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lunes, 2 de junio de 2008

SOBRE RUEDAS

Planeamos aquel viaje al menos durante dos meses. Recuerdo muy bien que el día anterior nos encargamos de juntar todos los adminículos que íbamos a necesitar. Yo soy un tipo precavido, pero mi amigo Antonio lo es más, por lo que juntos repasamos una y otra vez aquella extensa y detallada lista que con tanta minuciosidad y cautela habíamos preparado.

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Era abril y de los de antes, cuando en Semana Santa hacía frío en serio, por lo que nuestra indumentaria estaba acorde al clima. De abajo hacia arriba era algo más o menos así: botas, dos pares de medias, pantalón de jean con un deportivo adidas -de los azules con tres rayas blancas en los costados- por debajo, camiseta gruesa de algodón, buzo "jogging", camisa de paño a cuadros grandes, rompevientos (para los de frontera afuera, esto vendría a ser un buzo de lana grueso con un cuello alto), bufanda, guantes y gorro (también de lana). Los fieros birrodados que iban a tener la gentileza de soportarnos aquellos escabrosos 60 kilómetros hasta la estancia del tío Pirulo, habían sido puestos a punto en un taller mecánico. En nuestras mochilas, además de ropa, llevábamos provisiones para el viaje que consistían en unos refuerzos de mortadela y manzanas. Eso sin contar una botella plástica con "Jugolín" de naranja que nos hidrataría en el remotísimo caso de que por alguna razón, nos tuviéramos que codear más tiempo del previsto con el sol del mediodía. Y digo remotísimo, porque tratando de evitar dicha situación, fijamos como hora de partida las 4 de la mañana, para tratar así de llegar a destino no mucho después de las 9. Por último, decidimos incluir en el equipaje un aparatozo inflador de pie (casi tan pesado como la bicicleta) y una linterna que muy gentilmente nos prestó el padre de mi amigo.


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Con puntualidad inglesa, 5 minutos antes de las 4 Antoñito estaba en casa. Yo ya estaba pronto, así que 15 minutos mas tarde ya estábamos surcando a pedalazo firme las rutas florecinas.


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Era aún noche cerrada, por lo que los primeros kilómetros los hicimos a punta de linterna. Bueno, o al menos eso intentamos, porque la porquería de aparato lumínico de cuatro pilas grandes, con mango antideslizantes y como 60 centímetros de prolongor que llevó mi amigo, alumbraba cuando quería. Había que propinarle una serie continuada de 4 o 5 trompadas para que funcionara unos 5 segundos, lo que a nuestra velocidad de vértigo significaba unos 20 metros, y luego de algunos pestañeos de advertencia, se volvía a apagar. Y otra vez las trompadas, y así. En conclusión, la linterna era una cagada, por lo que mi amigo Antonio tomó la savia decisión de guardarla antes de que la agarrada yo y se la tirara a la mierda, o lo que habría sido peor, le realizara un improvisado y campestre tacto rectal con ella.


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A esta altura llevábamos recorridos no más de 5 kilómetros de los 60 en que consistía la travesía. Es bueno aclarar que 20 del total de kilómetros transcurrirían sobre ruta asfaltada, mientras que los 40 restantes serían por caminos de tierra. Y así, como dos briosos corceles rodantes, seguimos devorando metros.


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Lo recuerdo como si hubiera ocurrido hoy de mañana. Íbamos exactamente en el kilómetro 14,200 cuando mi amigo dejó escapar por la hendidura que quedaba entre la bufanda y el gorro, aquellas fatídicas palabras que a la postre se convertirían en el comienzo de nuestra peor pesadilla, -"Creo que estoy un poco bajo". Con la aguda percepción que me caracterizó desde siempre, entendí inmediatamente que no estaba haciendo referencia mi amigo a la distancia que había entre su cabeza y sus pies, sino a la cantidad de aire que contenía en ese momento alguna de las cámaras de su robusta bicicleta. Las habíamos inflado antes de salir, pero por las dudas paramos algunos metros más adelante, para hacer un chequeo de rutina.


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-Permítaseme hacer nota a la parcialidad, que dada la cantidad enorme de mochilas, bolsos, bolsas de nylon, inflador, carpa, pelota, red de voleiball, y unas cuántas cosas más que llevábamos sobre nuestras arropadas osamentas, la tarea de descender de los vehículos no era para nada sencilla.-


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Una vez que estuvimos pie a tierra, comprobamos con un atizbo de asombro que efectivamente, su rueda trasera no tenía la dureza apropiada. Sin alarmarnos en absoluto, dediqué los siguiente minutos a liberar el inflador del absolutamente incorruptible correaje que tan efectivamente mi amigo había puesto sobre él. Exagerado como pocos, lo había atado como para que acompañara al birrodado por el resto de sus días. Luego de algunos minutos de insultos y mordiscones a un nudo franco-irlandés que me desafiaba impertérrito, tomé el cuchillo que llevaba asido a mi cintura a lo COCODRILO DUNDEE (si es que se escribe así), y terminé de prepo con aquella sublebación nudista. El aparatozo inflador que habíamos llevado era de esos que para inflar se apoyan verticales al piso, se aprietan con los pies y se les da fuelle con ambas manos. ¿Ubican? En resumen, bruto gollete.


