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lunes, 17 de diciembre de 2007

VIAJE INAUGURAL (3)

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Una vez que los técnicos salieron de debajo del vehículo sin haber hecho nada mas que eso, estar debajo del vehículo, decidimos emprender el resto del viaje. A la orden del capitán subimos todos a bordo, ya que el brioso motor rugía cual feroz loen africano denotando sus ansias por devorar de un mordisco, los deliciosos 90 kmts. que nos separaban de Trinidad. Una vez que estuvimos cada uno en su sitio, arrancamos. O mejor dicho, tuvimos la intención de arrancar, ya que en un hecho que a esa altura no sorprendió a ninguno de los pasajeros, no entraba la primera. Es más, creo que tampoco entraba la segunda, porque por más que hacía fuerza para moverse el tipo, no avanzaba ni un metro. Amén de que teníamos que sortear una pequeña lomita (entiéndase montículo de arena de aproximadamente 30 cmts. de altura y con una pendiente negativa de 23º) para poder salir de la estación de servicio hacia la ruta. Y no la subía che! Creo que dejo de comer una semana, me echo a Rodrigo al hombro recién comido y recién bañado, me monto en un monopatín y lo paso a las risas. Y el muy ladino del auto no lo subía. Y bueno, nos quedaríamos a vivir ahí nomas. Intentamos salir marcha atrás y creo que ni esa entraba. Todos para abajo otra vez. Mierda! Menos mal que minutos antes habíamos tenido la precaución con una de las niñas, de adquirir en el minimarket de la estación una "checha" bien fría que en parte nos hacía olvidar las penurias a las que estábamos siendo sometidos. La cosa fue que luego de tomar un par de vasos del vital elemento espumoso, ya no recuerdo ni como en un determinado momento estábamos en la ruta. Lento, pero en la ruta al fin.
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"Lo siento medio pesado..." dijo el negro de mierda éste que hacía las veces de chofer. Y a mí que ya no me importaba nada a esa altura, sin exteriorizar un solo monosílabo pensé,"que explote de una vez si es que tiene que explotar la lata, ésta así paramos de sufrir" Pero no, no solo que no explotó sino que con el devenir de los kmts. comenzó a tomar velocidad hasta llegar a una velocidad casi que normal. Ya no digamos velocidad crucero, pero sí velocidad canoa. Y así seguimos, un poco frenado de a ratos y otro poco bien. Yo para mí que era el viento cruzado de 0.3 nudos que lo frenaba al cascajo ése. Recuerdo como si fuera hoy el momento de máxima emoción en el viaje y que por cierto causó una espontánea explosión de júbilo en el público presente, cuando pasamos un vehículo en la ruta que circulaba en la misma dirección que nosotros. Aleluya. Rayos y centellas. Cáspitas. Recórcholis. Qué placer. Qué dicha. Se ve que un poco me había empezado a encariñar con el aparato éste, porque hasta me sentí un poquito orgulloso de él. Recuerdo que el caballo que tiraba el carro nos miró -me pareció a mí- casi que con un poco de envidia cuando lo dejamos lentamente atrás. Majestuoso.
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No fue sino hasta varios kmts. más adelante y luego de haber tenido que parar para cerrar el capot no menos de una media decena de veces, que descubrimos que nos habíamos quedado total, rotunda y fulminantemente sin frenos -entiéndase que el que se había quedado sin frenos era el montón de fierros ése- pero a los efectos era lo mismo. Era ya casi un hecho que a Trinidad íbamos a llegar, el tema era como íbamos a hacer para parar. Yo ya estaba, entre la cerveza, el mate y las empanadas, totalmente resignado. Por mí que siguiera derecho y apuntara directo a la Tahona (o a cualquier cañada o cúmulo de agua y barro que nos quedara de paso). Pero no. El chofer tenía intenciones de detenerse a cualquier precio. Así que por ahí por la rotonda empezó a frenar -entiéndase a apretar el pedal que en algún tiempo remoto hizo las veces de freno y que a esta altura solo servía para ayudar a desarrollar de manera rápida y eficaz los músculos de la pantorrilla- hasta que cuando íbamos cruzando la virgencita esa que hay a la entrada de la ciudad y al ver que no llegábamos nunca y que la colisión era inminente, sentí unas ganas casi incontenibles de bajarme y seguir caminando "adelante". Pero me las aguanté (más que nada por respeto a mi amigo) y no abandoné el barco. Pasando apenas la Texaco y a la altura de los Silos ya íbamos con el freno de mano a todo trapo y creo que con la marcha atrás puesta. Igual avanzaba el muy bárbaro. Seguramente han visto la película "Máxima Velocidad II", no? Bueno, esto era lo mismo, lo único que en lugar de ser un crucero que entraba lentamente en la ciudad, era un "a u t o". Y conste que lo escribo en partes no por capricho, sino porque es así; piezas mecánicas sueltas que hacen un denodado y loable esfuerzo por hacer las veces de medio de transporte. La cosa fue que en un determinado momento, un servidor cerró los ojos, se tapó los oídos y casi diría que se me escapó una especie de plegaria vaya a saber a quién. Me entregué a la suerte.
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Cuando los volví a abrir, el vehículo estaba detenido. Ayudado seguramente por una fuerza divina, el diestro chofer había logrado insertar el auto en el taller de su padre -el padre del chofer, obvio- sin infringirle siquiera un rasguño -cosa que por cierto ni se hubiera notado- a la carrocería. Estábamos a salvo.

3 comentarios:

  1. Quiero compartir un comentario con respecto al relato del viaje y es q hubieron dos pasajes del mismo q lograron hacer escapar de mi inevitables risas.
    (Solo servía para ayudar a desarrollar de manera rápida y eficaz los músculos de la pantorrilla)(Cuando pasamos un vehículo en la ruta q circulaba en la misma dirección q nosotros....el caballo q tiraba del carro nos miró)
    Risas con ron ruido y todo, q me hicieron centro de las miradas del cyber(y eso q estaba sentada!!!!)
    Lo q me queda x decir es q, según la información q he leido y/o escuchado x ahí acerca de la risa, este relato tiene poderes sanadores!!!!
    Así q solo me resta pedir MAS MEDICINA X FAVOR!!!! Bsss

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Diga sin miedo lo que piensa, acá no hay censura de ninguna clase. Le sugiero igual que impere el respeto, en caso contrario difícil que pase.