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sábado, 20 de septiembre de 2008

EXILIO




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.....Decir que el amor que las personas sentimos por nuestro país de origen es directamente proporcional a la distancia que nos separa del mismo, es, para aquellos que atraviesan por esta situación, una verdad irrefutable.
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.....Abundan los testimonios sobre estas cuestiones, pero quiero en esta oportunidad compartir con ustedes las vivencias de un amigo, el cual supo transmitirme casi en tiempo real mediante cartas (de las que se escribían con lápiz y papel y demoraban varios días en llegar a destino), sus emociones cotidianas en un país ajeno y desconocido.
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.....Me pongo sin demasiado esfuerzo en la piel de Carlitos, un uruguayo veinteañero que decidió en un momento de su vida, poner sobre sus hombros una pesada valija llena de sueños -mucho más pesada de lo que podía cargar- y salió decidido a comerse el mundo.

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.....“Fue el viaje más largo, tedioso y amargo de toda mi vida. La despedida fue breve y hasta silenciosa. Recuerdo que tomé un coche que pasaba por mi pueblo a eso de las tres de la madrugada y al que nadie, ecepto yo, esperaba aquel miércoles de otoño. Tengo grabada a fuego en las retinas, la imagen de las figuras silentes de mis padres, abrazados en la penumbra, y mirando con tristeza hacia aquella ventanilla de ómnibus que les robaba a su único hijo varón. Y de esto hace ya más de diez años. Estrenaba apenas mis veintiuno y atrás dejaba una vida. Una vida simple pero hermosa, cálida. Atrás quedaban amigos, amores, lugares, proyectos y un gran puñado de momentos vividos. Todo eso lo dejaba de lado por culpa de un pasaje de ómnibus, y lo cambiaba por el agridulce sabor de lo desconocido. El ómnibus llegó, me subí, y retomó rápidamente su marcha como importándole poco y nada mi inminente desarraigo. Apenas si tuve tiempo para hacer con mi mano un adiós, y ya me había ido.
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.....Aquellas dos horas y media –quizás algo menos- que duró el primer tramo hasta Montevideo, fueron eternas. Recuerdo que me faltó el aire y me sentí descompuesto casi desde el principio del viaje. La calefacción estaba demasiado fuerte y el asiento demasiado duro. En realidad, el que estaba demasiado todo era yo, pero en ese momento le cargué las culpas a factores externos, ya que no me sentía en condiciones de asumirlas. A pesar de la hora, no pude pegar un ojo en todo el viaje, y las ganas de vomitar me atormentaron hasta que me bajé en la terminal de Tres Cruces. Allí, el aire fresco que tomé al cambiar de coche me hizo sentir algo mejor. Menos mal, porque tenía por delante tres horas más de ómnibus hasta Colonia y luego cinco de barco hasta mi destino final en Buenos Aires. El resto del viaje transcurrió, en líneas generales, bastante bien.
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.....La imponencia de aquella ciudad comenzó a incrustarse en mis ojos desde que asomó en el horizonte. Salí varias veces a cubierta, pero la llovizna gris que aquella mañana lo cubría todo, me hizo volver al interior del barco la misma cantidad de veces. En un momento, cuando miré hacia afuera por uno de los ventanales del salón principal, la ciudad me había devorado por completo y me dí cuenta de que ya no tenía vuelta atrás. Pensar que hasta el día anterior andaba en bicicleta por las soleadas calles de mi pueblo, saludando gente conocida y con una vida totalmente bajo control. Ahora caminaba casi sin rumbo por una ciudad enorme y llena de caras extrañas. Sentí ahí por primera vez la soledad de la muchedumbre, el enorme silencio que te clava en el alma el bullicio ensordecedor de la gran ciudad, y lo peor de todo, la enorme insignificancia de mi ser.
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.....Talvez los primeros días en aquel sitio no fueron tan malos. Tenía mucho por conocer y mis ojos pueblerinos se dejaban deslumbrar con facilidad. Además, pasaba gran parte de mis días yendo de aquí para allá, con todo el papeleo de la radicación y esas cosas. Pero luego, cuando eso estuvo resuelto y ya no me asombraba con tanta facilidad aquel edificio de cincuenta pisos ni o aquella enmarañada red de subterráneos casi sin fin, comenzó el calvario. Fue un calvario silencioso, paciente y progresivo. Muy lentamente, mi pequeño país comenzó a llamarme a la distancia con un suave pero firme susurro. Al principio me empeñé en hacerme el distraído para no atender sus reclamos. Pero después de un tiempo, ya no lo pude evitar más.
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.....La peor parte venía a la noche, cuando ponía mi cabeza sobre la almohada y el silencio comenzaba a hacerse oír. Era a la noche cuando cada imagen que se presentaba ante mis ojos cerrados, se transformaba en una lágrima que me abandonaba. Pensaba en mi padre en su carpintería y ahí iba una lágrima. Pensaba en mi madre volviendo del trabajo a eso de las cinco de la tarde, y ahí iba otra. O en mi hermana saliendo para el liceo, y otra. Pero también les dedicaba lágrimas a cosas que en su momento no me parecían importantes, como por ejemplo a las calles de mi pueblo, a los vecinos, al parque, a la plaza; en definitiva, a cualquier objeto que fuera disparador de algún recuerdo querido. La distancia hizo que mi sensibilidad llegara a niveles absolutamente disparatados. Durante el día, cuando estaba trabajando en la calle, mis recuerdos eran disparados por una música, un perfume, una publicidad que hiciera mención a mi país, alguna persona con mate y termo bajo el brazo, una bandera, un ritmo de murga; cualquier cosa. El problema era que me resistía a hacerme a la idea de que ya no iba a volver a formar parte de esas cosas. Me dolía fuerte el pecho cuando pensaba que mi padre iba a seguir en su carpintería, mi madre iba a seguir volviendo del trabajo, y mi hermana iba a seguir regresando del liceo, pero sin mí. Y se me partía el alma en mil pedazos cuando pensaba en que nunca más me iba a poder alimentar de esas pequeñas grandes cosas, tan cotidianas como necesarias.
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.....Y luché y me mentí a más no poder. Traté de convencerme a toda costa de que esas cosas por las que sufría a diario, no eran en realidad importantes. Que iba a padecer un tiempo su pérdida, pero que luego la gran ciudad se iba a hacer cargo también de mi espíritu, y poco a poco iba a sentir cada vez menos la ausencia de aquel mundo de fantasía. Y así pasó un mes, pasaron dos, y luego muchos más. Llegó un nuevo trabajo que prometía, llegaron nuevos amigos y hasta llegó un amor que me quiso mucho más que yo. Y yo seguí yendo y viniendo por aquellas calles llenas de gente, cada vez menos desconocida. Y seguí tratando. Tratando de tratar de ser feliz. Y seguí llorando. Llorando cada noche en mi almohada, como el primer día.
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.....No sé si a todos los inmigrantes les pasará lo mismo, pero a mí la distancia me enseñó mucho más en dos años y pico, de lo que aprendí en los anteriores veintiuno. Aprendí que la vida pasa mucho más rápido de lo que a simple vista nos parece, y que solo con algo de distancia y perspectiva, podemos ser capaces de notarlo. Aprendí que las pequeñas cosas son las que realmente le ponen gustito y aroma al caldo de la vida. Aprendí que los logros solo cobran importancia cuando tenemos afectos con quien compartirlos. Y aprendí que ninguna, absolutamente ninguna pertenencia material, va a ser nunca capaz de suplantar al beso sincero de una madre, a la mirada cómplice de un padre o a la risa desenfadada de una hermana adolescente.”

