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martes, 18 de marzo de 2008

ANÍBAL

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“Lo que voy a contar a continuación, le ocurrió hace algunos años a un amigo al que llamaremos Aníbal, y nos muestra cómo algunas veces, el destino confabula en contra de aquellos que por alguna razón, intentan pasarse aunque sea momentáneamente, a la socialmente prohibida senda de la infidelidad”.

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Aníbal tenía en ese momento 24 años, un trabajo estable y una novia formal a la que llamaremos Ana. Vivía en un amplio apartamento del centro de la ciudad junto a su hermana, una amiga de ésta y un amigo de él. Entre los cuatro se las arreglaban bastante bien para costear los gastos del apartamento, y se podría decir que la convivencia era buena.

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Todo comenzó una cálida tarde de octubre cuando Aníbal regresó de su trabajo, a eso de las seis. Subió los dos pisos que lo llevaban hasta el apartamento con su bicicleta al hombro, tal cual lo hacía siempre. Ya antes de entrar, y una vez parado frente a la puerta del mismo, creyó escuchar, proveniente del interior, una voz femenina que le resultó desconocida. Introdujo la llave en la cerradura y giró el picaporte con una decisión tan inusual, que incluso a él le resultó extraña. Por alguna razón que según sus propias palabras nunca pudo explicar, Aníbal había ido ese domingo a su trabajo en un conocido comercio de la zona de Punta Carretas, mucho mejor vestido que lo habitual. Esto es, camisa blanca, pantalón de vestir color beige y zapatos negros. Era un correcto sport y por cierto mucho más elegante que las rotosas bermudas de jean y chinelas, con las que solía andar.

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Abrió la puerta y pudo ver, mientras maniobraba para introducir su birrodado en el apartamento y refugiado tras una deliberada y aparente indiferencia, a Sandra, la amiga de su hermana, dialogando muy animadamente con una compañera de trabajo. La conversación se detuvo momentáneamente, seguramente sorprendidas por la impetuosa entrada de mi amigo, dando paso a un tímido “hola” y a dos miradas disparadas como dardos hacia él, para luego continuarse como si nada hubiera sucedido. Mi amigo colocó la bicicleta sobre una de las paredes del living, y aún falsamente parapetado en la trinchera de la indiferencia, la cual construyó en fracciones de segundo inmediatamente después de abrir la puerta, siguió hacia su cuarto. Ya a sus 24 años la vida le había enseñado a fuerza de ensayo y error, que es como fija sus lecciones generalmente, que muchas veces es bastante más efectiva a la hora de llamar la atención de una dama, una respetuosa indiferencia, que una afectuosa presentación.

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Ella se llamaba Andrea y tenía 18 años recién cumplidos. Era menuda aunque bien formada; tenía ojos color café, pelo negro muy largo que usaba generalmente suelto, y un rostro con rasgos atractivamente indígenas. No hacía mucho que había empezado a trabajar junto a Sandra en una conocida panadería también Punta Carretas, y había pasado a tomar unos mates con ésta, para luego ir juntas a trabajar.

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Según lo confesado al día siguiente por Sandra a mi amigo, el flechazo fue explosivamente certero. Andrea había quedado irremediable e instantáneamente atraída por aquel indiferente y bien vestido muchacho, desde el momento mismo que puso un pié en el apartamento. A partir de ahí, y durante toda la jornada laboral, él se convirtió en tema recurrente y casi exclusivo de conversación. A tal punto, que movida por un irreverente desprejuicio que –lamentablemente- solo a esa edad se puede tener, Andrea insistió para ir nuevamente al otro día a tomar mates con Sandra.

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Al día siguiente, y puesto mi amigo al corriente de lo que estaba sucediendo, Aníbal y Andrea volvieron “casualmente” a encontrarse a la misma hora y en el mismo living. Pero esta vez, mi amigo le bajó varios grados al termostato de su indiferencia y Sandra, en un acto seguramente acordado con anterioridad con Andrea, tuvo que ir inesperadamente al baño y tardó en volver bastante más de lo habitual. Este tiempo libre, que duró no menos de diez minutos, fue suficiente para intercambiar nombres (acto que sólo fue un formalismo, ya que gracias a Sandra, ambos sabían ya el nombre del otro), teléfonos; hacer alguno que otro chiste pasajero como para romper el hielo, y hasta para arreglar una salida.

