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sábado, 16 de febrero de 2008

LA VIUDA ROSALES

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Cuenta la leyenda que el último que tuvo la gracia de ser beneficiario de sus virtudes amatorias fue el Sgto. Laguarda, quien por esos tiempos había sido confinado al destacamento de Paso del Hugo, en un desesperado intento de las autoridades locales, por poner fin a la desaparición forzosa de vacunos en pie, en los establecimientos rurales de la zona. Luego de él, parece que la viuda Rosales se retiró del ruedo. “Lo hago en honor a mi difunto marido”- parece que se la escuchó decir cuando fue cuestionada por algún pretendiente que quedó en la cola, acerca de su dramática decisión. Y nunca más se volvió a tener noticias de ella.


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Clementito Rosales había sido un respetado médico de campaña, que había muerto hacía ya 20 años, al tratar de cruzar en su volanta el arroyo crecido y en cumplimiento de su labor, una oscura noche de tormenta. Desde entonces y hasta la fecha, su viuda, una hermosa mujer que en esa época rondaría los 40 años, se había entregado de lleno a los mundanos placeres de la carne, sin poner demasiado esmero en la selección de sus fugaces amantes. Aparentemente no le quitaba el sueño el color, el tamaño, ni el estrato social de éstos. Cuentan que la única condición que les imponía para poder involucrarse en sus recovecos amatorios, era rezar un padre nuestro a los pies de la cama, en honor a su fallecido esposo. Luego de este sencillo trámite, al que los paisanos en celo accedían sin chistar, la lujuria se apoderaba del lugar. Y parece que también de los ranchos cercanos, ya que parece que la viuda Rosales no era proclive a reprimirse los impulsos guturales que en grado sumo acudían a las veladas. En noches sin viento, podían escucharse desde varios kilómetros a la redonda, los desenfrenados alaridos de la dolorida viuda.


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Debe estar enferma”- profesaban las damas del lugar luego de su desaparición, dejando entrever por aquella mujer, un atisbo de desprecio y envidia al mismo tiempo. Fue tan criticada por las mujeres como amada por los hombres. Fueron muy pocos los que no cayeron en las garras de sus irresistibles encantos. Si hasta el cura Efraín sucumbió ante el pecado, una tarde que en nombre de Dios golpeó a las puertas de su casa, en procura de traerla de vuelta del oscuro camino de la perdición. Las crónicas de la época dicen que esa batalla amorosa fue monumental. Más que una velada amatoria parecía un exorcismo. Ella con sus sensaciones al límite y alentada por el placer de lo prohibido, y él que luego de tantos años de charlas, por primera vez le iba a ver la cara a Dios.


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La cosa es que la viuda Rosales se fue súbitamente del lugar para nunca más volver. Y el misterio del por qué de su aparente huída, así como también de la brusca detención de sus habituales costumbres amatorias, se mantuvo en el paraje por mucho tiempo. No fue sino hasta hace un par de años que la policía, haciendo requisa del abandonado rancho de los Rosales, encontró un polvoriento retrato de la pareja con una inscripción en la parte posterior, la cual echó claridad al asunto. Con letra clara de mujer se leía lo siguiente: “Amado esposo, como prueba de lo mucho que te he amado, juro ante tu tumba y ante Dios, no estar con hombre alguno al menos por 20 años luego de tu muerte”.


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Estaba claro entonces. Le faltó aclarar a la destrozada viuda, si los 20 años se los iba a tomar al principio o al final del luto. Pero bueno, convengamos que es tan solo un detalle. Lo que nadie le puede reprochar a la abnegada señora, que es una mujer de palabra.

3 comentarios:

  1. ¿Existirá algún hombre que merezca veinte años de luto después de su muerte?
    Um...

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  2. �Y alguna mujer capaz de hacerlo? Um...

    Gracias por estar.

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  3. Después no sé, pero por Hernán, la familia ya lleva unos cuantos años de luto.

    El abrazo de siempre.

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Diga sin miedo lo que piensa, acá no hay censura de ninguna clase. Le sugiero igual que impere el respeto, en caso contrario difícil que pase.