3 comentarios:

  1. Te encontre en Orsai,me encanta lo que escribiste,pero, si entendi bien, de Montevideo a Buenos Aires, no te podes sentir exiliado !
    Te mando un beso de madre ( tengo hijos de 31, 33 y 38 años)

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  2. El exilio puede ser mucho más duro cuando vas de una ciudad cualquiera del interior hacia la gran ciudad, y Montevideo sólo es el trampolín para dar el gran salto. Y si bien estamos de acuerdo en que la distancia no es tan grande, si no tenés perspectivas reales o posibilidades concretas de volver, me imagino que es como estar a años luz de lo y los que querés. Yo conocí a alguien que le pasó algo parecido a lo del relato. Lo bueno está en aprender a valorar las cosas, que por cotidianas, muchas veces no les damos importancia; y sopesamos su valor real, justamente cuando no las tenemos. Y aprender a tiempo como para recuperarlas.

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  3. *** Hola madre de 30 y pico. Muchas gracias por tu comentario. Con respecto a eso, sabés que a mí me da la impresión de que algunas veces y para algunas personas, la distancia que las separa del lugar y la gente querida, no se mide en kilómetros, sino en minutos, horas días y hasta años de ausencia. Es raro, pero realmente creo que a Carlitos no le importaba cuan lejos o cerca estaba de sus afectos, sino cuánto tiempo transcurríría sin poder abrazarlos. Y eso, convertido a kilómetros, es muchísimo. Beso y por favor, seguí en contacto.

    *** CUMPA: Sé que aunque no se te ve muy seguido por estos lares, siempre estás. Un abrazo y gracias por tu aporte.

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Diga sin miedo lo que piensa, acá no hay censura de ninguna clase. Le sugiero igual que impere el respeto, en caso contrario difícil que pase.