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El marco sentimental previo que rodeaba a los dos personajes de esta historia era el siguiente. Como ya fue mencionado, Aníbal estaba de novio con Ana hacía algo así como dos años y a la cual veía solo los fines de semana. Por otro lado, Andrea tenía una relación con un chico que jugaba al fútbol en un equipo brasileño, y al cual veía más o menos cada tres meses. No sé lo que habrá pasado por la cabeza de cada uno de ellos en el momento de concertar una cita, pero me da a pensar que la vida, el destino, Cupido o quien fuera, estaba realizando su mejor esfuerzo para lograr que estas dos personitas comieran irremediablemente, de la atractiva fruta de la infidelidad.

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El encuentro era un miércoles. No se habló de cine, de ir a cenar, ni de nada de eso. En realidad no se fijó ninguna actividad concreta para rellenar aquel encuentro, pero seguro que cada uno de ellos sabía hasta dónde estaba dispuesto a llegar. Y presumo que de las dos partes, esta disposición incluía sábanas.

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No estoy al tanto de cómo se preparó ella para la velada, pero sí de cómo lo hizo él. Su día libre era justamente el miércoles, así que Aníbal tuvo todo el día para planear cada detalle del encuentro. Y no solo eso, sino que se encargó también de cuidar cada detalle de lo que sería su primera infidelidad, para no dejar ningún cabo suelto que comprometiera su actual relación. Ya el día anterior puso sobre aviso a su novia de que a la noche siguiente iba a tener un asado en la casa de un amigo, que seguramente se iba a ir hasta muy entrada la madrugada. Cubierto ese flanco, dedicó luego toda su atención a preparar con lujo de detalles, el futuro encuentro nocturno. El día lo dedicó al aseo de la ropa que iba a usar; a averiguar telefónicamente precios de moteles; a tener claro qué transporte los podía llevar rápidamente hasta el lugar (ya que la vida también le había enseñado que un instante de duda o cavilación puede ser suficiente, para que una dama desista de su intención de entregarse); lugares alternativos para tomar alguna bebida alcohólica, como para aflojar posibles tensiones y expulsar miedos imprevistos; comprar los adminículos necesarios y obligados en un encuentro de esas características, y demás. Si algo no se le puede negar a mi amigo Aníbal, es el hecho de ser un tipo tan previsor como ordenado. Con todos los detalles previos absolutamente cubiertos, comenzó, faltando aún un par de horas para las diez de la noche, hora a la que quedaron de encontrarse, su arreglo personal.

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Baño, absolutamente esmerado. Esta vez la esponja llegó a rincones de su anatomía de los cuales, generalmente, solo pasaba cerca. Rasuramiento facial, a fondo. Talco; mucho desodorante; ropa interior en buenas condiciones; medias limpias y sin agujeros; y el peinado. A sí, el peinado ocupó bastante más de lo presumible para un hombre, y para la cantidad de pelo que éste ostentaba. Cada pirincho fue meticulosamente colocado en el lugar elegido, y dejado allí a fuerza de gel. Una vez que las labores bañísticas estuvieron completas, partió raudo, ante la atónita mirada tanto de su hermana como de Sandra, hacia la sección vestuario a realizarse en su cuarto. Cerró con vehemencia la puerta tras él y miró el reloj. Tenía tan solo treinta minutos para vestirse y llegar al lugar convenido, que por cierto no estaba demasiado cerca.

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Como la ropa que tenía pensado usar esa noche ya estaba pronta y extendida sobre la cama desde temprano de la tarde, el vestirse no le llevó mucho tiempo. Un vaquero de jean nuevo; una camisa planchada y con onda (valga la aparente contradicción), y unos championes o zapatillas que reservaba solo para oportunidades especiales. Luego los accesorios: la cadenita con el crucifijo; la pulsera de plata con su nombre; la billetera con los enceres necesarios; el reloj de pulsera que marcaba las 9:45 y mucho, pero mucho perfume. Estaba listo. Inspiró profundamente. Liberó lentamente el aire de sus pulmones. Y tomó, con la misma decisión y bravura que aquella tarde lo habían llevado a donde estaba ahora, el picaporte de la puerta. Tiró con fuerza, y pasó exactamente aquello que ni en sus peores vaticinios hubiera imaginado. El picaporte se quedó en su mano, absolutamente divorciado de la puerta.

