual de irrepetible que una obra de arte. Tanto que ni siquiera el segundo se le acerca en intensidad. Mucho menos los sucesivos. Se me antoja que es como cuando tenemos el original de un manuscrito, y comenzamos a fotocopiarlo. Al cabo de unas cuántas copias, la diferencia entre la última y el original, será por demás notoria. Las circunstancias no serán las mismas, y las bocas tampoco. Las condiciones y las emociones habrán cambiado, y aquel beso, que en ese momento fue único, jamás podrá volver a repetirse. Vendrán otros, pero serán copias. Solo copias. Cada vez más gastadas, desteñidas, y diferentes al original.


martes 31 de mayo de 2011

CRÍTICA AL PERIODISMO_análisis

Por Hernán Barrios

PRÓLOGO


En su artículo CRÍTICA AL PERIODISMO, Umberto Eco realiza un análisis bastante pormenorizado -y a mi juicio acertado-, sobre el papel de los medios de comunicación masiva -básicamente prensa- en el contexto social, además de un detalle cronológico de cómo éstos han ido cambiando sus formas y estrategias comunicativas, a lo largo del tiempo. En esta línea, Eco desmenuza ciertos temas como la objetividad de las noticias, la tematización de las mismas, el lenguaje utilizado, el volumen noticioso y la profundidad del contenido, la relación amor-odio entre la prensa y la televisión, entre otros.


Pero en este contexto, y dada la vastedad temática pasible de ser desarrollada, es mi intención abocarme a tres tópicos que considero interesantes e importantes por partes iguales; la misión de los medios, la agenda y la tematización de la información como una de las estrategias para cumplir dicha misión, y la aparición de fuentes alternativas de noticias. Este último tema fue abordado muy sucintamente por Eco en su artículo, aunque no por eso en forma desacertada, intuyo yo por encontrarse este fenómeno en ciernes en el momento de ser escrito.


Para finalizar este prólogo, considero oportuno aclarar que el análisis que inmediatamente voy a desarrollar, va a ser un análisis global del conjunto de los medios de comunicación masiva, y no un análisis discriminado por tipo de medio, ya que el hacerlo de esta última forma requeriría un espacio con el que no adecuado para este medio.



MISIÓN DE LOS MEDIOS


Dice Eco: “la función del cuarto poder es ciertamente la de controlar y criticar a los otros poderes tradicionales”.


En mi modesto entender, diría que esta es una de las funciones de los medios, o en todo caso una de las más necesarias e importantes, dentro de una misión superior que es la de informar a la sociedad. Para controlar y criticar a los poderes tradicionales como instituciones, o a alguno de sus miembros, están los diferentes actores políticos creados y colocados estratégicamente en ciertos lugares, para ese fin. Pero el papel fundamental de los medios en general, y de la prensa en particular, es la de informar a las masas, debiendo ser ese ejercicio informativo, una aproximación lo más cercana posible a la realidad, y por ende a la objetividad.


El poder de los medios, y de ahí su magnánimo apodo de Cuarto Poder, radica en que su masividad los hace generadores espontáneos de opinión, y en algunos casos de acción. Los medios no tienen poder en sí mismos, sino que lo que tienen es la capacidad técnica de convencer a las masas, para que actúen en su nombre, o bajo la bandera de alguna causa determinada. Esta capacidad es suficiente para convertirlos en centros de poder más que respetados dentro del esquema socio-político de una sociedad, amados por unos y odiados por otros, dependiendo de los intereses de cada parte. La historia reciente del mundo está plagada de muestras de este poder, que van desde la caída de presidentes (Watergate), hasta el reclamo de los vecinos, de un semáforo en una esquina cualquiera. Nos deslizamos por un límite peligroso en donde parecería que lo que no está en la agenda de los medios, no existe, o al menos no importa.



LA AGENDA


Este último pensamiento me permite avanzar hacia el segundo punto de este análisis, la agenda de los medios, también conocida como agenda setting.


Dice Cohen: “los medios pueden no decirnos cómo pensar sobre un determinado tema, pero sí nos dicen sobre qué tema pensar”.


Considero que esta frase es tan sabia como real, aunque en realidad me veo tentado a poner en tela de juicio la primera parte del enunciado. Los medios en general sí intentan decirnos de qué lado ubicarnos frente a un tema determinado, y depende exclusivamente de nosotros el éxito o el fracaso de su intento. Quizás sea algo arriesgado de mi parte, pero me atrevería incluso a agregar que en determinados contextos sociales y en determinadas sociedades, es tanta la credulidad para con los medios (sobre todo con la televisión), que sus efectos evangelizadores tiene un porcentaje de efectividad mucho más alto de lo que creemos.


