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lunes, 21 de enero de 2008

RÉQUIEM DE UNA MUDANZA ANUNCIADA

Por Hernán Barrios

NOTA:


No han sido nada despreciables, tanto en cantidad como en calidad, los esfuerzos realizados por un servidor para desviar, mediante toda suerte de artilugios mentales, mi atención sobre hechos y/o acontecimientos que, aunque ampliamente dignos de ser detalladamente narrados y posteriormente esparcidos por la "red de redes", podrían de algún modo perjudicar o ensombrecer la inmaculada imagen de un amigo, la cual tantos años costóle construir y mantener. Amén de esto, todo esfuerzo tiene un límite. El material anecdótico que emana constantemente del ya mencionado amigo y de sus actos es de una vastedad tal, que me han empujado en las últimas semanas a tomar la drástica decisión de hacerlo público.

Hecha esta salvedad y ofreciendo mis disculpas a sus seres queridos, he aquí la historia.


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.“Sí amigo, te ayudo”, fue mi natural y por cierto sincera respuesta ante la solicitud de Antoñito de darle una mano con la mudanza, sabiendo además intrínsecamente que estaba necesitado de personas de buen porte y de mejor estado físico para realizar tan extenuante tarea. “Contá conmigo”, agregué, no cruzándoseme por la mente siquiera una vez el hecho de que él jamás había tenido una actitud similar para conmigo, excusándose siempre en tener que volar para tal o cual lugar del cosmos. Si hasta me parece que fue ayer cuando, ante el pedido de ayuda para realizar mi primer mudanza (cuyo bagaje no estaba constituido más que por tres o cuatro cajitas y la guitarra) se despachó con un rotundo no, excusándose en un supuesto viaje a Kuala Lumpur en busca de uno martillo de goma que según él, solo allí se fabricaba. O aquella otra vez, que alegando tener que viajar urgente a una importante barraca de Asunción en busca de un enorme clavo de titánium para introducírselo no sé en qué cavidad a un amigo cojo, hizo caso omiso a mi pedido de ayuda. Pero como ya lo dijo el célebre poeta contemporáneo Alejandro Sáenz en una de sus obras más célebres, “no es lo mismo ser que estar, no es lo mismo darse que hacerse dar” y echando tierra encima a tan desacertadas actitudes de su parte, acepté gustoso el encargo. Mi única condición fue que tuviera la deferencia de avisarme con al menos 48 horas de antelación, a fin de tener tiempo suficiente para organizar mis múltiples actividades. Hecha esta salvedad, quedé a la espera de un nuevo llamado.

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SÁBADO, 11:45 de la noche. Suena el teléfono y voy como loco a su encuentro. Atiendo y del otro lado de la línea, una sucesión interminable de erres arrastradas delata la inequívoca presencia de Antoñito, que entre alegre y despreocupado dispara la siguiente frase: “amigoooo... ¿mañana a las 8 podes?. “$%/*&...”, pensé. Mis sorprendidos, obnubilados y eréctiles cilias auditivas no daban crédito a lo que oían. Solo impulsado por un acto reflejo proveniente del rincón más oscuro de mi sistema nervioso autónomo y con la efímera esperanza de que tal diabólica pregunta fuera por entero producto de mi prolífica imaginación, fue que atiné a preguntar: “¿... de la mañana?. Sí, era a las 8 de la mañana del domingo; “cáspita, caracoles, rayos y centellas, camarones al mojo de ajo...” y tantos otros epítetos, sería la popeyística traducción a toda una serie de irreproducibles, irreverentes e irrefutables desechos lingüísticos que mi corteza cerebral estuvo tentada a liberar, pero que gracias al acertado consejo de mi ubicado superyo, no hicieron más que rebotar de un lado al otro de mi amplia cavidad craneana. “A las 8 amigo... un abrazo”, fue todo lo que atiné a decir, luego de que gentilmente se ofreciera a venir a buscarme en su auto nuevo. Y corté.

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DOMINGO. Veinte minutos pasaban de las 10 de la mañana. Ya estaba bastante calentito gracias a Dios sentado en el living de mi casa, cuando suena el teléfono. Claro, acertaron, era mi amigo para decirme que la mudanza se había pospuesto para las cuatro de la tarde de ése mismo día. Pero la rep... “¿Pero qué he hecho para merecer esto?, me pregunté por trigésima octava vez. Y colgué. Dediqué pues el resto de la mañana y parte de la tarde a realizar tareas inherentes al hogar. A saber; cocinar, lavar ropa, limpiar el apto., etc. Eran las dos de la tarde exactamente cuando miré el reloj y pude darme cuenta de que todavía tenía tiempo suficiente, así que encaré la desagradable tarea de limpiar el baño. El desorden era de dimensiones colosales y la limpieza estaba en su punto de máxima intensidad teniendo a un servidor como protagonista, cuando suena el timbre. Salí a toda prisa chapoteando por el pasillo y con los guantes de goma puestos en procura de alcanzar el portero eléctrico. “¿Quién es?”-pregunté con voz firme y poco amistosa. Era Alberto, el hermano de Antoñito, que a pesar de ser una versión más nueva y mejorada de la cepa familiar, sigue manteniendo algunas características inherentes al apellido, como por ejemplo una gran habilidad para la desintegración inescrupulosa y desinteresada de los caracteres primarios masculinos externos inferiores. Yo no lo podía creer. La mudanza era a las cuatro y este abombado me pasa a buscar a las dos. ¡Mierd...! Agarré una campera, dejé el baño hecho un desastre y salí.

