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sábado, 17 de noviembre de 2007

AMARGO

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Pocas veces me había sentido tan libre y liviano como esa tarde; diría mejor como en ese preciso momento. El aire suave y tibio de las siete y media me acariciaba delicadamente el cuerpo, que como solía suceder en esas tardecitas de verano, lucía como única prenda aquella querida, gastada y deshilachada bermuda de jean. Recuerdo que su gestación había sido consecuencia directa de la salvaje amputación a la que –contra mi voluntad- me había visto obligado a someter hacía ya tres veranos a aquel no menos querido pantalón vaquero, el cual no pudo continuar su existencia como tal, debido a las mortales heridas recibidas en su parte inferior producto de una encarnizadas batallas librada contra “Goliat”, el esquizofrénico caniche de Martha, la vecina de abajo. El sol, luciendo un tinte rojizo anaranjado que contagiaba a todo ente, vivo o inerte que encontraba a su paso con divina generosidad, estaba mágicamente colgado sobre un cielo celeste profundo como pocas veces había visto. Como solía hacerlo, con el fin de inyectarle un poco más de vida al momento en cuestión y mientras aprontaba un rico mate –amargo por supuesto-, me había encargado de poner algo de música. Creo que era algo de rock argentino; Calamaro quizás; ¿o era Charly? Bueno, no recuerdo bien. Lo que sí recuerdo es que el equipo de música, no sé por qué razón, se había empeñado en no subir demasiado el volumen. Le daba a la perilla y nada. La música se escuchaba suave, lejana; parecía como si estuviera presa dentro de las cajas acústicas, rebotando contra sus paredes pero sin poder salir. No le di mucha importancia; total, algo se escuchaba. Ahora recuerdo, era Charly. Sí, sí, seguro que era Charly.
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Sentado en el borde de la terraza de mi apartamento de la avenida Centenario observaba plácidamente a mi alrededor. Convengamos que desde el techo de un edificio de tres pisos no se le puede pedir mucho al paisaje, pero para mí era suficiente. Don Larrañaga, tan erguido e inmóvil con ese papel hecho un royito entre sus manos. Vehículos de todo tipo y tamaño que iban de un lado a otro sin un orden aparente, más que el que les imponían los semáforos de “8 de Octubre”. La gente, que pasaba caminando despreocupada hacia el parque. Y esa brisa. Esa suave brisa que me rozaba la piel. De pronto, lluvia.
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“¡Tenía que ser mi hermana!”. Ni bien abrí los ojos la vi correr hacia la sombrilla donde se encontraba el resto de la familia. No me puede ver un momento tranquilo que empieza a molestar con esa regadera nueva que le regalaron mis padres para Reyes. Pero fuera de eso, qué manía la mía la de dormirme en la playa; y encima soñar con Montevideo. En lugar de concentrarme, por ejemplo, en los bellos y esculpidos elementos cárnicos pertenecientes al sexo femenino que pululan acalorados y semidesnudos por las hermosas arenas de Piriápolis. Pero no, el tipo sueña con Montevideo. Es como si no terminara de caer al hecho de que ahora estoy en la playa disfrutando de una semanita de relax, totalmente al cuete –si se me permite la expresión-. Semana que por cierto, bien merecida la tengo. Después de un año completo de aguantar gente malhumorada; los viejos que te cuentan todos sus achaques; las mujeres con sus reclamos, “que esto me fue roto, que esto no lo pedí, que esto me fue de menos”; los tipos despotricando todo el tiempo contra el país, la política, los bancos, el dólar y bla bla bla. Si, si, definitivamente muy bien merecidas tengo estas pequeñas vacaciones. ¡Ah, qué placer! La arena blanca está tan suave y fresca que invita al reposo. Dan ganas de seguir durmiendo para siempre. Y el sol inmóvil y apenas tibio que te adormece; y esta brisa suave; y el romper de las olas en la playa que te sumergen, casi sin darte cuenta en un agitado, ruidoso y caótico paraíso de tranquilidad. Solo hay calma; mucha calma.