La agenda de un medio es la que marca cual información se difunde y cual no, en qué orden, con qué prioridad, cuáles se destacan y de qué manera, cómo se agrupan las noticias, etc. Eco pone en su artículo claros ejemplos sobre el tema, pero me permito agregar algunos que me vienen a la mente en estos momentos. Canal 4 de Uruguay está dedicando un espacio muy importante de sus informativos, al problema de la inseguridad y la violencia social. Un espectador desprevenido que vea tan solo éste espacio noticioso, sin duda caería rápidamente en la cuenta de que en Uruguay, y particularmente en Montevideo, no se puede vivir. Directivos del medio han reconocido públicamente este hecho, pero aducen primero, que sus espacios son fiel reflejo de la realidad, y segundo, que lo hacen porque es eso lo que la gente quiere consumir. Atado a éste, el problema de la minoridad es otro tema que ha sido puesto en la agenda pública por algunos medios, presionando a la clase política a atender el tema y tomar medidas al respecto. El otro día sin ir más lejos, leí una información reciente del Ministerio del Interior, en el cual decía que los menores infractores considerados peligrosos, son en total 385. Pero cómo, ¿en una sociedad de 3.5 millones de personas, 385 son suficientes para cambiar una ley tan importante como la que marca la edad de imputabilidad? Obviamente no son ellos -los 385- los responsables de ésto, sino el poder amplificador y repetitivo de los medios de comunicación.


Fuera de fronteras está más que documentado y comprobado, cómo el país del norte (entre otros) ha usado, aproximadamente desde la década del 60, el poder amplificador de los medios para inclinar la opinión pública hacia un determinado lado, y poder así tomar acciones en ese sentido; generalmente militares. Basta mencionar a Iraq, con Hussein y sus armas de destrucción masiva; las dictaduras de América Latina, el Word Trade Center y ese asombroso derrumbe de las Torres Gemelas que contradijo todas las leyes de la física, etc. Me viene a la mente también la República Argentina en la guerra de las Malvinas, cuando el gobierno militar tuvo convencida a la población civil durante un buen tiempo, de que la iban ganando por destrozo.


Lo dicho, los medios influyen en las masas y luego las masa actúan en consecuencia, o simplemente dejan que los gobiernos actúen en su nombre. Estas estrategias son llevadas acabo entonces, mediante la agenda setting.



MEDIOS “ALTERNATIVOS” DE INFORMACIÓN


Parece ser un buen remedio paliativo contra el poder hipnotizador de los medios, el no aferrarse a uno solo. A Eco no le gustan las frases hechas, pero no tengo más remedio que usar una: hay que escuchar todas las campanas. La realidad que nos va a mostrar cada medio es parcial, subjetiva, sesgada, y seguramente teñida por el color político y los intereses económicos del mismo. Pero si en cambio miramos la realidad parcial que nos muestran varios medios, quizás logremos acercanos un poco más a la realidad total, y por ende a la verdad.


Pero no solo hay que escuchar todas la campanas, sino también las “campanitas”. El siglo XXI, con toda su tecnología de la información y la comunicación, pero sobre todo con el advenimiento de Internet, nos da la posibilidad de ver casi infinitas visiones de un mismo hecho. Los medios de comunicación emergentes en la Web, que son casi tantos como usuarios hay en la misma, le están quitando potencia y protagonismo a los grandes medios masivos internacionales. Hoy una persona de edad media hacia abajo, no se conforma con la versión que le da la CNN sobre la catástrofe ocurrida en Japón, sino que va a Youtube y mira videos subidos a ese portal, por los propios damnificados de la tragedia. La gente joven está más alerta y no se deja convencer tan fácilmente como antes, y en este sentido las vías de comunicación alternativas están teniendo mucho que ver.


Pero ojo que no todo es color de rosa con este fenómeno. Como bien lo advierte Eco en la última parte de su artículo, el exceso de información es casi tan inefectivo como la ausencia de ella. Esto ha quedado demostrado hace muy poco tiempo, cuando un sitio web de noticias, en asociación con algunos de los más importantes medios de prensa internacionales, sacó a la luz pública revelaciones políticas y de otros órdenes, que en otro tiempo habrían echado por tierra a gobiernos enteros. Estoy hablando de Wikileaks. Sin embargo, el caudal de información derramado fue tan abrumador, que el efecto se disipó en pocos meses, y no pasó mucho más que de un poco de barullo mediático, que rápidamente se fue desvaneciendo. Y lo peor de todo, es que ninguna de las personas responsables de las atrocidades que allí se denunciaron, fue llevada a juicio.


Tratando de dar un cierre a estas cuestiones, creo que podemos concluir que el poder y la influencia de los medios de comunicación masiva, en todas las esferas de la vida de un país, es innegable. Aunque también creo que no está errado decir, que dicho poder va decreciendo a medida que los medios alternativos van ganando terreno.


La verdad exacta sobre cada hecho que ocurre en el mundo, nunca la vamos a saber, seguramente porque quizás la “verdad” como hecho irrefutable, directamente no exista. Sí podemos aspirar en todo caso, a obtener una versión lo más aproximada posible de la misma. Y en pos de conseguir este objetivo, creo yo, es que tenemos que concentrar y dirigir nuestros esfuerzos.