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El panorama era realmente desolador en el interior de la guarida de estos dos fugitivos. Cajas de todo tipo y tamaño, ropa de todas las estaciones desparramada por el piso, muebles desarmados, colchones sin arrollar y toda suerte de objetos inertes daban un sombrío aire de catástrofe nuclear al recinto en cuestión. Ahí me di cuenta que realmente se iba a necesitar más maña que fuerza para llegar a buen término con esta empresa. Primero que todo, nos dedicamos a poner fin a la existencia a todo un surtido de insectos que, apadrinados por el loable espíritu humanista de conservación de las especies que posee Antoñito, lograron sobrevivir y reproducirse en grado tal, que hizo realmente dura, a cuatro hombres adultos, su eliminación. Una vez salvado con regular nota este escollo, nos enfrascamos en el agrupamiento de los enceres de acuerdo a su función y a su posterior colocación en recipientes expresamente acondicionados (por nosotros) para dicho cometido. Cabe hacer la salvedad de que el dueño de casa hizo su entrada triunfal a su hogar, una vez que teníamos todo agrupado y pronto para ser subido al vehículo que lo transportaría a su próxima morada. Estaba volando. ¡Cuándo no!

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Pocos minutos faltaban para las 16, hora en que estaba pactado hacer la mudanza en sí y la cuadrilla de esclavos (entre los que se encontraba un servidor) hacía rato que tenía todo pronto. Incluso hasta habíamos sacado todo para el patio a fin de que la subida del mobiliario al vehículo de carga fuera lo más rápida posible, evitándole al amigo un gasto innecesario. De pronto, un espeso humo negro comenzó a cubrir toda la cuadra llegando incluso hasta nosotros. En un momento pensé que alguien había prendido fuego algunas cubiertas y que se trataba de un “piquete”, ahora que están de moda. Luego, se comenzó a escuchar un ruido, que era algo así como una mezcla entre una desgranadora de maíz y un tranvía del siglo XIX. Al fin, ante el asombro de la multitud, hace su llegada triunfal el fletero. Sinceramente, no encuentro las palabras adecuadas para transmitirles lo que sentí en ese momento al ver tamaño espectáculo. Creo que en principio quedé un poco azorado, pero cuando abandoné este estado, me empezó a ganar una especie de risa incontenible que provenía de lo más profundo de mi ser y que era progresivamente alimentada por las miradas cómplices de los demás integrantes de la barra. No se pueden imaginar lo que era aquello. El camión, tal cual lo había pronosticado Antonio, era una especie de camioneta vieja de mediados del siglo XX (para los entendidos, Chevrolet 1951) que parecía que se iba a destartalar al ponerle la primer silla arriba. Muy fuerte! Yo me mataba de la risa por dentro, pero no podía exteriorizarla demasiado, no fuera cosa que el chofer y el copiloto –que por cierto eran aún un poco más longevos que el vehículo pero en similar grado de destartale- se ofendieran. Además, no solamente parecía que se iba a romper sino que era demasiado chica para todo lo que teníamos que cargar. Pero bueno, era barata y eso era lo importante. Comenzamos la subida.

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Cargamos lo principal ya que obviamente, todo no entraba. Lo que no cupo, iba a ser llevado en una segunda instancia por el dueño del baile en su auto. Realmente no era una distancia demasiado importante la que teníamos que atravesar para llegar a la nueva residencia, pero dadas las condiciones del transporte, parecía una tarea casi imposible el hecho de llegar a destino con la misma cantidad de cosas que habíamos salido. De todas maneras, y ante la inexistencia de alternativas, iniciamos la marcha.

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De pique nomás, estuvimos a punto de descargar todo de un saque cuando, al salir raudos de la vieja morada, el hábil aunque miope chofer, enganchó la cuerda de la ropa con la parte de arriba del piano. Menos mal que la piola no era muy resistente y se cortó, porque de lo contrario, ahí nomás la quedábamos. Por un camino sinuoso y lleno de pozos que eran como puñaladas a nuestros nervios – que íbamos presenciando el desempeño del añejo vehículo desde otro auto- salimos a toda marcha dentro de una humareda digna de un bombardeo yanqui. Quiero dejar constancia en esta parte del relato, que como habrán apreciado en la parte superior del relato, aparte de cargar como una mula, me hice un tiempito para sacar alguna que otra foto, que diera testimonio y base sólida en carácter de prueba irrefutable a mis dichos. Con el corazón en la boca, y los testículos ubicados entre el segundo y el tercer anillo de la cavidad laríngea, transcurrió el viaje. Al fin, llegamos.