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La cosa fue que inflamos trabajosamente la rueda, recogimos nuestra cosas y retomamos nuevamente la marcha. Ya estaba por amanecer.


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No quiero decir algo que no concuerde fielmente con la realidad, pero yo creo que no hicimos más de 500 metros cuando mi compañero y amigo disparó cual fuego de metralla, una segunda serie de fatídicas palabras que encendieron en lo más profundo de mi glándula pituitaria, una tímida señal de alarma; -"Creo que estoy bajo denuevo"-. -" ¡Puta madre!. ¿Y por qué no te terminas de empetizar del todo, así te doy un boleo en el culo y te hago rodar colina abajo con bicicleta y todo? "-, pensé para mis adentros al tiempo que por mi boca emanaba un cordial, -" Uy, ¿en serio amigo? "- Nos detuvimos inmediatamente y nuevamente pusimos pie en tierra. Sin siquieira bajar de mi bicicleta pude ver con preocupación que el nivel eólico de la rueda trasera de la bicicleta de Antoñito, -que fue como empecé a llamarlo a modo de terapia de contraste y a fin de no rajarlo a puteadas- había descendido hasta un grado alarmante. Le tiré el inflador, que esta vez había sido atado a lo bandido nomas por un servidor, y esperé que inflara. Juntamos las cacharpas y emprendimos nuevamente la marcha.


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Es solamente por respeto a la concentración y el tiempo de los lectores que no me tomo el trabajo de contar las cantidad de veces que repetimos la operación recién mencionada, pero les puedo asegurar que fueron unas cuántas; realmente muchas más de las que apriori, mi escueta paciencia hubiera creído haber sido capaz de tolerar. Ya las últimas infladas se hicieron con intervalos de algo así como 100 metros. Para peor, me tuve que hacer cargo solito de todo el equipaje para facilitar la tarea del señor inflador. La rutina era así: Rueda sin aire. Paramos. Bajamos las cosas al piso. Antonio inflaba a todo ritmo, -debo reconocer que para nada falto de ahínco y bravura, aunque después de todo, era lo menos que podía hacer-. Una vez inflada, el tipo se subía de un salto a su bicicleta y salía como endemoniado en la bajada, mientras que un servidor se quedaba juntando una a una las cascarrias que quedaban diseminadas en la ruta, inflador incluido. Una vez que terminaba de colgarme hasta de la oreja la última de las bolsitas, lanzaba una melancólica mirada hacia adelante y veía a mi amigo, unos cuántos metros adelante, ya con la bicicleta en el piso, y esperando nuevamente el inflador. Triste.


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Un desesperado "plunch, plunch, planch", acompañado por un eterno e infinito "sssssssssssssss" continuo en SI bemol, se escuchó 100 metros más adelante de la anterior parada. Nos miramos al unisono y paramos sin emitir palabra alguna, al costado de la ruta. El espectáculo que tenía desde mi privilegiada ubicación sobre mi nave era absolutamente desolador. Mi amigo arrodillado en el piso, mirando con ojos de perro abandonado hacia una cubierta flácida y resquebrajada que dadas sus actuales circunstancias, no alcanzaba a contener en sus entrañas ni un soplidito del vital y aeróbico elemento. Ante tamaño panorama, me apee pausado de mi vehículo y lo dejé caer hacia un lado. ¡Mierda!


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-Añado como referencia que aún no habíamos llegado al camino de tierra, por lo que dejo librado a los cálculos del lector, la distancia recorrida hasta el momento-.


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"-¿Dónde pusiste los parches?", pregunté a mi amigo, ya dejando salir al exterior una para nada representativa muestra del enorme caudal de mal humor que cual lava candente brotaba desde lo más profundo de mi ser. Recibí como respuesta los ojos grandes y bien abiertos de Antoñito, emulando la mirada de una vaca lechera triste por la reciente separación por parte del dueño de la chacra, de su ternerito recién nacido, y un silencio. Un silencio 2.3 veces más profundo que el ambiente. Era como el agujero negro de los silencios. Salió de su boca y acalló todo sonido a su alrededor. Y yo, aunque por un instante me resistí, creí entenderlo. "-¿No trajiste parches?", pregunté casi en un inconsciente y desesperado acto reflejo. Con un movimiento elico-lateral de este a oeste y viceversa de su confundido órgano craneal, me hizo saber que no. Recuerdo que en ese instante tuve la bajeza de realizar una pequeña mención recordatoria hacia ciertos integrantes femeninos de su familia y hacia los cuales ostento -debo decir- un profundo cariño y respeto. Luego de este pequeño acto recordatorio, me sentí más aliviado.


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CONTINUARÁ


1 comentario:

  1. Es verdad que tu bicicleta no tenía asiento y que, justamente por eso, te gustaba mucho andar en ella?

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Diga sin miedo lo que piensa, acá no hay censura de ninguna clase. Le sugiero igual que impere el respeto, en caso contrario difícil que pase.