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Lo miró por un instante que pareció eterno, como pidiéndole por favor que volviera a colocarse en su sitio y cumpliera con su cometido, o sea abrirla. Pero esto no sucedió. Se había quebrado muy dentro de ésta y no había manera de repararlo, ni momentánea, ni definitivamente. Aún aturdido por el “shock” que el inusual evento había provocado en él, llamó a su hermana. Esta intentó abrir la puerta desde fuera, pero tampoco se podía. El mecanismo estaba absolutamente destartalado. También fueron vanos los intentos de las chicas de usar un destornillador, un cuchillo de mesa y varios objetos punzantes más. Nada funcionaba. A esa altura Sandra, quien sin Aníbal saberlo estaba al tanto de su inminente y furtivo encuentro con Andrea, no aguantó más la tentación y comenzó a reírse como nunca. En lugar de ayudarlo, se iba hasta el piso en desmesurados ataques de risa que no podía controlar. Cuando contó a la hermana de Aníbal lo que realmente estaba sucediendo, ya eran dos a reírse, y el pobre tipo, absolutamente entregado, no hacía otra cosa que mover su cabeza de un lado para el otro en un claro signo mezcla de incredulidad y resignación, sentado en su cama. Nada pudo sacarlo de allí. Nada, salvo el cerrajero, que llegó al otro día a eso de las 8 de la mañana, rompió la bendita cerradura, y le cobró un ojo de la cara.

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No sé si Aníbal y Andrea habrán consumado otro día su tan accidentado encuentro. Lo que sí se, es que muchas veces y por más que las planifiquemos, las cosas no salen como queremos. Máxime cuando se trata de querer pasarnos de listos, y hacerle una zancadilla a la lealtad y a la confianza que otra persona deposita en nosotros. Y si no, pregúntenle a Aníbal.

6 comentarios:

  1. HOLA SOY PABLO DE MONTEVIDEO, MUY BUENO TU RELATO, ME GUSTO Y COMPARTO LO QUE EN EL SE EXPRESA. ASI QUE ARRIBA Y LA MEJOR DE LAS SUERTES!
    PABLO SLPS

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  2. En verdad qué si me pasa lo del pobre aníbal, reflexionaría sobre mi destino, no puede ligar tan poco, por suerte como yo nunca he sido infiel aunque me ha tentado el destino no he tenido esas experiencias ja ja. Está bueno el cuento pero yo rompía la puerta a patadas ja ja.

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  3. * Bienvenidos al comentómetro de EL SERRUCHO Pablo y Anónimo.

    -Con respecto a tu comentario Pablo, no me queda claro si estás de acuerdo con que hay que ingeniárselas de cualquier forma para ser infiel, o por el contrario estás en contra, o sea del lado de la puerta. Je je

    -Y con respecto a vos Anónimo, ese ja ja que metés por ahí luego de la frase "nunca he sido infiel"... qué querés que te diga. Como que no te creo mucho, viste. Aunque por otro lado me sumo a tu idea de romper la puerta a como de lugar. Mirá si la chica con la que te vas a encontrar iba a ser la madre de tus hijos, abuela de tus nietos y todo eso, y nada ocurre por culpa de un viejo picaporte y una puerta retobada. No señor, se rompe y listo.

    GRACIAS A AMBOS POR ESTAR

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  4. DON JUAN:

    "Es bastante más efectiva a la hora de llamar la atención de una dama, una respetuosa indiferencia, que una afectuosa presentación".

    Bueno el cuento, pero esta frase es magistral. Y sabés que tenés toda la razón Serrucho. ¡¡A las minas las mata la indiferencia !!

    TIRAME MAS PIQUES SERRUCHO QUE ESTE FIN DE SEMANA MATO !!!

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  5. NO JODAS DON JUAN, YO HACE COMO 25 AÑOS QUE NI SIQUIERA LES HABLO, Y SIGO MAS SOLO QUE EL UNO. BO SERRUCHO, NO JODAS CON EL ANIBAL ESTE, ME VAS A DECIR QUE SE LEVANTÓ LA MINA ESTA CON UNA BICICLETA AL HOMBRO. NI MOTO TENIA EL HIJO DE PUTA. DEJA. NO TE LA CREO.

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  6. ¡Ja Ja!
    Merecido se lo tiene ese Aníbal por intentar ser infiel a su novia...
    Seguro que si hacía las cosas como es debido el picaporte no se le rompía.
    Afortunadamente no tengo experiencia en eso de ser infiel... de todos modos conviene tener a mano una buena ventana.
    Saludos, Luciana.

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Diga sin miedo lo que piensa, acá no hay censura de ninguna clase. Le sugiero igual que impere el respeto, en caso contrario difícil que pase.