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A pico seco y estómago vacío, cabe agregar, hicimos nuevamente un esfuerzo de características épicas para subir todas las porquerías hasta un sexto piso. Menos mal que contamos desde un comienzo con la impagable ayuda logística de la vecina del 1º C, que en un hecho sin precedentes y lleno de nobleza, se puso a dirigirnos cual sargenta solterona con su flácida y arrugada estampa erguida en el pórtico de su apartamento. Nunca falta en toda vecindad que se precie, una vieja chusma y metiche que se encargue de romper gratuitamente las pelotas a “troche y moche”. En este caso, “troche” sería Antoñito y “moche” sería yo. La cosa fue que subimos una por una las pertenencias de los muchachos sin que sufrieran daño alguno. Una maravilla los negritos esclavos.

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Estábamos pisando ya las ocho de la noche, cuando la mudanza iba llegando a su fin. Los cuerpos extenuados y casi inertes de los amigos de Alberto daban muestra cabal del esfuerzo realizado. No era así mi caso, que a pesar de todo y gracias a una complexión física digna de un guerrero vikingo todavía daba pelea. No fue sino hasta haberle rogado hasta el cansancio y poco menos que haberle besado los pies, que al final de la noche se dignó a premiar nuestro bestial esfuerzo con un “salamin” y dos galletitas malteadas... para todos. Y bueno, peor es nada.

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Salada paliza le pegué a un carrito de chorizos que encontré en mi camino de regreso a casa. Cansado y hambriento, pero contento. Satisfecho por haber realizado una obra de bien que permitió a un amigazo, empezar a gozar de una mejor calidad de vida, lejos de aquel cañaveral lleno de alimañas y animales ponzoñosos en el que vivía. Solo espero que cuando me toque mudarme, cuente con su invalorable ayuda, aunque de no ser así, igualmente seguiré siendo su amigo. Porque sino, para qué están los amigos, si no es para ayudarnos desinteresadamente tanto en las buenas como en las malas y para hablar bien unos de los otros.


2 comentarios:

  1. Hombre de serrucho en mano, por no decir carpintero de las palabras. Las mudanzas, creo yo, es una de las situaciones más terribles que debe atravesar el ser humano en su corta y perra vida. Incluye tanto la vida del mudante (persona que se muda a otra casa o apartamento por alguna razón o razones de peso o de pesos) y el mudador (ese amigo fiel que siempre va a decir que sí aunque quisiera decir que no).
    Es difícil no haber participado en una de estas experiencias, tanto de un lado como del otro, pero lo que no es normal es que el desarrollo de la misma esté plagado de situaciones surrealistas que, hay que decirlo, tan bien has narrado.
    En un tiempo fui muy mudador, hoy por hoy, desde hace ya algunos años estoy siempre de mudante. Eso sí, tengo tan pocas pertenencias tangibles de valor que me entran en un par de valijas, grandes. Además, no jodo a nadie.

    PD: de todas las cosas maravillosas que me están enseñando en la facultad, he aprendido una, una sola, por lo tanto no puedo dejar de comentártela. Nos han insistido en que es aconsejable usar espacios en blanco en los textos, por ejemplo, sangrías, marcar los párrafos, etc, etc. porque permiten hacer descansos a la vista y no perderte en la lectura. No es una crítica, es un consejo, me parece que ganaría mucho el texto con pausas (aunque puede ser una técnica marketinera tuya) A mí me pasa que la vista se me cansa muy rápido y necesito desviar la mirada, a veces en dirección a tus amenazantes y hermosos ojos celestes de arriba o a chusmear los videos que has elegido esta semana del youtube, lo que hace que cuando vuelva sobre mis pasos al texto, me percate de que no sé donde voy y busco, siempre encuentro pero…
    Nada más, perdón por la chachara. Adelante.

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  2. Gracias por comunicarte amigo Ale y por los conceptos vertidos en el blog. Con respecto a tu sugerencia, te cuento -y de paso le cuento a todos los lectores- que la falta de prolijidad en mis textos responde fundamentalmente a mi inutilidad cibernáutica. El original hecho en Word tiene todo eso que vos pedís, pero resulta que una vez que lo vuelco al blog, me cambia la configuración y queda como aparece. Estaría bueno que vos, o alguno de los abesados lectores que seguro se codean mucho mejor que un servidor con la modernidad, me diera unos consejitos para poder mejorar esta cuestión, que vos muy bien has hecho notar.
    Bueno amigo/s, espero poder cumplir prontamente con sus reclamos, muchas gracias por la sugerencia y gracias por estar. ABRAZO GRANDE.

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