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martes, 8 de septiembre de 2009

MI PELO EN PECHO (RELATO CÍCLICO)

Por Hernán Barrios

Lo recuerdo como si fuera hoy. Fue en la noche del trece para el catorce de febrero de este año que me abandonó. Cuando desperté ya no estaba conmigo, y un manto de tristeza y soledad se apoderó de mi pecho.


Pero esta historia había empezado muchos años antes. No recuerdo a ciencia cierta la fecha en que nació, pero creo que fue por allá por la primavera del 89, cuando mis tiernos 15 años empujaban con fuerza por abandonar mi piel de niño, mientras un cóctel hormonal recorría mi torrente sanguíneo a velocidad de vértigo. Llegó a mi vida sin estridencias, sin anuncios, y sin permiso. Cuando me di cuenta ya estaba ahí, firme y orondo cual palmera en el desierto. Parado frente al espejo lo miré fijo aquella mañana, como exigiéndole una respuesta convincente por su intromisión en mi vida. Pero no dijo nada. Simplemente se remitió a estarse quieto, y al fin opté por respetar su silencio.


Los primeros tiempos se veía raro, solo y espigado en la blanca chatura de mi pecho adolescente. Pero con el tiempo digamos que comenzó a mimetizarse con el paisaje, y se puso hasta lindo. O yo me acostumbré a verlo, y de a poco me fui encariñando, no sé. Los años fueron pasando, y con ellos mi vida. Y con ella, mi pelo.


En esta etapa del relato debo sincerarme por completo, y contar que en lo que a pechos se refiere, soy del tipo más bien calvo. Bueno... sin el “más bien”; calvo directo nomás. Cuando este pelo solitario apareció, pensé que era la punta del iceberg, y que detrás suyo vendrían en tropel muchos más a hacerle compañía a él, y a hacerme parecer un hombre a mí. Pero el tiempo fue pasando, y ni siquiera una pestaña desterrada, tenía a bien posarse en mi pecho casi desnudo. Ni un proyecto de pelusa. Nada. Cuando comprendí que el futuro de mi pelo solitario era la hermitaneidad vitalicia, fue que comencé realmente a quererlo, y por ende a cuidarlo.


De ahí en más, mi pelo y yo fuimos uno solo. Juntos cruzamos la adolescencia a todo galope abrazados a las alas del tiempo, y a regañadientes llegamos también juntos, a beber las insípidas aguas de la fuente de la adultez. En el medio, una vida. ¿Cómo no quererlo, si siempre estuvo a mi lado? (bueno, en realidad a mi frente). En las buenas y en las malas. En las ganadas, y en las perdidas. En los momentos de luz, y también en los de oscuridad.


Fue sobre él que se posó por primera vez en aquella bailable, el dulce y fresco rostro de una niña enamorada. Pero también fue sobre él que descargó su furia de puños aquel muchacho, también en una bailable, cuando por una diferencia de criterios pasamos sin puntos medios, de las palabras a los hechos. Los crueles arañazos de la vida amenazaron más de una vez con arrancarlo, pero siempre sobrevivió. Éramos amigos inseparables; carne y uña; pelo y pecho. Y la vida pasó.


Ya hacía un tiempo que lo veía mal, sin fuerzas, envejecido. Pero sinceramente pensé que era una cuestión del momento, o por qué no, de la época. Muchas veces sucedió que en invierno se veía algo decaído, pero luego al llegar la primavera, renacía con bríos. Fue por esto que no le presté atención a su aparente decadencia.


Hasta que una mañana sucedió lo impensado. Fue en la noche del trece para el catorce de febrero de este año que me abandonó. Cuando desperté ya no estaba conmigo, y un manto de tristeza y soledad se apoderó de mi pecho.




NOTA: ¡Ufa che! Bueno ta bien, el de la foto no soy yo. Pero de alguna manera tenía que enganchar al público femenino. ¿Tuve mal?



2 comentarios:

  1. Maravilloso. "Carne y uña; pelo y pecho". ¡Genial! Escribís muy bien y ya sé que te lo dije y no me importa ser reiterativo, ¡me encanta tu blog!

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  2. Gracias amigo por los elogios, tanto vos como yo sabemos que nunca vienen mal. Me alegra mucho que te guste y te diviertas en este espacio.

    Abrazo.

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