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lunes, 6 de octubre de 2008

ÁNGEL - HOY PASÓ LA MUERTE A SALUDARME

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Como todos los días, iba rumbo a la parada del ómnibus que me llevaría al trabajo. El sol brillaba a pleno y el azul del cielo estaba más azul que nunca. En ese breve trayecto me crucé con las mismas caras que me cruzo cada mañana a la misma hora. Todo sucedía aburrida y previsiblemente igual. Todo igual. A no ser por la muerte que escondida tras un auto a toda velocidad y sin control, venía en mi búsqueda. Sucedió en fracciones de segundo. Giré la cabeza al llegar a la esquina y el vehículo venía directo hacia mí. Era ya demasiado tarde para intentar eludirlo. Sin poder moverme y mirando fijo a los ojos de aquel hombre que se había puesto por un momento mi destino en sus hombros, me resigné a morir.
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Sentí el sol ocultarse de pronto y el tiempo detenerse. Sentí sobre mis párpados la lenta pesadez de esa última mirada. Pero por sobre todas las cosas, sentí lástima. Lástima de mí, por no tener ya más tiempo para ser ni para hacer. Por no tener más tiempo para ir una vez más a la rambla a tomar mate y ver el atardecer. Para hacer una última llamada telefónica a mi madre. Para darle un último abrazo a mi padre. O para darle un último beso a mi hija y recordarle lo mucho que la quiero. Mi alma lloró en silencio con lágrimas de angustia y mi corazón se puso a recordar. Mis 34 años, uno tras otro, asistieron presurosos a ese último momento en forma de película. La cinta pasó a velocidad de vértigo pero yo sentí hasta el último detalle. Personas, lugares, momentos, olores y sabores confluyeron en forma de cóctel divino a esa última función. Luego la lástima y la angustia se transformaron en paz y tranquilidad. Ya no tenía de qué preocuparme. Ya no tenía nada. Luego, el silencio.
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El silencio roto en mil pedazos por la imponente colisión de chapas y de vidrios rotos. La muerte me soltó de golpe y pude ver como ese taxi que apareció por la calle perpendicular, golpeó con fuerza el costado del auto que venía hacia mí, y lo desvió de su camino.
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Ambos vehículos quedaron bastante maltrechos, aunque sus conductores solo sufrieron heridas leves. Una vez que salí del shock me acerqué al hombre que sin querer me había salvado la vida y le pregunté su nombre. “Ángel”-me dijo. “Me llamo Ángel”. Y por primera vez en la vida dí gracias a Dios.

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7 comentarios:

  1. Muy bueno amigo, como siempre.
    Saludos, Arturo.

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  2. Hola, che que momentooo, que momento no se si esto te paso de verdad pero gracias dios que estaba Angel.. o un angel... un beso

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  3. - Gracias amigo Arturo por estar siempre al firme.


    - Quizás me pasó, pero aunque así no fuera, seguro le ha pasado a alguien más. Y estoy convencido de que las emociones en este tipo de situaciones extremas,son comunes a todas las personas.
    Gracias Gabriela por estar.

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  4. Me gustó mucho. Voy a seguir entrando y voy a empezar a hurgar en tus posts viejos.

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  5. Bienvenido Xavier.

    Ojalá sea de tu agrado lo que leas del archivo del SERRUCHO, y me gustaría seguir contando con tus comentarios en las publicaciones venideras.

    Abrazo y gracias por estar.

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  6. "Hoy es el primer día del resto de mi vida". Si nos concentramos podemos lograr tan solo convivir con las dificultades y disfrutar del milagro de la vida, y de las increíbles oportunidades que tenemos a cada instante. CARPE DIEM

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Diga sin miedo lo que piensa, acá no hay censura de ninguna clase. Le sugiero igual que impere el respeto, en caso contrario difícil que pase.