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Tan ensimismado estaba sentado en la terraza, mirando la gente pasar y pensando en las vacaciones que pronto vendrían, que casi no me di cuenta del momento exacto en el que el mate se escabulló de mi mano derecha y se embarcó raudo y sin más, en un viaje en picada hacia la calle que lo llevaba, cruda e inexorablemente a su deceso. Menos mal que mis reflejos, a mis casi treinta años y en contra de lo que dicen esos que se hacen llamar mis amigos, se encontraban en perfecto estado de vigilia, y con una certera orden impartida vaya uno a saber por qué centro neuronal bajo el mando de mi siempre atento sistema nervioso periférico, mi mano diestra se lanzó presta y veloz cual látigo circense en feroz persecución del recipiente en cuestión. Todo esto además, sin soltar mi viejo termo de acero inoxidable que se encontraba cautivo y a salvo bajo el ala protectora de mi brazo izquierdo. Y ahí estábamos ambos; mi mano adelante y yo irremediablemente detrás de ella a punto de dar caza a mi fugitivo mate nuevo. Yo le había dicho a mi madre en el momento que me lo regaló que estaba lindo –hecho que era totalmente cierto- pero que me parecía grande de más; una, por el gasto de yerba, ya que llevaba como cuarto kilo y otra, porque me resultaba difícil de sujetar con una mano. Pero bueno, ya estaba regalado y si no lo usaba capaz que hasta se ofendía la señora, viste cómo son las madres.
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“¡Nos vamos!”, se escuchó como a lo lejos. Sin levantar la cabeza –que en ése momento me pareció bastante más pesada de lo habitual- abrí los ojos y comprendí que era la voz de mi madre que anunciaba la partida de la prole. El letargo y la pesadez me invadían por completo. Por un momento llegué a pensar que quizás las tortas fritas de la abuela que había comido un rato antes me habían hecho mal al hígado. O quizás el aire del mar, al que por cierto no estaba acostumbrado, me había afectado un poco. Sin voluntad para levantarme, veía como todos y cada uno de los miembros de mi familia se iban marchando. Llevaban algo en las manos. La tía Estela, la abuela María, mi hermana, mis primos chicos. Los vi a todos casi sin mirar. La poca gente que aún quedaba en el lugar lo hacía más silencioso y tranquilo. El sol manso, casi estático y la brisa tibia, me convencieron una vez más y dejé que mis párpados se cerraran muy lentamente. Y volví a soñar.
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Ya casi lo tenía. Pero no fue sino hasta cuando lo tuve apenas entre los dedos que tuve la macabra y sombría sensación de no sentir el peso de mi cuerpo. Tampoco sentí el roce áspero del muro de la terraza contra mis muslos. En un momento y abruptamente, ya no me importaron más el mate ni el termo que supe, ya no se encontraba más bajo mi brazo izquierdo. Me rehusaba tercamente a creer que pudiera haber cometido la torpeza de haberme inclinado demasiado sobre el muro de la terraza en mi afán de atrapar el dichoso mate, al punto de no poder volver atrás. No podía ser. Cuántas veces había yo tomado mate sentado exactamente en ese mismo lugar y la misma cantidad de veces había continuado muy tranquilo y despreocupado con mi existencia. Pero la sensación ahora no era de continuidad sino que era finita. Era como si solo faltaran siete u ocho metros apenas por vivir. Casi instintivamente exhalé hasta la última partícula de oxígeno de mi cuerpo y dejé que se cubriera con un manto de apatía y resignación que lo preparaban para el final. Era solo un poco de carne, huesos y tripas sin alma cayendo al vació. Y casi me parecía adivinar el áspero sabor de las baldosas rotas de la vereda, incrustadas entre mis mandíbulas destrozadas.
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De pronto, la preciosa luz de la realidad me iluminó y una nube de tranquilidad me envolvió por completo. Me di cuenta de que no había por qué temer, porque en realidad estaba soñando. “No hay más que cuando apenas esté por tocar el suelo voy a despertar y estaré nuevamente tendido plácidamente sobre la suave arena de la playa de Piriápolis”.
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Y desperté. Y estaba toda la familia. En realidad ya se iban y yo me quedaba. Los vi a todos; sin mover la cabeza los vi a todos. El sol continuaba inmóvil y tibio; parecía haberse detenido y en un momento, con muy poco esfuerzo de imaginación, habría jurado que hasta parecía una lamparilla común y corriente. Y llevaban algo en las manos... flores; a sí, flores. Y esa brisa; esa brisa proveniente de un viejo ventilador de techo que se empeñaba afanosamente en secar sus rostros húmedos. “¡Ah, entonces no fue con la regadera que me mojó la bandida!”. Y el silencio. ¿Cuándo iré a despertar? ¿Y ésta sábana blanca? ¡Señor, señor... por favor no cierre la tapa! ¡Señor!

2 comentarios:

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Diga sin miedo lo que piensa, acá no hay censura de ninguna clase. Le sugiero igual que impere el respeto, en caso contrario difícil que pase.